El cabaret del infierno Capítulo 12 Stver #8
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Capítulo 12 Stver #8

—Pueden estar seguros de que, en esta isla, nadie va a buscarlos: el monasterio está oficialmente abandonado y conozco gente en las islas cercanas, Elba y Giglio. Por favor, permítame que la lleve yo —demandó, cogiéndole la maleta.

Théo, que caminaba unos pasos detrás de ellos, cargando con la mochila en la que iba el disco y con el resto del equipaje, miró a Georges con recelo. Era más guapo y alto que él y hablaba mejor.

—«Permítame que la lleve yo» —murmuró, con voz burlona, haciendo una mueca.

—Théo —dijo Urik agarrándole por el brazo—. Debo hablar contigo… con vosotros. Ginebra, acércate, necesito que escuchéis esto.

—Me adelantaré con el equipaje —dijo Georges, cogiendo las maletas, mientras Ginebra se acercaba a Urik.

—Escuchad, he recibido una carta de un viejo amigo.

Fue justo antes de salir y solo he podido leerla en el carguero.

Théo, al parecer, en el año 1919, una importante empresa estuvo investigando el efecto de determinadas sustancias en el cuerpo humano.

La razón no está clara y no es oficial. El caso es que mezclaron compuestos de mercurio con otras sustancias para generar una reacción en la sangre.

—¿Mercurio? —susurró Théo, y rápidamente miró a Ginebra.

—Un empresario suizo estaba empeñado en que esos experimentos tuvieran éxito, él puso en marcha el plan, pero otros colaboraron con él.

Casualmente, ese empresario coleccionaba piezas antiguas, en su mayoría minoicas.

Y aquí viene lo mejor: pertenecía a una sociedad secreta, heredera de los Iluminados de Baviera, con sede en Lucerna y San Gotardo.

La misma a la que pertenecía nuestro amigo Derek Koch.

—¿Se conocían? ¿Lo planearon juntos?

—Théo, solo sé lo que os estoy contando.

Se fletaron varios barcos, el tuyo no fue el único, y se hicieron rituales en lugares específicos, como San Víctor, y otros puntos geográficos, curiosamente los mismos donde se están repitiendo ahora.

No he podido averiguar nombres, pero sí he atado cabos.

Ginebra, lo que dijiste en la cripta tiene sentido.

—Se está repitiendo… y tengo la sensación de que sucedió más veces.

Urik asintió.

—Escuchad, ambos habéis estado en contacto con el mercurio. Así lo muestran los análisis que os hice.

—¡Los análisis eran para eso! ¿Ya lo sabías y no nos lo dijiste? —reprochó Théo.

—No sabía nada en ese momento, Théo: solo quería averiguar qué había en vosotros que pudiera conectar con el disco…

Si atamos cabos es fácil ver que ellos estaban estudiando precisamente eso.

De hecho, el empresario murió pocos años después por una extraña intoxicación en la sangre.

Seguramente, experimentó consigo mismo, buscaba la forma de manejar la pieza y erró.

¿No lo entendéis? No lograron activar el disco, porque la clave no es solo química. No sabemos cuál es, pero no es solo…

—¡Urik, nos vamos! —gritó el conductor del carguero.

—Quién sabe hasta dónde nos puede llevar esa pieza, ¡ni siquiera hemos podido analizarla con nuestra tecnología! Hay que tener cuidado. Pero, si alguien está en el camino de averiguarlo, sois vosotros.

—¡Urik, último aviso!

—¡Ya va!

Ginebra abrazó a Urik, con lágrimas en los ojos. Théo y él se dieron unas cortas palmadas en la espalda y Urik corrió hacia el carguero.

Mientras veían el barco alejarse, Ginebra sintió un aguijonazo de dolor, y deseó poder creer en un mundo en el que hubiera paz y las personas justas pudieran respirar; un mundo en el que aún quedara algo de amor entre los hombres.

Siguiendo a Georges, subieron por el sendero de tierra de un monte donde se sostenía en pie, casi completa, una de las bóvedas del monasterio de San Mamiliano.

Allí se ubicaban las celdas de piedra en las que dormirían aquella noche y las siguientes, mientras Urik encontraba la manera más segura de trasladarlos a Creta.

—Seguidme —dijo Georges—. Las celdas no son muy cómodas, pero será por poco tiempo. Intentaré conseguiros comida, aunque tenéis que ser conscientes de que no será fácil.

Ginebra se detuvo unos instantes. Una frase se abrió paso en su mente: «La muerte antes de la muerte».

—Está entre nosotros —dijo.

Théo se volvió y le dio la mano.

—¿Estás bien, Ginebra? Si estás cansada, podemos parar un rato.

—Ya nada será igual.

—¿Cómo?

Ginebra, con la mirada perdida en el horizonte, habló en un susurro:

—Datark…

Desde cubierta, observando cómo la isla iba haciéndose cada vez más pequeña en la distancia, Urik pensó en lo que había percibido al observar a Théo y a Ginebra.

Tenía la certeza de que eso era lo que atraía hacia ellos la energía del disco.

Y, de la misma forma, sabía que estaría atrayendo otras energías.

Los vórtices buscaban canales, la electricidad se propagaba por arterias, las puertas necesitaban llaves…

Una energía muy superior podría necesitar una llave realmente compleja, sublime…

Un espacio sin contaminar. ¿Cómo no lo había pensado antes?

La fuerza del pasaje reclamaba intensidad y polaridad clara.

¿Hacia la luz? ¿Hacia el abismo? Era irritante saber tan poco.

En cuanto llegara a París se sumergiría en la investigación de nuevo.

Solo esperaba que Ginebra y Théo estuvieran a salvo en ese monasterio.

Se preguntó cuánto duraría aquella insólita armonía sostenida por un hilo tan leve como lo era la paz en la que el mundo confiaba en estos momentos.

Observó las nubes negras que se cernían sobre el mar.

Su intuición le decía que algo que no era la guerra también estaba a punto de estallar.