Capítulo 12 Stver #6
—Tú no lo eliges, no es algo que se gane o se pierda.
Forma parte de ti, lo quieras o no, como tu educación y todo lo que has vivido, desde que viniste al mundo —dijo Urik.
Se acercó a Théo y le puso la mano en el hombro—.
Théo, la guerra no lo mató todo en ti. No eres un tipo duro como Vincent, y eso parece una debilidad, cuando el mundo está al revés, pero, desde el punto de vista de la cordura, es tu fortaleza, la mejor de todas, la más auténtica, nunca lo dudes.
Ginebra y Théo guardaron silencio pensando en lo que Urik acababa de decir. Théo sonrió y miró a Ginebra.
—Si eso ha servido para unirnos, bienvenido sea —celebró.
Escucharon el ruido de un coche que se acercaba a la casa.
—¡Vamos, Fred y Ginger! Georges nos espera fuera con el coche. He recibido informaciones jugosas y tendremos vía libre hacia la costa.
—Urik, ¿habéis podido analizar el disco? —preguntó Ginebra, mientras se apresuraban a preparar el equipaje.
Urik guardó silencio, como si estuviera intentando recomponer un puzle.
—Hay algo que todavía no podemos clasificar o, al menos, necesitamos una mayor tecnología para hacerlo; el laboratorio de Georges se nos queda pequeño. He escrito a mi amigo, el científico Jacques Bergier, y le he enviado una muestra y estoy esperando noticias. Tal vez él pueda averiguar algo más.
—¡Más enigmas! —protestó Théo, mientras terminaba de preparar su escaso equipaje.
—Aquí no vale la razón, Théo. Y tampoco el instinto.
Esto es una cuestión de fe —repuso Urik—.
Elige el camino del latido, de la intuición, de la imaginación, y elegirás bien, ¿comprendes, amigo?
Y, diantres, no seréis filósofos, pero creo que de eso sabéis más de lo que yo pensaba.
¡Vamos! Poneos la ropa de camuflaje, cerrad bien las puertas y controlad el disco.
No hay tiempo que perder. Tenemos que hacer el primer tramo en coche.
—¿Y después? —quiso saber Théo.
—Después, comienza la aventura.
* * *
París, embajada de Alemania
Lucius retiró lo que quedaba de su plato de carne en salsa y lo dejó sobre su mesa de trabajo. Le daban asco aquellas comidas francesas con sabores cursis que en nada podían competir con una buena Bratwurst .
Estaba nervioso y cansado. Y no podía permitirse estar cansado.
Abrió el cajón, extrajo de su estuche el pequeño frasco que contenía el polvo blanco y trazó una raya sobre la mesa.
Aspiró profundamente y se dejó caer sobre el respaldo de la silla.
Todavía le dolía la herida en el cuello y sentía molestias en la entrepierna.
¿De dónde habría sacado tanta fuerza esa ramera?
Se alegraba de haberla matado. Parecería un crimen normal, dada la situación.
Una prostituta muerta más, y si Cesare llegaba a saberlo, no diría una palabra, no querría que el Reich se enterase de su «asunto» con la pelirroja.
Desafortunadamente, era imposible saber con certeza si Cesare había hecho fotografías de su última reunión con Himmler.
Tal vez hubiera sido Riemann, el ayudante de Rolf, o tal vez una falsa alarma.
Esa Marguerite, como buena perra de Evola, había hecho bien su trabajo antes de morir: no había ni rastro de documentos comprometidos en la Rue Mazarine.
Se mordió la uña del pulgar. Debía mantenerse alerta.
Gracias a sus movimientos bajo cuerda para la Operación Netz, ahora algunas de las principales fortunas francesas apoyaban a los nazis.
La red de datos y conexiones con pesos pesados para ampliar el Imperio era cada vez más amplia, lo cual le valía el respeto de Himmler y de Hess.
Evitaba las sospechas de Hess alimentando a su perro, Riemann, con engaños que hacían creer a Rolf que le era fiel.
Jamás le había resultado difícil ganarse a la gente y convencerla de cualquier cosa.
Tenía ese poder. Pero todos los hilos de la estructura debían estar igual de tensos, nada podía escaparse.
Rolf tampoco. «Ninguna planta sin regar.
Todo el terreno abonado», se recordó a sí mismo.
Extrajo de un cajón los registros de lo que iba sucediendo en París y que debía entregarle a Hess: acuerdos, chantajes, intercambios…
—Pamela, trae los informes del lunes —ordenó a su secretaria, una joven francoalemana apocada y poco atractiva.
Ella salió de su cubículo, que ocupaba un tercio de la sala que compartían, ya de por sí pequeña, y acudió solícita con una carta en la mano.
—Aquí los tiene, señor —ofreció ella, acudiendo solícita—. Se los he ordenado todos por fechas, y esta es una notificación que ha llegado para usted —dijo, tendiéndole un sobre—. ¿Quiere que le traiga otra tirita para su herida?
—Pammie, eres encantadora, siempre te preocupas por mí —dijo, dedicándole una sonrisa amplia y seductora, casi tierna—.
Y no pareces celosa. La mayoría de mujeres lo son, ya lo ves —mencionó señalándose el cuello—.
Un amigo mío me dijo, hace tiempo, que las mujeres, un día, me iban a matar —añadió con falsa resignación seductora.
—Oh, herr Fleedermaus, hay mujeres muy celosas, en efecto. Y usted… —dijo ella, tímidamente, bajando la cabeza—. Bueno, usted es… es tan atractivo —confesó, con voz temblorosa, y carraspeó.
Lucius rio con ese tono humilde y campechano que sabía que les encantaba a las mujeres.
—Eso será porque no me conoces. No creas que me resulta fácil resistirme a los encantos de algunas mujeres…
—añadió, mirándola de arriba a abajo. Ella volvió a sonrojarse.
Entonces, Lucius adoptó un tono serio y cortante—.
Plánchame la camisa —ordenó con firmeza—, debo llegar puntual a la cena de esta noche.
—Ahora mismo, herr Fleedermaus —respondió ella, desconcertada.
Lucius disfrutaba viéndola así, perdida en su juego, desequilibrada, aturdida.
La excesiva sensibilidad de las mujeres las hacía fáciles de manejar; era sencillo volverlas locas y que ellas mismas se acabaran ganando esa fama.
«¿Y yo? Yo no hice nada, señor juez, ella está como una regadera, como todas las mujeres». Casi resultaba demasiado fácil.
—Pammie —le dijo, antes de que entrara en su pequeño despacho—, se te ha desabrochado un botón de la blusa.
—Oh, lo siento, ¡lo siento! —se disculpó ella, turbada.
Lucius permaneció inalterable viendo cómo Pamela, ruborizada hasta lo indigno, trataba de cerrarse el botón con sus dedos temblorosos.
—No seas pusilánime, Pamela. No te da buena imagen —aconsejó él, con evidente desprecio, mientras abría despacio el sobre de la notificación, para alargar la agonía de Pamela—.
Uno no es de piedra —añadió, de pronto, mirándola con una repentina sonrisa.
Y después, en tono cortante, terminó con un «puedes retirarte».
Pamela, nerviosa, se colocó el pelo y regresó a su pequeño despacho.
Tras leer la carta que contenía el sobre, Lucius comenzó a morderse las uñas. Cogió el teléfono y marcó el número de Kumber.
—Acaban de comunicarme que Bernard y Wilde podrían estar en la región de Marsella —dijo—. Han visto movimientos sospechosos allí. Compruébalo y haz lo que sea necesario, pero la quiero con vida.
Colgó.
Pamela, todavía sonrojada, le trajo una bandeja con el vaso de cerveza que siempre solicitaba a la misma hora.
—Me gusta tu puntualidad, Pammie. Si eres buena y terminas todo en un par de horas, te invitaré a almorzar mañana —propuso, saboreando la idea de dejarla plantada al día siguiente, y le guiñó un ojo.
Pamela sonrió tímidamente—. Vamos, vamos —continuó Lucius acercándose a ella y dándole un cachete en el trasero—, las secretarias guapas que se quedan hasta tarde en la oficina siempre son recompensadas.
Pamela sonrió, tosió, tomó aire y, asintiendo varias veces, se retiró a su pequeño compartimento, tambaleándose sobre sus tacones, cargada con el montón de informes.
Lucius sonrió. «Siempre demasiado fácil», pensó.
«Siempre demasiado débiles». Se fijó en la forma de andar de Pamela, tratando de manejar aquellos zapatos con excesivo tacón que se había puesto con el único fin de parecerle atractiva, y en su falda nueva, que le habría costado más de lo que podría permitirse.
Se preguntó qué se sentiría caminando con una de esas faldas plisadas vaporosas que se pegaban a los muslos, y con esos zapatos de tacón que hacían que las piernas fueran más bonitas.
En ese instante pensó en los labios de Rolf, en sus brazos fuertes y su expresión severa, en lo sucedido en el Nachtlokal, y tuvo que calmar la excitación abanicándose con unos papeles.
Decidió entrar en el compartimento en el que trabajaba Pamela.
La secretaria golpeaba a toda prisa las teclas de la máquina. Tenía los ojos húmedos. Cuando le vio entrar, se levantó rápidamente y bajó la cabeza, estirándose la falda y la blusa.
—Pammie… —dijo él, acercándose a ella—. No habrás estado llorando, ¿verdad?
—Oh, no, herr Fleedermaus, yo no…
—Schsss —dijo él, poniéndole el dedo índice bajo la barbilla para obligarla a alzar la cabeza y que la luz que se colaba por la ventana le iluminara los ojos llenos de lágrimas—.
¿Qué voy a hacer contigo? —le dijo con un tono entre lastimero y libidinoso, mientras le pasaba el dedo pulgar por los labios.
Pamela se encogió de hombros, como una niña buena.
Despacio, Lucius acercó sus labios a los de ella, para alejarse inmediatamente y dejar que fuera ella la que buscara el beso. Introdujo la lengua en su boca y saboreó cada matiz de su miedo y su ingenuidad.
—Si sigues besando así, creo que puedo decir… —disfrutó de la pausa—. Sí, diré que seguirás siendo mi secretaria cuando esté en la Gestapo —anunció.
Pamela sonrió embelesada, pero se tapó la boca enseguida, consciente de la puerilidad transparente de su gesto. Torpemente, caminó hacia el otro lado del pequeño despacho y le mostró a Lucius una camisa colgada en una percha.
—Ya está planchada, herr Fleedermaus —anunció sin mirarle a los ojos.
Lucius la repasó con los dedos y frunció el ceño.