Capítulo 12 Stver #2
Torres de nácar y marfil, en el centro de una estructura circular, se elevaban hacia un cielo de un azul que jamás había visto.
Entonces, las sombras invadieron los puentes y los anillos.
La ciudad comenzó a arder. Ginebra vio dos incendios superpuestos en una especie de calidoscopio.
Uno de ellos tenía lugar en un paraje que parecía de la Antigua Grecia.
Otro, en ese mundo de anillos surcados por puentes, semejante al dibujo de la Atlántida que había visto en el libro.
Un laberinto ardía en llamas. Sucesivas destrucciones se proyectaban ante ella de forma fractal.
De pronto, todo desapareció y se redujo a un fondo blanco.
—Tienes que volver —exigió una voz que no reconocía.
Ginebra se dio la vuelta, pero allí no había nadie.
—¿Dónde estoy? —preguntó ella.
—En un intersticio. Debes volver a través del pasaje.
—¿Qué pasaje?
—El disco —dijo la voz muy despacio—. El disco es, y ha sido siempre, el único pasaje.
Una corriente de agua o de aire la arrastró.
Vio, a lo lejos, una mezquita de color tierra, con un extraño minarete al que parecía faltarle un trozo, como al texto del Critias .
Junto a la mezquita había un templete semihundido en la tierra.
Sobre ellos resplandecía un sol tan intenso que parecía una bola de fuego.
Abrió los ojos y tomó aire varias veces.
—¡Debemos ir allí! —exclamó—. La mezquita. El Critias… Solo si sabemos interpretar los signos podremos utilizar el disco.
Miró a su alrededor. Estaba en la cripta de San Víctor. Urik y el abad estaban sentados frente a ella. Urik tomaba notas en una libreta, a toda velocidad. Théo, a su lado, trataba de calmarla y movía los labios. Al fin pudo escuchar lo que decía, mientras le cogía las manos.
—¿Estás bien? ¿Estás bien, Gin? Has descrito cosas terribles —dijo Théo, alarmado—. ¡Estás temblando!
—Ginebra, ¿puedes oírnos? ¿Cómo te encuentras? —preguntó Urik.
—Esa mirada… la mirada…
—¿Qué mirada?
Ginebra permaneció en silencio unos instantes.
—Como si el infierno se abriera y nos mirase… desde sus entrañas podridas —murmuró.
Todos guardaron silencio. Urik se agachó junto a Ginebra, le limpió el sudor con el paño mojado que le ofrecía el abad y le dio agua de su cantimplora. Ella bebió hasta el último trago.
—Los pasajes no son oscuros o luminosos —explicó Urik, incorporándose—, son solo emisores de frecuencias. Y me temo que este disco lo es. Conecta con canales, abre accesos. Pueden ser hermosos o terribles.
—Ginebra —dijo Théo, emocionado y desconcertado al mismo tiempo—, yo he recordado lo que pasó esa noche en el barco.
Y sé cómo llegué a San Víctor. No estaban experimentando con medicamentos, sino con otro tipo de cosas.
Querían abrir un portal; por eso nos llevaron allí, nos hicieron algo en la sangre…
observaron la reacción. ¡Ahora lo recuerdo, Urik!
Pero no sé qué era, no sé para qué lo hacían.
—A veces, se retrocede para avanzar —dijo el abad, acercándose a ellos—, para comprender que, en realidad, el tiempo no es lineal. Habéis visto el pasaje. Quizá tengáis que volver. Ahora ya sabéis a qué os enfrentáis.
—Creo que deberíamos salir de aquí para que Ginebra se recupere —sugirió Théo.
—No, por favor, basta de enigmas —exigió Ginebra, mirando a Urik y al abad—. ¡Necesito comprender quién era esa gente a la que he visto! ¿Quiénes eran esos hombres que hacían rituales y sacrificios y qué tienen que ver con el disco?
El abad se levantó y caminó por la cripta, apoyándose en su bastón. Se detuvo ante el altar, frente al crucifijo y la talla de la virgen negra. Su rostro cobró una expresión de gravedad.
—Los Stver. La Orden de Tarhun… durante mucho tiempo pensamos que se trataba de una leyenda.
Comenzó en tiempos inmemoriales, en las tierras de Anatolia.
Allí, un grupo de hombres y mujeres invocaron fuerzas que no deberían haber sido desatadas, se entregaron a las aberraciones más abominables, construyeron un altar bajo la tierra para fundirse con el barro, vendieron el alma, llegaron a un estado de degeneración tan grande que enloquecieron; muchos de ellos terminaron muriendo.
Lo llamaron «el Mal de Vacío». Querían invocar a una deidad oscura, y que cobrara vida. Para ello necesitaban una reliquia.
—¿Qué deidad? —preguntó Ginebra.
—Lo ignoro. El último abad que me habló de ello murió hace años. Ya solo quedan resquicios de la leyenda, que fue pasando de generación en generación. Unicamente podemos hacer conjeturas.
—Se decía que algunos círculos de médicos y científicos que experimentaron y crearon venenos en la zona de Suiza y en Baviera podrían ser los herederos de esas… tradiciones —elucubró Urik—. Aunque no hay pruebas, no hay estudios… Qué curioso, ¿verdad? Todo podría ser un cuento.
—Hace años, en torno a 1919, unos hombres rondaron el terreno de San Víctor.
Hubo profanaciones y rituales secretos —explicó el abad—.
En los últimos meses ha vuelto a suceder.
Este promontorio siempre ha sido anhelado por brujos y farsantes.
Al principio creímos que serían grupos Völkisch, pero no era así.
Entonces, no pudieron detener a los culpables y, ahora, está sucediendo lo mismo.
Sencillamente, se esfuman. Creo que los Stver han vuelto.
Y tengo la sospecha de que alguien de dentro, alguien de la propia abadía, está involucrado en el asunto.
De hecho, será mejor que nos vayamos ya de la cripta. No quiero levantar sospechas.
Ginebra se cerró el abrigo. Théo la ayudó a levantarse y, al ver que no dejaba de temblar, le dio un abrazo.
La abrazó como un niño, como un amigo de la infancia, como alguien que, por primera vez en mucho tiempo, la amaba de forma auténtica, sin la distorsión del deseo o del interés, y ella acogió el abrazo con fuerza, conteniendo las lágrimas.
Se dio cuenta de que ahora comprendía su propio don, comprendía lo que suponía para ella y, de pronto, eso había dejado de ser una condena.
Sabía que estaba sola. Théo Bernard estaba con ella, pero estaba sola.
Nadie en el mundo entendería jamás lo que le pasaba o lo que sentía, y no le importaba.
Empezaba a encontrarse de nuevo, empezaba a volar, y ahora nadie podría matar ese sueño.
* * *
París, Monnaie
Cuando Cesare llegó a la Rue Mazarine se detuvo ante la puerta del inmueble que le había regalado a Marguerite y, por primera vez, sintió vergüenza. Si bien se trataba de una zona céntrica de París, el piso no era más que una caja de cerillas resultona que servía solamente como picadero.
Al llegar arriba llamó a la puerta. Nadie respondió y no se escuchaban ruidos. Al final del largo corredor se abrió una puerta. Una mujer negra, alta y atlética se asomó y le miró con desconfianza.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Cesare. Cesare Evola. ¿Sabe dónde está Marguerite?
—Ella me dijo que usted vendría, tarde o temprano. Aunque no es tan guapo como en la descripción que me hizo.
—¿Dónde está Marguerite? ¿Está bien?
La mujer dudó unos instantes. Parecía en lucha consigo misma. De pronto, su rostro cobró cierta serenidad y respondió, a regañadientes:
—Me dijo que le dijera que está en la Maison Le Palace, y que si podría llevarle algo de dinero allí. Pero, si alguien le pregunta, usted no me conoce y yo no conozco a Marguerite, ni le he dicho nada de esto —añadió. Y cerró de un portazo.
Cesare, extrañado, apretó la carta en el bolsillo.
Una parte de él quería olvidar el tema, pero la otra sabía que debía ir hasta el final, debía darle la carta y el dinero.
Ese sería el verdadero acto de redención, la señal de que había comprendido el mensaje.
Este era el momento apropiado para ayudar a Marguerite.
Bajó las escaleras y corrió hacia el Mercedes Benz 260 D que le esperaba en la esquina, con su chófer al volante.
—Llévame a Le Palace, en Suffren. ¡Rápido!
* * *
París, Maison Close Le Palace, Montmartre
Marguerite atravesó el viejo pasillo que tantas veces había recorrido en su infancia y que recordaba nauseabundo, con aquellas paredes tapizadas de terciopelo rojo oscuro, las decadentes lámparas de cristal, las chicas asomándose por las puertas, medio desnudas, para ver quién era la nueva joven que llegaba a entregarse al comercio de la carne, el olor a perfume dulzón, a efluvios corporales, a purpurina y esmalte.
Al final del pasillo su madre la esperaba con su habitual gesto de reprobación, justo como la recordaba: el pelo teñido de caoba, los ojos gatunos entrecerrados en un rictus de desconfianza, el orondo cuerpo enfundado en un traje caro de dudoso gusto, las anchas aletas de la nariz carnosa, siempre husmeando.
—Sabía que me pedirías ayuda tarde o temprano —le dijo, ufana—. Entra, desgraciada.
Marguerite subió las escaleras tapizadas de moqueta roja maloliente y entró en la habitación pequeña del segundo piso. Su madre cerró la puerta con llave.
Allí, un hombre que llevaba un maletín y revisaba su instrumental le hizo una señal para que se tumbase en la cama instalada en el centro de la habitación.
Marguerite ya sabía lo que tenía que hacer. Algunas chicas del burdel habían pasado por ese procedimiento unas cuantas veces. Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Su madre le hizo beber alcohol.
—Será rápido —oyó decir al médico.
—Mejor —dijo su madre, sin ocultar una mirada horrorizada al cuerpo deformado de su hija—. Qué extraña es esa barriga, no había visto nada así.
El médico observó la forma del vientre y se rascó la frente, desconcertado.
Marguerite respiró profundamente, contuvo los nervios cuando sintió el instrumental frío entre sus piernas temblorosas.
—Niña, te va a doler, así que muerde esto —le dijo su madre. Y Marguerite, sin mirar, mordió el pañuelo que le ofrecía. Ella ya no estaba, solo su cuerpo participaba del ritual.
—Respira hondo y relájate —le dijo, con cierto desprecio, el médico.