Capítulo 11 La bestia #3
«Mi querida Françoise, ¿aún te sientes melancólica y casi febril, como me confiaste en tu última carta?
¿Me distinguirás con el impúdico capricho de tu presencia esta noche, que, me atrevo a decir, ambos disfrutaremos?
Adelante, mi valquiria, considera, al menos, lo que esta alma inquieta te ofrece».
Cesare dejó de leer, hizo trizas la carta y la tiró al suelo con un gruñido.
La tenía preparada para la baronesa de Armagnac.
Ya no le importaba nada la baronesa, ni la absurda velada sexual sin sentido.
Apartó con la mano todos los utensilios inútiles que tenía sobre su escritorio Luis XVI y se apoyó en él, tomando aire.
Le repugnaba, le revolvía el estómago pensar en su propia falsedad, en el hedonismo frívolo que había cultivado durante años.
No podía seguir sosteniendo ese cinismo canalla, no con Marguerite, que quizás incluso hubiese perdido la vida por su culpa.
Se sentó frente a su escritorio, extrajo un papel y escribió hasta que logró la disculpa más depurada y desnuda que su capacidad podía procurar, con un solo tachón:
Marguerite, lo siento. Lo siento. ¿Podrás perdonar a este cobarde, vil y miserable, que se disfraza de oropeles inanes para encubrir el miedo a la muerte?
Déjame que demuestre con hechos mi arrepentimiento y mi deseo de enmendar el daño causado.
Puedes estar segura de que encontraré a tu padre.
Y también estaré a tu lado, como amigo, esta vez.
Amigo de verdad, desde el fondo del corazón, no para utilizarte.
Tal vez, en algún futuro próximo, podríamos ser amantes, pero verdaderos amantes.
Con ternura. Esa es una parte de ti que acaso solo yo he visto y que te negué… Concédeme un último nuevo encuentro.
Asintió, satisfecho. Nada de juegos.
Las sombras y la bestia negra del vacío se alejaban. La otra noche se había sentido perdonado. Y ese perdón, estaba seguro, exigía una reparación por su parte, una disculpa a Marguerite. Y también un cambio de trayectoria: debía interceder cuando tuviera lugar el rito final.
Pero, ¿quién le había perdonado? «¿En quién crees, en realidad, Cesare? ¿En qué crees? ¿Realmente sientes algo por esa chica?», se dijo.
Se levantó y bebió un trago de su copa de Sassicaia.
Decidió que entregaría la carta a Marguerite en persona, iría al apartamento de Rue Mazarine que le había regalado.
Después, retomaría sus estudios sobre la reliquia, pero desde otro punto de vista muy diferente.
Todo aquello en lo que había creído cuando formaba parte de Ur: sus artículos en defensa de ideas que él mismo denominaba «superfascistas» e «idealismo mágico», su apoyo a los nazis cuando aún admiraba a Himmler, sus juegos con el otro lado…
, le parecían cada vez más carentes de significado, desde la noche de L’Enfer y la visión de aquella figura preternatural invocada por las mismas fuerzas a las que él había alimentado con insolente júbilo.
Creía haber entendido el mensaje. Algo terrible acechaba en las sombras, algo que nadie podría dominar.
Decirles eso a los nazis no serviría de nada, convencidos como estaban de que abrirían la puerta a Hiperbórea, a la verdadera Thule, fuente máxima de poder y demás memeces.
Pero, si se adelantaba lo suficiente a ellos, quizá pudiera controlar el cierre del círculo… y lo que ocurriese al abrir esa puerta.
* * *
París, Montmartre
Marguerite se revolvió en la cama, sudando.
La habitación en la que madame Lamartine la había acogido distaba mucho del cuarto de sus regeneradores sueños de opio.
Estaba en el sótano, en una antigua recámara que la pitonisa utilizaba para guardar las mercancías que recibía de la India.
Cécile la había rescatado de L’Enfer, donde, supuestamente, había amanecido inconsciente.
Desde entonces, se sentía febril, le dolía el vientre, no podía comer y no dormía por las noches.
Sentía una extraña pesadez, algo que tiraba de ella hacia abajo, desde las entrañas.
Lamartine le preparaba unos brebajes apestosos que, al parecer, tenían que hacerle algún bien, pero no era así.
Ya no confiaba en nadie y se había arrancado ese colgante maloliente.
Ojalá pudiera contactar con Cesare para pedir ayuda.
No quería regresar al burdel de su madre, no quería seguir siendo Marguerite Lacroze.
Haría lo que fuera por cambiar de piel. Todo su pasado le parecía doloroso, innecesariamente cruel.
—Cécile, me duele mucho el vientre —se quejó Marguerite, cuando Lamartine entró en la habitación con un vaso rojo lleno de una especie de barro violeta—. Es como si me estuvieran matando. Me quema por dentro…
—Tonterías. Tienes que sudar, solo así hará efecto el preparado —dijo Lamartine.
—Cécile, necesito saber qué pasó en L’Enfer… No sé… No sé cuánto llevo aquí, ¡no sé lo que me pasa! Dijiste que traerías a un médico… ¡Quiero curarme! —clamó Marguerite, sollozando.
Cécile la observó, con frialdad quirúrgica, sosteniendo el vaso con el brebaje. Sonrió y de pronto su expresión viró hacia una extraña veneración, casi fervorosa.
—Oh, pobre niña, ¿no comprendes que no estás enferma?
—dijo. Tomó asiento junto a ella—. Eres tan joven.
Tan joven… —le dijo, acariciándole la cara.
Marguerite se apartó—. Tómate esto —insistió, ofreciéndole la bebida.
Marguerite la miró fijamente a los ojos, cogió el vaso, lo sostuvo entre las manos—.
Bebe, ¿a qué esperas? —insistió Lamartine, sonriente, ansiosa.
Marguerite rozó el vaso con los labios, pero, en lugar de beber, en un impulso, arrojó el contenido del vaso a Lamartine que, conteniendo la rabia, se levantó y se limpió la cara con la manga de su vestido.
Marguerite trató de escapar, pero Cécile la agarró del brazo, con el rostro contraído de rabia.
—¡Desagradecida! ¡No sabes lo que estás haciendo!
Por eso debo cuidarte. ¡Y si fueras sensata, te cuidarías tú también!
Lo cuidarías tú también —exclamó Lamartine, bajando su mano lentamente hasta tocarle el vientre.
Aterrorizada, Marguerite se soltó y se alejó de ella—.
Sí, mi niña —dijo Cécile con un entusiasmo hipnótico que hacía brillar sus pupilas—.
Has sido elegida para una gran labor. El rito se cumplió en L’Enfer…
—¡No! —gritó Marguerite, negando con la cabeza—. ¡No! ¿Por qué yo?
—No eres la primera ni serás la última… La profecía ha sido dictada, hemos sido iluminados; una fuerza mayor que lo que conocemos se acerca. Y nosotros tenemos la obligación de facilitar el acceso…
Marguerite gritó tan fuerte que, por un momento, sintió que el corazón se le salía del pecho. En décimas de segundo se agachó, cogió el vaso rojo cuyo brebaje había derramado y lo rompió contra la pared. Tomó uno de los cristales puntiagudos y amenazó a Lamartine que se apartó asustada.
—¡Qué haces! —exclamó Lamartine, encolerizada—. ¡Soy la única que puede ayudarte!
—¡Cállate! —gritó Marguerite amenazándola con el cristal puntiagudo—. ¡Acércate a mí y te mataré, te juro que lo haré!
Lamartine siguió avanzando despacio.
—¡Lo mataré! —amenazó Marguerite, apuntando con el cristal a su vientre, al tiempo que contenía el llanto.
—¡No! —gritó Lamartine, deteniéndose, aterrorizada.
—¡No te acerques!
Marguerite, avanzó hacia atrás, sin dejar de señalarse el vientre con el cristal.
Le sangraba la mano y las gotas empezaban a empapar el suelo.
Salió a toda prisa del habitáculo y subió corriendo las escaleras en penumbra que daban al salón.
Le sorprendió su propia fuerza, no sabía de dónde la estaba sacando.
La mano fría de Lamartine, como una garra, envolvió su tobillo y la hizo resbalar sobre los escalones.
Marguerite luchó por soltarse. Lamartine le agarró la otra pierna.
En ese momento, Marguerite se revolvió y, con todas sus fuerzas, le dio una patada.
Oyó cómo la vidente caía hacia atrás y se golpeaba contra el suelo, con un gemido.
No quiso mirar, siguió subiendo las escaleras estrechas y torcidas, casi sin aire, hasta que, a tientas, tocó la puerta de madera que daba al salón principal.
—¡Te encontraré! —aulló Lamartine desde el sótano, con una voz gutural que no parecía la suya. Y con repentina seguridad, añadió—: Estamos vigilando. Nosotros siempre vigilamos.
Marguerite gritó y abrió la puerta de una patada, corrió por el salón.
En décimas de segundo, el espejo, junto a la puerta de entrada, le devolvió una imagen aterradora: dos grandes ojeras negras le colgaban sobre una piel de un tono azulado, bajo la que se marcaban todos los huesos; el cabello enredado y revuelto parecía un amasijo de hilos rojos, tenía la cintura deformada, abultada de una forma irregular.
No podía ser, no había pasado tanto tiempo, no podía ser verdad.
Salió y huyó corriendo por las oscuras callejuelas de Montmartre, hacia su casa, dejándose tragar por la noche profunda.
Llegó a la calle Mazarine en menos tiempo del que imaginaba. Sentía un increíble vigor que contrastaba con su aspecto y con la fiebre. Ya no le sangraba la mano. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Le estaba contando la verdad Lamartine, o se había vuelto loca?
Desesperada, corrió hacia su portal, sin dejar de mirar a su alrededor, por si la habían seguido.
En ese momento, sintió algo así como un mordisco bestial en la parte trasera de la pierna.
La sangre comenzó a brotar. Alguien la amordazó, poniéndole la mano en la boca.
Un revólver se clavó en su espalda y percibió el inconfundible olor a vómito del aliento que recordaba bien.
—Dime dónde ha guardado Cesare las fotografías o dejaré que te desangres.
—Lucius…
—Has estado hablando de más últimamente, ¿verdad, zorrita? Y ahora, Cesare está intentando obtener pruebas. ¡Habla!
—No lo sé… no lo sé, no sé nada de eso…