Capítulo 13 Datark #2
La mujer de negro y Lamartine derramaron la sangre del bebé en copas de las que todos bebieron. El industrial tuvo una arcada y la escupió. Crowley bebió solo unos sorbos. Tenía que hacerlo si quería llegar a ver el poder real del Anticristo.
Una de las copas, la que tenía esculpida en oro la efigie de Daeva, fue ofrecida a la criatura.
Todos se pusieron de rodillas en el suelo mientras bebía.
Una serpiente negra se deslizó por el altar hasta rodear a aquel Lucifer deforme que sonrió, con la boca manchada de sangre, mostrando unos pocos dientes puntiagudos y desiguales.
Cuando la criatura alzó las garras y volvió a emitir el sonido, todos los que estaban postrados de rodillas se taparon los oídos.
La frecuencia era más fuerte que nunca. Crowley dejó caer la copa, cayó de rodillas sin poder evitarlo y entonces escuchó el mensaje: « Yes galis yem aprelu dzez het, ovk’er kendani yek’, yev duk’ mah kunenak’ mahits’ arraj ».
Escuchó con total claridad esas palabras que nadie estaba pronunciando, con una voz que no era humana.
Se grabaron a fuego en su memoria, como si se tratara de un mensaje específico para él.
Sabía que era algún tipo de dialecto antiguo, pero no podía descifrarlo.
Trató de levantarse, pero una extraña fuerza que iba aún más allá de sus nervios, mantenía sus rodillas pegadas al suelo.
De pronto, Edouard de Montfaucon se levantó, horrorizado, mientras los demás, aún de rodillas, se frotaban los oídos y parecían despertar de un sueño. Algunos de ellos incluso se habían desvanecido.
—¡No! —gritó Montfaucon, mirando a la criatura—. ¡No puedes hacer eso!
Los demás se miraban perplejos, sin entender. Era evidente que solo él y Montfaucon habían captado el mensaje. Y obviamente no eran las palabras que ese viejo médico alquimista esperaba escuchar.
—¡No es lo convenido! ¡No es lo que nos debes!
La criatura miraba fijamente a Montfaucon, como si entendiera, palabra por palabra, lo que le estaba diciendo.
Esbozó una expresión burlona y comenzó a orinarse; el líquido amarillo marronáceo salía a través de un pequeño apéndice que asomaba bajo la membrana viscosa que unía las dos piernas, y se derramaba desde el altar hacia el suelo.
—¡Nosotros te invocamos a través del gran padre Moloch!
¡Hemos creado la puerta! —gritó Edouard de Montfaucon, llevado por un ataque de ira, con el cabello blanco alborotado y las mejillas enrojecidas, mientras su hijo se levantaba y trataba de calmarlo—.
¡Te hemos otorgado el poder de Enlil! —continuó, librándose de las manos de su hijo violentamente—.
¡Es lo convenido! ¡No es justo! ¡No puedes… !
Edouard interrumpió su agitado discurso para llevarse la mano al pecho, y abrió la boca como si estuviera haciendo esfuerzos por hablar.
La mujer de negro se apresuró a socorrerle, pero Lamartine hizo un leve gesto y esta se detuvo inmediatamente, volviendo a su posición hierática junto al altar.
La criatura observaba atentamente, sin moverse, con la línea dela boca torcida hacia un lado y babeando, relamiendo libidinosamente los restos de la sangre que había bebido.
Crowley se levantó despacio —ahora sus rodillas se lo permitían, pero le temblaban las piernas—, sin dejar de mirar a la criatura, tratando de definir su expresión.
Pensó que la imagen de un viejo corrompido y medio muerto, masturbándose ante alguien que agonizaba, podía ser lo más parecido a aquel gesto.
Solo Isis Antoinette acudió en ayuda de su marido, cuando este cayó al suelo y comenzó a convulsionar.
Su hijo intercambió algunas miradas con Lamartine y, entre el terror y la devoción, permaneció instalado en una esquina del salón, de pie, con la mirada perdida.
Ante los ojos de todos y sin que nadie interviniera, monsieur Montfaucon falleció en el suelo, junto a las escaleras que conducían al altar.
Isis comenzó a llorar. Lamartine se acercó a ella y le susurró al oído algo ininteligible, consolándola, guiándola, convenciéndola. Pero Isis negaba con la cabeza.
—No ha sido como otras veces —la oyó gemir casi en un murmullo, asustada, interrogando con los ojos a Lamartine.
La médium la hizo callar con un leve movimiento de sus manos, y siguió hablándole al oído, hasta que la vieja anfitriona de rituales dejó de sollozar. Se puso en pie, de forma casi automática, hizo una reverencia ante la criatura y, ya sin derramar una lágrima, salió del salón.
Los demás invitados repitieron su inclinación y la siguieron, unos aún incrédulos, otros asustados, otros sonriendo nerviosos, disimulando su desconcierto y tropezándose con los muebles, entre débiles murmullos inconexos, mientras Lamartine cogía a la criatura y la envolvía en terciopelo negro para llevársela.
Cuando todos hubieron abandonado la sala, el hombre con los ojos pintados, el único que parecía haber conservado la calma, se detuvo justo antes de salir del salón, y le miró fijamente, solo unos instantes, desde la oscuridad que le procuraba la gran capucha de su túnica.
Apenas fueron unos segundos, pero Crowley supo inmediatamente que ese hombre le había reconocido.
Dos ayudantes con trajes negros entraron en la sala, cada uno se situó a un lado de la puerta y se quedaron mirándole, invitándole a que se marchara cuanto antes.
Las huellas serían borradas y aquella sala quedaría clausurada hasta la próxima ceremonia.
Los que entraran en la casa del conde de Ferrières no sabrían de su existencia.
La criatura y Lamartine ya no estaban. Prefirió no levantar sospechas y salió del salón, dejando atrás el cadáver del médico alquimista que permanecía en el suelo junto al altar, el rostro ya del color de la cera, los ojos abiertos y aún rojos, como si fueran a estallar.
Pobre Montfaucon, no sabía que no era posible pactar con el mal.
La única forma de obtener todo el poder era vencerlo.
Solo se le podía vencer poseyéndolo, ocupando su lugar. Y eso haría él.
Una vez en la estancia principal, se dio cuenta de que los demás invitados habían desaparecido.
Se escuchaba el ruido de los coches arrancando a toda velocidad, fuera de la casa.
Miró hacia el fondo del salón del ritual, ya vacío, y, antes de que cerraran las puertas, distinguió la estatua de Moloch en la oscuridad.
—Melekh, ídolo sin brillo, muy pronto me adorarán a mí —susurró.
* * *
Anatolia, montes de Tauro, Tarso
—¡El toro! Claro, esa era la clave, ¿cómo he podido estar tan ciego? —exclamó Cesare observando los picos de las montañas de la cordillera de lauro, que tenían forma de cuernos, desde la ventana de su hotel.
Pensó en la gran civilización minoica. Así la había bautizado Sir Arthur Evans en honor al mítico rey Minos.
No dejaba de asombrarle que un animal como el toro, que había inspirado la taurocatapsia y devociones luminosas, hubiera servido también como ídolo de cultos terribles.
Rápidamente pensó en el antiguo rey Thoas, rey de los tauros, y los cultos hititas, y ello le llevó al Moloch de los fenicios o los cananeos, la deidad diabólica de los cuernos, representada como un toro gigantesco.