El cabaret del infierno Capítulo 12 Stver #5
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Capítulo 12 Stver #5

A través de los prismáticos comprobó que, entre los elegantes coches aparcados, había varias matrículas extranjeras: de Estados Unidos, Inglaterra, Suiza… Le sorprendió ver que una de las matrículas era turca.

El coche negro que permanecía aparcado tras los arbustos, a las puertas laterales de la casa, se puso en marcha, hizo un giro y desapareció por el otro lado.

Se preguntó si le habrían visto. Era imposible, había guardado suficiente distancia como para que ni siquiera imaginaran que estaba allí.

¿Qué diablos estaban preparando en esa mansión de piedra? ¿Qué estaban esperando?

Irritado por la imposibilidad de saber, arrojó los prismáticos al suelo del coche y se frotó la frente con la mano.

—Llévame a casa —le dijo a su chófer, cansado—. Por hoy ya es suficiente.

* * *

Marsella, Pharo

—Esperan el advenimiento —dijo Ginebra.

De nuevo, otra de esas frases que no comprendía. Siempre era igual. Tendría que apuntarlo en una libreta y esperar a que se conformara un significado. ¿El advenimiento de quién?

Sentada en una vieja silla, en el umbral de la puerta que conducía a la azotea de Georges, observó la lejana pantalla de cine en la que estaban proyectando una película de la pequeña Shirley Temple, y movió los pies al ritmo de Kent Road .

No podía distinguir nítidamente las imágenes, pero sí escuchaba el sonido de las canciones.

Se preguntaba cuánto tiempo hacía de la última vez que había bailado. Antes le gustaba bailar.

Tenía la espalda dolorida y picores en los brazos.

No era fácil dormir en tan poco espacio, y compartirlo con los mosquitos y el moho de la humedad.

Además, Urik aparecía y desaparecía cuando menos lo esperaban, mantenía reuniones de las que no les contaba nada y aún no conocían a ese tal Georges que les estaba prestando la casa.

Apuró su copa de vino para el dolor. Hoy las aspirinas no eran suficiente.

—Oye, para otra vez avísame cuando quieras bailar —le dijo Théo a Ginebra—. ¡Soy buen compañero!

Allí de pie, a la luz tenue de los candiles, Théo la miraba con esa sonrisa que le dibujaba arrugas afables bajo los ojos.

Ginebra se dio cuenta de que había cierto atractivo en su mentón saliente, en sus labios bien esculpidos y en esos ojos grandes.

Su nariz prominente, con esa ligera torcedura, consecuencia de un puñetazo en una pelea con un compañero del Ejército —él le había contado toda su vida a lo largo de viaje a Marsella—, tenía un cariz más viril con la barba.

De pronto, Ginebra se sintió nerviosa; notó algo parecido a lo que había sentido aquella noche, durante su paseo con André Breton, pero enseguida apartó ese pensamiento. Quizá fuera efecto del vino.

—¿Sabes? Urik dice que cada vez estamos más cerca de poder marcharnos —dijo Théo.

—No lo sé. Estarán vigilando las fronteras.

—Urik tiene sus métodos. Y, de todos modos, quizás ese Lucius haya decidido no seguir con esto. Quiero decir, aunque nos busquen por la pieza, quizá Lucius no vaya a por nosotros.

Ginebra guardó silencio.

—No lo conoces —murmuró.

—Ginebra, a ti tampoco te conozco. Solo sé que tuviste una especie de historia con ese tipo cuando eras espía y esas cosas.

—No era espía, era agente… Y ni siquiera era agente de campo. Me dedicaba a investigar.

—¿Ves? No sé ni qué trabajo tenías, ni por qué sientes dolor… Y, si no lo sé, no puedo ayudarte.

—¡Nadie puede ayudarme, Théo! —gritó Ginebra.

Miró a su alrededor y se tapó la boca con las manos. Entró en la pequeña estancia y se dejó caer sobre el colchón donde ella dormía. Théo se sentó junto a ella. Desde el piso de abajo llegaba la música de la armónica que estaba tocando Urik.

—¡Ginebra, yo sí puedo ayudarte! Si me dejas hacerlo…

—Está bien… —dijo Ginebra. Le miró a los ojos, se sentó en el colchón y cruzó las piernas—. Lucius intentó matarme.

—¿Cómo?

Ginebra tomó aire y bajó la cabeza. Después, cerró los ojos unos segundos. Théo le cogió las manos.

—Fue en Londres… —reveló, con la voz temblorosa—, hace años.

Cuando aún estábamos juntos, pero yo ya había descubierto la clase de persona que era.

Vi cómo se quitaba de en medio a uno de sus rivales, Herman Foster…

Solo tuvo que dar órdenes y mover hilos.

Hizo que Foster sufriera un «accidente» que casi acaba con su vida, porque él quería afianzarse en el puesto que tenía, quería ser importante a toda costa.

Por eso entró en el Partido Nazi. Entonces le dije que me iba…

Ojalá ese hubiera sido el final —continuó, Ginebra.

Théo apretó su mano y la acarició—. Él no quería dejar que me fuera, insistía en que debíamos casarnos y en que yo debía borrar las huellas judías de mi familia.

Yo le dije todo lo que pensaba de él. Reaccionó de forma violenta, me amenazó.

Y entonces… enfermé, comencé a sufrir dolores terribles, mareos constantes…

No me podía mover de la cama. Lucius me convenció de que me cuidaría, de que solo él podría conseguirme a los mejores médicos.

Pero esos médicos no sabían lo que me pasaba, me hacían pruebas y no averiguaban nada, y yo me sentía cada vez más débil…

Ginebra se detuvo y tomó aire. Se sentía torpe y vulnerable.

—Ginebra, estoy aquí contigo. Estoy aquí… —le dijo Théo, apretándole las manos.

—Los médicos me decían que probablemente fuera un problema nervioso, como si yo me hubiera vuelto loca. Y Lucius, por supuesto, era el instigador de esa teoría. Al fin, a escondidas y con ayuda de mi amiga Claire, logré ir a un doctor que me había recomendado mi amigo John Waxley.

—¿Qué pasó?

Ginebra tomó aire y contuvo el llanto.

—Me hizo un tipo de análisis especial, uno que no me habían hecho hasta ese momento. Y ahí…

Théo la observó preocupado, al ver cómo el rostro de ella empalidecía súbitamente y le costaba contener las lágrimas.

—Estoy contigo —le dijo, limpiándole una lágrima que se le había escapado—. Continúa, te escucho.

—Hallaron calomelanos, un producto que contenía mercurio, difícil de conseguir por los canales habituales, pero no para alguien tan bien conectado como Lucius.

El médico me dijo que hacía tiempo que esa sustancia estaba en mi cuerpo, lo estaba ingiriendo en dosis continuadas —explicó, con voz temblorosa—.

Lucius llevaba meses envenenándome, mientras me decía que me quería.

Su intención era eliminarme y que no quedaran pruebas.

—Dios mío, Ginebra. ¡Es terrible!

—Él tenía… un manuscrito mío. Supe que iba a sacarlo con su nombre. La jugada le iba salir fenomenal. John siempre me decía que Lucius me estaba matando. Nunca imaginé que sería literal —dijo Ginebra, y dejó escapar una risa irónica que rompió en sollozos ahogados.

—¡Hijo de Satanás! —gritó Théo, que se sentía arder por dentro.

—Aún arrastro las consecuencias. Son los dolores por los que me preguntabas. Efectos secundarios de la medicación que tuve que tomar para recuperarme, y de esa sustancia… No he hablado de esto con nadie… no podía. Ahora sabes quién es Lucius y hasta dónde es capaz de llegar.

—¡Lo mataré con mis propias manos! ¡Lo mataré!

Ginebra puso un dedo sobre sus labios.

—No, Théo —repuso. Se limpió las lágrimas y le acarició—, no dejes que te infecte.

Théo le acarició el pelo y la besó en la frente. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y él la abrazó y la meció.

—No dejaré que te atrape. Que nos atrape. Podrás con esto. Podremos. Yo te ayudaré.

Ginebra ahogó los sollozos en el pecho de Théo, que le acariciaba el pelo con ternura. Poco a poco se fue tranquilizando, mientras Théo reprimía sus propias lágrimas.

—Théo —dijo Ginebra, de pronto—. ¿Urik sabe que soy judía?

—Sí…, ya sabes cómo es: investigó un poco, por si eras una espía enviada por el Gobierno o algo así —dijo Théo poniendo los ojos en blanco—. ¿Por qué lo dices?

—Por vosotros. No es el mejor momento para hacer equipo con una judía.

—¿Y qué? Yo soy cristiano y hubo momentos históricos realmente malos para estar con nosotros, ¿no? Oye, ¿quieres bailar? He visto que te gusta bailar. ¡Yo no lo hago mal! Bueno, tampoco es que lo haga bien, pero, en fin… ¡Vamos, bailemos!

Ginebra sonrió y se limpió las lágrimas.

—Venga ya… —dijo.

—En serio, bailemos —insistió Théo poniéndose en pie.

—¿Ahora?

—¡Sí, vamos! —dijo Théo ayudando a Ginebra a levantarse.

Lentamente comenzaron a bailar un torpe vals, procurando no golpearse la cabeza contra el techo abuhardillado. Tropezaron con el colchón y se agarraron el uno al otro para no caer. Permanecieron unos instantes mirándose a los ojos.

—Théo —dijo Ginebra—, gracias. Gracias por… ser verdad.

—¡Exacto! ¡Esa es la clave! ¿Cómo no lo había visto hasta ahora…? —exclamó Urik, que estaba en la puerta de la estancia, mirándolos absorto, como si acabara de tener una revelación.

—¡Urik! —protestó Théo, molesto—. La gente suele llamar antes de pasar, ¿sabes?

Urik llevaba unos minutos observando a Théo y a Ginebra bailar como dos niños grandes, fijándose en sus miradas, en sus palabras. Se acercó a ellos.

—Cuando el mundo se deshace, las personas con un corazón suficientemente puro son capaces de percibir la frecuencia. Todavía no sé explicarlo, pero tal vez seáis los mensajeros, los canales, los encargados de crear… una brecha en el continuo. Al menos, así lo espero.

Théo y Ginebra miraron a Urik en silencio.

—Ya…, ¿y cómo diablos se supone que vamos a hacer eso? —dijo Théo.

—El camino no va a ser fácil. La luz es perseguida por la oscuridad.

—Yo no estoy seguro de tener ya esa luz, Urik —dijo Théo bajando la cabeza y perdiéndose en sus recuerdos.