El cabaret del infierno Capítulo 16 El secreto del Critias #2
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Capítulo 16 El secreto del Critias #2

—Bajo las sábanas, escondidos en los muebles viejos, hay algunas reliquias del dominio turco y veneciano.

Pero los italianos y los ingleses no han puesto todavía sus garras aquí dentro.

De hecho, el acceso está prohibido. La protección de este lugar viene de muy arriba —indicó Ian—.

Solo espero que la madre Grecia, patria de la filosofía, no corra peligro…

Dicen que esos sucios nazis podrían llegar aquí.

Espero que se quede en una falsa alarma.

Ian los condujo, a través de mesas empolvadas, cajas, escombros y telarañas, hasta un rincón de la estancia.

—Ian, entonces, ¿la Atlántida fue real? Pero Zeus no lo es… Y ¿cuál es la conexión del disco con este texto?

—De acuerdo, Théo, algo que debéis saber es que el mensaje de Zeus a los atlantes es, en realidad, mucho más que eso —dijo Ian, bajando la voz—.

Se trata de un mensaje simbólico y la identidad del mandatario también lo es.

Mi grupo de investigación y yo sostenemos la teoría de que la Atlántida fue real y ese mensaje revelaría, en realidad, la mayor fuente de energía de todos los tiempos, aquella de la que se nutrieron los atlantes para crear su floreciente imperio, aún más poderoso y adelantado de lo que imaginamos.

Al parecer, esa energía se desbordó y los destruyó, a causa de su deseo de llegar cada vez más lejos en el poder y la gloria de su imperio.

De ahí que lo escondieran. Tal vez Platón estaba dando demasiadas claves… cifradas.

—No había oído hablar de eso —dijo Ginebra.

—Hay muchas teorías, pero es la que pienso que tiene mayor fundamento. A partir de lo que nos ha contado Urik, creemos que el Critias guarda relación con los símbolos del disco y ello nos guiará hacia la fuente de energía.

Junto a un armario desvencijado lleno de papeles amarillentos, arrinconada contra una ventana polvorienta, había una cómoda tan anodina y cubierta de telarañas que nadie hubiera reparado en ella.

Ian la retiró, respirando trabajosamente, y les señaló una trampilla que había justo debajo, en el suelo.

— Et voilà —anunció, limpiándose el sudor de la frente. Al abrir la trampilla la débil luz que se colaba a través de los cristales polvorientos iluminó una escalera estrecha—. Bajaré yo primero. Al fin y al cabo, como no pierda peso, la diabetes me matará antes que los nazis.

La escalera descendía hacia un angosto subsuelo húmedo, atestado de muebles. Ian apartó las telarañas y encendió una bombilla que colgaba del techo. Se agachó y, con la ayuda de Théo y Ginebra, apartó uno de los tablones de madera que hacían las veces de tarima. Debajo había un pequeño cofre.

—Ponlo sobre esa mesa, Théo —dijo Ian, señalando una de las mesas polvorientas, en medio de un ataque de tos que le hacía llorar.

Théo colocó el cofre, no más grande que una caja de zapatos, sobre la superficie de madera.

Ian extrajo de su bolsillo una cajita de alabastro de la que sacó una pequeña llave plateada.

La encajó en la cerradura y el cofre se abrió casi como un resorte.

Los tres juntaron sus cabezas sobre el cofre para ver bien el contenido. Sobre un fondo de terciopelo color cereza vieron una hoja de papiro guardada en un recipiente de cristal.

—Dios mío —murmuró Ginebra.

Ian se colocó unos guantes negros y extrajo con sumo cuidado el papiro amarillento con letras escritas en una tinta casi borrada.

—Miradlo bien, porque solo vais a ver esto una vez en vuestras vidas —anunció Ian, sin dejar de observar la hoja—. Se trata de un papiro del manuscrito original del Critias . La escritura del propio Platón.

—¿Qué pone? —preguntó Théo.

Ian leyó:

—«Hombres necios, sin fe ni esperanza. Habéis abierto un pasaje y desconocéis el destino.

No hallaréis la respuesta porque la entrada está abierta, pero no la salida.

Y el fuego no procurará otro amanecer, si los actos…

». Esto que viene a continuación es ininteligible, pero aquí continúa —precisó Ian, y continuó—: «De la tierra y del cielo vendrá el movimiento de los soles, los habéis hecho girar y, sin embargo, la razón os es ajena.

Del mar surgirá la última respuesta. Más allá de la dríada y la roca, siguiendo las grietas calizas, la flor azul.

Quien tenga entendimiento hallará la barca, el pasaje se abrirá para quien descubra los signos del barro milenario, agua dulce para los puros, turba y hierro para los que…

». Lo que sigue es incomprensible. Continúo: «Más allá del camino del fuego.

La sombra se erigirá eternamente para las almas impías.

Haced girar los ejes y el hombre vivirá su nueva edad.

Así habló Zeus a aquellos hombres necios.

Escuchad esta palabra porque el secreto se revelará a quien sepa transitar el laberinto».

Cuando Ian dejó de leer los tres guardaron silencio.

Ginebra tenía los ojos llenos de lágrimas. Sabía que todo lo que había oído tenía sentido, lo sabía, pero debía encajar las piezas. Théo parpadeó varias veces como si estuviera asimilando la información. Estaba empapado en sudor; allí abajo el calor no era intenso, pero la humedad ahogaba.

Con sumo cuidado, Ian volvió a depositar el papiro en el recipiente rectangular de cristal, lo cerró, hizo lo mismo con la tapa del cofre y echó la llave.

—Estamos intentando unir los elementos y seguir la pista.

Turba, dríada, grietas, agua dulce, hacer girar los ejes…

Dríada viene de Dryas octopetala . Es una flor de ocho pétalos.

Curiosamente, me dijo Urik, está representada en el centro del disco.

Solo crece sobre tierra caliza, y hemos localizado todos estos elementos en la región de Burren, Irlanda, no muy lejos del Ness, cuyas paredes también son calizas.

Allí hay yacimientos de turba y agua dulce.

—La flor… Es una flor azul —dijo Ginebra, que parecía estar percibiendo algo— y dudo que sea un elemento de la geografía. Está en el disco. Está fuera, pero creo que también está dentro.

—Bueno… —dijo Ian, desconcertado—, podemos hablar de ello, Ginebra.

Pero lo cierto es que hay vibraciones telúricas en algunas de esas áreas que os menciono, y minerales poderosos.

Lo lógico es seguir esa línea y atenerse a la ciencia.

Por eso investigamos en esa región. Y parece que los nazis también.

Todo esto es máximo secreto. Le he enviado un telegrama en clave a Urik con los datos. Ayudadme con esto.

Ian devolvió el cofre a su lugar y, entre los tres, pusieron el tablón encima.

—Desgraciadamente, sospecho que algunos de los investigadores que han trabajado conmigo podrían haber filtrado algo de información a la Ahnenerbe —explicó Ian apesadumbrado, limpiándose el sudor—.

Algunos tienen doble pertenencia a sociedades como la Teosófica y los rosacruces o la masonería y la OTO, incluso estaban infiltrados en la antigua Thule.

Pero, gracias a Dios, la filosofía no les va mucho a los nazis.

Mientras busquen el arca de la alianza en el Tíbet estarán lejos de preguntarse por este papiro. Salgamos de aquí.

Una vez fuera de la mezquita, Théo sintió que el calor había aumentado; la ropa mojada se le pegaba al cuerpo.

—Ian, ¿esa fuente de energía de la que hablas sería más fuerte que el petróleo? —preguntó Théo.

—No es una fuente de energía… —dijo Ginebra—. Es una puerta.