Capítulo 17 La Orden de Tarhun #2
Tracey, con unos cuantos rulos puestos, se asomó al salón, cerrándose la bata, extrañada al escuchar la voz de su tío a aquellas horas de la noche.
—Tío, ¿te pasa algo? ¿Tienes insomnio otra vez? Puedo prepararte una infusión…
Urik rebuscó en el montón de libros que tenía sobre la mesa y después en las estanterías, hasta que encontró uno especialmente grande, tan antiguo que se estaba deshaciendo. En la portada del libro pudo leer «Ars Goetia» en tipografía antigua.
—La edición perdida del Ars Goetia , la más antigua… —dijo Urik—, recoge partes de esos rituales, incluía teorías y conjuros más extensos referentes a la apertura de portales…
Lo abrió. Una nube de polvo grisáceo invadió el aire. Tosió varias veces, mientras buscaba, entre las páginas amarillentas, algo que no sabía explicar.
—Ya está hablando solo de nuevo —le dijo Tracey a su novio.
* * *
Creta, Ierápetra
—Los caminos se bifurcan —murmuró Ginebra, con los ojos cerrados—, pero solo uno lleva al centro del laberinto, al fuego. Veo… un toro noble, brillante, que trota libre, y veo otro que es adorado por muchos. Tiene alas, pero no vuela, tiene sangre en las mandíbulas. Le entregan ofrendas de sangre…
* * *
París, Vendôme
—Una mujer que haya recibido el veneno de la serpiente —dijo Orsic.
—El veneno de una vipera albizona… Así lo indica el Ars Goetia —citó Crowley recordando, al fin, de dónde venían esas remotas palabras.
—En el lugar en el que la piedra es negra —interrumpió Orsic.
—Una mujer beberá de la serpiente… —siguió él.
* * *
París, Neuilly
—Será poseída por las sombras —murmuró Urik, leyendo uno de los párrafos del Ars Goetia .
* * *
Creta, Ierápetra
—El hijo de Moloch ha venido a la tierra en su vientre —susurró Ginebra, encogida sobre la mesa del escritorio, garabateando palabras incomprensibles sobre un folio, entre ellas «Enlil», mientras Théo trataba de calmarla—. Y su reinado no tendrá fin…
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, yacimiento de Jarmo
Cesare avanzó entre la oscuridad y vislumbró, al final del yacimiento, que estaba en cuesta, una enorme hendidura en la que destacaba un bulto de piedra.
—¿Qué es aquello? —le preguntó a Sahin que iluminaba el camino con la linterna.
—Yo no me adentraría ahí, señor.
* * *
París, Vendôme
—¿Fue en las aguas negras de Enlil, en los montes de Tauro? —inquirió Crowley impaciente.
—La mujer no fue llevada allí. Las aguas de Enlil vinieron hasta ella. El veneno de la serpiente también. Lamartine dispuso los medios adecuados en el momento preciso. Y esa misma noche, en L’Enfer, el punto elegido, se fraguó el inicio. —¿Y dónde se produjo el parto?
—En el lugar más vulgar; el lugar a la vista de todo el mundo, pero siempre en la sombra.
—Un burdel…
Orsic asintió.
—¿Y por qué el nombre de Datark? ¿Por qué «Lucerna 666»? —preguntó Crowley.
—A su tiempo, querido Alister —respondió la vidente. Se levantó y se situó frente a la chimenea—. Muéstrame que eres digno de la revelación.
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, yacimiento de Jarmo
—¿Qué hay allí? —preguntó Cesare, perplejo, tapándose la boca con un pañuelo.
—Señor, por favor, le ruego que no siga.
Cesare sintió un escalofrío que recorrió su cuerpo, como una descarga. Por un momento deseó que amaneciera. Se arrepentía de haber venido antes del alba, pero era la manera de asegurar que nadie le siguiera. Continuó avanzando. La humedad se hacía cada vez más pesada, y penetraba hasta los huesos.
—No siga, señor. Está llegando al final del yacimiento —dijo Sahin apretando el gorro entre las manos—. Dicen que comunicaba con las aguas negras.
—¿Las aguas negras de Enlil? ¡Eso es una leyenda!
Cesare, decidido a llegar hasta el final, avanzó con su linterna y descendió por una rampa de piedra húmeda hasta que sus pies se hundieron en el barro.
Estaba en la oscuridad más absoluta. Le limpió el polvo con las manos al montículo de piedra, ayudándose con el pañuelo que llevaba en su mochila, hasta que descubrió una especie de altar invertido con la silueta de una serpiente enroscada en la base.
Dio un paso atrás y la enfocó con la linterna.
—¿Qué puede ser esto?
—Esto era, antes, la ciudad de Patara, señor. Y eso es un altar —añadió Sahin desde la parte alta de la rampa—. Los oscuros hacían rituales allí. Utilizaban la reliquia. Les echaron de Patara. Por eso nadie viene hasta aquí. Es mejor que nos vayamos.
—Las ruinas de Patara… Hay signos en esta piedra… Veamos. Es una lengua antigua… Es armenio…
Cesare entornó los ojos y siguió con los dedos la inscripción, justo por encima del cuerpo enroscado de la serpiente.
—«Desde la sombra…» —tradujo Cesare.
—Señor… Por favor —rogó el guía.
—«En este altar… ofrecemos la… ¿la carne?». —¡Por favor, salga de ahí!
—No, carne, no, «la sangrada…».
—¡Ese altar está maldito!
—«¡La sangre!».
* * *
París, Vendôme
Crowley se tendió ante los huesudos pies de Orsic y los besó.
—Por favor, confía en mí, soy digno del conocimiento. Jamás me revelaré contra ti, ama, autora, deidad. Serás divina por siempre. Juro fidelidad absoluta.
Orsic le puso la mano en la cabeza. Crowley sintió un cosquilleo.
—No eres digno de mi confianza, inglés, pero formas parte del ciclo cósmico y de los hermanos de Saturno. No eres puro, y sin embargo, debo aceptar, aunque ello suponga traicionarme. Es parte de la constelación.
Crowley sonrió para sus adentros. Lo había conseguido.
—Dime, por favor —dijo rogando, en el suelo, con el mismo tono de veneración—. Responde a mis preguntas. Datarle, Lucerna…
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, yacimiento de Jarmo
La linterna le temblaba en las manos, el olor era nauseabundo, pero Cesare se tapó la boca con el antebrazo y se empeñó en continuar descifrando el mensaje. Tenía que llegar hasta el final de aquello.
—«Te invocamos… oh, dios del trueno» —descifró, finalmente—.
Dios del trueno… de la tempestad… ¡El culto a Tarhun!
La leyenda de los Stver… ¡Los Sombra! Entonces era verdad.
Existen. Hacían sus sacrificios aquí. El signo del toro hizo que unieran a Tarhun con Moloch.
Lo pervirtieron, lo adaptaron a sus intereses.
Ellos han traído a esa criatura al mundo, ¡son ellos! Pero ¿por qué?
* * *
París, Vendôme, 3:33 am
—Datark es el vacío entre dos sucesiones de astros y de mundos, el abismo solo posible a partir de una larga degradación, el abismo que aparece tras la caída de los hombres.
Es la nada en la que se engendra el señor de la tormenta, tras los sacrificios de sangre.
El primero es el de la propia madre; luego, sangre de inocentes.
—Pero el ritual se pronuncia desde las aguas negras y la piedra oscura… —murmuró Crowley—. Hace falta obsidiana. Hace falta el altar.
—Pecas de impertinencia —interrumpió Orsic mirándole de forma oscura y amenazante, mientras tomaba asiento de nuevo—.
En el año 647, cuando comenzaron las guerras contra los califatos, muchos miembros de la Orden de Tarhun fueron perseguidos, y los Stver se marcharon a buscar refugio en otras tierras.
Un mecenas ávido de poder, los alojó en su castillo de Lucerna.
Allí, en el subsuelo de San Gotardo, en las mazmorras reconvertidas en laboratorios, inauguraron, en el año 666, un nuevo comienzo.
Juraron vengarse del mundo que los había recluido.
Los Stver, auspiciados por los descendientes del mecenas, la saga de los Schenk, han custodiado durante siglos los secretos alquímicos de las prácticas rituales de los montes de Tauro, han perfeccionado las mezclas, han realizado pruebas…
Y han elaborado la esencia hasta lograr la alquimia perfecta, aquella que crearía la imagen en carne de Enlil.
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, yacimiento de Jarmo, 5:33 am
Cesare empezaba a sentir un dolor de cabeza agudo, acentuado por el extraño olor. El guía había desaparecido y quizá no le estuviera esperando fuera, y él no sabría orientarse en aquellas montañas. A toda prisa terminó de anotar las inscripciones y guardó la libreta en su bolsa.
—Está bien. Larguémonos de aquí —decidió.
Antes de subir la cuesta hacia la salida del yacimiento, le pareció notar que algo se movía.
Enfocó las paredes de aquel averno con su linterna.
No había nada. Creyó escuchar un débil ruido de agua fluyendo.
Sus pies estaban cubiertos de una extraña viscosidad mugrienta.
De pronto, en la parte más baja del altar invertido, distinguió otro grabado.
Limpió el polvo con el pañuelo, tosiendo, y leyó: « Yes galis yem aprelu dzez het, ovk’er kendani yek’, yev duk’ mah kunenak’ mahits’ arraj ».
—«Vengo a habitar entre vosotros los que vivís, y tendréis la muerte antes de la muerte» —tradujo.
Una risa lejana, aguda y vieja, llegó desde algún lugar.
Se le erizó el vello. Las paredes, a la débil luz de la linterna que comenzaba a apagarse, parecían un espeso musgo negro que crecía en su oscuridad para absorberle la vida y la cordura, como una boca muerta sedienta de latido.
Rápidamente, corrió hacia la cuesta y se arrastró hacia arriba, sintiendo que escapaba de la misma oscuridad que había percibido en L’Enfer.
* * *
París, Vendôme, 3:33 am
—Pero tengo entendido que hace falta una reliquia para abrir la puerta —formuló Crowley—. La alquimia no basta.
—La reliquia elegida fue interpretada por el código oculto del Ars Goetia primigenio. Y la reliquia abrió la puerta —dijo Orsic.
—¿Qué reliquia?
* * *
París, Neuilly, 3:33 am