El cabaret del infierno Capítulo 14 Lucerna 666 #2
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Capítulo 14 Lucerna 666 #2

—Yo trabajaba junto a la sala de las telefonistas.

El científico era Renaud, pero los de administración, a veces, sabemos mucho más sobre lo que se mueve dentro de las instituciones.

Yo hablo con mucha gente a lo largo del día, y tengo buena memoria.

Sé que nadie me apoyará, pero yo hago esto por la memoria de Renaud.

Él era inocente. Su único error fue toparse con ese maldito disco de piedra o lo que fuera.

Y estar rodeado de cobardes. ¡Nadie ha hecho nada!

Y a mí no me quisieron escuchar. Cuando usted se puso en contacto conmigo, tuve esperanza por primera vez…

—Sé cómo se siente. Quiero que sepa que yo me estoy jugando el trabajo e, incluso, probablemente, la vida con esta investigación a espaldas de mi departamento. Necesito saber todos los detalles posibles acerca de esa pieza que estaban investigando.

—No tengo ningún problema en contarle todo lo que sé: la pieza la trajo ese cerdo de Koch.

Perdone que hable así, pero él tuvo la culpa.

Quería que la investigaran. Renaud me lo contaba todo.

Esa pieza la encontraron en Turquía, pero se la quedó un tal…

bueno, un ricachón suizo. Koch trabajaba para él.

Años después, ese hombre murió y Koch robó la pieza y la trajo al laboratorio.

Le dijo a Renaud que era la más extraña que había visto, que tenía materiales desconocidos, que tenía…

propiedades, poderes, algo así, pero que había que buscar la forma de activarla.

—¿Activarla?

—Dijo que, si lograran activarla, sería capaz de producir una energía desconocida hasta el momento.

Solía hablar de la cantidad de cosas que podría hacer la ciencia con una energía así.

Se lo confesó solamente a Renaud, le hizo creer que lo hacía por amor a la ciencia, pero, en realidad, quería vendérsela a los nazis.

Renaud decía que se les había ido de las manos, que jamás lograrían manejarla y que les consumiría antes de eso.

No sé qué era esa cosa, pero a él sí le estaba consumiendo.

Renaud tenía pesadillas y alucinaciones.

Lo achacaba al contacto con la pieza, y a que Koch le había suministrado algo, sin su permiso.

Se le empezó a caer el pelo, estaba adelgazando.

Él decía que el origen de esa reliquia era imposible de determinar, pero que había sido usada para cosas horribles y que tenía una energía oscura.

Estaba obsesionado con… encontrar información sobre una especie de personaje histórico.

—Hábleme de ese personaje. ¿Qué relación tiene con el disco?

—Yo… Renaud estaba muy mal, entonces. Realmente no sé si…

—Todo lo que pueda desvelarme es importante, Suzanne.

—Era… un hombre egipcio, creo. Al parecer, había sido poderoso en la antigüedad y había empleado esa pieza para cosas abominables.

Decía que… Oh, pobre Renaud, decía que ese hombre había llegado a adoptar formas diferentes, que era capaz de abrir portales, lo definía como un verdadero monstruo.

Nunca supe si era verdad o formaba parte de su delirio, porque jamás me dijo su nombre.

Además, poco después de empezar a analizar la pieza, comenzaron a seguirles.

Jean Faure no sabía ni la mitad de cosas que Renaud y, aun así, también le siguieron a él.

—¿Quiénes? —dijo Claire, mientras tomaba notas a toda velocidad.

Suzanne se limpió las lágrimas.

—Me hablaba de policías de incógnito, de agentes…

incluso había dejado de trabajar con ayudantes porque la investigación era cada vez más peligrosa.

Ahora sé que debería haberle creído. Derek les presionaba, a él y a Jean Faure, pero se guardaba información.

Renaud acabó odiándolo, quiso dejar la investigación.

Decía que todo aquello estaba cubierto de mierda.

Pero Derek le amenazó con revelar nuestra relación.

Ya sabe, los dos éramos empleados del ministerio.

Ahora ya no me importa, yo misma he dejado el trabajo. Todo allí me recuerda a él.

Claire terminó de tomar notas y mordisqueó el bolígrafo.

—Suzanne, ¿podría…?

—Renaud era un buen hombre —interrumpió Suzanne, cediendo a un acceso de llanto.

—Estoy segura de que lo era, Suzanne —afirmó Claire, tendiéndole un pañuelo.

—Nos íbamos a casar…

Claire bajo la cabeza y esperó unos segundos a que Suzanne se restableciera.

—Suzanne, no sé si puedo expresarle cuánto lo siento.

Creo que no hay palabras en estos casos…

Debe disculparme, pero tengo que volver al ministerio: he de evitar que sospechen, y que eso la salpique a usted, o todo esto no habrá servido de nada…

¿Podría recordar el nombre de ese suizo del que me hablaba para el que trabajaba Koch?

Suzanne asintió y se levantó con la torpeza de movimientos de quien ha ganado peso de forma reciente y no está acostumbrada. Entró en una habitación y salió ojeando un cuaderno.

—¡Lo sabía! Renaud siempre apuntaba este tipo de cosas en su cuaderno —dijo acariciándolo con una sonrisa triste—, lo apuntaba absolutamente todo, era muy metódico.

Y olvidadizo. Cuando desapareció, registraron su casa, la revolvieron entera, pero no sabían que se había dejado este cuaderno en la mía la noche anterior.

Solo yo sabía lo despistado que era —dijo.

Se limpió las lágrimas con el pañuelo y repasó con el dedo índice las notas del cuaderno—.

Aquí está, el nombre es Nikolas Schenk: era un empresario farmacéutico que residía en…

Lucerna. Y aquí viene también «San Gotardo. Laboratorios», no sé qué será eso.

—Suzanne, ¿puedo pedirle que me deje ese cuaderno?

—Oh, mi pobre Renaud ya no podrá utilizarlo. Ya no le sirve de nada —lamentó ella, entregándole el cuaderno y cerrándose el chal.

—Gracias, Suzanne, de corazón. No sabe lo valioso que es esto.

—Claire, yo solo quería aportar información, quería ayudar.

Cuando ocurrió, traté de hablar con gente del ministerio, con la policía…

No me lo permitieron. Sé que debe de ser algo muy gordo y a nadie le interesa que yo hable.

Me da igual si me buscan, me da lo mismo.

Solo puedo confiar en usted. Por favor, ¿me dirá qué sucedió?

Yo sé que los mataron. Los cuerpos desaparecieron, pero sé que fue así.

Me gustaría poder velar al que iba a ser mi marido en paz.

Claire asintió, poniendo la mano sobre el brazo de Suzanne. Ojalá pudiera decirle a esa mujer algo más, pero no podía darle ningún alivio. Seguramente la estarían siguiendo a ella también. Solo podía confiar en que todo esto sirviera para algo.

—Le prometo que le diré lo que pueda averiguar.

—Tenga mucho cuidado, Claire. A mí me da igual perderlo todo, ya no me queda nada, pero usted…

—He estado teniendo cuidado, Suzanne, mucho. Pero recordé lo que me dijo una vieja amiga: a veces, intentando evitar que nos maten, nos morimos nosotros, lentamente… Si tenemos que perder, al menos que sea luchando, ¿no cree?

Suzanne sonrió entre lágrimas y la abrazó.

Claire recorrió el camino hasta el ministerio pensando en todo lo ocurrido en los últimos días, en Ginebra y en su posible paradero.

Tenía la certeza de que la seguían, e incluso había encontrado un micrófono instalado en su casa.

Sabía lo de la detención de Siena y la implicación de los nazis en la búsqueda de una extraña pieza que parecía ser la clave de todo.

Según informaciones clandestinas, los nazis estaban en Marsella.

Por otro lado, Waxley informaba sobre movimientos extraños en la alta sociedad inglesa, desplazamientos a París, transacciones, pactos.

Todo indicaba que algo grave se estaba cociendo, estuviera o no relacionado con la guerra.

Si ella empezaba a ser incómoda podrían acusarla de cualquier cosa para quitársela de en medio, pero ya no le importaba, tenía que seguir adelante y averiguar qué relación existía entre los acontecimientos.

Aunque solo fuera por Ginebra, por Suzanne y por ese Renaud al que no conocía, pero respetaba.

Llegó al despacho en el ministerio, miró a su alrededor y revisó los documentos que había estado investigando.

—Claire, ¿aún estás aquí? —le dijo su compañero Étienne. Ella dio un respingo—. Creí que yo era el único masoquista que trabajaba hasta tarde.

Rápidamente, Claire metió los documentos en un cajón y lo cerró.

—Escucha, Étienne, necesito que me des acceso a los archivos de la sala 2.

—Claire, sabes que no puedo.

—Es urgente, Étienne, de lo contrario no te lo pediría.

—Son los Código Cinco. Me juego el cuello, si…

—Asumo las consecuencias. Me conoces, jamás te incriminaré.

—No puedo, y menos ahora…

—Por favor, Étienne.

Étienne dudó unos instantes, entre la preocupación y el fastidio.

—Bien, lo haré porque te debo una. Pero yo no sé nada de esto.

—Gracias. No sabes hasta qué punto es importante. Por favor, démonos prisa.