Capítulo 18 «Tú ya eres mi esclavo, puerco»
«Tú ya eres mi esclavo, puerco»
París, Montmartre
Al entrar en la casa de Lamartine, Crowley percibió un extraño aroma que no supo definir. Se quitó el sombrero y el abrigo y los colgó en el perchero, mientras se miraba en el espejo del hall . Las ojeras delataban su noche de borrachera en el Néant.
El pasillo empapelado de flores con fondo color crema conducía a un salón decorado de un modo clásico, con adornos cotidianos que hacían juego con el diseño discreto del papel de las paredes y contribuían a la aburrida atmósfera de normalidad.
Lamartine permanecía sentada en la mecedora que estaba junto a la mesa camilla del salón, haciendo un bordado en un primoroso bastidor.
—Adelante —dijo, sin dejar de mecerse lentamente mientras cosía.
Crowley entró en la estancia principal, preguntándose si toda la visita iba a transcurrir de un modo tan apestosamente vulgar.
No había nada de especial en ese salón perfectamente ordenado.
Tenía una forma semicircular y las sillas estaban dispuestas alrededor de la mesa, sobre cuyo mantel color crema había una bandeja de flores con un pequeño ágape inglés.
Un reloj de cuco marcaba los segundos. Lamartine, vestida con un pulcro y sedoso vestido color crema que combinaba con el mantel de la mesa camilla, cosía plácidamente, meciéndose en su silla de madera, de alto respaldo redondeado.
Llevaba un moño bajo y unos candorosos rizos color miel se escapaban del recogido a la altura de sus orejas.
En la gramola que reposaba junto a los ventanales, tapados por densas cortinas, sonaban viejos éxitos de principios de siglo.
Podría ser la vivienda habitual de cualquier ama de casa un tanto casposa.
—¿Quiere un poco de té? —dijo Lamartine a modo de saludo, señalando la tetera que aún humeaba sobre la bandeja de flores, junto a un pequeño plato de pastas y tostadas con mantequilla.
—No, gracias, me asquea el té —dijo Crowley. Observó algunos de los cuadros en la pared. Había algo extraño en esas paredes. Le daba la impresión de que, si se fijaba más…
—Siéntese, por favor —dijo Lamartine.
Crowley tomó asiento en una silla junto a la mesa. Percibió un olor que no identificó inmediatamente, pero que le resultaba extremadamente penetrante.
—¿Le ha costado mucho encontrar la casa? —preguntó Lamartine con una deliciosa sonrisa que achinaba sus ojos casi glaucos. Crowley reparó en que su pintalabios y su pelo hacían juego con el mantel y el papel de las paredes, como si todo estuviera diseñado para evitar las discordancias.
—No… Mire…, mademoiselle Lamartine…
—Cécile —corrigió ella.
—Cécile —dijo Crowley, algo molesto, y carraspeó—, ¿me permitiría ser franco? Tengo mucho que hacer y no me gustaría dar rodeos.
—Me advirtieron sobre su carácter, un tanto… particular, monsieur Crowley —pidió Lamartine, sin dejar de coser ni de sonreír—. No tengo ningún problema en ser franca con usted.
—Eso me complacería mucho. Verá, me interesa…
tener aliados que estén familiarizados con el manejo de la percepción extrasensorial —continuó Crowley—.
Yo dispongo de una información que opino le resultaría interesante y creo que nuestros planes, nuestros propósitos para este mundo desgraciado y decadente, podrían confluir.
—¿Y de qué manera podrían confluir, señor Crowley?
—Podríamos aportarnos mucho, ustedes y yo.
—¿Ustedes? —preguntó Lamartine, sin dejar de coser.
—Veo que el hermetismo de su grupo es admirable —dijo Crowley disimulando su profunda exasperación—, y comprendo su desconfianza, pero cuando les explique de qué manera nos podemos ayudar y entiendan de qué información puedo disponer, gracias a mis contactos con los nazis, no pensará igual.
—Explíqueme, entonces, de qué se trata —dijo ella, con un tono cínico que no pasó desapercibido para Crowley.
—Antes, necesito… una prueba de confianza por su parte. Me gustaría entender…
—¿De verdad no quiere tomar nada? ¿Ni un poco de té, ni una rebanada de pan con mantequilla?
—No, no se preocupe. Como le dije, prefiero ir al grano. Cécile, esa criatura… ¿está aquí? ¿Puedo verla ahora? —preguntó.
Lamartine siguió cosiendo y meciéndose. Permaneció callada unos segundos escuchando la canción que sonaba en la gramola:
— Come Josephine in my flying machine —canturreó expulsando el aire por la nariz, sin abrir la boca.
—Cécile… —insistió Crowley bajando la voz—, quiero ver a Datark con mis propios ojos, quiero rendirle pleitesía al verdadero rey —mintió.
—¿Le gusta la música de principios de siglo? —preguntó Lamartine, y le miró a los ojos con sus iris de hielo— Come in my flying machine —cantó, siguiendo la armonía, mientras cosía, sin dejar de mirarle—. Going up up she goes .
A Crowley su expresión y esa forma de cantar se le antojaban cada vez más inquietantes.
—Cécile, verá, tengo la total certeza de que podemos ayudarnos. Esa reliquia que sirvió para realizar el ritual podríamos utilizarla en nuestro propio beneficio, ¿comprende?
—Esa canción se hizo muy popular en el año en que el Titanic se hundía —dijo Lamartine, que parecía perdida en sus propios pensamientos—.
Resulta curioso, ¿verdad? Una canción de 1910 que cobró fama en 1912 y que casualmente habla de una ambiciosa máquina voladora —dijo con gran tranquilidad, sin levantar la vista de su costura—.
El mundo estaba en pleno furor industrial, el hombre era capaz de crear máquinas impresionantes, barcos colosales, titánicos…
—Cécile, yo…
—Pero los grandes colosos a veces son los primeros en hundirse. Y las máquinas voladoras caen… Invariablemente —dijo. Alzó la cabeza y le miró fijamente a los ojos—. Cuanto más damos por sentada nuestra victoria, más cerca estamos del abismo.
—¿Es una amenaza?
La mirada de Lamartine se hizo más fría y penetrante, pero sus labios sonreían.
—Tómelo… como una moraleja. Una fábula.
Crowley sintió la necesidad de desviar la mirada. Estaba empezando a sentir cierto poder hipnótico en aquellos ojos que parecían agua estancada. Miró de nuevo los cuadros, que, esta vez, le parecieron más ásperos e inquietantes. Todos los hombres de los retratos iban vestidos de negro.
—¿Parientes suyos? —preguntó Crowley.
—Cómplices, propiciadores, mecenas… —dijo Lamartine lanzándole una mirada cargada de significado.
—Entiendo. ¿Y qué hay que hacer exactamente para ser uno de esos «propiciadores»? O más bien, ¿a quién hay que financiar?
—No sea descortés, monsieur , no le conviene —dijo Lamartine, con voz cantarina, sin apartar los ojos de su labor.
—Hay una cuestión que todavía no comprendo, madame —insistió Crowley, cada vez más irritado, apoyándose sobre la mesa y mirándola fijamente, con claro afán de provocar—: ¿quién aportó el semen?
Está claro que el recipiente fue una mujer, pero ¿de dónde sacaron al donante?
¿Y la reliquia? Oiga, deje de hacerse la estúpida conmigo, no tengo las consideraciones que otros gilipollas tienen con las de su sexo, hábleme claro. ¿Dónde tienen a la criatura?
—¿Qué criatura?
—¡La que vi en ese maldito ritual! ¡El Anticristo! —gritó Crowley reprimiendo el impulso de abofetear a aquella mujer—. ¡Yo estuve en ese salón!, ¡estuve en el jodido ritual! Vi a la criatura, ¡incluso pude olería, maldita sea!
Lamartine chasqueó la lengua y esbozó una sonrisa.
—¿Está usted seguro de lo que vio?
—¡Lo vi con mis propios ojos! ¡Y vi cómo moría Montfaucon!
Lamartine le atravesó con su mirada. En sus pupilas, que ahora le parecían casi felinas, como dos dagas sobre la clara niebla de los iris, brillaba una luz que resultaba agresiva y asfixiante.
Crowley se dejó caer sobre la silla, casi como si esa mirada se lo estuviera ordenando.
Le dio rabia su propia impotencia. En un arrebato de ira, se levantó, se agarró la cabeza con las manos para evitar golpear a Lamartine, y golpeó la mesa con los puños.
Cogió un vaso de cristal y se echó un pequeño chorro de té.
Bebió rápido. Tenía la boca seca como una caja. Miró, desafiante, a Lamartine.
—Usted solo sabe lo que cree que vio —dijo Lamartine con una sonrisa de indiferencia—. Esto no es una sociedad como las que conoce, Crowley. Usted no sabe nada.
—¡Sé más que usted! ¿Cree que saldrá bien parada de todo esto?
Ha desatado un poder que usted misma no sabe entender.
Deje que alguien que sepa guiarse en esos lugares sea su aliado y ayudante.
Usted aspira al conocimiento máximo, a la estratosfera del esoterismo, al punto en el que el bien y el mal no significan nada, a la oscura piedra primigenia. Y yo también…
—Usted quiere el poder, Crowley —cortó ella.
—¿Acaso usted no lo quiere? —murmuró Crowley.