El cabaret del infierno Capítulo 10 Critias
27%

Capítulo 10 Critias

Critias

París, Neuilly

—El Critias es un libro en el que el filósofo Platón hablaba de la Atlántida, al igual que en el Timeo —explicó Ginebra—. Describía una civilización que tiene mucho que ver con lo que tú y yo hemos visto.

—Pero eso es una especie de… leyenda, ¿no? —inquirió Théo—. Y lo que tenemos ahí es un dibujo. Y lo que vimos es un sueño —dijo Théo con impotencia.

—Algunos piensan que fue verdad. Hay muchas hipótesis.

—Siempre hay muchas hipótesis. Es agotador eso de ser intelectual, porque nunca saben nada seguro.

Ginebra no pudo evitar reírse. Se levantó y comenzó a buscar en la librería de Urik.

—Tu amigo Urik debería tenerlo por aquí… ¡Tiene de todo!

Se puso de puntillas y extrajo un libro polvoriento, amontonado en el último piso de la estantería, junto a otros volúmenes.

—Aquí está… El Critias … —dijo, tosiendo bajo la nube de polvo que se había levantado.

Théo cogió un trapo y la ayudó a limpiarlo.

—¿Por qué crees que Platón contó todo eso de la Atlántida? O sea, ¿de dónde lo sacaría? Urik me ha chivado que los alemanes la buscan, también, aunque la llaman de otra manera —dijo Théo.

—Los nazis están detrás de cualquier cosa que les sirva para inventar orígenes para su imperio —repuso Ginebra, ojeando el libro—.

Verás, en el Critias , Platón habla de una antigua ciudad que una vez fue muy rica y floreciente, con un nivel de arquitectura y artesanía muy avanzado, y se hallaba más allá de las columnas de Hércules, es decir, más allá del estrecho de Gibraltar.

—¡El sur de España! Allí estuvo un amigo mío, en el puerto de Cádiz, haciendo el servicio militar. Vaya historias… No veas las cogorzas que…

—Quizá lo importante no sea lo que vemos, sino lo que percibimos. ¿Qué percibías cuando veías esas imágenes, Théo?

—No podría explicarlo —confesó Théo cerrando los ojos—. El sueño era desagradable cuando aparecían las espirales y esas formas raras. Pero, después, cuando aparecía la ciudad parecida al dibujo… Fue muy fugaz, pero me sentía como fuera del tiempo.

—Me ocurrió lo mismo. Intuyo que hay una fuerte conexión entre el disco y el Critias , no sé por qué. El problema es que es un texto inacabado, he recordado que…

—Falta el final —dijo Urik que, de pronto, se hallaba sentado frente a ellos, en una vieja silla de paja en el rincón del desván, con su pipa en la boca.

Ginebra dio un respingo y dejó caer el libro al suelo.

—¿Cómo narices has entrado? —curioseó Théo.

—No ha sido difícil: sois los dos tan despistados que podría entrar una cabra voladora y nadie se daría cuenta.

—Urik, te refieres al texto que falta en el Critias , ¿verdad? —preguntó Ginebra.

—En efecto. Lo único que sabemos, amiguitos, es que no sabemos nada —dijo Urik. Miró alternativamente a Ginebra y a Théo desde su espacio en penumbra.

Se levantó, cogió el volumen polvoriento que Ginebra había dejado caer al suelo y buscó una página concreta. Se sentó de nuevo, cerca de la lámpara, y leyó:

—«… Y el dios de los dioses, Zeus […] quiso aplicar un castigo para hacerles reflexionar y llevarlos a una mayor moderación.

Con este fin reunió él a todos los dioses en su mansión más noble y bella: esta se halla situada en el centro del Universo y puede ver desde lo alto todo aquello que participa del devenir. Y habiéndolos reunido, les dijo…».

Dicho esto, cerró de golpe el libro, que despidió una humareda de polvo, y dio una calada a su pipa.

—¿Y eso es todo? —preguntó Théo.

—Es todo. No sigue. No hay nada más —dijo Urik.

—¿Cómo que no sigue?

—¡Ese es el gran misterio! —agregó Ginebra—. Urik, ¿piensas que alguien robó lo que falta?

—Lo ignoro, pero os hablé de un amigo investigador que vive en Creta.

El lleva años estudiando el Critias , y quizá pueda ayudarnos con información sobre el disco de Festos, también.

El caso es que, si nos atenemos al relato de Platón, la Atlántida estaba regida por diez dioses, en realidad diez mandatarios.

Esos regentes de la ciudad eran los que se encargaban de que todo estuviera justamente distribuido.

Hasta que los hombres se volvieron avaros y los diez mandatarios dejaron de velar por la igualdad.

Entonces, ante la situación de desmoronamiento, Zeus los reunió para decirles lo que debían hacer.

Ahí, señores, termina el testimonio del Critias .

—No tiene sentido —dijo Théo—. Este tío, Platón, da un montón de detalles sobre una civilización que era lo máximo, pero está decayendo, y justo cuando Zeus va a darles un mensaje sagrado, corta y… ¿ya está?

—Eso es —concedió Urik.

—Vaya, o el tipo era Hitchcock o es que se había metido en un lío y no sabía cómo acabar…

—O es que a alguien no le interesaba que se supiera lo que ponía —dijo Urik—. El caso es: ¿qué relación puede tener este texto con el disco?

—Es imposible comprender el Critias sin el disco, y es imposible comprender el disco sin el trozo que falta en el Critias —afirmó, de pronto, Ginebra.

Urik se sacó la pipa de la boca, expulsó el humo y la miró. Théo guardó silencio.

—No sé por qué he dicho eso —murmuró Ginebra, que tenía la mano colocada sobre el disco.

—Ginebra, ¡no lo toques! —advirtió Théo.

Ginebra cerró los ojos, dejando la mano suspendida sobre el disco.

—No se ve claro. Solo llegan imágenes borrosas.

Cada vez que vienen esas imágenes siento dolor en la cabeza, en las manos, hasta en los huesos.

Veo… un laberinto gigantesco en llamas… y una lira.

Veo a gentes de otra época. Y sé que es necesario descifrar los símbolos.

Y que el Critias está unido a esos símbolos.

Pero siempre termino viendo las sombras. Y escucho esa palabra: «Stver».

—De acuerdo. Si vamos a intentar recordar o ver, tenemos que hacerlo bien y de forma controlada —dijo mesándose la barba—. Nos vamos —añadió de pronto.

—¿Ya? —dijo Théo desconcertado.

—Está todo listo y podemos irnos. Llegaremos a San Víctor justo después de las fechas navideñas, en buen momento para el abad que ha de recibirnos allí.

Él puede darnos información. Algo me dice que esa será la primera fase.

Théo, contamos con el dinero que te dejó Vincent, ¿verdad?

Voy a intentar conseguir algo más, por lo que pueda suceder.

—Cuenta con ello. ¿Cómo llegaremos a San Víctor? Las carreteras y las estaciones pueden estar controladas —aseguró Théo—. No solo nos persiguen los nazis, sino puede que también gente muy gorda, por lo que me dijo Vincent, y…

—Será mejor que os deis prisa. Y que confiéis en mí —zanjó Urik. Dejó escapar una bocanada de humo y se dirigió hacia la salida del sótano.

—¡Espera, Urik! —dijo Ginebra, frotándose la frente—. ¿Averiguaste algo sobre lo que te dije?

Urik se detuvo y asintió. Había un fiero brillo de preocupación en sus pupilas.

—Estuve buscando esa palabra que has vuelto a mencionar: «Stver».

—¿Qué significa?, ¿qué es?

La expresión de Urik se volvió grave. Su rostro empalideció.

—Es pronto para decirlo.

—¡Urik, por favor! —insistió Théo, sin disimular su fastidio.

—Es un antiguo dialecto armenio. Significa: «Los Sombra». Y si es lo que creo que es… la amenaza va más allá de cualquier cosa que hayamos conocido.

—¿Quiénes son, Urik?

—Cuando hable con el abad de San Víctor podré daros más detalles. Necesito estar seguro de algunas cosas… No me gusta hablar sin saber. Haced el equipaje —pidió, y salió del desván.

—En fin, siempre está con estas condenadas intrigas —murmuró Théo.

—¡Te he oído! —gritó Urik desde el exterior.

Théo chasqueó la lengua. Ginebra dejo escapar una carcajada nerviosa, una mezcla de alivio y nerviosismo, y enseguida se tapó la boca.

Se sentía a salvo con Théo, sentía calor.

Y, sin embargo, las palabras graves de Urik se repetían en su mente: «Más allá de cualquier cosa que hayamos conocido».

Percibía que las nubes se acercaban. Podía verlo. Nubes sanguíneas.