Capítulo 12 Stver #7
—Plánchala de nuevo. No debe quedar ni una sola arruga. La otra vez lo hiciste muy bien. No me defraudes, Pammie —advirtió Lucius, acariciando la camisa. Después, le pellizcó la mejilla a Pamela y salió del cubículo, mientras ella asentía y pedía perdón.
Hoy no iría de incógnito: se trataba de una cena elegante de relaciones públicas y debía representar a su mejor Lucius Fleedermaus.
Recogería al director de Deutsche Bank y al marqués de Brinon, y los llevaría a cenar y a beber a los mejores lugares de la ciudad.
Ese marqués engreído estaba casado con una judía, pero a nadie parecía importarle, dada su posición colaboracionista.
Él no iba a ser menos: lamería el culo de ese Brinon hasta sacarle brillo y le ofrecería los frutos a Rolf en bandeja de plata
Antes de salir, con la camisa planchada por segunda vez, sin una mácula, se impregnó la boca de colonia para evitar el mal aliento, y esnifó otra raya de cocaína. «Ningún cabo suelto, ninguna planta sin regar, ningún terreno sin abonar», se recordó a sí mismo.
* * *
Cap d’Antibes, hotel Belles Rives
Sentado bajo el sol en la mecedora de la terraza sombreada del hotel, Cesare plegó el periódico Le Figaro y lo dejó, con desgana, sobre la mesa de mármol, enfundó su Montblanc y cerró su cuaderno.
Quedaban solo unas horas para que saliera el tren.
El calor húmedo de la Costa Azul anunciaba la primavera y la terraza, poblada de flores violetas y rosadas, trazaba una realidad completamente ajena a la que él estaba viviendo.
No solo no había logrado averiguar nada respecto a Lamartine, sino que ahora «ellos», fueran quienes fueran, estaban vigilándole.
Extrajo del bolsillo la nota que le habían hecho llegar a su casa de La Muette, en la que solo se leía una frase escrita a máquina sobre el papel: «Primer y último aviso: no vuelva a Ferrières-en-Brie».
En las últimas semanas muchos de sus amigos y conocidos habían comenzado a evitarle, incluso en la Sociedad Teosófica y en la Hermandad AvGull.
El ambiente se había enrarecido tanto que hablaban de él a sus espaldas y le ninguneaban deliberadamente.
Al menos, había logrado que, antes de ser condenado al ostracismo, Marcus le diera un nombre en clave relacionado con la reliquia y el asunto Koch: Ahmet Sahin.
Al parecer, se trataba de un guía turco.
Junto al nombre figuraban unas coordenadas geográficas que remitían al área de Kermerhisar, todo ello cifrado con los caracteres que empleaban en AvGull.
Ahora sabía —y no estaba dispuesto a compartir esa información mientras Fleedermaus estuviera husmeando— que Koch había obtenido la pieza en unas excavaciones en Anatolia, al sur de Turquía. Cuadraba, también, con la matrícula del coche que había visto en Ferrières.
Ante él, el embarcadero del hotel resplandecía bajo arcos de flores blancas y rosas, a modo de tarta.
Los turistas montaban en las barcas decoradas con pulcras letras azules o paseaban por los jardines del hotel que, anteriormente, había sido la villa del escritor Francis Scott Fitzgerald.
Las damas llevaban sombrillas, y los hombres, chaquetas de lino y sombrero panamá.
Nadie se permitía una leve mancha, una arruga o un pañuelo mal doblado.
Bajo su terraza vio a un hombre que paseaba despacio del brazo de una mujer, sosteniendo una sombrilla.
Reconoció rápidamente al doctor Gabagne.
Siempre iba por allí en verano, acompañado por la esposa con la que se había casado por interés, para escaparse a los selectos prostíbulos de la zona.
Gabagne le saludó, ufano, considerándose moralmente superior ahora que le había hecho un favor con el asunto de Marguerite. Sintió náuseas.
No se había ido de París por la nota de amenaza, ni siquiera porque le hubieran marginado, sino por asco.
El asco que sentía al contemplar el lujo festivo y la absoluta impunidad con que todos aquellos ricachones malgastaban sus fortunas en diversiones vacuas.
Le repugnaba esa degradación social de la que él mismo había formado parte.
¿Quiénes eran los responsables de esa amenaza en la nota?
¿Hermanos de AvGull?, ¿compañeros de la Teosófica?
, ¿miembros de la alta sociedad?, ¿los mismos nazis?
¿Con quién colaboraba Lamartine? Todo estaba unido, los intereses confluían y el gran conglomerado se movía como una inmensa máquina sin ojos.
Cesare Evola, que se había creído en lo más alto, aún debía arrodillarse ante toda una superestructura que se erigía en la sombra, por encima de él, y de cuyo poder no había sido del todo consciente.
¿Cómo había podido ser tan ignorante y estúpido?
Tratar de disolver esa maraña que se apoyaba en siglos de entramados era como dinamitar el hormigón con petardos. No había salida para ese laberinto.
Recogió sus cosas y corrió a su habitación del hotel a por las maletas.
Algo le decía que la pieza que buscaba Rudolf estaba relacionada también con un laberinto; no en vano, el proyecto se llamaba Tür, «minotauro», supuestamente por conexiones aleatorias con la mitología.
Tal vez no fueran tan aleatorias. Si no podía descubrir quiénes eran Lamartine y su séquito, sí podría hallar la pieza que buscaba Hess y adelantarse a sus pasos.
Todo estaba conectado, y lograría dar con la clave, aunque tuviera que seguir hasta el final el maldito ovillo de Ariadna.
* * *
París, Café de la Paix
— Herr Fleedermaus, seré breve —dijo Riemann, con su expresión hierática y su cara de ratón, en un tono tan bajo de voz que resultaba irritante—.
No es un momento fácil para nosotros en Francia, se acerca la implementación del Plan Blanco y, como sabe, debemos ser todavía más discretos.
Traigo noticias de Hess, respecto al asunto Wilde.
Han estado investigando a un agente del ministerio, Vincent Siena.
Parece ser que tenía contacto con un tal Théodore Bernard.
Tras cotejar las fotografías que usted nos proporcionó tenemos motivos para pensar que es el hombre que acompañaba a la espía inglesa en París y que podría tener en su poder la reliquia que busca herr Hess.
Lucius vio cómo el horizonte se abría, definitivamente, hacia la anhelada venganza.
—Ginebra Wilde no es inglesa. Es francesa.
Y judía. Desde el principio le seguí la pista en el sur de Francia —dijo Lucius jugueteando con la servilleta sobre el mármol de la mesa—.
Yo sabía que ella podría estar relacionada con la desaparición de Derek Koch y con esa pieza, a pesar de lo que dijera Cesare Evola —mintió.
—Bien. Es necesario ampliar efectivos y ocuparse de que se capture a Bernard y a Wilde cuanto antes. Ordenes directas de Rudolf Hess, desde Berlín.
Lucius saboreó su trago de cerveza y agitó la copa.
—Descuide, Riemann. Supervisaré cada detalle de la operación. ¿Qué hay de ese Siena?
—Lo han cogido tratando de abandonar Francia. Ha pasado a disposición de la Gestapo, señor. Tal vez pueda colaborar con el Reich. Tiene información que puede ayudarnos.
—Excelente.
Riemann asintió, se levantó y salió del café, perdiéndose en el tumulto de la plaza de la Opera.
Lucius sonrió, observando el giro de los acontecimientos. Ya no tendría que estar dependiendo de lo que sus ayudantes, Kumber y Hans, pudieran hacer. Ahora tenía permiso para iniciar la cacería.
* * *
Isla de Montecristo
Ginebra avanzó, desorientada, por la arena blanca de la cala en la que habían atracado, cargando con su maleta, mientras Théo y Urik bajaban del carguero el resto del escaso equipaje. La velocidad del viaje le había dejado algunos moratones y arañazos.
—¿Está usted bien, señorita Wilde? —preguntó Georges, el amigo de Urik, que siempre hablaba de un modo elegante.
Era un hombre alto y delgado, llevaba gafas y el flequillo abundante le tapaba la parte superior de los ojos.
—Sí, no se preocupe, solo tengo algo de vértigo. La estrategia de difundir pistas falsas funcionó a la perfección. Quizá todavía nos estén buscando en los trenes esos sicarios de Lucius.
—Ha sido usted muy valiente. La huida por mar desde Marsella no fue fácil. Por suerte, el puerto comercial de San Remo es una zona poco vigilada, dado que no hay pasajeros, y pudimos subir al carguero a tiempo.
—Quería agradecerle que nos haya dejado su casa todo este tiempo, en Marsella.
—Oh, me hubiera gustado poder ofrecerles algo mejor. Además, no debe darme las gracias a mí, sino a Urik. Él me ayudó cuando yo lo necesité. Yo me encargaré de guiarles hacia el monasterio. El camino es intrincado y es casi de noche.
—Tenía entendido que este lugar estaba desierto, y el monasterio en ruinas —supuso Ginebra.
—No es lo que parece. Los que estamos en los circuitos alternativos sabemos de algunas celdas secretas que resistieron en pie, entre las ruinas de San Mamiliano.
—Entonces, ya ha servido como refugio de alguien, supongo.
—Así es, Ginebra. En este caso me sirvió a mí.
—¿Usted?
—Hace tiempo, tuve que huir del lugar en el que vivía y trabajaba como científico.
Delaté a un cargo importante de una de las corporaciones más importantes del país y tuve que marcharme.
Me fui a Francia, donde vivía la familia de mi padre, y allí encontré a Urik, o más bien él me encontró a mí.
Entonces supe de más gente que estaba en casos parecidos al mío.
Ese hombre que nos ha traído en su barco —dijo señalando al conductor del carguero— huyó de la mafia hace unos años.
Le perseguían por haber sido testigo en un juicio.
La policía le vendió, estaba compinchada con ellos.
Urik nos ayudó, en su momento, y yo jamás lo olvidaré.
Y, en fin, ahora estamos en la isla de Montecristo, el lugar más literario de la Toscana.
—Pero ¿no tiene Italia un pacto de alianza con los nazis? —preguntó Ginebra.