El cabaret del infierno Capítulo 19 Nachtlokal
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Capítulo 19 Nachtlokal

Nachtlokal

París, Châteauneuf-en-Auxois

Marguerite se sentó en la cama con sumo cuidado. Todavía sentía algo de dolor en el vientre, en la zona de los puntos, pero los demás síntomas habían desaparecido. Sentía una paz interna que, por primera vez en mucho tiempo, le proporcionaba alivio.

«Perdona mi cobardía, aquella noche en L’Enfer», le había dicho Cesare, antes de irse. «Nuestros caminos se separan aquí, pero quiero que sepas que estaré pendiente de lo que necesites. Cualquier cosa».

Había insistido en que su chófer vendría buscarla cuando estuviera bien y quisiera irse. Cuando quisiera. Le daba libertad para estar en aquella casa de campo enorme y lujosa el tiempo que juzgara conveniente. Nadie había hecho algo así por ella antes.

«Creo que tú has hecho más por mí que yo por ti, Marguerite. Y no me refiero a esos impíos secretos con los que comercié un tiempo —le había dicho Cesare—. Me refiero a mí. Por ello… Gracias».

Recordó el beso en la frente, antes de irse. Jamás había conocido esa ternura en Cesare.

Se limpió las lágrimas y se miró al espejo. Su rostro había recuperado el color, aún estaba muy delgada pero sus ojos volvían a brillar. No había querido contarle a Cesare la pelea con Lucius, solo que le habían registrado la casa.

Antes de salir de su refugio lujoso, cogió de la mesilla el sobre en el que Cesare le había entregado la identidad de su padre, junto con unos cuantos billetes. En el dorso ponía «Mr. O’Reilly», y lo guardó en su bolso.

Miró por la ventana. Estaba a las afueras de París, en la campiña, y la casa pertenecía a la familia Evola.

Era lo único que sabía. Con el dinero de Cesare podía ir a algún lugar desde el que partir de cero.

Ese médico, Gabagne, le había dicho que, debido a las complicaciones durante la intervención, no podría tener hijos, así que no existía ya la opción de casarse; ¿qué hombre iba a aceptar a una mujer con su pasado y que no pudiera darle descendientes?

No tenía estudios, ni profesión, y Cesare no pensaba quedarse con ella.

Seguramente, no volvería a verle. Ya había tranquilizado su conciencia, ya había hecho lo que tenía que hacer por aquella pobre pelirroja abandonada, y con eso era suficiente.

Y ella, ¿podía pedir más? ¿Debería pedir más?

Estaba habituada a que el dinero fuera lo único que recibía de los hombres.

Cuánto le hubiera gustado que Cesare la abrazara y le prometiera amor eterno, que su vida sirviera para algo más que para ser constantemente humillada.

Ni siquiera su padre la había querido: era el triste producto del desahogo sexual de un irlandés en un burdel, como quien se suena en un pañuelo sucio.

No significaba nada para nadie. No existía.

Se miró las manos y el cuerpo: durante años la habían tocado, invadido, manejado como a una muñeca, un utensilio para el placer, para extraer información, para incubar monstruos.

«No lo pienses. No pienses en eso, no pienses en Lamartine o te volverás completamente loca».

Observó el lago entre los sauces que rodeaban la casa, y le pareció irreal.

¿Cómo podía existir tanta belleza, tanta condenada armonía y, a la vez, tanta abominación en el mundo?

El lago se mantenía sereno y transparente entre los árboles mecidos por el viento.

Se acordó de Ofelia, un personaje de algún autor que ahora no recordaba, pero sí recordaba su final.

No le extrañaba que Ofelia hubiera elegido semejante paraíso para su descanso final.

«Las flores, mira las flores… son tan bonitas… el agua tibia se acabará, el horror se acabará, necesitas dormir, dormir».

* * *

Berlín, Kalckreuth

—¡Mi querido amigo! —dijo Lucius acercándose sonriente a Rolf, que le observaba tratando de mantener una expresión severa.

—¡ Heil Hitler! —dijo Rudolf.

—¡ Heil Hitler! —respondió Lucius elevando el tono de voz por encima del de Hess.

Los ecos de ambos saludos golpearon las paredes del sótano, absolutamente vacío y reservado para ellos, a excepción de una mesa sobre la que reposaban algunas cajas y objetos que Lucius había desordenado intencionadamente, junto con una botella de Jägermeister y dos vasos.

—No me parece muy buena idea venir aquí —dijo Rolf—. Antes era uno de esos asquerosos antros nocturnos, como los que había en Schöneberg. Deberíamos haber quedado en mi despacho.

—Vamos, ¿crees que eso sería más discreto? Ya sabes que las paredes oyen. Nos han reservado esta parte del local con total intimidad. Ya sabes que ahora pertenece a un miembro del partido, y es de mi confianza. Tengo entendido que la Operación Caso Blanco está siendo un verdadero triunfo.

—Así es. La Blitzkrieg avanza con firmeza, según lo planeado. Polonia se rendirá pronto. Estamos preparando el Plan Amarillo para la caída de Francia.

—Y allí estaremos nosotros, Rolf. Cuando yo sea jefe de la Gestapo en París, tendremos un impresionante campo de acción.

—No será fácil. Heydrich es un hueso duro de roer. Más de lo que pensaba.

—Lo sé —respondió Lucius. Le dio la espalda a Rolf y se dirigió hacia la mesa.

Se sirvió un vaso de Jägermeister mientras meditaba, a la velocidad de la luz, los siguientes pasos—.

Pero Heydrich no es muy buen líder. Comete fallos que no están a la altura del Reich.

He tenido noticias privilegiadas. ¿Quieres un trago o prefieres agua?

—No, gracias. No tomaré nada —dijo Rudolf mirando con cierto asco el desorden de la mesa.

Lucius ocultó una sonrisa. Sabía que lo ideal para descentrar a Rolf era obligarle a moverse en un ambiente levemente caótico—.

Lucius, ante todo quiero felicitarte por el éxito de la Operación Netz.

Has sido más rápido y eficiente de lo que pensábamos.

Sin embargo, últimamente ha habido mucha… distancia entre nosotros.

—Sí, la ha habido, Rolf.

—Has tenido algunas ofertas por parte de Himmler, según creo —le lanzó Rolf, con evidente tono de reproche.

—¿Y no te alegras de ello? ¿No se trataba de facilitarte las cosas para que puedas tener todo el poder, amigo mío? Mis éxitos son los tuyos. Los nuestros —dijo Lucius acercándose a Rolf y poniéndole la mano en el hombro.

Rolf permaneció impasible.

—Lucius, respeto mucho la amistad que nos une, y sé que has estado trabajando para ayudar al Reich en todos los sentidos, pero tus tratos, cada vez más habituales, con Himmler me preocupan.

Sé que habíamos hablado de ascenderte en la Gestapo, pero, como sabes, Heydrich es la mano derecha de Himmler y…

son hábiles con la manipulación. En fin, en virtud de nuestra amistad, creo que debo ser sincero y…

aclarar si tus objetivos siguen siendo los que eran.

Lucius frunció los labios. Se alejó de Rolf. Sabía que era esencial castigarlo con el silencio. Por muy inalterable que pareciera Rolf, en el fondo bullía una inseguridad que él era muy capaz de remover y hacer estallar como una olla a presión.

—Rolf, te aseguro que mi intención al querer conseguir el cargo en la Gestapo está muy lejos de ayudar a Himmler.

Que yo ocupe un puesto de poder nos ayuda a nosotros.

El futuro es París, es el trampolín al resto del mundo, creí que tú también lo entendías y que así lo habíamos planeado.

Y el primer paso para llegar ahí es entrar en la Gestapo en Berlín.

Tú mismo me lo dijiste. Me han ofrecido colaborar en la vigilancia y gestión de los prisioneros de Columbia Haus, mientras esté en Berlín.

Gracias a ello, he entrado en la oficina principal de seguridad del Reich (RSHA).

Es un triunfo de los dos, no solo mío. Comprende que si públicamente no me llevo bien con Himmler, despertaría sospechas.

Precisamente quería saber si sigo contando con tu apoyo frente a Heydrich. Parece que ya no merezco tu confianza.

—Lucius, yo no desconfío de ti. Sé que tu objetivo son nuestros planes en Francia. Sin embargo, otros miembros del partido… Otros podrían…

—¿Y quiénes son esos otros, Rolf? Antes hablábamos de esos otros. Hablábamos de Himmler, de Cesare, de los movimientos dentro del partido. ¿No has pensado que hace tiempo que temo que me estés ocultando cosas? —dijo Lucius, impostando su mejor tono de ofensa.

—¿Yo a ti?

Lucius bebió un pequeño sorbo de Jägermeister y caminó despacio por la sala, con movimientos seguros, dejando ver su decepción.

—Yo creí que teníamos un pacto, Rolf, una especie de plan conjunto. Ya sabes que lo interesante de esto es la información que puedo suministrarte. El escalón que sube uno lo sube el otro, ¿no era eso? Antes no nos escondíamos nada el uno al otro. Tampoco posibles… sociedades secretas.

—¿Cómo?

—No lo sé, Rolf. Yo no quisiera creer que formas parte de una hermandad de la que no me has dicho nada. Creo que el nombre era algo así como AvGull.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Qué más da.

—Lucius, dímelo.

—De vez en cuando, a Heydrich se le escapan cosas —dijo Lucius, caminando en círculos en torno a Hess—.

No sabes cómo me sentí cuando Heydrich me dijo…

Me sentí como un estúpido, sin verdadera información de lo que ocurre, de lo que mi propio amigo está emprendiendo.

Y no creas que me sentí traicionado, sino triste, triste por la falta de confianza, porque tú y yo éramos un equipo y ahora…

—¡No existe ninguna hermandad! ¡Heydrich miente, no te oculto nada! —explotó Rolf visiblemente nervioso. Lucius sonrió para sus adentros.

—Claro que no, amigo mío —dijo, cogiendo entre sus manos el rostro de Hess, casi con violencia, y mirándole a los ojos—. Lo sé. ¡Lo sé! Quieren separarnos. Esos buitres quieren cizaña entre nosotros, ¡solo eso! No la habrá. Por mi parte, Rolf, ¡te juro que no la habrá!

Lucius fingió el suficiente grado de emoción como para que sus ojos se humedecieran y Rolf pudiera percibir convicción.