El cabaret del infierno Capítulo 9 Los cinco círculos
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Capítulo 9 Los cinco círculos

Los cinco círculos

París, Neuilly

Ginebra encendió la antigua lámpara, observó durante unos instantes el disco, sobre el pañuelo blanco, y volvió a sumergirse en los símbolos del libro que les había proporcionado Urik sobre dialectos de diferentes civilizaciones antiguas.

Trataba, una y otra vez, de encontrar sentido a los grabados del disco y vincularlos con sus visiones, pero no conseguía nada.

Prácticamente se había habituado a desenvolverse en la semipenumbra de aquel sótano-biblioteca de Urik, donde permanecían escondidos.

Conocía la astucia de Lucius y sus métodos, sabía hasta dónde era capaz de llegar cuando se sentía humillado, pero ya no le importaba su propia seguridad; hacía semanas que había cruzado esa frontera.

Solo le importaba estar a salvo el tiempo suficiente como para poder llegar al fondo de todo aquello, y no poner a nadie en peligro.

—¿Otra vez leyendo? —dijo Théo, dejándole sobre la mesa una taza de café, mientras él se quedaba con otra.

—Sí, sigo investigando. Gracias por el café. ¿Qué tal por ahí arriba?

—¿Sabes que estamos en Navidad? —preguntó Théo, tomando asiento sobre un taburete—.

Es curioso cómo hemos perdido la conciencia del tiempo.

Es la primera vez que no celebro la Nochebuena…

He intentado preparar alguna comida navideña, pero el pesado de Urik la ha echado a perder con sus especias y sus manías —se quejó—.

¿Solías celebrar la Navidad con tu familia? Oh, perdona, Janucá, ¿verdad?

Ginebra sonrió, sin despegar la vista del libro.

—No pienso en ello desde que perdí a mis padres, hace muchos años.

—Oh, ¡lo siento, Ginebra!

—Tranquilo, Théo. Yo… suelo dedicarme a escribir, sin más.

—Me gustaría mucho leer lo que escribes; solo me has dicho que escribes, pero no sé el qué, y sería bonito que…

—No tiene mucho interés.

—¡Todo el del mundo! Quiero conocerte, y leer lo que escribes es importante.

Ginebra le miró a los ojos unos instantes.

—Eres maravilloso, Théo. Pero creo que me idealizas. Yo… he cometido muchos errores.

—Sé que te sientes culpable por lo de Lucius, pero, créeme, nadie hubiera podido defenderse de un bastardo como ese. No me has explicado muy bien cuál fue tu historia con él, pero…

—¿Sabes?, he leído que el disco de Festos lo encontró un arqueólogo italiano, un tal Luigi Pernier.

Probablemente date de la época minoica… —interrumpió Ginebra—.

Se han contado muchas cosas sobre la civilización minoica, pero sigue estando rodeada de misterios.

Hay varias teorías sobre el disco, de profesores y arqueólogos.

Algunos hasta dicen que puede ser falso.

Pero esto no parece falso —opinó, señalando el disco—, suponiendo que sea el mismo que estaba en el museo de Heraclión, claro.

Podríamos tener en nuestras manos una de las piezas más valiosas del arte universal…

—Gin, por si acaso, no te acerques mucho a ese disco. Ya sabes lo que pasó en el puente. Bébete el café o se te enfriará, hoy no has comido nada…

—Estoy harta de leer sobre el lineal A y el lineal B… También dicen que se trata de una especie de juego de la oca antiguo, de la civilización minoica; otros dicen que era un calendario… —imaginó Ginebra sin dejar de ojear el libro.

—¿Y tú qué crees?

—¿Yo? No lo sé, Théo. Estoy hecha un lío.

He hecho todo tipo de conjeturas y ninguna tiene sentido —dijo, cogiendo otro libro y buscando una página concreta—.

Los símbolos del disco son formas similares a cabezas, a barcas, a herramientas…

se parecen a los que utilizaban para comunicarse en la isla de Pascua.

—Tomó uno de los libros y rodeó con el lápiz un símbolo que se asemejaba a una barca—.

Mira este pictograma que parece una canoa y mira el del disco, ¿lo ves?

—Se parece mucho —observó Théo.

—Y tanto las flechas como la rueda se parecen al lenguaje de signos de una de las islas del Atlántico, cercana a la Riviera Maya —dijo Ginebra, señalando los signos análogos en el disco—.

Es increíble. Se trata de lenguajes de antiguas civilizaciones del Atlántico.

¿Qué tiene que ver eso con los minoicos?

Y hay otros símbolos que no parecen tener ningún sentido…

como esta flor del centro. ¿La ves? —Mostró, señalando, en el disco, la flor grabada en el vórtice de la espiral, en el centro de la base.

—El disco tiene grabada una espiral dividida en cinco partes, a su vez divididos en los compartimentos de los símbolos, y esa flor en el centro… —recapituló Théo.

—Como si fuera el centro de un laberinto…

—Espirales, laberintos… Estoy cansado de eso.

Ginebra, de pronto, pareció recordar algo, rescató uno de los libros que tenía junto a la mesa, lo abrió y buscó una página concreta.

—Mira esto —dijo, mostrándole a Théo una de las ilustraciones: un virtuoso dibujo en color de una ciudadela sobre el mar, dividida en anillos, surcada por puentes que desembocaban en una especie de núcleo central.

—Esto… ¡lo he visto antes! —exclamó Théo.

—¡Los dos lo hemos visto!

—¿Qué es esa imagen, Gin? —preguntó Théo, acercando el taburete de madera a la mesa donde estaba Ginebra.

—La Atlántida. Es una imagen de cómo podría haber sido.

Théo miró la ilustración detenidamente, sin poder disimular su perplejidad.

—Cinco círculos —murmuró Ginebra—. ¿Y si, en realidad, las espirales que vimos en sueños fueran estos círculos…? ¿Y si son los cinco círculos que hay en el disco?

—Y en ese dibujo también hay ocho puentes.

Un momento… La flor tiene ocho pétalos —observó Théo, y señaló la flor grabada en el centro del disco—.

Hay cinco círculos y ocho pétalos en el disco y hay cinco anillos y ocho puentes en el dibujo que se parece muchísimo a la estructura que nosotros hemos visto en sueños.

—Oh, pero quizás estamos inventando un sentido que no existe. ¿Son solo coincidencias o hay vínculos? Intuyo una conexión, desde hace tiempo, pero no tenemos ni idea.

—No lo sé, Ginebra —dijo Théo, retirándose el mechón de pelo ondulado que le caía sobre la frente—. Ni siquiera el propio Urik sabe de dónde diablos vienen esos signos, tal vez hasta sean falsos. Ya no sé qué pensar de todo esto. Pero sí creo en lo que tú puedes ver…

Ginebra bebió un trago de café y se quedó pensativa, mirando al infinito.

—El Critias… —susurró.

—¿Qué es el Critias ? —preguntó Théo.

* * *

París, Montmartre

Claire leyó de nuevo la carta de su ayudante en el ministerio, en la que le confirmaba que Ginebra no se encontraba en la buhardilla ni en el piso franco.

Ella no podía ir en persona, sabiendo que Lucius la estaría vigilando.

¿Y si ese cerdo nazi la había secuestrado?

¿Y si la desaparición tenía que ver con esos tipos del laboratorio por los que le había preguntado?

Por otro lado, ¿de qué habría sido capaz Ginebra en un acceso de melancolía?

Recordó la imagen de su propio hermano, hacía ya más de veinte años, colgado de aquella viga, el rostro púrpura y macilento.

Cerró los ojos. Se dejó caer sobre el sofá.

Confiaba en que Lucius no pudiera tener la libertad de movimientos que quería.

De buena tinta sabía que estaba en la embajada alemana, seguramente preparando el terreno para los nazis.

El general Gamelin insistía en que la zona de las Ardenas sería impenetrable en caso de que los alemanes atacaran, pero ¿quién podía saber algo con seguridad en estos tiempos?

Todo indicaba que la declaración de guerra se acercaba, y solo esperaba que eso sirviese para que Lucius tuviera que dejar París, por mucho que estuviera manteniendo en secreto su identidad.

Ahora debía comunicarle a Waxley que Ginebra Wilde había desaparecido.

Y que quizá no volvieran a verla nunca más.