El cabaret del infierno Capítulo 13 Datark #3
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Capítulo 13 Datark #3

De pronto, una idea atravesó su cerebro con la fuerza del rayo.

El toro se asociaba con la deidad de las tormentas para los hititas.

Recordó las sucesivas tormentas eléctricas que habían tenido lugar en París.

Tenía que haber una conexión. No era el laberinto del minotauro a lo que jugaban en Ferrières-en-Brie, sino a algo mucho más oscuro.

Alguien llamó a la puerta, y Cesare abrió sin disimular su irritación.

—¿Quién diablos…?

Un jovencísimo botones, que le miraba con timidez, le tendió un sobre y se fue.

Cesare lo cogió y, al ver que el remite correspondía a uno de sus hermanos de AvGull, rápidamente abrió el sobre y extrajo un papel con un texto sobrio: «Estimado Cesare: ignoro tu cometido en Turquía, pero los hermanos de la Sociedad Teosófica no sabían nada de tu desplazamiento…

Esperamos noticias. Guárdate de actitudes reprobables, estás bajo observación. No puedo decir nada más».

Cesare se quedó unos segundo pensativo. Arrugó el papel en la mano.

Kurt, ese alemán exrosacrucista, estaba escalando puestos en la Teosófica a costa de ser un buen recadero de los jefes.

Cualquier actitud al margen de las órdenes de los puestos más altos de la jerarquía era castigada de un modo sutil e indirecto a través de mediadores.

Siempre había alguien que desempeñaba ese papel, a cambio de subir unos peldaños, y ese mediocre de Kurt lo hacía a la perfección.

No había dudado ni por un momento que le vigilaban desde lo de Ferrières-en-Brie, pero no sabía que las redes llegaban tan lejos como para averiguar su paradero en Turquía.

Una vez más, había pecado de ingenuo. ¿Realmente no habría un solo hueco de aire?

Preparó su mochila y salió. Tenía una cita con Ahmet Sahin, ese misterioso hombre cuya identidad le había revelado Marcus.

Cuando llegó a Kemerhisar, antigua Tyana, cerca del Paso Gülek, apenas encontró unas cuantas casas pequeñas y algunos comercios donde le miraban como si fuera un extraterrestre.

Estaba en una de las ciudades más antiguas de la Capadocia.

El polvo de las continuas excavaciones flotaba en el aire.

Visitó el museo Nigde, recorrió el acueducto romano y descendió por una callejuela empedrada y polvorienta hacia la cafetería en la que había fijado el encuentro con Sahin.

Entró, despertando la curiosidad mal disimulada de los camareros, y tomó asiento en una silla oxidada, junto a la mesa pegada a la ventana.

Un hombre enjuto y larguirucho, con la piel cobriza, los ojos verdes aceituna y las arrugas de expresión grabadas a fuego por el sol, se sentó frente a él y le saludó con un corto apretón de manos.

—Sahin, encantado de conocerle —dijo Cesare—. No tenemos mucho tiempo, así que seré muy directo. Marcus me dijo que usted podría hablarme de una pieza que vino a buscar Derek Koch, hace meses —dijo, sin dejar de mirar a los ojos al tímido guía. Sahin se mantuvo en silencio. Parecía asustado.

—Quiero que sepa que no pretendo meterle en ningún lío. Y que, obviamente, yo sabré recompensarle —dijo Cesare, poniendo sobre la mesa su cartera, lo cual pareció tranquilizar al turco.

—No fue hace meses —corrigió Sahin—, fue en 1919.

—¿Cómo dice?

—Sí, yo era casi un crío, pero ya trabajaba como guía. Derek Koch vino a buscar una pieza concreta. Una pieza que tenía un poder especial.

—¿Qué poder?

—No lo sé, señor.

—¿Qué pieza es?

Sahin miró a su alrededor.

—Es… una especie de disco de piedra, con símbolos. Usted conoce… hay una copia en el museo de Heraclión.

—¿Se refiere al disco de Festos?

—Sí, el disco de Festos es una copia en barro.

Fue algo que se guardó en secreto. Nosotros, los habitantes de estas regiones de Anatolia, desde hace generaciones, lo sabemos.

Koch lo sabía. Pero esta pieza… es distinta, y no se ha expuesto jamás en ningún museo.

Yo solo sé que es muy antigua. Y que no fue fabricada aquí.

—¿Dónde fue fabricada?

—No lo sé. Alguien la trajo, hace muchos siglos. Hasta que Koch vino a buscarla nadie ha querido tocarla. Está maldita.

—¿Qué quiere decir?

—Fue utilizada por gentes… que hacían cultos al diablo. Gentes de Arsínoe, aunque entonces se llamaba Patara.

—¿Quiénes eran?

Sahin tardó algunos segundos en responder, estaba eligiendo las palabras.

—Hace siglos de eso. Solo sé que tenían el mal de vacío y que dejaron estas tierras. No sé si hay conexión con ese alemán, Koch, o con quien le acompañaba.

—¿Quién acompañaba a Koch?

Sahin bajó la cabeza, nervioso. Cesare extrajo de su cartera unos cuantos billetes y, discretamente, se los ofreció a Sahin.

—Koch vino con un hombre suizo que parecía experto en temas de arte y arqueología. Fue la primera vez que me pidieron una expedición a ese sitio en el que estaba la pieza. Decían que llevaban mucho tiempo esperando que las circunstancias fueran las adecuadas para recuperarla.

—Necesito nombres, Sahin. ¿Conocía usted a ese hombre suizo?

—Creo que se llamaba Nikolas. No me dijo su apellido. Pagaron muy bien. Yo solo… me encargué de guiarlos hasta donde estaba la pieza.

Cesare se echó hacia atrás en su silla.

—¿A dónde los llevó, Sahin?

El guía bajó la cabeza y permaneció en silencio. Cesare sacó de su cartera más billetes y se los entregó, por debajo de la mesa.

Sahin los contó. Miró fijamente a Cesare.

—¿Le han hablado alguna vez de las Puertas Cilicias?