Capítulo 12 Stver
Stver
Marsella, San Víctor
San Víctor era un edificio tan imponente como extraño, una construcción irregular, con torres de diferente altura, mezcla de gótico y románico, cuyos cimientos se sumergían en un mundo salvaje y olvidado, y sobre la que se contaban todo tipo de leyendas.
Mientras se acercaban a la abadía por el pequeño sendero de tierra que surcaba el campo, Ginebra arrancó una ramita de lavanda y aspiró el aroma.
Agradeció el calor del sol en la nuca y en la espalda.
Le dolía todo el cuerpo, a causa del atropellado viaje, primero, en coche hasta esa posada abandonada en Sant Jean du Gard y, luego, en un carro de heno hasta las afueras de Marsella, para evitar rutas que pudieran estar vigiladas.
Théo guardaba el disco, envuelto en paño, en una bolsa montañera que Urik les había dejado. Aquel enigma asombroso residía ahora en una mochila, como si fuera un bocadillo, guardando un silencio expectante, como el del mar antes de la tormenta. Ginebra podía sentirlo sin ni siquiera rozarlo.
—Todavía quedan días de luz —dijo Théo, con una mirada tan pura como la de un niño que acaba de descubrir el mundo—. Mira estos campos de lavanda. ¡El sol brilla como nunca! Toda la belleza imaginable parece posible hoy. ¿Quién diría que se cuece una guerra?
—Théo, eso es hermoso… —dijo Ginebra sonriendo.
—Ginebra, yo creo habértelo contado todo sobre mí. Dios sabe que puedo ser muy pesado hablando. Pero tú… me has contado pocas cosas. Me da la sensación de que no confías mucho en mí o de que a lo mejor crees que voy a… reaccionar mal. No lo haría, de verdad.
—No, Théo, es solo que durante mucho tiempo me he dedicado a… borrar recuerdos. Me hacían daño. Solo así pude seguir adelante. Me encerré en mí misma y ahora no es fácil salir… La noche del Atlantis, muchas cosas volvieron de golpe. No sé si estoy preparada.
—¡Eh, tortolitos, no tengo todo el día! —les gritó Urik, que se había adelantado varios metros—. ¡Vamos, moved el culo y seguidme!
Ginebra dejó escapar una risa torpe, tímida. Creyó que Théo se burlaría de ella, como solía hacer Lucius, pero le sorprendió ver cómo sonreía y la miraba con ternura.
—Si hay algo que he aprendido en mis años de relación con Urik —agregó Théo—, es que lleva razón en muchas cosas, aunque sus métodos a veces te pongan de los nervios.
—Théo, ¿recuerdas lo que dijimos cuando estábamos en ese puente sobre el Sena?
—Hasta el final —dijo Théo, mirando a Ginebra.
Ginebra recordó las palabras de Eidna: «Debes aceptar el signo del fuego».
—Hasta el final —murmuró.
La pesada puerta de madera maciza de San Víctor se abrió despacio, con un crujido de goznes, dejando ver una rendija de oscuridad y el destello de velas lejanas.
Un anciano de corta estatura y gesto áspero, con hábito de abad, los miró frunciendo el ceño y entornando los párpados.
Tenía el rostro completamente arrugado y una frondosa barba blanca le caía sobre el pecho.
— Quia non venerunt ad auxilium petunt nomine domini —dijo Urik en voz baja.
— Deus nunquam suos deserit ovium —respondió el monje, muy serio, asintiendo con la cabeza. Abrió la puerta y les indicó que le siguieran.
Caminaba con dificultad, apoyándose en el bastón de grisácea madera natural que parecía flaquear aún más que él.
Los condujo hacia el fondo de la abadía, una nave austera de bóveda nervada en piedra y bancos de madera.
Detrás del órgano, el abad abrió una portezuela y encendió un viejo candil cuya luz reveló el pasaje que descendía hacia una especie de cueva, una antigua catacumba reconvertida en cripta.
Sobre el pequeño altar, situado entre dos columnas de piedra, una talla de la virgen negra, una cruz dorada y un cáliz herrumbroso.
El abad colocó una tea encendida en uno de los ganchos que sobresalían de la pared.
—Será mejor que os sentéis —dijo Urik.
Ginebra y Théo se sentaron en el suelo, y Urik frente a ellos.
—Escuchad, no sé por qué este disco conecta con vosotros, pero es justo lo que pretendemos averiguar —dijo, extrayendo el disco de la mochila—.
Y, para ello, necesitaré que el canal esté abierto.
Necesitaré todo vuestro amor, toda vuestra rabia, toda vuestra tristeza y vuestra alegría, toda la intensidad que podáis albergar.
Abrid el corazón, pisad con fe, aunque ante vosotros haya un abismo.
Urik depositó el disco en el suelo, ante ellos.
—Se trata de que recordéis, no de que os hagáis daño, así que poned las manos a una distancia razonable del disco, veamos cómo se genera la reacción que…
Ginebra se había levantado y estaba acercándose al altar, con las manos extendidas.
—Aquí tuvieron lugar varios rituales en tiempos distintos —dijo.
Urik se dio cuenta de que estaba comenzando a entrar en trance y guardó silencio.
Ginebra recorrió la cripta con los ojos cerrados, se acercó de nuevo al disco y colocó las manos sobre él. Sintió un dolor eléctrico y, después, una sensación de alivio.
—La lira bajo tierra y el fuego en el laberinto. Era necesario llegar al centro para poder salir. Salir es acceder. Pero hay que interpretar bien los signos. Oh, lo sabíamos, pero no lo recordábamos. Túnicas oscuras… Los hombres de la oscuridad.
Ginebra se frotó las sienes y arrugó el rostro.
—Urik, está sintiendo dolor. Deberíamos parar —advirtió Théo, alarmado.
—Creían que desde aquí existía un acceso, trataban de conectar varias vías… Querían… ellos querían… ¡No debisteis abrir la puerta! —gritó Ginebra.
—Ginebra, ¡para!… —exclamó Théo.
Lo primero que Ginebra vio al cerrar los ojos fue un túnel plateado, por el que avanzaba sin moverse.
Percibía claramente la energía del disco, pero no su cuerpo, era como si toda ella fuera esa energía.
Al final, se extendía un inmenso cosmos al que no cabía dar nombre alguno.
Estaba plagado de formas y colores que no conocía.
Ahora podía verlo todo, no solo partes, como en su sueño.
Había colosos poliédricos desplegándose hacia el cielo y objetos mínimos que se desplazaban en diferentes planos.
No existía comparación posible, no podía darle nombre a nada.
Las espirales que ya había visto en sueños dieron paso a un enorme campo de heno.
Avanzó, bajo el cielo rojizo. Una especie de verja desconchada dividía el campo.
La puerta de la verja, azotada por el viento salvaje, golpeaba los barrotes desvencijados.
Olía a agua estancada. Divisó, junto a la verja, una especie de sombra, una figura alargada que llevaba una enorme capucha negra.
Se asemejaba a las ilustraciones de la muerte que figuraban en los libros de relatos de terror.
Escuchaba el eco de muchas voces. Voces que no eran agradables, sino oscuras.
Unos hombres vestidos con túnicas negras sostenían rocas en las manos, despedazaban a una mujer sobre una especie de altar de piedra, sumergido en aguas oscuras, y se reían como viejos borrachos.
—Murieron en vida, bajo la tierra, en ese altar invertido. Ya no eran hombres —se oyó decir.
El olor a ciénaga era insoportable. La humedad le pesaba en los pulmones.
Se vio a sí misma sobre el altar de piedra, mientras esos hombres se acercaban a ella.
Lo peor no era lo que hacían, era lo que percibía en ellos.
Se sentía suspendida en un vacío interminable.
Vio al hombre que hacía el ritual en San Víctor.
Igual que en su sueño, llevaba túnica y una enorme capucha negra; no distinguía sus rasgos.
Alzaba las manos, sujetando el disco. El ritual tenía lugar en varios espacios y tiempos distintos, también frente a una montaña con forma de astas de toro.
El hombre entonaba un mantra espeluznante.
Las imágenes se superponían. Ese hombre con túnica era, a su vez, la figura encapuchada y la sombra oscura.
Mil rostros se sucedían bajo su capucha negra.
Sintió un pitido en los oídos, las imágenes desfilaban rápido, giraban, nacían unas de otras como si fueran muñecas rusas.
De pronto, la agresiva visión subliminal de unos ojos del color del lodo, con pupilas de serpiente, le atravesó el corazón como un cuchillo.
—¡Basta!
Las imágenes cesaron.
Ginebra miró a su alrededor. «El tiempo aquí no existe.
Tampoco la materia», se dijo a sí misma.
Tímidamente, hundió la mano en el suelo hasta que la superficie se dividió en fibras perfectamente nítidas y flexibles que flotaban en el aire, mutando sus colores.
Era imposible medir o reconocer las distancias, más que por meras comparaciones inexactas.
Corrió hacia la verja que ahora estaba en llamas.
Observó cómo las llamas crecían y se elevaban varios metros sobre ella.
«El signo del fuego…», recordó. Respiró hondo.
«Pisad con fe». Cruzó el arco ígneo y atravesó la verja.
Un inmenso espacio incoloro se abría ante ella.
Tenía la sensación de estar dentro del agua y, a la vez, en el aire.
A lo lejos, comenzaron a dibujarse unas figuras grandes, de rostros bellos y ojos resplandecientes.
Una serenidad placentera la invadió. Vio a toda la gente que la había amado alguna vez: sus padres, Claire y Théo.
De pronto, todas las preguntas parecían tener una respuesta lógica, y sentía un amor infinito. Aquello debía de ser la plenitud.