El cabaret del infierno Capítulo 11 La bestia #4
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Capítulo 11 La bestia #4

Él le agarró la cara con la mano, violentamente le giró el cuello y la miró con rabia.

—Escúchame, furcia: la única razón por la que te permito vivir es porque no me interesa iniciar un conflicto con ese asqueroso italiano. Ese regalito en la pierna es para que recuerdes que no debes irte de la lengua. Y para que le digas a ese comeajos que no debe husmear donde no le importa.

En ese instante, una especie de descarga eléctrica recorrió todos los músculos de Marguerite, y abrió los ojos como si acabasen de inyectarle en vena una sobredosis de cafeína. Ardía por dentro. Le dio un codazo a Lucius en el pecho y se zafó de sus manos. Él la miró completamente desconcertado.

—¡Sucia ramera! —gritó. Le golpeó la cabeza con la pistola.

El dolor fue tan agudo como si le hubieran roto el cráneo.

Cayó al suelo y él comenzó a patearle el costado y la cara.

Marguerite sintió cómo se le quebraban los huesos de las costillas y le sangraban la nariz y los labios.

Si embargo, no había perdido la conciencia, no se sentía vencida.

De un salto, se levantó, esquivó los golpes.

Podía verlos antes de que Lucius se los diera.

Podía ver dónde estaba exactamente la pistola y cómo la sujetaba. Se la arrebató y le apuntó a la cabeza.

—¿Eso es todo lo que puedes hacer? ¿Y si yo fuera un hombre? ¿Me tendrías miedo o quizá sentirías deseo, monsieur murciélago?

Los ojos de Lucius temblaron de rabia y de estupor.

Marguerite sonrió con los labios rotos. Él trató de agarrarle las manos, pero ella le golpeó en la cabeza con la pistola y le apuntó a la sien.

La fuerza que sentía era superior a los nervios y al miedo.

Entonces, él se detuvo, levantó las manos unos segundos, fingiendo debilidad, pero enseguida le asestó un puñetazo a la altura del hígado que la hizo doblarse.

Ella se subió a su espalda, se agarró a su cuello y le mordió, y él gruñó y la empujó contra la pared.

Forcejearon, entre gemidos, golpeándose contra los muros de la calle vacía, hasta que él logró quitarle la pistola.

Marguerite tenía una sorprendente claridad de movimientos, pero también de pensamiento; recordaba cosas que ni siquiera sabía que había vivido, oído o leído, hasta los detalles más nimios, y, de pronto, sabía dónde tenía que asestar el golpe decisivo, justo en medio del saco escrotal, como le habían explicado una vez, y lo hizo con tanta fuerza que ella misma se asombró.

El alarido de Lucius rompió la oscuridad de la noche.

Marguerite corrió lo más deprisa que pudo.

—¡Estás muerta, puta! —aulló Lucius.

Marguerite oyó el ruido de los disparos. Dos balas taladraron su pulmón y su muslo y cayó al suelo.

Escuchó la algarabía de un grupo de gente que se acercaba, la zona de las tabernas no estaba lejos.

Por un momento, pensó que Lucius se iría, pero, al escuchar los golpes de las botas sobre la acera, supo que ese cerdo no iba conformarse con disparar: necesitaba desahogar la rabia.

No se movió, prefería que pensara que ya estaba muerta.

Una lluvia de patadas salvajes azotó su cuerpo y su cabeza.

El repentino ruido de un coche hizo que los golpes cesaran súbitamente.

Lucius se alejaba. Bocabajo, sobre la acera que olía a alquitrán y a orines, esperó el final y esperó que, si realmente llevaba una criatura del infierno dentro, esas balas y la paliza terminaran con su vida.

Cuando abrió los ojos, pensó, con alivio, que estaría en el otro mundo; sin embargo, el tacto del asfalto duro y maloliente la devolvió a la realidad. Seguía tumbada en la acera. Todavía era de noche, hacía frío.

Apoyó las manos en el suelo, se dio la vuelta e instintivamente se tocó las costillas y las piernas.

Sentía el cuerpo entumecido, la cara hinchada, pero no sangraba.

Se miró las heridas de los disparos. En lugar de boquetes, distinguió pequeñas brechas que se estaban cerrando.

No había balas dentro. Se preguntó si estaría soñando, si sería una alucinación provocada por esos brebajes de Lamartine.

Lo que estaba sucediendo no respondía a ninguna ley natural que conociera.

Despacio, se levantó y caminó hacia su portal, ante la mirada de unos borrachos que coreaban canciones; entró y subió las escaleras de madera.

La puerta de su apartamento se abrió sin necesidad de llave, la cerradura estaba forzada.

Cuando entró, encontró todo el piso revuelto.

La impunidad con la que habían derribado sillones, muebles y cajones, papeles y fotografías, le dolió más que las heridas.

«No eres nada, no eres nadie para ellos, nadie; tú no eres nadie».

De alguna forma, lo esperaba. Lucius era capaz de eso y de mucho más.

Ese asqueroso nazi no iba a encontrar nada, se había deshecho de cualquier documento importante respecto a Cesare.

Sintió un calambre en el vientre que la hizo contraerse. La sensación de fortaleza estaba desapareciendo. Tenía escalofríos y volvía a sudar.

De pronto, escuchó unos pasos tímidos que se acercaban a la puerta.

—¡Marguerite! Hace tiempo que no te veía. Escuché ruidos y…

Reconoció la voz de su vecina americana, Emmeline Bailey, con quien solo había tenido contacto un par de veces. Era cantante de jazz y a veces volvía tarde del club en el que cantaba. Emmeline entró en el salón y se tapó la boca con la mano, observándola de arriba abajo, con los ojos muy abiertos.

—Dios mío…, ¿qué te ha ocurrido?

Marguerite no respondió. No sabía qué responder.

—Vamos, ven a mi casa —propuso Emmeline, rodeándola con el brazo y ayudándola a caminar—. ¿Quién te ha pegado? ¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, mirando a su alrededor, desconcertada, mientras avanzaban hacia la puerta.

Al llegar al umbral, Marguerite se detuvo y se dejó caer al suelo, temblando. Rompió a llorar. Emmeline, impactada, se sentó junto a ella en el suelo y la abrazó.