Capítulo 20 Ocho pétalos #2
Con la chaqueta arrugada, la camisa rota y el pelo sucio, Crowley caminó tambaleándose hasta llegar a la esquina con la avenida principal.
Tenía que dejar de dedicar sus fuerzas a beber, tenía que intentar averiguar algo, pero ¿cómo diablos?
Todos los amigos a los que había tratado de sonsacar parecían un muro de silencio últimamente.
Orsic había salido del país tras la declaración de guerra, los miembros de las sociedades le evitaban, y madame de Montfaucon había negado todo cuanto él recordaba de la noche del ritual.
La versión oficial era que monsieur Montfaucon había muerto en su casa de un infarto. Nadie decía una palabra.
Caminó entre la gente, sin querer percatarse de las miradas de asco ni de los que se apartaban a su paso.
Se sentó en un banco frente al Moulin Rouge y apuró su botella de licor.
Por un momento creyó ver a ese hombre que parecía egipcio observándole.
«Maldita sea, el jodido delirium tremens viene a por mí», se dijo, y soltó una carcajada sonora que rompió en un ataque de tos.
El viento frío le hizo cerrarse la chaqueta.
Tenía que buscar refugio. Aunque el septiembre parisino solía ser cálido, estaba empezando a nevar y no sabía dónde se había olvidado el abrigo.
Dejó la botella sobre el banco, cruzó la acera y buscó una taberna.
Encontró una bastante grande, justo al lado del Moulin Rouge, donde aprovechaban la fama del cabaret para atraer a los imbéciles que salían borrachos y sacarles los últimos cuartos.
Se sentó en un rincón, detrás de una de las columnas, y pidió un whisky .
—¿Cree que eso es lo que más le conviene? —dijo alguien.
La voz, clara y aguda al mismo tiempo, sumamente andrógina, venía de algún lugar detrás de él.
Se dio la vuelta. Un hombre vestido con túnica blanca y dorada, y una capa negra, se quitó la capucha, dejando ver una cabeza calva por un lado y trenzada por el otro.
Tenía los ojos, muy rasgados, perfilados de negro y los labios pintados de un rojo oscuro, casi morado.
En el cuello llevaba tatuado un extraño signo.
—Ehh, yo lo conozco —dijo Crowley, señalándole torpemente.
El hombre asintió y se sentó junto a él—.
Ya sé de qué le conozco. Me está siguiendo desde nuestra gran fiesta en Ferrières-en-Brie, ¿eh?
Oiga, si viene a tomarme el pelo, lárguese de aquí.
Ya lo han hecho antes sus amigos. —El hombre de la túnica mantuvo su expresión serena, sin inmutarse—.
Todos son una panda de cobardes. ¡Malditos cobardes ricos, sin agallas!
Yo no estoy loco, ¿sabe? ¡Yo estoy perfectamente cuerdo!
—afirmó, dejando escapar pequeñas moléculas de saliva en todas las direcciones—.
Oiga, ¿quién coño es usted? ¿Por qué estaba en Ferrières ese día?
¿Es ayudante de alguno de esos? ¿Amante, quizá?
El hombre hizo un gesto a uno de los camareros que, inmediatamente, se acercó solícito, casi asustado, con servilletas y un vaso de agua, como si ya conociera sus requerimientos.
Se lo ofreció a Crowley, e intercambió unas palabras con el encargado del bar, tan solícito como el camarero.
Realmente daba la impresión de que todos allí trabajaban para él.
Se preguntó hasta dónde llegarían los tentáculos de aquel individuo.
—No sé si es uno de esos Stver, pero Lamartine sí lo es… Usted vio a esa criatura… La vio, ¿verdad? —preguntó Crowley. El hombre de la túnica no se movió y guardó silencio. Sus ojos perfilados de negro no decían nada.
—De acuerdo, como no me dice su nombre le llamaré «el egipcio». Oiga, egipcio, ¿por qué son todos tan hijos de puta?, ¿por qué lo niegan?
Apartó el vaso de agua y se bebió de un trago todo el whisky que quedaba.
—Usted, señor Crowley, quiere entrar —dijo el hombre de la túnica con esa voz suave que hacía que sintiera ganas de pegarle, y, a la vez, poseía un desagradable efecto hipnótico.
—¿Cómo dice?
El egipcio sonrió de nuevo con exasperante tranquilidad.
—Señor Crowley, quizás usted no ha elegido la puerta correcta.
Crowley le miró a los ojos, sin disimular su desconcierto.
—¿Y tú vas a decirme cuál es?
—Eso depende de usted.
* * *
París, Hot Club, Rue Calais
Emmeline saludó a su amigo Jack con un abrazo.
Jack era músico y ambos habían actuado, anteriormente, en el Hot Club, cuando todavía estaba en el hotel Claridge, en los buenos tiempos.
Comenzaron a charlar sobre sus recuerdos de la etapa floreciente del club en París y de cómo el anuncio de la guerra había afectado al ambiente nocturno y a la vida cultural, incluso lo que vendían los libreros estaba controlado.
Hablaban con una cadencia musical rápida y efervescente, como si aún siguieran cantando y tocando sobre el escenario.
Marguerite miró a Jack y recordó las últimas citas que habían tenido.
Jack era el único hombre que le había hecho preguntas sobre su vida, sobre lo que le gustaba y lo que quería.
Ni siquiera sabía las respuestas. Jamás había pensado que a alguien pudieran interesarle.
—Marguerite —le dijo Emmeline, sentándose junto a ella en torno a una de las mesas—, tengo que pedirte perdón, porque… no me porté muy bien contigo.
—¿Por qué dices eso?
—Cuando volviste a tu casa de Mazarine, yo… no sé, tenía miedo, había oído cosas… Pero cuando vi que tú sola estabas tratando de ordenar el piso, después de lo que ocurrió… tenía que ayudarte. Y tendría que haberlo hecho antes. Tuve miedo.
—Emmeline, gracias a ti he conocido a Jack. Eso… eso… no voy a olvidarlo nunca. Me acuerdo mucho de ese día en el club. Yo no tenía ganas de nada, yo… no estaba bien. Y cuando Jack apareció… Nadie había hablado conmigo así antes.