El cabaret del infierno Capítulo 13 Datark
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Capítulo 13 Datark

Datark

París, Ferrières-en-Brie

Crowley recorrió con la mirada el enorme salón de mármol al que se accedía desde el vestíbulo de la mansión.

Se asemejaba a la cripta de una iglesia, pero estaba decorado con multitud de frescos ecuestres de tema pagano, algunos cuadros simbolistas de Rops, Salvator Rosa y Khnopff, y esculturas que representaban escenas libidinosas, junto a algunas estatuillas de cultos babilónicos.

Del techo colgaban dos enormes arañas de cristal con velas que permanecían apagadas.

La sala únicamente estaba iluminada por seis trémulas velas, dispuestas en filas de tres sobre una sobria y antiquísima mesa central.

Estaban instaladas sobre bases de vidrio rojo, en forma de úteros, en los que la cera derretida dibujaba lágrimas.

Al final del salón, en la oscuridad, se vislumbraba un altar sobre el que se erigía una desproporcionada escultura monstruosa.

Alguien prendió las velas del altar, robustos cirios churriguerescos de color púrpura, y la efigie de la deidad mitad hombre, mitad bestia se iluminó, mostrando las alas desplegadas, los brazos abiertos, los ojos desorbitados en su cabeza de toro, que miraba hacia arriba abriendo las mandíbulas como si esperase recibir agua.

Las figuras ecuestres paganas de los frescos del techo, sátiros, machos cabríos, ninfas y ciervos, por efecto de la alternancia de luces trémulas y sombras, parecían iniciar una danza macabra, sus gestos se exacerbaban, las bocas y los brazos se abrían.

Una mujer vestida con un traje de terciopelo negro y un largo velo del mismo color avanzó despacio por la sala, llevando a un bebé en los brazos, envuelto en una manta.

«Solo los iniciados y los que hayan bebido sangre de inocentes», recordó Crowley.

Solo ellos podían participar en este ritual que se pretendía el más exclusivo y secreto de todos cuantos se habían celebrado hasta el momento. Llevaba tiempo esperando este día.

Frente a él, vestidos con túnicas oscuras, Isis de Montfaucon, su hijo, y su marido, el médico alquimista Edouard de Montfaucon, entonaban un mantra desafinado como tres imbéciles.

A su lado, la baronesa de Faucauld, cuyos labios rojos destacaban bajo su capucha negra, el conde de Ferrières y uno de los miembros de la dinastía Rothsmith.

Al otro lado del salón, con las mismas túnicas, un conocido banquero inglés de excelente reputación, cuyas fiestas escandalosamente inmorales eran deseadas y repudiadas, siempre en secreto, por toda la alta sociedad inglesa; un industrial alemán con ínfulas de alquimista, un ocultista austriaco que estaba entre los pesos pesados de la Sociedad Teosófica, y su esposa, presunta médium excéntrica rusa; dos empresarios americanos pertenecientes a importantes familias —habituales de las orgías más oscuras que se perpetraban en las cercanías de Hollywood, a menudo con trágicos finales— y varios financieros y médicos prestigiosos de diversa procedencia europea, algunos de ellos —Schenk, Reynolds o Magnac— formaban parte de los residuos de un grupo que había decidido vulnerar el juramento hipocrático y que, se decía, tenía un centro de operaciones en algún lugar de Suiza.

A los otros, dos hombres con rasgos asiáticos, no los conocía, pero, por su aspecto, podrían ser advenedizos, de esos que proporcionaban a los ricos mercancía negra y solían estar familiarizados en mayor o menor medida con lo esotérico.

Un poco más atrás, un hombre que llevaba los ojos pintados de negro, al estilo egipcio, una especie de marca en el cuello, y sonreía de forma extraña, se tapó la cabeza con la capucha de su túnica y, con absoluta serenidad, tomó asiento.

Crowley no sabía quién era, pero algo le decía que, desde luego, no se trataba de un ayudante.

Pensó que todos ellos estarían sometidos a ridículas jerarquías que pretendían resultar legítimas; sociedades secretas, familias, empresas, hermandades, todo le parecía lo mismo.

Cantaban abriendo mucho sus bocas, embebidos de estúpido fervor hacia ese Melekh, al que también denominaban Moloch, que para él no significaba nada.

Jamás podrían entender que participaban en una pantomima, como las que él hacía para desplumar a ricos ignorantes en Ordo Templi Orientis.

No comprenderían la esencia de la verdadera devoción a la miseria humana, ni que el culto a Abraxas y Thelema sería la verdadera religión universal muy pronto.

La mujer con el velo negro —en ocasiones era la propia madre del niño, que había recibido un jugoso pago por su «donación»— dejó al bebé en el altar de mármol que se hallaba bajo la estatua de ese diablo al que retrataban como mitad hombre, mitad toro alado.

Encendió las dos velas que se encontraban en los laterales, hizo un gesto de reverencia y se marchó, mientras el niño berreaba.

De pronto, por encima de ese llanto irritante, se alzó un ruido extraño mucho más penetrante que el anterior, una especie de llanto que, de alguna forma, parecía doble o quizá triple.

Nunca había escuchado un lamento como ese.

Miró a su izquierda. Cécile Lamartine, con túnica negra, avanzaba despacio, atravesando el salón con un niño envuelto en ropajes negros de terciopelo en los brazos.

Supo inmediatamente que se trataba de la criatura de la que le habían hablado.

¿Cómo, si no, podría emitir tal sonido? Hasta ahora había creído que podría tratarse de una leyenda o de una estafa.

Sintió regocijo, pero también un escalofrío.

Los presentes, divididos en dos columnas, guardaron silencio.

Lamartine, mirando a la criatura que llevaba en brazos con sumo fervor, hizo una reverencia al llegar al altar y abrió los ropajes negros que envolvían el pequeño cuerpo.

Cuando alzó a la criatura en los brazos y las enormes velas del altar lo iluminaron, algunos de los presentes no pudieron evitar taparse la boca e incluso dejar escapar un murmullo de asombro, más bien de conmoción.

Crowley, por primera vez en su vida, supo que estaba asistiendo a un evento diferente de todos los demás.

Esto sí era un ritual verdadero. ¡Cuánto tiempo había anhelado lo que estaba contemplando!

: una verdadera muestra de que la bestia existía.

El pequeño cuerpo azulado del nacido, que seguía emitiendo el sonido múltiple, terminaba en una especie de aleta que unía sus dos piernas.

Toda su piel estaba surcada de venas que se marcaban profusamente.

En el costado sobresalían algunas protuberancias que parecían huesos mal colocados.

A los lados se distinguían dos garras, una de ellas terminaba en dedos puntiagudos, llamativamente largos, y la otra era apenas un apéndice deforme en el que se vislumbraban algunos dedos a medio hacer.

Su cabeza, en forma de pez, se abombaba en uno de sus lados y mostraba un aplastamiento en el otro.

La nariz estaba compuesta por dos fosas nasales sin relieve, la boca era una línea verdosa y torcida.

Pero, sin duda, lo más inquietante eran sus ojos.

Rasgados, del color del lodo y con pupilas de serpiente.

Uno de ellos estaba deformado por el aplastamiento de ese lado de la cabeza.

Esos dos ojos reconocían el escenario, sabían cuál era su identidad.

Por un momento, su mirada se cruzó con la de la criatura.

Un pitido invadió su cerebro, percibió en esos ojos la oscuridad como no la había visto hasta ahora, en toda su inmundicia y crueldad, en toda su magnifícente belleza, y no pudo evitar sentir un temblor en todo el cuerpo.

Él, Crowley, «la bestia Crowley», que había corrompido a inocentes, buscado lo execrable, recorrido las más altas cotas de la miseria humana, tenía que admitir que sentía cierto pavor e incluso repugnancia.

Le pareció que la criatura le sonreía de un modo retorcido, desde un infinito de barro que se perdía en las más ancestrales cotas de una perversión libidinosa.

El ruido que emitía, al principio estridente, se iba volviendo hipnótico.

La baronesa de Faucauld dejó atrás su rictus de femme fatale para abrir la boca y quedarse absolutamente paralizada.

Después empezó a abanicarse de forma casi convulsiva.

Era incapaz de disimular el terror en su rostro.

El empresario inglés miraba a todos los demás, disimulando mal su inquietud, tratando, en vano, de encontrar a alguien que le dijera, con su gesto, que eso era normal, que ocurría en todos los rituales…

Despacio se fue retirando hacia la puerta.

Los demás habían reculado un poco y observaban absortos a la criatura, hipnotizados por su llanto que adoptaba múltiples formas.

Guiados por Lamartine, volvieron a cantar, mientras ella depositaba al ser en el altar, en el recipiente de porcelana, junto al bebé humano que yacía, llorando, sobre una manta blanca.

Lentamente, al ritmo del mantra recitado por todos ellos —ahora él también lo entonaba, aunque no supiera por qué—, Lamartine extrajo una daga del interior de su túnica negra y larga y la alzó con las dos manos.

— VO’v Moghok’, menk’ k’ez talis yenk’ ays aryunali zohy, vor du marmnov mez tas k’vo vordun.

Paymanavorvatsut’yuny katarek’ —dijo, y repitió, esta vez en latín—.

O Moloch, hoc tibi concedimus sacrificium sanguinis, ut des nobis in carne filium tuum.

Placuit ut pareatis . «Oh, Moloch, te otorgamos este sacrificio de sangre para que nos des a tu hijo en carne.

Cúmplase lo convenido», tradujo Crowley, del latín.

Cécile Lamartine hizo descender la daga con una fuerza que incluso a él le sobrecogió, y atravesó el pecho del bebé que, instantáneamente, dejó de llorar para emitir lo que a Crowley le parecieron unos desagradables ruidos agonizantes.