Capítulo 14 Lucerna 666
París, Cabaret du Néant
—Datark, así es como lo llaman —dijo, en un susurro, Connell.
—Buen nombre para el hijo de la bestia —opinó Crowley, y brindó con su amigo inglés, al que le temblaba el pulso, bajo la lámpara de huesos humanos que presidía aquella «sala de intoxicación» del célebre cabaret sepulcral de París—. ¿Es algún dialecto del Medio Oriente?
—No lo sé. Ellos lo decidieron.
—¿Lamartine y los suyos? ¿Quiénes son? Rosacruces, teósofos, masones, miembros de la vieja Aurora Dorada, los conozco a todos —interrogó Crowley con displicencia.
Connell le miró, algo molesto. Aunque la sala del cabaret estaba prácticamente vacía a aquellas horas, echó un vistazo a su alrededor, fingiendo que se limpiaba con la servilleta, antes de hablar con un hilo de voz:
—No debería decírtelo… Pero es una orden mucho más antigua que todas las que conocemos.
—¿Cultos babilonios, hebreos, druidas…?
Connell se mordió el labio inferior. Cogió la estilográfica que llevaba en el bolsillo de su chaqueta y escribió en una hoja de su agenda unas letras.
Miró a su alrededor mientras se guardaba la pluma, arrancó la hoja y, poniendo su mano encima, se la pasó a Crowley.
Este, con gesto de escepticismo, mientras se limpiaba la boca con la manga de su chaqueta, leyó: «Lucerna 666».
—¿Qué coño quiere decir esto? Creí que me estabas hablando de algo ancestral.
—Schssss, no se te ocurra subir la voz, maldita sea, sabes lo que me juego.
—No te preocupes, a los galos no les gusta el inglés —repuso Crowley bajando el tono de voz—. Oye, si me vas a acabar guiando hacia lo que ya conozco…
—Escúchame, los bávaros que residen en Lucerna son los herederos. Algunos de sus descendientes se establecieron allí y conocen las claves. Pero esto se remonta mucho más atrás.
—¿Cultos primitivos?
—Si no bajas la voz, me largo ahora mismo.
—Disculpa, disculpa —dijo Crowley en voz baja—. Cuando estudiábamos juntos no eras tan reprimido.
—No me siento cómodo con este tema —admitió Connell. Su frente comenzaba a perlarse de gotas de sudor.
—Entonces interpreto que no te gustó el giro de los acontecimientos en Ferrières, querido amigo… Supongo que estarás enterado.
—Lo estoy —dijo Connell visiblemente irritado.
—¿Fue intencionado?
—Las cosas no salieron como quería Montfaucon.
—Pero sí como quería Lamartine, ¿no es así? —inquirió Crowley mirando a los ojos a su amigo.
Connell asintió con la cabeza. Estaba sudando, pero en el restaurante no había calefacción y las calles de París estarían a unos siete grados.
—Ellos… —balbuceó Connell visiblemente nervioso—. Lamartine forma parte, pero hay mucho más. Si realmente quieres saberlo, ve a ver a María Orsic, dale esa clave —dijo señalando el papel—. Ella te explicará todo.
—Dime al menos qué tipo de alquimia utilizaron para…
—Es todo cuanto puedo decirte, Aleister.
Sabes que tu alojamiento en París corre de mi cuenta, pero si me preguntan, negaré que te conozco.
Y te aconsejo, por tu propio bien, que vuelvas a Escocia cuanto antes —zanjó Connell, mirándole a los ojos.
Acto seguido, se levantó, le dio la mano cortésmente, dedicándole una mirada fría de sus ojos azules irlandeses, y salió del restaurante.
Crowley miró el papel intentando encontrar sentido a aquel lugar y a aquella fecha: Lucerna 666. Esperaba que no fuera un burdo truco con esa cifra del Apocalipsis para principiantes.
Tendría que hablar con Haushofer y Hess e informarles sobre su situación en París para congraciarse con ellos. Debía conseguir el máximo poder en poco tiempo, y para ello les daría algo de información, pero jamás les diría una palabra de Datark ni de sus verdaderas intenciones.
* * *
Isla de Montecristo, San Mamiliano
Ni siquiera el potente sol, que por las mañanas entraba por los ventanucos, lograba calentar las gélidas y húmedas celdas que, durante las noches lluviosas en la isla, se convertían en un congelador.
Ginebra encendió la estufa de queroseno y se sentó en el catre suspendido de la pared con ayuda de dos cadenas.
Llevaban semanas allí y no tenían noticias de Urik.
Sobrevivían con la poca comida que les quedaba. André Breton siempre decía que era necesario recordar el derecho a vivir y no a sobrevivir, como las larvas. Vaya ironía.
La isla de Montecristo, el mítico islote del que hablaba, de pequeña, con Claire, se había convertido en el único lugar en el que había podido volver a escribir.
Allí, sobre una banqueta, a la luz de una vela, con libreta y lápiz prestados por Georges, entre esas montañas que le infundían una tristeza densa, estaba creando poemas que hacían su efecto terapéutico.
La luz de los relámpagos y de la luna le confería a la celda un resplandor lívido inquietante. El mar rugía embravecido por la tormenta.
—Perdona, Gin, ¿puedo pasar? Aquí no hay puertas, y…
—No te preocupes, siéntate aquí conmigo —dijo ella.
—¿Estás bien? —preguntó, sentándose junto a ella en el catre suspendido de la pared.
—Estoy intentando descifrar el significado de lo que dije el otro día. «La muerte antes de la muerte»… Volví a ver aquellos ojos…
—No pienses en ello.
Ella apoyó la cabeza contra la pared de piedra y permaneció en silencio.
—¿Por qué no me dejas alguno de los poemas que estás escribiendo? —preguntó Théo—. Sé leer, Georges no es el único. Sé que lo hace todo bien y que quizá podrías enamorarte de él, pero…
—Théo, no podría enamorarme de él —dijo Ginebra riéndose—; además, Georges es homosexual, me lo contó el otro día, cuando vino a vernos. Y, para que lo sepas, te he escrito un poema a ti.
—¡Quiero leerlo!
—Ahora no es el momento… Lo metí en un sobre que me dejó Georges. Lo guardé en tu mochila. Prométeme que lo leerás más adelante, cuando estemos tranquilos en Creta, si es que llegamos…
—De acuerdo, te lo prometo.
—Dios, qué frío hace. Aquí siempre llueve por las noches. ¿Has salido? Tienes el pelo empapado.
—Debería cortármelo.
—¡No! Aunque solo sea por esa manía que le tienen los nazis al pelo, déjatelo largo.
—¿Largo hasta los pies?
—¡Hasta que arrastre! —exclamó Ginebra. Los dos rieron y, de pronto, se quedaron callados, pensativos, tratando de evitar el llanto.
—Ojalá pudiera traerte algo de comer…, pero no queda nada y, con la tormenta, no es seguro que Georges pueda venir —dijo Théo, y guardó silencio unos segundos, perdido en sus pensamientos—.
Gin, no pude salvar a mi madre. No pude hacerlo.
Murió de pulmonía, en un cuartucho de nuestra casa vieja.
Mierda… Me pidió que le enseñara unas acuarelas que había pintado y le dije que me dejara en paz, que no iba a volver a pintar, que eso era para mujeres.
Era lo que le oía decir a los hombres en el bar, a mi padre…
Me alisté, me alejé de ella… No hice lo suficiente por ella, no lo hice.
Si hubiera ganado más dinero… Podría haber trabajado, ¡podría haber robado! Podría haber…
—Eh, eh, Théo, escucha: eras un crío, te alistaste muy joven, no tenías otra salida. Y tú nunca hubieras robado. Tú resplandeces.
Théo besó a Ginebra en la mejilla. Ella apoyó la cabeza en su hombro.
Permanecieron en silencio, escuchando el ruido de la lluvia.
—Sabes, yo… no pude despedirme de mi padre —dijo Ginebra—.
Recuerdo que… la noche anterior, él me había preguntado algo y no le respondí.
Estaba enfrascada en un trabajo del colegio y no le respondí, Théo…
, terminé ese maldito trabajo y me quedé dormida.
Al día siguiente, cuando llegué a casa, ya había sucedido.
Lo que hubiera dado por poder responderle, solo volverme y responderle con una sonrisa…
—dijo cerrando los ojos—. Al menos, pude acompañar a mi madre hasta el final, pero siempre me pregunté si podía haber hecho algo más por ellos, si fui suficientemente responsable…
—Nunca me lo habías contado…
—Ojalá pudiéramos volver atrás —deseó Ginebra.
—Gin, tú sí resplandeces. Desde que te conocí supe que no eras como los demás. Era como si tuvieras un halo alrededor… Puedo imaginarte con tus seres queridos, estoy seguro de que no debes lamentar nada. No podemos volver atrás, nadie puede. Somos humanos y debemos seguir adelante.
Guardaron silencio. Théo rodeó con el brazo a Ginebra.
—En mi celda hace aún más frío. Si al menos hiciera calor y pudiéramos bañarnos en la playa…
—Podemos hacerlo. Cierra los ojos.
Ambos cerraron los ojos, y una parte de la isla, la más original, la más onírica, la que yacía, como una oración dormida y apasionada, en las ruinas de San Mamiliano, latió en las cálidas aguas del mar que imaginaban.
El beso llegó con la naturalidad de una lluvia de primavera, bajo los truenos y el rumor lejano de las olas. Los dos se miraron sorprendidos.
—Ginebra —dijo Théo, con los ojos llenos de lágrimas—, yo… creo que te q…
Desde el exterior, llegó la voz de Georges.
—¡Rápido! ¡Rápido! ¡Tenemos que irnos!
* * *
París, Bercy
Claire observó unos instantes a Suzanne Michel mientras golpeaba su libreta con el bolígrafo, mordiéndose el labio inferior.
Ninguna de ellas había tocado el café, que se enfriaba sobre la modesta mesita de madera.
Envuelta en su chal, sentada en un viejo sofá, en medio del desorden de la casa, Suzanne luchaba contra los accesos de llanto.
—Suzanne, ¿está segura de que, el día de la desaparición de Renaud Lambert, hubo empleados que no fueron a trabajar al área de Inteligencia del ministerio?
—Completamente, Claire. Ese día hubo llamadas de última hora. Alguien, muy arriba, sabía que algo iba suceder, y avisó a los altos cargos. Por eso Koch no estaba a allí cuando mataron a Renaud y Jean. Él fue más tarde.
—¿Cómo sabe eso?
Suzanne se limpió una lágrima con el pañuelo que arrugaba en la mano.