El cabaret del infierno Capítulo 19 Nachtlokal #3
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Capítulo 19 Nachtlokal #3

Aquella noche en la intimidad de la sala privada del Nachtlokal, en un barrio oscuro de Berlín, después de varias copas, las cosas se habían desmadrado y esa bestia que llevaba dentro había salido del todo.

Su padre le hubiera arrancado la piel a tiras si hubiera sabido lo que ocurrió.

Después de aquel beso húmedo de Lucius, sencillamente había perdido la cabeza y, durante toda la noche, se sucedieron encuentros sexuales con jóvenes de las SS.

Estaba tan borracho que no recordaba si Lucius había participado o no, pero sí recordaba su cuerpo desnudo, la firmeza y el vigor en cada parte de él, como correspondía a un hombre del Reich.

Su pelo rubio corto casi al cero, la estructura craneal amplia, el rostro germano, sin rastro de barba ni de mácula.

Y esos brazos fuertes, la forma en que le abrazaba…

Cerró los ojos, maldijo y se obligó a sí mismo a mantener la compostura.

Pegó la cabeza a la ventanilla y cruzó las piernas.

No, Lucius no le delataría. De hecho, le había ayudado a borrar las huellas.

Y él no había vuelto a beber jamás, desde entonces.

Todo estaba controlado. Lucius no le estaba traicionando.

Sus piernas comenzaron a temblar. Hess frenó el temblor golpeándose la rodilla con el puño. Podía contar con Lucius.

Sin ninguna duda. Podía contar con Lucius.

* * *

París, Anvers

Kumber golpeó la vieja puerta de madera húmeda varias veces con la aldaba mientras maldecía cada minuto de su existencia bajo el yugo impenitente de Lucius.

Un error, un solo error en su vida le había valido semejante castigo: la falsificación, al entrar en el Reich, de unos papeles para erradicar su procedencia judía.

Lucius lo había sabido y desde entonces era el esclavo de ese maldito bestia, cuyo sadismo llegaba más lejos que el de Heydrich.

Cuando cumplía con el plan de forma impecable, le premiaba, pero los castigos eran desorbitados.

La puerta se abrió con un ruido de goznes oxidados. En la penumbra del otro lado, más allá de la neblina, se veía solamente la mitad de un rostro que parecía maquillado con polvos blancos. Percibió un aroma extraño.

—Oficial Kumber —se presentó—. ¿Es esta la casa de madame Eidna? —preguntó, con la voz un tanto temblorosa.

—¿Qué quiere? —respondió una voz femenina aguda y nasal, con acento del este.

—Tenemos razones para pensar que una espía a quien busca la Justicia estuvo aquí. Se llama Ginebra Wilde. Quiero hablar con Eidna.

El rostro permaneció imperturbable unos segundos y, de pronto, sonrió. Al acercarse a la luz, Kumber pudo ver a una chica joven, empolvada, con un ojo de cada color y una sonrisa inquietante que parecía taladrada en su cara y dejaba ver una fila de dientes amarillentos, negruzcos y desnivelados.

—Eidna no está. Pero yo puede ayudar. Yo digo a ti —dijo la chica, con su voz congestionada y aguda.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Kumber, desconcertado.

—Soy Linka. Yo acompaño, usted viene. ¡Yo sé! ¡Yo digo! —respondió ella. Salió de la casa, cerró la puerta y cogió del brazo a Kumber, con sus manos regordetas y pringosas.

Kumber se soltó con vehemencia, pero siguió a la chica, que cojeaba y se limpiaba las manos en el vestido, hasta la esquina del callejón.

Allí se detuvo, miró a su alrededor. Tenía la nariz tan empolvada que Kumber podía percibir el olor del maquillaje barato y también a algo parecido al rábano, mezclado con ese olor ácido que se producía cuando las personas tenían una muela picada. Hizo una mueca.

—¡Habla pronto, muchacha!

—Estuvo aquí. Chica que tú buscas. Ya tiempo pasó. Vino sola.

—¿A dónde fue?

—Yo digo. Si me das un beso —dijo Linka, y sonrió tan ampliamente que sus ojos, demasiado juntos, parecieron desparramarse sobre la nariz.

—¡Lárgate! —dijo Kumber. Dobló la esquina del callejón y caminó por la calle adyacente.

Había avanzado solo unos metros cuando se dio cuenta de que Linka le seguía. Tenía una expresión inquietante en su rostro, como si estuviera segura de que él se detendría y la escucharía tarde o temprano.

Kumber se acercó a ella, alzando el brazo, en señal de amenaza. Estaba dispuesto a pegarle.

—¡He dicho que te largues! —gritó.

—Yo tengo noticia de Ginebra —dijo rápidamente Linka—. Yo miro por rendija. Yo sabe lo que Eidna dice. Yo sabe dónde está.

—No voy a besarte, si es lo que quieres. Me das asco, ¿entiendes? ¡Asco!

Ella sonrió. Pero sus ojos, de diferentes colores, fríos como el cristal, no sonreían. El oficial, sin saber muy bien por qué, comenzó a sentirse realmente incómodo.

Kumber pensó que, si lograba entregar a ese cerdo alemán algo de información útil, sería suficiente.

En cuanto Lucius decidiera poner fin a su extorsión y dejar de encomendarle el trabajo sucio desde Berlín, dejaría el partido y se iría a su tierra.

Solo pensaba en poder ver a su familia, sin miedo a que alguien llamara a la puerta y se lo llevara preso.

—Canta, chica —ordenó él, dándole unos francos.

—Sitio de mar. Eidna sabe. No dice, pero yo pone oído en todas partes, en paredes, en puertas. Yo oye todo. Sitio de mar, en isla cerca de volcán. Eidna ha visto.

Kumber apuntó los datos. No tenía ni idea de qué se cocía en casa de esa vieja hechicera de Anvers, solo quería largarse.

Esa desagradable zíngara le producía escalofríos, y la información podía cuadrar con la que les había llegado desde Grecia.

A partir de ahí, los nuevos efectivos de Lucius se encargarían enteramente de la cuestión.

—Está bien. Adiós.

Se alejó de Linka. Cuando miró hacia atrás, se dio cuenta de que le había seguido. Estaba allí, detenida sobre la acera, solo a unos pasos, sonriéndole con sus dientes negruzcos y amarillentos. Sintió que un escalofrío poderoso le recorría la columna.

—¡Vete, muchacha! —gritó.

—Si me das un beso…