Capítulo 18 «Tú ya eres mi esclavo, puerco» #2
—No lo entiende —dijo Lamartine, dejando la labor de costura sobre la mesa y mirándole.
Mientras hablaba, desde una frialdad acuciante, la habitación se llenaba de una repentina penumbra.
Entonces, Crowley lo supo, como si un rayo nítido hubiera atravesado el centro de su cerebro: aquella habitación estaba dividida en cinco partes.
La mesa era el centro de un pentáculo—. Todavía no lo ha entendido —añadió, con sus frías pupilas convertidas en dos dagas.
Y comenzó a desabrocharse la blusa de su vestido color crema—.
Todos nosotros anhelamos el advenimiento del mundo nuevo —afirmó, y al abrirse la blusa mostró una carne de tono azulado, y unos pechos deformes y negruzcos en los que se marcaban unas venas gruesas que le recordaron a las de la criatura.
Crowley retrocedió hasta toparse de espaldas contra la ventana—.
Yo soy todos. Y todos son yo. En el mundo nuevo, la sombra avanzará y los Stver no tendrán límites.
Todos seremos uno, y solo habrá una mente.
No habrá más división. Hemos entregado todo para que él venga —dijo.
Sus pupilas le parecieron ahora dos líneas verticales bífidas.
Pero no era solo eso. Había algo más en esa mirada: una agresividad que no había conocido en ningún hombre o fiera, que no había visto en ningún lugar…
excepto aquel día en el ritual, en los ojos de Datark.
La mirada de Lamartine era la de una fiera asustada y violenta que se removía, con una rabia corrompida, en las raíces más inmundas de un odio antiguo y olvidado.
—Serpiente… —murmuró Crowley.
—Y a usted le fascina eso —dijo Lamartine.
Su voz era ahora tosca, ronca, algo afónica—.
¡Usted, Crowley, no sabe nada! ¡No es nada!
Solo podrá ayudarme si renuncia a su ser.
Admita, de una vez, que Dios no le ama, admita que es usted una bestia, igual que yo —dijo con un tono libidinoso, regodeándose en el placer que le causaba lo que estaba diciendo—, y podremos negociar…
—Datark, ¿por qué no te muestras? —clamó Crowley, tratando de dominar su miedo—. Deja de usar ese cuerpo, ¡sé mi aliado!
El labio superior de Lamartine se contrajo en una mueca desagradable. Las pupilas felinas vibraron.
—¡Tú ya eres mi esclavo, puerco! —dijo una voz que no salía de los labios de Lamartine, sino que parecía venir de una catacumba podrida, de un anciano enfermo y lascivo.
Crowley negó con la cabeza mientras se alejaba, la oscuridad se hizo infinita, distinguió el olor que no había sabido reconocer al entrar: azufre… Comenzó a escuchar un mantra.
—Pero de dónde…
De pronto le pareció que el salón comenzaba a girar.
El pavimento se alzaba bajo sus pies, las dimensiones se confundían mientras esa especie de cántico siniestro cobraba un volumen insoportable y las figuras de los retratos se deformaban.
Miró a su alrededor, tapándose los oídos.
Gritó y, al caer al suelo, derribó una de las sillas.
Cuando abrió los ojos pudo ver la silueta de Lamartine. Le observaba desde arriba, vestida con pulcritud, dedicándole una sonrisa lacónica.
— Monsieur Crowley, ¿qué le ha sucedido? —preguntó Lamartine que volvía a tener sus rasgos normales, el rostro imperturbable, los perfectos rizos sueltos sobre las orejas, la labor de costura entre sus manos.
Crowley se levantó, miró a su alrededor, miró a Lamartine, alejándose de ella.
—¡Vuelve a mostrarte, diablo!
—Crowley, creo que está delirando. Le obsesiona la idea de que existe una especie de… ¿cómo lo ha llamado antes?, ¿Anticristo? ¿Tiene idea de cómo suena eso? Crowley, ¿qué bebió usted antes de ir a ese ritual? ¿Lo recuerda?
—No juegues conmigo, maldito bastardo, ¡yo no bebí nada, y no he bebido nada ahora!
—Oh, yo no diría lo mismo —replicó Lamartine, señalando la tetera.
—Usted… ¿usted quiere hacerme creer que el té tenía alguna sustancia rara?, ¿que sus pupilas no eran las de una maldita serpiente?
—Vemos lo que queremos ver… —afirmó ella, y sonrió—. Las deliciosas hierbas de la India que me trajeron ayer han tenido sobre usted más poder del que esperaba. No es veneno, no se preocupe, solo algo que le demuestra que la percepción sensorial es algo muy relativo.
Crowley ahogó un rugido.
—¡Averiguaré la verdad!
—¿No le parece que al realizar un ritual resulta mucho más práctico suministrar opiáceos a los asistentes que mostrarles un monstruo? ¿No le parece que sería una actitud más inteligente, cuando se trata de perpetrar una demostración de poder? ¿No es el gobierno sobre la mente el verdadero poder?
Crowley avanzó despacio hacia ella.
—Quiere confundirme…
—Si tan seguro está de esas visiones, ¿por qué no pregunta? Tal vez alguien haya visto algo…
—¡Conseguiré pruebas! ¡Téngalo por seguro! Orsic es amiga mía.
—Muy bien.
—De acuerdo, me largo de aquí —finalizó Crowley, saliendo del salón. Se sentía mareado y solo esperaba no caer redondo en el suelo—, ya veo que no debería haber venido.
—Y, sin embargo, lo ha hecho —dijo Lamartine volviendo a sentarse y tomando entre las manos su bastidor.
Crowley se detuvo en seco. En ese momento, su mente le devolvió la frase, tan nítida como si lo estuviera oyendo a su lado: «Tú ya eres mi esclavo, puerco».
—¡No! —gritó, mirando a su alrededor—. ¡No soy esclavo de nadie, maldita bestia! ¡Tú sí serás el mío! ¡Y el de Abraxas! Ya lo verás. Ya veremos quién gana, Cécile. O Datark… o quien diablos seas —amenazó Crowley.
Ella sonrió, de esa forma sombría e inquietante, y sin dejar de coser, pero sin dejar de mirarle, comenzó a cantar:
— Up, up a little bit higher. Oh, my, the is on fire. Come Josephine in my flying machine Going up all on, goodbye…
Crowley se alejó de ella despacio, sin poder dejar de contemplar aquel espectáculo perturbador.
Cogió su chaqueta y su sombrero y salió dando un portazo.
Una vez en la calle sintió que el líquido pesado y grumoso del té colapsaba su esófago y su garganta.
Vomitó en la calzada. Una pareja murmuró a sus espaldas y él profirió un insulto y les saludó quitándose el sombrero manchado de vómito.
Sentía todo el cuerpo revuelto y una furia en su interior que le quemaba las entrañas.
¿Podía ser cierto? ¿Podría haber sido todo una alucinación? ¿Y el encuentro con Orsic? No, él sabía la verdad, lo demás eran trampas venenosas. Sí, eso era. Debía desoír esas voces. Ahora lo único importante era buscar aliados.
* * *
Uzbekistán, Samarcanda
Las calles de Samarcanda estaban repletas de comerciantes, carros, hombres que gritaban y vendían, otros que rezaban, mujeres que llevaban cestas en la cabeza, niños con tinajas de agua.
En los días anteriores se habían desatado extrañas tormentas de granizo, pero ahora la niebla cargada de arenisca le confería al paisaje un tono ambarino y desagradable.
Aceleró el paso hasta acceder a la plaza de Registán.
Las dos mezquitas enfrentadas parecían dos esfinges interrogándole, y una tercera le miraba de frente, como si quisiera darle una respuesta.
«Pero no hay respuestas. Y sí demasiadas preguntas», se dijo.
Caminó y se sentó en un banco junto a una de las farolas divididas en varios brazos que sostenían los candiles.
Apoyó los codos en las piernas y miró al suelo, cerró los ojos tratando de atar todos los cabos.
Desde Tarso, le había enviado un telegrama urgente a Hess haciéndole creer que el disco de Festos de Heraclión era la reliquia que buscaba, y no la que Koch había rescatado en Jarmo.
De ese modo, si llegaban a perpetrar el ritual, estarían utilizando una copia.
Y una copia no podía ser peligrosa. Mientras tanto, él se centraría en la búsqueda de la verdadera pieza.
Tal vez el inicio de la guerra le diera ventaja, iba a mantener a los nazis muy ocupados.
—Señor, ¿tiene un dinero? —le preguntó un niño, en una imitación del inglés que apenas era un balbuceo.
Cesare alzó la vista y vio a un pequeño de unos cinco años, casi en los huesos. Se dio cuenta de que estaba ciego. Le dio unos francos.
Un leve destello, desde el mosaico de la mezquita, le cegó unos instantes.
Cerró los ojos y se protegió con la mano.
Cuando abrió los ojos, algo había cambiado en medio del tumulto, un elemento que permanecía inalterable y que ejercía sobre él una presión que le resultaba incómoda.
Rápidamente supo que un hombre le estaba mirando.
Llevaba una túnica de hilo blanco, con bordados dorados y negros.
En el cuello tenía una marca oscura. El hombre le miraba fijamente, a través de la neblina anaranjada, sonriendo casi con descaro.
Ese hombre le conocía. Y quería que él supiera que le conocía.
Se acercó despacio, con deliberada seguridad, hasta estar a dos palmos de él.
Su presencia emanaba algo que no sabía descifrar, pero le producía una mezcla de sensaciones desagradables.
El signo que tenía en el cuello, de cerca era una especie de grabado, parecía alguna palabra aramea.
—Caballero, si su intención es espiarme, puede decirles a sus amigos que no hay nada aquí que pueda interesarles.
Cesare le dio la espalda a aquella tenebrosa presencia y comenzó a caminar.
—Usted quiere saber sobre la criatura… —afirmó el desconocido.
Cesare se dio la vuelta, perplejo.
—¿Quién es usted?
—Tengo muchos nombres —dijo el extranjero. Y sonrió muy despacio.