Capítulo 16 El secreto del Critias
El secreto del Critias
Creta, Ierápetra, Kato Mera
—Esta luz amarilla no deja de asombrarme. Es tan diferente de la de París… —dijo Ginebra, mientras atravesaban la tierra ardiente de la ciudad más meridional de Europa, hacia la plaza central, donde se encontraba la iglesia turca.
El viaje desde la isla de Montecristo, con parada en Sicilia, no había sido fácil, y Théo había vomitado varias veces a causa del movimiento del mar. En Cefalú, Sicilia, un frío inusual allí les había congelado, y Ierápetra les recibía con una ola de calor húmedo que parecía ir en aumento.
—El clima en el mundo entero se ha vuelto loco. En fin, al menos, aquí, no tenemos que llevar la ropa de camuflaje —dijo Théo.
Ambos se habían vestido con las ropas más anchas y frescas que llevaban en las maletas, y con sombreros de paja, y habían dejado el equipaje en la consigna de la estación.
El calor hacía temblar la imagen del horizonte.
Las chicharras cantaban tan fuerte que Ginebra tenía que subir el tono de voz para hacerse oír.
—Théo, no hemos tenido tiempo de nada durante el viaje, pero quiero que sepas que yo a ti también —aseguró Ginebra, mirándole a los ojos.
Théo, desconcertado, estaba a punto de preguntar, cuando de pronto supo a qué se refería y sonrió.
—Gracias, es importante para mí.
—Tendría que haber llegado ya el amigo de Urik.
—Yo estoy deseando que terminemos de investigar para darme un baño en la playa —confesó Théo, abanicándose con el sombrero.
—¿Dónde crees que nos alojará Ian?
—No lo sé, pero es una pasada que tengamos identidades falsas, como los espías.
Ginebra dejo escapar una carcajada.
Atravesaron la plaza blanca, vacía de gente, hasta encontrarse con la extraña construcción de color arena. Ante ellos se erigía la antigua mezquita turca de Ierápetra, junto a un templete semihundido.
—Es como en mi sueño. A la torre de la mezquita le falta el final del minarete —dijo Ginebra.
Théo observó la estructura, tapándose la frente para que no le deslumbrara el sol.
—Y tiene una forma rarísima. Mira esos arcos en la parte delantera… Juraría que no son iguales.
—Sí, es como si hubiera estado cubierta por un muro o por una valla… Tiene una especie de… doble pared… y es asimétrica. Y la puerta principal es demasiado pequeña. Realmente esto no parece una mezquita.
—No parece una mezquita porque no lo era —dijo una voz profunda.
Ambos se dieron la vuelta sobresaltados y vieron a un hombre robusto y alto, con la cara rubicunda redondeada y tostada por el sol, las manos rollizas cruzadas sobre el pecho, por encima de la prominente barriga, mirándolos con serenidad y una sonrisa bonachona bajo su poblado bigote rubio.
—Me llamo Ian Brodsky. Bienvenidos a Ierápetra.
* * *
París, embajada de Alemania
Lucius revisó las carpetas que llevaría a Alemania con los documentos cuidadosamente clasificados: los pertenecientes a la Operación Netz, los derivados de la investigación secreta que estaba haciendo sobre Heydrich, para evitar que el jefe de la Gestapo en Berlín quisiera serlo también en París, y los de la búsqueda de Ginebra.
Desde Marsella no llegaban buenas noticias: no había ni rastro de Wilde ni de Bernard, a pesar de que habían franqueado la frontera con Italia; estaban peinando la Toscana y tenían controlados los puertos de salida de Francia.
No podía interrogar a Claire, toparía con los altos cargos del ministerio, aunque no sería por mucho tiempo.
La invasión de Polonia estaba al llegar y después caería Francia.
¿Dónde diablos habría podido ir esa judía pobretona?
¿Tendría, el tal Bernard, contactos importantes?
Su amigo Vincent Siena, con las debidas técnicas de tortura, había cantado como un pajarito y ahora estaba claro que Bernard tenía en su poder la pieza de Koch, la que ansiaba Hess.
Sin embargo, ante la dificultad para encontrarlos, estaba tratando de hacer dudar a Rolf de que esa fuera realmente la reliquia que necesitaba.
Había aplicado el debido correctivo a Kumber, y había encomendado a sus nuevos efectivos seguir con la búsqueda en territorio italiano.
Le frustraba enormemente tener que marcharse a Berlín, pero la cercanía del Plan Blanco, la invasión de Polonia, requería que pusiera pies en polvorosa.
En pocos días, en París, los miembros del Partido Nazi no serían bienvenidos ni siquiera con identidades falsas.
Quedarse era demasiado arriesgado, habría que esperar a la victoria definitiva.
En París ya era el intermediario de toda gestión financiera o social que tuviera que ver con el Partido Nazi, por parte de los grandes empresarios.
No olvidaba su objetivo primordial en este momento: Rolf debía ayudarle a quitarse de en medio a Heydrich en su ascenso hacia la gloria en Francia.
Su secretaria salió tímidamente del cubículo en el que trabajaba, y caminó hacia él.
Llevaba la falda que él le había dicho que se pusiera y tenía los ojos llorosos, porque la había reprendido por ir demasiado corta.
Lo primero que haría cuando volviera, triunfante, de Berlín, sería nombrar a Pamela su secretaria oficial. Tendría diversión para rato.
Salió del despacho, pensando en su cita secreta con Odette Hellweger, hija de un rico empresario y menor de edad.
Un blanco fácil. Si lograba encandilarla lo suficiente, a su vuelta de Alemania la tendría a punto de caramelo.
Quizás incluso la dejara embarazada antes de irse.
Así, esa puta cara le aseguraría el ascenso social.
Comprobó que llevaba en el maletín el regalo que pensaba hacerle para que se quitara la ropa lo antes posible, y pulió la excusa que pondría para perderla de vista antes de la cena.
* * *
Creta, Ierápetra, Kato Mera
—¡Así que os conocéis desde hace diez años! Qué callado se lo tenía Urik —dijo Théo, sin dejar de abanicarse con el sombrero.
—Nos conocimos en las inmediaciones de Hertfordshire, Inglaterra, en uno de los viajes exploratorios de ese viejo ucraniano, que es un maldito sabio.
Entonces todavía trabajaba como científico y daba clases.
Le estuve enseñando la cueva templaría de Royston.
Volvimos a coincidir en Latrum y en Jerusalén.
Después, él se retiró a ese exilio autoimpuesto.
—Urik me dijo que tú eras caballero templario —dijo Théo.
—Théo… —le reprendió Ginebra. Ian sonrió.
—Lo era. Y todavía trabajo con algunos de ellos. Se integraron en mi equipo de investigación. Creedme, no tiene tanto glamur como hacen ver en los relatos de ficción.
—¿Qué pone ahí? —dijo Ginebra observando absorta la fachada—. Hay algo escrito en esa pared, bajo los arcos, sobre la puerta principal.
— ינל זעיש תבעל תא זוחא המיסחה שרוגי «Quien ose pasar el umbral, será expulsado» —tradujo Ian.
Ginebra y Théo le miraron en silencio—. Cuando decía que esto no era una mezquita es porque, antiguamente, no lo era —explicó Ian—.
Se construyó como fortaleza. Pero no como una cualquiera.
Ierápetra, en la Edad Clásica, era la ciudad más fuerte de Creta del este.
Seguro que no lo sabíais. Es difícil imaginarlo cuando se ve esta ciudad por primera vez, tan pequeña y abandonada.
En 1798, Napoleón Bonaparte se refugió en casa de una familia, aquí en Ierápetra, después de la batalla de las Pirámides de Egipto.
Preguntaos por qué. Y poca gente sabe que la nobleza veneciana buscó en Ierápetra algo que iba más allá del dominio del Mediterráneo.
Buscaba un arca. No la de la alianza, sino un antiguo cofre en el que estaba escondido el texto que faltaba en el relato de Platón.
—El texto final del Critias —murmuró Ginebra.
Ian asintió.
—Y por eso estamos aquí —dijo, sacando de su bolsillo una pequeña llave oxidada y dirigiéndose a la extraña puerta lateral—.
Alguien sustrajo ese texto del manuscrito original del Critias y lo mantuvo, durante siglos, en Egipto, creemos que, primero en Sais y, tiempo después, en Alejandría.
Allí lo localizó un erudito arqueólogo griego y lo custodió en la ciudad que entonces era la más floreciente de Creta, Ierápetra.
Para que no volviera a correr peligro, se construyó una fortaleza a la que un comité de hebreos, griegos y egipcios denominó Jilúf, un nombre de origen hebreo que alude a la sustitución de un templo por otro: el Serapeo de Alejandría, en Egipto, por el cretense de Ierápetra.
Después, este templo pasaría a ser una fortaleza y, finalmente, ya en el siglo XIX , una mezquita turca.
Hoy alberga únicamente muebles y objetos carentes de interés.
Nadie sabe que en el subsuelo reside el mayor de todos los secretos: el mensaje que Zeus les dio a los diez mandatarios de la Atlántida.
—¿Los diez mandatarios? —preguntó Théo.
—Sí, ¿lo recuerdas, Théo? —preguntó Ginebra. Y recitó—: «Con este fin reunió él a todos los dioses en su mansión más noble y bella: esta se halla situada en el centro del Universo y puede ver desde lo alto todo aquello que participa del devenir. Y habiéndolos reunido, les dijo…». Fin del texto.
—¿Te lo sabes de memoria? —preguntó Ian, asombrado.
—¡Claro!, hace tiempo que trato de entender la conexión del Critias con el disco —señaló Ginebra.
Ian miró a su alrededor y, cuidadosamente, abrió la pequeña puerta.
—¿Y entramos en un lugar como este antes de que anochezca? ¿Es seguro? —dijo Théo, cogiendo de la mano a Ginebra.
—Créeme, Théo —respondió Ian—, si realmente quieres guardar un secreto, ponlo a la vista de todos. Seguidme. Siento lo del calor sofocante. No es normal en estas fechas.
La puerta se abrió del todo con un chirrido y entraron en la pequeña mezquita que guardaba en su interior un buen bloque de muebles y estanterías viejas, objetos de oficina y otros utensilios, tapados con sábanas polvorientas.