Capítulo 11 La bestia #2
Lucius esperaba esa reacción, era habitual en él, y más en los últimos años.
El viejo Gustav Fleedermaus, nacido en una comarca del Ruhr, hijo de dos campesinos, había conseguido que su pequeña empresa metalúrgica se convirtiera en la más exitosa de la región a base de trabajar las relaciones públicas y conseguir los favores de todos los cargos importantes de la zona del Ruhr.
«Hijo, quédate con la gente que te haga favores», le había dicho desde que era pequeño.
Y cuando conseguías favores, también tenías que devolverlos.
—Padre, ¿qué ha sido de esos clientes tan buenos que tenías? —dijo Lucius sonriendo, mientras cortaba el guiso de cerdo humeante.
Su padre apenas le miró; se limitó a hacerse el sordo, mientras masticaba, con la boca abierta, una salchicha Bratwurst , con una expresión que mezclaba la estupidez y el cinismo.
—No parece que vayan a visitarte a la residencia, ¿verdad? —siguió Lucius.
Su padre se deleitaba con el chucrut, manchándose de salsa las solapas de la camisa, con las comisuras de la boca llenas de baba y trozos de salchicha.
—A mí sí me visitaban —añadió Lucius, sirviéndole a su padre un pedazo de Bretzel , sin dejar de sonreír—. ¿Te acuerdas de eso? ¿De cuando me visitaban tus amigos?
Su padre le dedicó una mirada fugaz, casi imperceptible. Durante apenas dos segundos dejó de masticar. Después, volvió a hacerlo y se metió más chucrut en la boca.
—Está soso —juzgó, con su voz afónica.
Torpemente, con su mano huesuda y temblorosa cogió el vaso de cerveza y le dio un trago. El líquido marrón cayó por sus comisuras arrugadas y le mojó la ropa.
—¿No recuerdas a ese cliente tuyo, padre?, ¿cómo se llamaba? ¿Maxwell?
—No te oigo, hijo —dijo su padre, con un brillo de malicia en sus ojos pequeños.
Aquel hombre era el cliente más importante de su padre, el que le abrió las puertas de la gran empresa en el Ruhr.
Tenía varias fábricas, un puesto importante en política y unos gustos un tanto especiales.
Fue el primero. El comienzo de una pesadilla que se repetiría periódicamente, durante demasiadas noches, durante años.
«No se puede tener todo, hijo, hay que elegir: integridad o poder. El audaz es el que sobrevive».
Lucius apretó la copa que tenía en la mano y bebió un largo trago de vino blanco sin dejar de mirar a Gustav. Recordó la mirada colérica, impaciente, de su padre cuando le comunicó que le habían admitido en el Partido Nazi.
—Hace años que tendrías que haber entrado ahí. Vas lento, ya te lo dije, no vas a llegar a ninguna parte —le reprochó, entonces.
—Me he hecho amigo de Hess, él coordina asuntos importantes.
—¿Y a qué esperas para dirigir el partido con él? ¿Quién lo nombra? ¿De quién es amigo? ¿Qué son esos «asuntos importantes» que coordina? ¡No sabes nada! ¡No estás preparando el terreno!
—Padre…
—Tienes que estar en el cogollo, ¡te lo he dicho mil veces, estúpido!
¡O comes o te comen!, ¡o estás el primero o te largan!
Elige, de una vez, quién quieres ser: un don nadie muy digno que no se entera de nada o un jefe, ¿eres el empleaducho o eres el que maneja el cotarro?
¿Quién coño eres tú? —le decía, mientras le retorcía la oreja con sus dedos amarillentos de tabaco—.
Abona el terreno. Riega todas las plantas.
Y hazlo en silencio. La mano izquierda no puede saber lo que hace la derecha, ¿o es que te has olvidado?
—Sí, padre.
—Y esa voz… ¡Más honda, más fuerte! ¿Eres marica o algo así? Di, ¿eres marica?
—No, padre, no lo soy.
En ese momento, su padre le dio un bofetón que le hizo caer al suelo.
—Pues que esto te sirva de recordatorio —dijo sin que le temblara un ápice esa voz que, en realidad, y pese a sus esfuerzos por ocultarlo, era tan aguda como la suya.
Acto seguido, recogió sus cosas y se fue a trabajar, como si nada hubiera ocurrido.
Y Lucius admiró profundamente esa ejecución limpia y gélida, sin atisbo de duda, sin ningún asomo moral, y odió, al mismo tiempo, el tacto de aquella mano áspera, enclenque y huesuda, la mirada impasible, los ojos que reconocía en sí mismo, la pequeñez repugnante de aquel hombre que había usado a su propio hijo como moneda de cambio para escalar.
Todavía recordaba a su madre, a punto de decir algo, a punto de impedirlo, pero sin llegar a hacerlo nunca, porque siempre acababa sentándose a escuchar la radio mientras su padre le daba una palmadita en el hombro.
Ahora todo quedaba lejos, y el secreto de esas horribles noches de su infancia se iría a la tumba con él.
—Está todo muy limpio —dijo, de pronto, su padre, devolviéndolo al presente. Estaba admirando el salón de aquel apartamento que Lucius había alquilado en Berlín.
—«Sé ordenado por fuera, aunque estés desordenado por dentro», eso me decías tú, padre —recordó Lucius—. ¿Quieres un poco más? —preguntó, dedicándole a Gustav una mirada amable.
Su padre asintió con la cabeza.
Lucius le echó tres cucharadas más de chucrut y otra salchicha, y le llenó el vaso de cerveza.
—Disfruta, hoy celebramos grandes cosas.
—La cerveza está buena, pero las salchichas y el chucrut no —declaró su padre, masticando.
Lucius sonrió, sin dejar de contemplar a aquella figura disminuida, aquel viejo jefecillo que tantas veces le había castigado con el silencio o que le había humillado en público, que le había golpeado con la correa para que trabajara más duro, que le había abandonado, tantas noches, a una pesadilla inenarrable para un niño.
Ya no resplandecía de poder; ahora era un garabato de sí mismo, rumiando y babeando sobre su propia ropa.
Lucius le observó estoicamente, hasta verle apurar la última gota de su cerveza.
—Esta comida se merece un brindis, padre. ¡Brindemos! —dijo Lucius, alzando su copa de vino blanco.
Gustav le miró con cierta reserva, mientras se comía los últimos restos de comida del plato. Finalmente, sonrió con sorna. Alzó su vaso de cerveza, con gesto burlón, y lo sostuvo con su mano temblorosa. En ese momento, Lucius se inclinó y miró a su padre a los ojos.
—Brindo por que te pudras en el infierno —propuso Lucius, haciendo chocar su copa contra el vaso de su padre. La sonrisa burlona se borró del rostro de Gustav.
—Verás, no deja de parecerme curioso que alguien que ha trabajado toda su vida en la metalurgia no sepa distinguir el sabor del… arsénico —explicó Lucius, sonriendo con total impasibilidad.
Gustav dejó de masticar. En su rostro, pálido como el yeso, se habían acentuado las arrugas y sus labios se contraían en una línea casi invisible que fruncía su piel como si la hubieran cosido.
Miró el plato de comida y la cerveza, alternativamente, contempló a su hijo, y escupió lo que tenía en la boca.
De nuevo, Lucius distinguió aquel brillo de cólera en los ojos, la rabia.
Ni un atisbo de tristeza, solo una mezcla de estupor e ira.
—No tienes pelotas… —masculló Gustav.
—Feliz Navidad, padre —respondió Lucius.
Gustav abrió la boca, pero no pudo decir nada. Un gemido de dolor le hizo contraer el rostro y se llevó las manos al abdomen, mientras miraba con los ojos muy abiertos a su hijo.
—¡Maldito hijo de perra! —gritó Gustav. Intentó agarrar a su hijo por el cuello, pero las fuerzas le fallaron y otro calambre intenso le obligó a encogerse.
—Es un veneno limpio. Te deshace por dentro. Cuando encuentren el cadáver, el forense concluirá que ha sido una gastroenteritis por una dosis excesiva de alcohol a una edad en la que no puedes permitírtelo. Y menos con tus problemas del corazón.
—¡Eres un cabrón malparido! —masculló Gustav—. ¡Todo lo que eres me lo debes a mí!
Lucius sonrió, se recostó sobre su silla y cruzó las manos a la altura del estómago mientras observaba a su padre doblarse sobre sí mismo y provocarse las arcadas.
—Padre, no lo intentes, el veneno ya ha hecho su efecto, no va a servir de nada. La verdad es que hubiera sido muy cómodo dejar que te pudrieras en esa residencia, pero este final me parecía… más indicado para alguien como tú.
Gustav sudaba y se agarraba el abdomen. Se dejó caer al suelo desde la silla. Lucius se acercó a él y susurró:
—Mírate, ¿quién es el marica ahora?
Agarrotado, Gustav blasfemaba, gritaba de dolor y se retorcía. Le dedicó a Lucius una mirada de rabia desaforada, mascullando cosas incomprensibles mientras comenzaba a babear.
Lucius, inalterable, se sentó frente a Gustav, en su butaca de piel. Cogió un vaso, se sirvió un poco de Jägermeister y bebió un trago. Observó que el cristal tenía una pequeña mancha en el exterior y la rascó con la uña, frunciendo el ceño.
—Malditos criados, no saben mantener la cubertería como es debido.
Con los ojos nublados y encogiéndose en accesos de dolor, Gustav Fleedermaus se revolvió en el suelo, babeando y balbuceando algo incomprensible. Se puso una mano en el pecho. El ataque al corazón había llegado antes de lo que pensaba.
—A tu salud, viejo —brindó Lucius. Bebió un trago y observó el vaso por si hallaba otra mancha.
* * *
París, La Muette