Capítulo 12 Stver #4
—Algo está emergiendo —dijo Urik—. Lo percibí y no quise hacerle caso.
Théo y Ginebra, ambos ataviados con sus nuevas ropas de camuflaje, cargando con las maletas y la mochila, miraron a Urik, que se limitaba a caminar por la pequeña habitación, dando vueltas, perdido en sus pensamientos.
Georges Laurent, un amigo de Urik, les había cobijado en el piso superior de su casa, una pequeña habitación con un colchón, un sofá viejo, una mesa y un espejo roto. Al menos, estaban a salvo en aquella zona de las afueras de Marsella.
—Cuando Urik se pone así, puede estar horas —dijo Théo, que llevaba unas gafas modelo Aviator, barba postiza y un enorme abrigo pasado de moda.
—¡Las piezas comienzan a encajar! —exclamó Urik, de pronto, saliendo de su ensimismamiento, y se dirigió a ellos con un brillo de determinación en la mirada—: Ginebra, esa iglesia inacabada, de aspecto turco, esa mezquita que viste junto a un templete…
Existe. ¡Y está en Creta! He recibido hace poco la respuesta del investigador del que os hablé, Ian Brodsky.
Es arqueólogo y filósofo, y está investigando en Ierápetra, Creta.
Y ahora viene lo mejor: allí han localizado, hace solo unas semanas, el texto que faltaba.
¡El texto del Critias ! ¿Veis lo que os decía?
Todo comienza a encajar. ¡Ginebra, tú lo sabías antes de que Ian me lo dijera!
—dijo agarrando de los hombros a Ginebra, que sonrió, desconcertada—.
Ahora os contaré la otra parte: tras recibir mi telegrama urgente, Ian fue expresamente al museo de Heraclión y asegura que el disco de Festos no se ha movido de ahí en todo este tiempo.
No sabe qué puede ser exactamente esta pieza que tenemos nosotros, pero, en la carta, nos implora que vayamos urgentemente a Creta.
Puede ayudarnos. Puede conseguirnos refugio en Ierápetra, antigua Hierapitna, al este de Creta, pero la cuestión es cómo demonios llegaremos.
Hay que encontrar una especie de salvoconducto o, al menos, un itinerario seguro.
Y hará falta más dinero para que lleguéis hasta allí.
—¿Lleguéis? ¿Y qué pasa contigo? —protestó Théo.
—Yo no puedo irme, merluzo. Estoy muy ocupado intentando analizar la pieza, saber cómo diablos llegó a Koch y a San Víctor o quién era ese hombre al que vio Ginebra con el disco en las manos.
Respecto a ese barco del que hablabas, Théo, no hay ni rastro.
Suena a que detrás de todo esto hay alguien que sabe cómo hacer desaparecer las pistas.
En cualquier caso, voy a necesitar un análisis de sangre de cada uno de vosotros.
Lo haremos en el laboratorio de Georges.
—Y no piensas explicarnos por qué, ¿verdad? —dijo Théo.
—Lo sabréis todo en su momento. Hasta que las cosas se aclaren, cuanta más información podamos recabar, mejor. Es la única forma de poder atar los cabos.
—Urik, ¿es cierto que el culto Stver se infiltró en otros círculos? —preguntó Ginebra.
—Eso es otra de las cosas que quiero averiguar. Siempre pensé que se trataba de una mera leyenda. He de hacerme con algunos libros y hablar con algunas personas.
—Urik, ¿qué crees que quiere decir eso de que el disco es un pasaje? —pregunto Théo.
—¿Has oído hablar de la palabra «intersticio»?
—No.
Urik oyó el ruido de un coche y se acercó a la ventana.
—Georges ya ha llegado. Mientras os instaláis, nosotros iremos a su laboratorio a investigar la pieza.
No se os ocurra salir sin la ropa de camuflaje.
No estamos a salvo. Tracey ha estado indagando: ese tal Fleedermaus os busca en las estaciones de París.
Y los nazis no son los únicos que andan detrás de ese objeto.
Urik bajó rápidamente las escaleras.
—Es un cruce entre dimensiones, Théo —explicó Ginebra—. Como un portal que une dos portales.
Théo dejó las maletas en el suelo y se dejó caer sobre una silla de mimbre.
—Es tan extraño, Ginebra… —dijo Théo apesadumbrado—. Creí que en San Víctor se resolvería todo…
—Théo, algo me dice que podremos interpretar el disco, una vez que hayamos visto el texto que falta en el Critias . Hay una conexión. He visto… paisajes que creo que pertenecen a Festos. Debemos ir a Creta. Nos harán falta pasajes para llegar allí, identidades falsas…
—Lo sé, y el dinero de Vincent no nos durará mucho más. Siempre el dichoso dinero. Parece que es lo único que circula libre por el mundo; las personas, sin embargo… A veces pienso que nací en un mundo que no era para mí. ¿Te ha ocurrido eso?
—Toda mi vida, Théo…
—Siempre pensé que yo era el raro. Aunque Urik dice que el mundo está al revés, así que, ¡eh, a lo mejor nosotros estamos al derecho, al fin y al cabo!
Ginebra sonrió.
—Parece que el mudo es de los que son como Lucius, y que los demás tenemos que vivir con su permiso.
Pero no es así, Théo, el mundo no debe estar hecho a su medida, sino a la nuestra…
Creo que, en algún momento, equivocamos el camino.
Había otra manera. Había otro mundo posible. Y quiero pensar que lo sigue habiendo.
—Me gusta cómo hablas —le dijo Théo, con su gran sonrisa afable—. Oye, Gin, ¿puedo hacerte una pregunta?
—Dime.
—He visto que siempre llevas encima aspirinas, y Urik te hace infusiones para el dolor. Yo creí que solo sentías dolor cuando tocabas el disco. ¿Has tenido alguna enfermedad? Si estás sufriendo, puedo ayudarte, yo puedo…
—No quiero hablar de eso, Théo.
Théo hizo un gesto con las manos. Sus ojos grandes y expresivos mostraron una tristeza resignada.
—Lo siento, lo siento, no volveré a preguntar. Ya sé que nunca quieres hablar de nada. No quería hacerte sentir mal.
Ginebra comenzó a deshacer el equipaje, ocultando las lágrimas, mientras Théo colocaba unas sábanas sobre el sofá donde dormiría él y sobre el colchón donde dormiría ella.
Se sentía mal consigo misma: no se estaba portando bien con la única persona que le ofrecía cariño auténtico.
Se acercaba el momento de hablar con él, con total sinceridad, pero primero debía hacer algo importante.
Extrajo de su bolsillo el sobre que había preparado para Claire y que tenía una única palabra escrita en el remite: «Charabia».
Ojalá su amiga interpretara bien el mensaje…
* * *
París, Ferrières-en-Brie
La madrugada parecía impregnada de una extraña ceniza que flotaba en el aire gélido del invierno.
Los árboles dibujaban formas pintorescas en torno a aquella mansión escondida en un bosque perdido en el tiempo, una especie de páramo ancestral cuya salvaje frondosidad había escapado a las manos del hombre.
Cesare ajustó los prismáticos y observó, desde la seguridad de su coche, cobijado por los árboles, aquel imponente palacete de piedra, cuya ala lateral estaba cubierta por las enredaderas.
Era de las pocas construcciones que mezclaban el gótico isabelino con el modernismo.
Había dado con el emplazamiento rastreando el paradero de Lamartine, quien se había esfumado después del nacimiento de la criatura en Le Palace.
Nadie sabía nada de ella o, al menos, nadie hablaba.
Finalmente, madame de Beauharnaois, convenientemente ebria, le había hablado de ciertas reuniones a las que acudía un amigo de su marido, en un lugar señorial y retirado, al este de París: en Ferrières-en-Brie.
Debía investigar sin levantar sospechas. Estaba siendo demasiado impaciente y eso le pasaría factura… De hecho, misteriosamente, había dejado de recibir las invitaciones a las galas nocturnas de L’Enfer. Le habían excluido de la lista de los «elegidos».
En ocasiones, las luces del piso inferior de la mansión oculta por los árboles se encendían tras las gruesas cortinas, arrojando un resplandor anaranjado sobre el bosque, y algún individuo con chaqué salía de un coche y subía las escaleras principales.
Daba la impresión de que estaban preparado algo, pero…
¿qué exactamente? ¿Y quiénes eran? No había ni rastro de Lamartine.
Lo que Marguerite le había contado respecto a sus extraños síntomas y el cautiverio en casa de la médium, todavía le angustiaba.
La había dejado a salvo en una casona propiedad de su familia, donde una enfermera de su confianza se encargaría de ir a cuidarla hasta que se recuperase de la intervención.
Gabagne había hecho un buen trabajo. Para él era habitual arreglar desaguisados de abortos mal hechos a las amantes de sus amigos ricos, y probablemente habría pensado que se trataba de un hijo bastardo de Cesare.
Jamás hubiera imaginado la realidad, y era mejor no desengañarlo.
En cuanto a Lucius, buscaría la forma de probar su agresión y el registro de la casa.
Marguerite no era exactamente una espía, pero, a buen seguro, conocía más trapos sucios de la sociedad parisina que la policía; era mejor que ese cerdo arribista creyera que estaba muerta.
A su vuelta haría justicia con él, aunque le valiera el desprecio de Hess, pero primero debía asegurarse de estar presente en el ritual cuando se llevara a cabo.
La carta que le había escrito a Marguerite aguardaba, todavía, en un cajón de su escritorio.
No podía prometerle que se amarían en un momento tan incierto como este.
Debía llegar hasta el final con Tür, no porque le importaran ya lo más mínimo las pesquisas de Hess, los estudios sobre el origen ario o esa Thule renacida como Atlántida del Reich, sino para controlar los pasos de los nazis.
Sabiendo que Fleedermaus jugaba a dos bandas, tampoco podía confiar en Himmler.
Lo distraía mezclando pistas reales y falsas, para adelantarse a la Ahnenerbe, mientras informaba a Hess.
Por otro lado, a través de un arduo intercambio de favores, había conseguido que Marcus le prometiera datos jugosos en cuanto al origen de la reliquia.