Capítulo 17 La Orden de Tarhun
La Orden de Tarhun
—Siéntate, Aleister. Te estaba esperando —dijo María Orsic.
La figura esbelta y joven de la médium croata, que permanecía de espaldas a él, mirando por la ventana del salón, le sorprendió aún más que el largo de su melena rubia ondulada que llegaba hasta el suelo.
Avanzó despacio, oyendo cómo crujía el parqué de la antigua casona de Connell en la que María Orsic pasaba unos días como invitada.
Ella no se movió. Solo llevaba puesto un camisón de seda de manga larga, sobre el que la melena dibujaba ondulaciones que le trajeron a la memoria el famoso retrato de Leonor de Aquitania.
Sin embargo, había algo más moderno y anguloso en Orsic, y menos delicado.
Su delgadez era extrema, los huesos se transparentaban bajo la seda del camisón, sobresalían en sus tobillos y pies, y aunque había algo turbador y agresivo en esas protuberancias, emanaba una especie de serenidad oscura que hacía difícil concebirla como una chalada que creía en extraterrestres.
Crowley tomó asiento en una de las grandes butacas que se hallaban junto a la enorme chimenea del salón.
Cuando Orsic se volvió y le miró, pudo ver en su hermoso rostro los signos de la edad.
—Sé que es una hora un poco rara para las visitas —se justificó Crowley—, pero usted sabe el significado que…
—Sí, conozco el significado de la hora ritual, y sé por qué has venido —dijo ella. Sus ojos claros le atravesaron como dos puñales de agua.
—Me costó decidirme, lo confieso —dijo Crowley pugnando por escapar al influjo de la extraña belleza de aquella mujer—. Pero, desde mi conversación con Connell, el otro día, estaba bastante intrigado. Ignoraba que la sociedad Vril estaba ahora en París.
—No todos, solo algunos de nosotros. Los que aceptamos la deriva.
—¿La deriva?
—La deriva de los acontecimientos —dijo Orsic.
Con suma placidez avanzó por el salón, con sus pies descalzos y huesudos en los que aún se podían ver señales de su antigua profesión de bailarina, y tomó asiento frente a él, en la butaca pareja, junto a la chimenea—.
Nosotros pretendíamos una unificación germana —explicó con su voz suave y un gesto inalterable—, pero eso no ha sucedido y ahora las fuerzas se mueven hacia otro lado.
—¿Hacia dónde exactamente?
—Dime la clave.
Crowley, sorprendido, en un acto reflejo, se echó hacia atrás en su butaca.
—Lucerna 666… —murmuró Crowley.
Orsic cerró los ojos y tomó aire.
—Lo que pretendes descubrir no debe saberlo nadie. En el momento en que el conocimiento te sea revelado, deberás guardar silencio. Y reverenciar a Datark.
—Descuida.
Orsic le miró a los ojos.
—¿Eres conocedor de los antiguos cultos hititas?
—En cierta medida.
—Entonces habrás oído hablar de la Orden.
—¿Qué orden?
—La Orden de Tarhun.
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, Puertas Cilicias,
3 de septiembre de 1939, a la misma hora
Cesare observó la extensa cordillera que se alzaba más allá del valle de Chemchemal.
—Así que estos son los montes de Tauro…
—Sí, señor, los confines de Anatolia. Justo antes de llegar al lago Van. Al norte, tenemos el Tigris…
Cesare no percibía, en aquellas montañas, ningún mensaje amigable; al contrario, parecían estar expulsándolo de allí.
Mientras caminaba junto a Sahin, un aire gélido le atravesaba el pecho, como si una corriente fría llegara de alguna parte.
Al fin, llegaron a un desfiladero en el que se divisaban dos bloques de montañas divididas por un corredor de tierra que parecía conducir al fin del mundo.
—Las Puertas Cilicias, señor —dijo Sahin.
Cesare observó el estrecho sendero que se habría paso entre las montañas.
—¿Y qué hay al otro lado?
—El yacimiento de Jarmo —reveló Sahin, con expresión sombría—. Ahí es a donde vamos.
* * *
Creta, Ierápetra, 3 de septiembre de 1939, a la misma hora
—¡Las Puertas Cilicias! —gritó Ginebra, levantándose de la cama.
Théo, que dormía en una cama plegable y tenía los riñones hechos polvo, abrió un ojo y luego el otro.
—¿Cómo? —preguntó, medio dormido.
Ginebra subió la persiana de la habitación de la casa de Ian en la que se alojaban, a pie de mar, cerca de la fortaleza de Kales. La luna llena iluminaba el Mediterráneo oriental.
Una palabra salió de sus labios:
—Enlil.
—¿Qué es Enlil? —preguntó Théo.
Ginebra se apretó la cabeza con las manos y gritó.
* * *
París, Neuilly, 3 de septiembre de 1939, a la misma hora
Cuando el libro golpeó el suelo, Urik abrió los ojos y se dio cuenta de que se había quedado dormido leyendo.
Se levantó de la mecedora y cogió la carta cifrada que le había enviado Ian con el texto que faltaba en el Critias , y leyó: «De la tierra y del cielo vendrá el movimiento de los soles, los habéis hecho girar y, sin embargo, la razón os es ajena.
Del mar surgirá la última respuesta. Más allá de la dríada y la roca, siguiendo las grietas calizas, la flor azul.
Quien tenga entendimiento hallará la barca, el pasaje se abrirá para quien descubra los signos del barro milenario, agua dulce para los puros, turba y hierro para los que…
Más allá del camino del fuego. La sombra se erigirá eternamente para las almas impías.
Haced girar los ejes y el hombre vivirá su nueva edad».
Una vez más, intentó unir los cabos, encajar las piezas.
* * *
París, Vendôme
—El culto al dios Tarhun, que muchos vinculan con el posterior Moloch, se dio durante siglos en la zona de Turquía, aunque proviene de ritos aún más antiguos —explicó María Orsic, sin moverse.
El fuego de la enorme chimenea le concedía un aspecto grave e imponente.
Sus manos huesudas suspendidas sobre los brazos de la butaca eran frágiles y agresivas al mismo tiempo.
Había encendido una larga pipa que parecía de origen indio, y estaba fumando algo que olía a ungüento.
Su pelo se derramaba a ambos lados de la butaca, como si estuviera sentada sobre un amplio manto de flecos—.
Tarhun es Teshub, el dios del trueno… —explicó.
Y expulsó un largo hilo de humo de color verdoso—, dios del cielo, de la tierra y de la tempestad, según los hititas.
—Dios del clima —precisó Crowley.
Orsic asintió.
—Su hijo es Enlil —añadió.
—Pero Enlil es una deidad del panteón sumerio… —repuso Crowley, extrañado.
—Los miembros de la Orden de Tarhun fundieron los cultos sumerio y anatolio en esa deidad. Enlil es, para ellos, el hijo de Tarhun, adorado desde tiempos inmemoriales en el sur de Turquía, y lo entendían como un dios que cuidaba de ellos, del clima, de que tuvieran agua y prosperidad —narró Orsic.
—Imagino que ahora viene el «pero», ¿es así? —aventuró Crowley.
—Dentro de los Tarhun hubo una rama que se dedicó a cultivar el oscurantismo: los Stver. Ellos entendían a Tarhun de un modo mucho más oscuro, como una representación de Moloch.
—Los Stver… —murmuró Crowley, sin disimular su turbación—. Siempre creí que eso eran historias de los pueblos del Este, sin más. «Los Sombra», así se les conocía.
Orsic asintió. Lentamente, dejó salir el humo y continuó hablando.
—Enlil, hijo de Tarhun, el hombre-toro, era, para ellos, una deidad diabólica y guerrera, nacido de Moloch, el dios devorador.
—Ese culto se realizaba en los montes de Tauro, ¿no es así?
—Sí, en la antigua Patara. Pero, para rebelarse contra los otros Tarhun, los Stver realizaban sus cultos bajo tierra, más allá de las Puertas Cilicias.
Los Stver han aguardado siglos para traer a Enlil a este mundo.
Creían firmemente que se encarnaría en ese nacido al que llaman Datark, y que este les proporcionaría poder, a cambio de sacrificios.
Conspiraron para traer al mundo a una criatura de sombra, y así ha sido.
—Y supongo que Lamartine es una de ellos —intervino Crowley.
—La fuerza que se ha desatado es mucho más poderosa de lo que pensaban. Ni siquiera Cécile Lamartine, la Stver que se encargó de lograr el recipiente, sabe hasta qué punto.
—¿El recipiente?
* * *
Sur de Turquía, montes de Tauro, yacimiento de Jarmo
Cuando llegaron al antiguo yacimiento de Jarmo, tras atravesar las Puertas Cilicias, la oscuridad de la piedra obsidiana, unida a la profundidad angosta de la cantera, le produjo a Cesare un escalofrío.
El olor era semejante al que había creído percibir en L’Enfer, una mezcla entre lodo y azufre…
Se internaron en el agujero y Cesare siguió al guía, Sahin, hacia un punto en el que aún llegaba la luz exterior, aunque la humedad era pesada y gélida.
Sahin desenterró algunas de las piedras y las colocó en un paño blanco que le mostró a Cesare.
—Observe estas figuras talladas en obsidiana. Según los estudios, podrían datar incluso del año dos mil antes de Cristo.
Cesare revolvió las figuras, localizó una que parecía estar abombada, le quitó la tierra húmeda con los dedos y la observó.
Era una mujer embarazada, pero el cuerpo era demasiado delgado y el vientre hinchado estaba algo torcido, como si estuviera hecha por un niño o por un demente.
Inmediatamente recordó las palabras de Marguerite sobre su extraña barriga de embarazada, los síntomas que había padecido, su extrema delgadez…
La segunda figura parecía una especie de virgen negra pagana, reclinada, con las manos en cruz sobre el pecho y una serpiente enroscada en las piernas, y la otra era una cabeza de toro deformada, con un rictus diabólico y los cuernos levemente retorcidos.
Parecía más un león rugiendo que un toro y los ojos eran los de un insecto…
o los de un pez. En un movimiento reflejo, la dejó caer al suelo, como si le hubiera mordido, al recordar la imagen de la criatura.
—¿Puedo llevarme estas piezas?
* * *
París, Neuilly
—¿Qué es lo que no encaja? —se preguntó Urik, caminando de un lado a otro del salón—. Los Stver están relacionados con los antiguos cultos hititas… pero ellos viraron hacia la oscuridad, ellos hacían invocaciones de demonios.