El cabaret del infierno Capítulo 11 La bestia
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Capítulo 11 La bestia

La bestia

Múnich, residencia Haushofer

Rudolf Hess admiró, una vez más, la colección de libros que Karl Haushofer albergaba en su biblioteca secreta, en el piso inferior de la casa, y las diferentes colecciones de barajas esotéricas desperdigadas por las mesas.

Allí había pasado meses construyendo los cimientos del Reich, teorizando sobre el Lebensraum , el Volk , y el Führerwille .

—Karl, me preocupan las divisiones internas en AvGull —aseveró Rudolf—. El Reich es una totalidad, la cohesión debe ser absoluta. Todos somos el Reich, ¿recuerdas?

Haushofer bebió un trago de vino y tamborileó con los dedos sobre el brazo de su butaca. No estaba muy convencido de querer encajar ahí, últimamente. Pero no podía confesarle a Hess ese giro en sus ideas, que él mismo se reprochaba a menudo.

—En efecto, Rudolf, pero ya sabes, la dichosa camarilla de Himmler tiene tentáculos en todas partes. Necesitaremos más apoyos.

—Por ello hablamos de Vril y de Crowley…

—Esos Vril no me ofrecen mucha confianza. Toda esa historia del planeta Aldebarán…

—Pero está claro que su líder, María Orsic, posee un extraordinario poder de percepción.

En Berlín está alcanzando la categoría de celebridad, y ahora se ha desplazado a París.

Allí tuvieron lugar los extraños sucesos con esos científicos…

Confluencias curiosas, ¿no te parece? —dijo Rudolf, y bebió un trago de zumo de pomelo—.

Necesitamos a Crowley en París, trabajando para nosotros.

Él nos suministrará información. Además, también conoce el territorio escocés, en el que, como sabes, hemos hecho hallazgos.

Casualmente está resentido con Hitler por el rechazo a esa orden suya del Temple Oriental.

Sé que no suscita mucha confianza, pero…

es una herramienta providencial. Así lo planeamos.

Dejémosle creer que es miembro de honor de la Hermandad AvGull. Y que puede conseguir lo que quiere.

Karl asintió.

—Escribí a Crowley y estoy esperando noticias.

En cuanto a Hitler…, hace tiempo que él y su séquito se rindieron a los intereses de los ricos industriales alemanes y las altas élites.

El Reich es lo que es gracias a la financiación de la oligarquía, tú y yo lo sabemos: Walter Funk, del Reichsbank, los Quandt, Gebrüder Dassler Schuhfabrik, IG Farben, Siemens, Krupp… ¿Tengo que recordarte más nombres?

—Los conozco de sobra, Karl…

Hess se levantó de su silla y se acercó a la ventana. Bebió, de un trago, todo el zumo y encendió un puro.

—Lo sé, Rudolf, lo sé —dijo Haushofer encendiendo otro—.

Muchos de ellos están en sociedades secretas, la gente habla, siempre hay vasos comunicantes.

Fíjate, por ejemplo, en Fleedermaus. Tiene contactos con los industriales del Ruhr, con banqueros de Colonia, y ahora los está tejiendo con empresarios franceses.

A pesar de su curioso apellido, se está ganando a mucha gente en el Reich y fuera del Reich, incluido Himmler.

Parece que tiene el mismo éxito con los altos cargos que con las mujeres.

Lucius es excelente, pero nadie avanza tan rápido sin mover ciertos hilos…

Rudolf cruzó las manos tras la espalda, mirando por la ventana.

—¿Estás diciendo que no conozco a mis subordinados?

—Estoy diciendo, Rudolf, que hay que vigilar de cerca a todo el mundo, y, a veces, aún más a los amigos. Ese asunto de la judía, del que me hablaste una vez, puede resultar útil, llegado el caso…

—¡Ya está bien, Karl! —gritó Rudolf—. No tenemos pruebas de eso, ¡solo son habladurías!

Igual que de la amistad con Himmler, ¡todo son mentiras!

Fleedermaus es uno de mis mejores hombres y se está encargando eficazmente de una operación importante en París —afirmó, y carraspeó, incómodo—.

Es más, estoy haciendo maniobras para ascenderlo, frente a Heydrich.

Si todo avanza como está planeado, se encargará de la Gestapo en Francia.

Tengo controlados los movimientos de Lucius, gracias a Riemann, pero te aseguro que son prevenciones innecesarias —dijo, con convicción.

Por un momento sintió un dolor en el pecho.

Recordó la mirada de Lucius, su voz, el tacto húmedo de sus labios, en el Nachtlokal de Berlín, hacía ya años…

Se lo había reprochado a sí mismo cada día de su vida, casi tantas veces como las que se había excitado pensándolo.

No quería considerar una posible traición—.

Puedo asegurarte, sin el menor asomo de duda, que no hay problema, y me gustaría que no insistieras en esto —zanjó.

Y Karl percibió que su mejilla derecha temblaba levemente.

—Conforme. Dejémoslo, dejemos ese asunto, ¿de acuerdo, Rudolf? —dijo Haushofer forzando una sonrisa—. Pasemos a asuntos triviales… Al fin y al cabo, es Navidad, la Navidad nacionalsocialista: comunidad fuerte y unitaria, ¿recuerdas?

Rudolf Hess sonrió, pero, enseguida, el tono grave volvió a su rostro.

—Ten paciencia, amigo mío. Cesare Evola es nuestro hombre en la Ahnenerbe.

Adolf no apoyará a Himmler, él se encargará de lograr la victoria para el Reich.

Y después, cuando hayamos encontrado la última pieza y conquistado Francia, cerraremos el círculo y tú y yo ascenderemos al poder.

No lo olvides, nosotros y el Reich somos uno.

—Brindo por ello, amigo Rudolf —dijo Karl, intentando aparentar convicción.

— Aus bal —convidó Rudolf, alzando su copa.

— Bal auset —respondió Haushofer, con una sonrisa nerviosa, mientras observaba, en una de las barajas del Tarot abiertas sobre la mesa, la carta de la torre derribada por el rayo.

* * *

Escocia, Inverness, casa Boleskine

Aleister Crowley se levantó de la enorme cama, húmeda de fluidos.

Las mujeres dormían profundamente sobre el semen, la sangre y los restos de ungüentos afrodisíacos, ambas desnudas.

Se puso una bata y se abrió paso entre los instrumentos que habían utilizado durante la noche y que yacían esparcidos por el suelo de la habitación.

La mancha de sangre en el centro del pentáculo le recordó el gemido del animal al sentir el filo de la daga.

No gozaba extrayendo sangre a animales, ni a doncellas, pero, ante sus adeptos, tenía que hacerlo.

Al fin y al cabo, era un psicodrama. Se asomó a una de las ventanas ojivales del piso bajo, casi a ras de tierra.

El sol brillaba sobre los campos de Inverness y el cielo estaba despejado.

Percibía la fuerza que emanaba la tierra, infiltrándose en los muros de aquella casa.

Ese lugar sí era adecuado para invocar a Abraxas, más que la abadía de Thelema.

Por algo se había nombrado a sí mismo Laird de Boleskine y Abertarff.

Y aunque había abandonado la casa en 1913, los indicios mágicos le habían convencido de volver a ocuparla, esta vez, de la forma más discreta posible.

Mientras bebía un trago de kikeón vio cómo se acercaba corriendo uno de sus acólitos.

—¡ Frater Perdurabo! —gritó el joven, un poco intimidado al ver que su maestro llevaba la bata abierta y se mostraba sin pudor—. ¡Telegrama urgente para usted!

Crowley, levantando su copa, extendió la mano y cogió el telegrama.

Abrió el sobre y leyó un mensaje escueto de Haushofer.

Le requerían en París. Todo indicaba que Karl y Rudolf se habían cansado de Hitler o, más bien, de una parte de la cúpula: un hombre jamás actuaba solo en el régimen nazi ni en ningún partido.

Jugaría a favor de Hess y Haushofer mientras le conviniera; al fin y al cabo, había entrado en la Hermandad AvGull para contactar con las instancias más altas del poder.

En las sociedades se rumoreaba que algo muy gordo se estaba cociendo en París, algo sin precedentes, y debía estar allí.

La apertura dimensional, el acceso a la sabiduría de Abraxas, se acercaba para los libres de escrúpulos morales o convicciones éticas.

Cuando llegara el momento, él se haría con el cetro.

Su madre siempre le llamaba «la bestia». Y tenía razón.

* * *

París, Gobelins

Lucius se miró al espejo del que, por cortesía de Rudolf Hess, era su flamante nuevo apartamento en París.

Alzó su copa de vino y brindó consigo mismo mientras la criada se encargaba de colocar a su padre, en silla de ruedas, junto a la mesa en la que estaba el banquete.

Había ordenado que lo trajeran desde la residencia en la que llevaba casi tres años encerrado en Berlín, para compartir con él una deliciosa cena de Navidad y de celebración de su éxito con la Operación Netz.

—¿Qué te parece, padre? ¡Mira a dónde ha llegado tu hijo! —dijo Lucius, exultante.

Se dio la vuelta y comprobó que su padre ya estaba degustando los entrantes, cogiéndolos con los dedos, como solía hacer.

Mientras la criada salía, se sentó junto a su padre y fue destapando los diferentes platos que había sobre la mesa, al tiempo que mencionaba los nombres:

— Eisbein , con su acompañamiento de chucrut bien caliente y amargo, como a usted le gusta, Schnitzel, Bretzel, Kartoffel , unas deliciosas Bratwurst de primera calidad… Cena típicamente alemana, conforme a tus deseos, nada de mierda francesa, padre —anunció.

Su padre le miró desde una distancia a la vez buscada e inconsciente, producto de la edad y de una elaborada capa de cinismo que había tejido a lo largo de los años.

No dijo nada; se limitó a empezar a comer, como hacía siempre, con la boca abierta.

Su papada se agitaba bajo la mandíbula, que ya no era angulosa ni protuberante.