El cabaret del infierno Capítulo 12 Stver #3
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Capítulo 12 Stver #3

—Con lo relajadas que son cuando no toca —dijo su madre, y murmuró—: hija de un malnacido irlandés tenía que ser.

En ese momento Marguerite sintió un dolor tan fuerte que todo se nubló, los oídos le pitaron como si fueran a estallar, y no fue consciente de que llamaban a la puerta con fuerza.

Entreabrió los ojos, vio cómo su madre abría y hablaba con alguien.

La oyó decir: «Pase, Cécile». De pronto la puerta se abrió del todo y madarne Lamartine entró en la habitación, profundamente horrorizada.

—¡Paren esto! —gritó.

—¡Deténgase ahora mismo! —le dijo su madre al médico, contagiada del horror de Lamartine.

—¡No! No, mamá, ¡no lo detengas! ¡Por favor, no lo detengas! —rogó Marguerite con el hilo de voz que le quedaba—, tú no sabes que…

Lo último que Marguerite vio, antes de desvanecerse, fue a Lamartine susurrando algo al oído de su madre, convenciéndola, tranquilizándola, mintiéndole con una sonrisa de amabilidad, mientras el médico retiraba los instrumentos.

Cesare avanzó por el pasillo de la planta superior hacia la habitación en la que le habían indicado que estaba Marguerite.

Había tenido que decirle a una de las chicas de abajo que era su marido para que le dejasen entrar.

Al escuchar los gritos, se detuvo ante la puerta del habitáculo, con el corazón palpitando fuerte en el pecho, reprochándose la temeridad de venir a Le Palace.

Se agachó y miró a través de la cerradura.

Vio a una mujer con abrigo largo, de espaldas a él, justo frente a la cama donde yacía Marguerite, dormida, o quizá muerta, bajo unas sábanas manchadas de sangre.

La mujer sostenía algo en sus brazos. Escuchó un ruido extraño, una especie de llanto; no parecía el llanto de un bebé, sin embargo, la mujer estaba meciendo a una criatura.

Y… si esa criatura era un vástago de Marguerite…

¿podría ser hijo suyo? No, era imposible, Marguerite no podía haber dado a luz, no hacía tanto tiempo que la había visto por última vez en L’Enfer.

La mujer del abrigo largo parecía preocupada.

El bebé ya no emitía ruido alguno. Por el ángulo izquierdo se aproximó un hombre que llevaba un estetoscopio.

Su expresión no era normal. Algo sucedía, el rostro del médico estaba contraído, parecía aterrado.

—Sobrevivirá —murmuró.

Se santiguó, se puso el abrigo y se dirigió hacia la puerta con expresión de terror.

Cesare tuvo que esconderse bajo una cómoda, junto a la puerta, para que no le viera.

Observó al doctor apoyarse en la pared al salir, como si estuviera demasiado impactado por lo que había ocurrido.

Se preguntó qué diablos estaría pasando.

Una mujer oronda, con el pelo caoba, salió de la habitación y bajó las escaleras.

Las chicas, en la parte inferior de la escalera, intentaban curiosear.

—¡Fuera de aquí, chismosas, a vuestras alcobas! ¡A seguir con el trabajo! —oyó gritar a la mujer de pelo caoba.

Se mantuvo en su escondite, debajo de la cómoda, durante unos segundos, sin moverse.

Tres hombres con abrigos grises de altas solapas que tapaban parte de su rostro, subieron la escalera y entraron en la habitación, cerrando con llave tras ellos.

Cesare se levantó, se acercó de nuevo a la puerta, sigilosamente y volvió a mirar por la cerradura.

Los hombres y la mujer del abrigo, que ahora parecía más tranquila, se situaron en círculo, se arrodillaron.

La mujer dijo unas palabras en una lengua que le pareció un dialecto antiguo, y los otros las repitieron, como si se tratara de algún mantra.

Así hasta tres veces. La mujer sostenía un colgante, una especie de péndulo, encima del bebé, al que no podía ver.

Era el mismo péndulo que le había visto a Marguerite en L’Enfer.

¿Podría ser, aquella mujer, madame Lamartine?

Ella se puso en pie y alzó en sus brazos al bebé, que emitía de nuevo ese llanto extraño e insidioso.

Cesare, al fin pudo verlo, pero lo que vio no era exactamente un niño.

Parpadeó varias veces, pegó la cara a la puerta para distinguir todos los detalles posibles a través de la cerradura, el ojo abierto hasta enrojecerse, el rostro sudoroso.

La sangre se le congeló en las venas. Lo primero que distinguió fue una especie de mano retorcida.

La mano o, más bien, la garra, pertenecía a una criatura muy pequeña, cuya espina dorsal se prolongaba por encima de las manos que lo sujetaban y se combaba hacia delante, desembocando en lo que parecía una cabeza de pez azulada, gelatinosa y surcada de venas verdosas y rojizas.

Se tapó la boca y ahogó un grito, cerró los ojos y volvió a abrirlos, mientras se limpiaba el sudor de la frente, deseando que nada de lo que había visto fuera real.

A través de la puerta se escuchaba el llanto agudo, cada vez más fuerte.

Parecía dividirse en varios lamentos, de diferentes tonos penetrantes, con fluctuaciones que ninguna garganta humana podría emitir.

Cesare se escondió, de nuevo, bajo la cómoda, respirando trabajosamente, el corazón a punto de salirse de su pecho.

La mujer salió de la habitación, encabezando la comitiva, y Cesare pudo confirmar que se trataba de Cécile Lamartine.

Había metido a la criatura en una especie de canasto negro, ocultándola completamente.

Los hombres bajaron la escalera, escoltándola.

El llanto polimorfo siguió escuchándose hasta que, en el rellano de la escalera, Lamartine tapó el cesto con una especie de tela negra.

Se oyeron algunas palabras en el piso de abajo, conversaciones entre mujeres.

Cuando todo estuvo despejado, Cesare se levantó, dispuesto a salir de allí a toda mecha, pero las piernas le temblaban.

Aún no podía creer lo que había visto. Si aquello era real, si esa aberración realmente había llegado a nacer, algo estaba yendo demasiado lejos.

Tenía que ir a la Hermandad AvGull, tenía que avisarles de lo que estaba sucediendo.

No, sería imprudente. Probablemente muchos de ellos estarían enterados, incluso estarían compinchados…

Debía seguir con su plan, adelantarse, controlar el ritual.

Pero esto iba más allá de los nazis. ¿Qué podría hacer para salvar a Marguerite de todo aquello, para salvarse a sí mismo, para detener el horror?

Se sintió mareado. Decididamente, esto ya no era ningún juego, y tampoco una búsqueda de conocimiento o de sentido.

Quizá todo estaba acabando y el mundo, tal y como lo conocía, comenzaba a convertirse en la antesala de un Hades inenarrable, más oscuro y monstruoso de lo que jamás habría imaginado.

La única forma de conferir algún sentido a lo que estaba sucediendo era tratar de ayudar a Marguerite.

Si ella había muerto, le daría el dinero a sus familiares.

La redención debía cumplirse. Entró en la habitación.

Se acercó a la cama, despacio. Desvió la mirada para no ver la sangre.

Marguerite tenía un tono macilento, azulado, la cara hinchada, y estaba en los huesos.

Su aspecto era sobrecogedor. Le tomó el pulso.

El corazón aún latía débilmente. Seguramente le quedarían solo unas horas, quizá minutos, hasta que la pérdida de sangre terminara con ella.

Tomó aire, dispuesto a hacer algo que jamás habría hecho.

Cogió las sábanas y envolvió a Marguerite con ellas, manchando de sangre sus guantes de piel de astracán.

Cuando iba a alzarla en sus brazos, entró en la habitación la mujer oronda, de pelo caoba, a quien había visto desde la escalera.

Reconoció a la célebre alcahueta de la nocturnidad parisina, madame Hildie.

—¿Qué está haciendo? ¿Quién es usted?

—Le diré mi nombre cuando me diga el suyo, madame .

La mujer le miró de arriba a abajo, visiblemente extrañada, tomando nota de todo su atuendo, que, a buen seguro, sabía clasificar con agudeza, como cualquier madame que tuviera algo de experiencia con los caballeros.

—Soy Hildegart Lacroze y tengo que darle a esa descarriada esta medicina —dijo, enseñándole una botella que contenía un líquido amarillento.

—¿Se lo ha dado la mujer del abrigo?

—Por supuesto que sí, madame Lamartine es amiga nuestra —dijo, debatiéndose entre la desconfianza y el respeto hacia la alta alcurnia que le intuía al inesperado visitante—. Es para que pueda dormir bien y se le pase el dolor. ¿Puede decirme su nombre, caballero?

—Como puede ver, madame , su hija necesita atención médica inmediata o morirá. Yo soy su marido. Y me la voy a llevar de aquí —dijo Cesare mirándola a los ojos con una dureza implacable, mientras, a toda prisa, cogía a Marguerite en brazos sorprendido de lo poco que pesaba.

Los ojos de madame Lacroze se llenaron de estupor.

—¿Cómo dice? ¿Su marido?

—Apártese, por favor.

Madame Hildie no opuso resistencia alguna, y Cesare salió de la habitación, llevando en brazos a la agonizante Marguerite, cada vez más pálida. El tiempo apremiaba, no podía extraer más información por el momento. Bajó las escaleras a toda prisa, mientras escuchaba la voz de madame Hildie:

—¿Cómo es que no me lo dijo?

Recorrió el pasillo de la planta inferior. Algunas chicas se asomaban para ver qué pasaba, murmuraban entre ellas. Salió del burdel y entró en el coche con Marguerite en los brazos.

—¡Señor! —dijo el chófer, sorprendido y alarmado, al ver que la sangre de las sábanas empapaba la elegante carrocería del coche.

—No hay tiempo para explicaciones, llévame a casa de monsieur Gabagne.

—Pero señor…

—¡Rápido!

El chófer apretó el acelerador y tomó el camino más rápido hacia la casa del amigo médico de Cesare, en la parte más acomodada de la ciudad, mientras madame Lacroze los observaba, desde la entrada ajardinada del burdel, con los brazos en jarras.

—Debió decirme que se había casado con un rico…

* * *

Marsella, Pharo