Capítulo 20 Ocho pétalos
Ocho pétalos
Creta, Heraclión
La ciudad de Heraclión era como una de esas estructuras imposibles de Escher.
Sus calles se empotraban unas contra otras en un firme empeño de continuidad insatisfecha; los edificios surgían de los diferentes ventrículos de la ciudad como alveolos ciegos.
El aire era cada vez más caliente y pegajoso y los turistas se arrastraban por las calles abanicándose.
Habían ido allí para visitar el museo de Heraclión, pero acababan de cerrarlo por la ola de calor acuciante que la ciudad sufría.
Desde la noche de las revelaciones, Ginebra había pasado los días leyendo y estudiando para dar una interpretación adecuada al Critias y al disco, pero en realidad «sabía» cuál era la interpretación y algo le decía que, si iba al lugar correcto, sucedería tal como ella lo visualizaba.
Sin embargo, Ian seguía empeñado en desviarlo todo hacia los estudios de sus compañeros templarios en tierras escocesas.
—Nos quedaremos sin ver el disco de Festos —aseguró Ian—, pero os diré que ya no importa. Ayer Konstantinos Antzas me confirmó que el disco no se ha movido del museo en ningún momento, y otro colega me reveló su composición y es perfectamente normal para una pieza cocida en barro.
Por eso, y después de la carta que me ha enviado Urik, creo que es falso o que se trata de una copia.
—¿Qué dice Urik sobre el disco? —preguntó Ginebra.
—Los análisis revelan que vuestro disco tiene una composición que va más allá de lo que los científicos pueden entender o explorar, gracias a algo que han denominado «partícula azul».
Estoy seguro de que podemos conectar eso con nuestras exploraciones geológicas en Burden, aunque parece que Urik no está de acuerdo, él propone…
otra vía. De hecho, Ginebra, junto con su carta, me ha enviado una nota especialmente dirigida a ti.
Dice que tú lo entenderás, que sabrás «verlo desde la poesía».
En fin, nuestro amigo a veces es un poco soñador, y habla en clave. Los genios tienen sus excentricidades.
Ian le tendió a Ginebra un sobre que ella guardó en el bolsillo, sin dejar de abanicarse con las manos.
Al salir de la iglesia de San Tito, donde la flor de ocho pétalos estaba representada en varias vidrieras, se refugiaron en una taberna. Olía a calabacín, a queso frito y a sandía, todo ello mezclado con el vapor salino del mar que hervía bajo el sol.
—Ni en el peor mes de julio de hace una década se había visto esto por aquí, imagínense a mediados de septiembre —les dijo el camarero, y se santiguó mirando los ventiladores del techo que funcionaban con la potencia máxima—.
Esto no es buena señal. Y las tormentas tampoco lo fueron.
No te preocupes, Ian, os pondré más agua, tzatziki y gyropitas y estaréis como nuevos.
—Añade, de paso, saganaki y colokizakia , ¿quieres? —pidió Ian—. Dejaremos para otro día las visitas a Cnosos y Festos. Si vamos allí ahora, con este calor, moriremos. Y no es un decir.
—Ian, creo que he comprendido algunas cosas sobre lo que vi y dibujé —dijo Ginebra mostrándole el cuaderno en el que ella y Théo habían apuntado todo—.
Verás, hay poetas que hablan de turba cuando se refieren al caos o a la oscuridad o el apego a lo terrestre.
Por otro lado, la flor, la Dryas octopetala , también crece en Turquía y en otras zonas.
Quizá no se está refiriendo a una flor como tal —explicó Ginebra.
—A lo mejor se refiere a los ocho puentes de la Atlántida —intervino Théo.
—O tal vez… se refiera a la no linealidad del tiempo —especuló Ginebra.
—¿Cómo? —dijo Théo.
El camarero se acercó con los platos humeantes de calabacines, queso rebozado, pan de pita con carne y salsa clásica griega, y los dejó con habilidad sobre la mesa.
—He estado leyendo sobre la simbología del número ocho. Y, si recordamos también algunos poemas de Novalis…
—Pero, Ginebra, esa simbología podría remitirnos a muchas cosas —dijo Ian—.
No hace falta que te diga que la poesía no es ciencia.
El problema es cómo saber que estamos acertando.
«Haced girar los ejes y el hombre vivirá su nueva edad».
Le he dado mil vueltas a este condenado texto y he buscado todas las relaciones posibles con el disco.
Mi equipo cree que debemos llevar el disco al área que han localizado, pero no puedo llegar a una conclusión, es imposible.
Ian resopló y comenzó a devorar con hambre y rabia su gyropita .
—No son ejes literales, nada es literal, Ian.
Existen correspondencias, como en el poema de Baudelaire, pero hay que descubrirlas.
Fíjate, la madrugada en que tuve las visiones, el 3 de septiembre, dibujé un laberinto, una lira…
montañas con forma de asta de toro, la llama…
Recordad el texto del Critias : «El secreto se revelará a quien sepa transitar el laberinto».
Pues bien, uniendo todos los trozos, he visto la conexión entre ese laberinto, Festos, y lo que les ocurrió a los minoicos.
Los minoicos hacían rituales en el anfiteatro de Festos, cuando su civilización era grande y floreciente.
He leído sobre ello, pero también he visto el anfiteatro, lo «he visto», Ian.
He visto un laberinto de fuego en torno a él.
Esa frase, «más allá del fuego», ¡tiene sentido!
En el centro del laberinto, bajo un arco octogonal, alguien sostenía el disco.
Y de la tierra sacaban algo que parecía una lira.
Lo he visto tan claro como te veo ahora a ti.
Creo que, de ese modo, a través de esos rituales, abrían una puerta.
—La lira… —intervino Théo—. ¿Las liras estaban hechas de mercurio?
Théo y Ginebra se miraron.
Ian dejó de mojar el pan en el tzatziki y señaló un apunte en el cuaderno.
—¿Dónde has escuchado esta palabra? «Datark» —preguntó.
—No lo sé, forma parte de lo que vi el otro día, de madrugada.
—Significa «vacío» en armenio —dijo, pensativo—.
Y Enlil… Urik me habla de ello en su carta, creíamos que eran leyendas, la Orden de Tarhun, las aguas de Enlil…
Me cuesta creer que sea real. En fin, todo esto es una especie de rompecabezas, pero, Ginebra, tú has logrado que lleguemos hasta aquí.
Urik no hubiera sospechado la conexión del disco con mis investigaciones sobre el Critias si no hubiera sido por ti, así que creo que tú nos llevarás al centro del laberinto de fuego.
No me cabe duda. Y estoy seguro de que en algún momento podrás venir con nosotros a las excavaciones de Burren.
Nos gustaría que vinierais los dos. La transmisión de energía que genera el disco en vuestras manos sería vital para probar nuestra teoría respecto al punto geográfico concreto.
Ginebra guardó silencio, mientras Ian se limpiaba el sudor de la frente.
—En fin, voy al baño, a ver si puedo refrescarme un poco con el agua del lavabo.
Ginebra comenzó a leer la carta que Urik había escrito especialmente para ella.
Théo le dio un beso en la frente y se levantó en busca del aire de uno de los ventiladores.
Hacía rato que percibía un movimiento extraño y discordante y no sabía qué era.
Miró a lo lejos: una plaza pequeña, edificios, árboles, calles vacías a causa del calor.
No distinguía nada sospechoso. Volvió a sentarse y pidió otra jarra de agua y más retsina.
Una radio comenzó a sonar en el mostrador, donde los camareros se abanicaban con las cartas y los trapos. Hablaban de un volcán que había estallado, provocando muertes. Repetían la palabra Nisyros.
—El Nisyros ha entrado en erupción… —murmuró Ginebra—. Es el momento, Eidna lo dijo: «Tú debes discernir… Sabrás cuál es la verdad. Cuando el hombre de sombra se acerque, cuando la tierra estalle y el cielo se rompa igual que el suelo, lo verás. Lo sabrás».
—¿Ver qué, Ginebra? —preguntó Théo.
—He visto el cielo romperse en París, he visto las grietas en la tierra, he visto las sombras.
Y ahora el volcán. Todo nos está hablando.
La carta de Urik me ha confirmado lo que debemos hacer —dijo, volviendo a meter en el sobre los papeles—.
Solo encontrando el otro acceso, solo cruzando con la verdadera barca, podremos ver…
Y el disco volverá a ser acogido en su origen.
Los ejes no son ejes y la barca no es una barca…
y además en Burren querrán usarnos como cobayas para investigar.
Ian está equivocado. ¡Sé dónde está el pasaje! ¡Tenemos que ir a Festos!
—¿A Festos? —dijo Théo— Ginebra, con este calor puede ser peligroso cualquier movimiento al aire libre.
—¡Tenemos que hacerlo cuanto antes!
—De acuerdo… se lo diremos a Ian, y…
—No, Théo, esto no puede saberlo nadie. Solo nosotros, de lo contrario no funcionará. Le dejaremos una nota a Ian. Iremos al atardecer, cuando el sol no es tan fuerte. Sé por dónde tenemos que acceder. Es como si… como si el disco quisiera guiarme.
—¿Estás hablando en serio?
—No había hablado más en serio en toda mi vida.
* * *
París, Montmartre
Crowley cayó al suelo del callejón y rodó unos metros por el asfalto, sobre la nieve sucia.
—¡Y no vuelva por aquí! —gritó el camarero del Cabaret du Néant, sacudiéndose las manos.
—¡Qué te jodan! —gritó, levantándose trabajosamente, con una mano sobre las costillas y la otra sujetando botella, mientras el camarero cerraba la puerta trasera del local—. ¡A ti y a tu cabaret de mierda! —masculló, incapaz de pronunciar bien las erres.