Capítulo 19 Nachtlokal #2
Hess se alejó un poco, le dio unas palmadas en el hombro a Lucius.
Carraspeó y, de pronto, lo abrazó. Una reacción como esa significaba total renuncia a la imagen de tipo duro.
Lucius sonrió. Prolongó el abrazo, sin ceder inmediatamente, solo poco a poco.
Después borró la sonrisa y miró a Hess, de nuevo, con una expresión de emoción, pero, a la vez, de hombría.
Hess, nervioso, se sirvió un vaso de Jägermeister. «Bingo», pensó Lucius.
—Rolf, mis encuentros con Himmler no esconden nada, pero sí hay algo que debo contarte…
Bueno, tú sabes que mi padre estuvo enfermo.
Antes de perder la vida, su deterioro era cada vez más evidente.
Himmler me habló de un médico… excepcionalmente bueno, y me ofreció ayuda —dijo repitiendo el guión que había inventado, palabra por palabra.
—No sabía nada de eso. Yo podría haberte conseguido a cualquier médico, Lucius.
—Lo sé, pero no quería crearte dificultades, mis problemas no son importantes al lado del proyecto Tür.
Ya sabes que sigo con la búsqueda de Wilde y Bernard, a pesar de la guerra.
Cedí a la ayuda de Himmler para no molestarte, y esto me avergonzó.
Eso es todo lo que ha habido entre Himmler y yo.
Él no me ha prometido nada, ascendería antes a su peor enemigo que a mí.
Y, finalmente, ya ves, no me sirvió de nada. Perdí a mi padre.
Lucius fingió tristeza y, rápidamente, volvió a su gesto severo, tomó distancia, caminó hacia la ventana, se paró ante ella y cruzó las manos tras la espalda, fingiendo que contenía la emoción, sin mirar a Hess.
Sabía que le estaba observando, que estaba pendiente de sus palabras, pero también de su fisonomía.
—Lucius, discúlpame. No lo sabía. Podríamos haber instalado a tu padre en una residencia mejor, en Berlín…
Lucius movió una mano en señal de silencio. Ese leve gesto de sus dedos calló inmediatamente a Hess. Esa era la señal. Hess estaba rendido, entregado. Era de nuevo el niño bueno en busca de aprobación y no el jefe con su subalterno.
—Por eso, amigo mío, me duele esta ofensa —dijo con la maestría y la seguridad de quien ha adivinado ya el final de la película—. Que tú puedas pensar que yo te he traicionado, después de aquella noche en el Nach…
—No menciones eso, Lucius —dijo Hess. Bebió de un trago el Jägermeister que quedaba en el vaso y lo dejó en la mesa, contrariado por haber sucumbido al alcohol.
Lucius miró a Hess, que ahora era incapaz de mantener el rostro inalterable y se acercó a él.
—Rolf —dijo en un susurro—. Fueron momentos importantes para los dos. ¿Acaso podrías negarlo? —añadió acariciándole levemente la mano derecha.
Hess dio un paso hacia atrás, pero Lucius no cedió, se acercó de nuevo a él y, muy lentamente, le acarició la cara.
—Lucius…
—Rolf, dime que tú no has echado de menos esa noche. Dímelo, dime que jamás has pensado en ello, que no te has excitado ni un poco, y me iré.
—Yo…
En ese momento Lucius se acercó a Rolf y le tomó la cara entre sus manos.
—¡Lucius! —gritó Hess, pero en lugar de separarse, se acercó más, nervioso hasta temblar.
—¡Dime que te deje en paz! ¡Dime que me vaya! —gritó Lucius rozándole los labios a Hess.
—¡Vete! ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí! —gritó Hess, acercándose aún más a Lucius, con las mejillas color púrpura y los ojos humedecidos por la excitación.
En ese momento, Lucius le besó. No encontró resistencia alguna, aunque percibió claramente el temblor, la tensión y la rigidez de Hess.
Despacio, introdujo la lengua en su boca mientras le ponía la mano bajo la cintura y la deslizaba hacia la ingle.
Hess agarró a Lucius con violencia, lo alejó, pero, inmediatamente, lo atrajo hacia él y acarició su espalda y su cuello.
Lucius introdujo la mano derecha bajo los pantalones de Hess, que apoyó la cabeza en su hombro y emitió una especie de gruñido.
En lucha consigo mismo, agarraba a Lucius del cuello, como si fuera a ahogarlo, y, a la vez, se abandonaba a la caricia con gemidos que se acercaban al orgasmo.
Tomó la otra mano de Lucius, se la puso en la cara, después en la boca, y comenzó a chuparle el dedo pulgar casi con desesperación, absolutamente rojo, sudando.
De pronto, entre la rabia, el deseo y la impotencia, apartó la mano de Lucius, lo agarró de las solapas del uniforme y, de un empujón, lo alejó de él.
—¡Ya basta, Lucius! —gritó—. ¡Basta! ¡Es una aberración!
Enfurecido, Rudolf Hess tiró al suelo todo lo que había sobre la mesa, dando un grito.
Se pasó la mano por el pelo varias veces, mientras el Jägermeister chorreaba en el suelo.
Poco a poco, respirando trabajosamente, logró recuperar la expresión neutral.
Lucius retrocedió e hizo una señal de desagravio.
Caminó por la sala, de espaldas a él, sin evitar una sonrisa.
Al fin, Hess dejó de tomar aire y consiguió hablar.
—Lucius, yo…, lo siento si has tenido la sensación de que desconfiaba.
Eres esencial para el partido. Y para mí…
—dijo, con la voz temblorosa y la gorra militar entre las manos.
Rápidamente, carraspeó. Todavía estaba ruborizado y tenía el cabello corto revuelto—.
La guerra ha prevalecido sobre todas las cosas y las pistas contradictorias nos frenaron, pero me alegra que sigas adelante con la búsqueda de Wilde y Bernard.
Consígueme esa pieza para Tür, y yo me centraré en que no tengas obstáculos, incluido Heydrich. En este momento, la prioridad es la guerra, pero no descuidaremos Tür.
—Estoy contigo, Rolf. Y con Tür —dijo Lucius, con fingida solemnidad—. Y me alegra que haya buenos profesionales en el equipo. Evola parece una buena adquisición…
—Creí que no confiabas en él.
—Tú confías, Rolf. Y eso hace que yo confíe —dijo poniéndose la mano en el pecho—. No cuestiono ninguna de tus decisiones. No lo haré jamás. Eres un líder brillante, el líder que yo desearía como Führer .
Rudolf dejó escapar una sonrisa desaforada que, rápidamente, reprimió. Sus ojos refulgían.
—Hace tiempo que no tengo noticias de Cesare —informó—. Al parecer está fuera de Francia y no me informó sobre ello. Si no aparece en breve, tendré que tomar medidas.
—Por supuesto, Rolf. Cuenta conmigo en cualquiera de los casos.
—Bien, sigue adelante —dijo Hess, con firmeza, poniéndose su gorra militar—. Y no te preocupes por Heydrich, no será un obstáculo. Haz lo que tengas que hacer.
—Gracias, Rolf —respondió Lucius, que no cabía en sí de gozo.
Con un saludo militar, Hess salió rápidamente de la sala.
Lucius sonrió, brindó consigo mismo y se bebió de un trago su Jägermeister.
Había conseguido permiso y respaldo, ya no solo para vigilar a Heydrich, sino para desacreditarlo ante el Reich.
Rolf le ayudaría. Su plan había salido bien: interceptar el telegrama de Cesare Evola a tiempo le había facilitado información sobre esa especie de hermandad que poco le importaba, pues no era más que una de las locuras esotéricas de Hess.
Tenía suficientes amigos en todo tipo de sociedades de élite, protestantes y católicas, como para controlar todos los movimientos.
Respecto a la reliquia, Cesare emplazaba a Rolf a tener una conversación urgente. Tarde o temprano sabría el porqué.
Salió del local por la puerta trasera y caminó hacia la sede de la Gestapo en Prinz-Albrecht-Straße.
Por la ventana vislumbró a Bess, ese perro de Heydrich que le espiaba constantemente.
Llevaba días preparando el plan, observando la relación entre el jefe de la Gestapo y Bess. Aunque la fidelidad de Bess hacia Heydrich parecía admirable, había descubierto leves fisuras. Solía ocurrir. Y él se encargaría de convertir esas grietas en abismos insondables.
Por otro lado, se había ganado a Dussman, un jovencísimo miembro de las SS, al que utilizaría para sus planes con Himmler y Heydrich.
Si Dussman consideraba la posibilidad de delatarle, ya había preparado lo necesario para extorsionar a ese joven cuyas tendencias íntimas no le gustarían mucho al Reich.
Accedió a la sala en la que iba a comenzar a trabajar como colaborador de la Gestapo, siempre bajo la atenta mirada de sus superiores.
—¡ Heil Hitler! —saludó Bess, desde su mesa.
—¡ Heil Hitler! Precisamente quería hablar con usted, Bess. Me han notificado cosas verdaderamente increíbles sobre su excelente labor en el partido. ¿No se lo ha dicho ya Heydrich? Permítame que le sirva una copa.
* * *
Berlín, Mitte
Rudolf sentía que sus músculos estaban paralizados.
Ni siquiera el traqueteo del coche, hábilmente conducido por su chófer, conseguía relajarle.
Tenía la sensación de haberse confiado una vez más, de haberse entregado a Lucius, como lo había hecho aquella vez en el Nachtlokal.
«En realidad, ¿no lo haces siempre, maldito cobarde?
¿No acabas cayendo una y otra vez en su juego?
», se dijo. Pero ¿cómo podía saber si realmente era un juego?
Lucius le había brindado su ayuda, tras la condenada noche fatídica.
Si no hubiera sido por él, habría perdido su puesto y su prestigio de un plumazo, y no habría obtenido la información secreta que necesitaba para afianzar su relación con el Führer .