El cabaret del infierno Capítulo 8 El disco de Festos
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Capítulo 8 El disco de Festos

El disco de Festos

París, Neuilly

Envuelta en una manta, bebiendo un té caliente, Ginebra intentaba entrar en calor, junto a la pequeña estufa, en una mecedora de madera, un tanto desvencijada, mientras Théo, sentado junto a la mesa, terminaba de contarle los hechos a Urik.

—Bien, amigos —comenzó Urik tamborileando con las manos sobre sus piernas—. Si no fuera porque he visto y he vivido cosas que la mayoría de la gente no entendería, jamás hubiera creído toda esta historia. Y dime, Théo, ¿dónde habéis estado todos estos días?

—¿Estos días? —se extrañó Théo.

—Ha pasado más de una semana desde que estuviste aquí, merluzo. Sé que el golpe contra el agua debió de ser fuerte, pero todavía os queda memoria, ¿no?

Ginebra y Théo se miraron sin entender.

—Urik, yo estuve aquí solo dos días antes de caer en el río.

—Madre mía, el golpe te ha hecho más daño de lo que pensaba.

—Mira, Urik, puede ser que me esté equivocando con los cálculos, han sido días difíciles… Yo qué sé.

De golpe, Ginebra recordó la sensación de electricidad en su piel mientras caían al río.

Solo recordaba haber apretado el disco entre sus manos y contra el pecho, como si le fuera la vida en ello, antes de caer a un agua gélida que le había congelado las entrañas.

Después, la lucha contra la corriente, algunos golpes en la cabeza.

Y, de pronto, una luz brillante. Théo y ella, tirando el uno del otro hacia la superficie.

Era probable que, en algún momento, hubieran perdido la conciencia del tiempo.

Ahora, el disco yacía, envuelto en un paño de algodón, sobre la mesa camilla de Urik, junto a la bandeja de té, como un objeto más, aparentemente inocuo.

Urik lo había estado inspeccionando detenidamente y no había dicho ni una palabra al respecto.

Parecía desconcertado. Se levantó y sujetó de nuevo el disco entre sus manos.

Tenía una mirada inteligente y penetrante y, a pesar de su forma de ser, aparentemente egocéntrica, Ginebra podía percibir una ternura cálida en su interior.

—Os voy a contar las conclusiones de mi primera observación —decidió Urik con solemnidad—.

Ante todo, yo no percibo vibración alguna, lo que quiere decir que, sea lo que sea éste disco, conecta con vosotros por alguna razón que tendremos que averiguar.

Por otro lado, nada más ver esta pieza, me resultó familiar.

Y, después de compararla con las fotografías que he visto, diría que se trata, nada más y nada menos, que del disco de Festos.

—¡El disco de Festos! —exclamó Ginebra—. Mi padre me habló de esa pieza… Pero ¿no estaba en un museo griego?

—En el museo de Heraclión, Creta, sí señora. Y, además, no ha habido ninguna noticia en los diarios sobre un robo del disco, ¿verdad? Entonces, ¿qué está sucediendo?

—¿Se trata de una pieza similar? —preguntó Ginebra.

—He estado comprobando la estructura y… existen ligeras diferencias —dijo cogiendo el disco y mostrándoselo—: los bordes son más irregulares, y los símbolos, en este disco, están trazados de una forma más sinuosa y difusa.

Algunos son levemente distintos. Además, este disco es excepcionalmente pesado para el tamaño que tiene…

Pero debo deciros que hace muchos años que vi por última vez el disco del museo; me estoy orientando por la fotografía en blanco y negro de un libro.

Y, sin poder analizar los materiales de este, no puedo afirmar nada.

Necesitaría un laboratorio para hacer algunas comprobaciones, y hay que tener muchísimo cuidado.

Nadie puede saber que tenemos esta pieza ni dónde estamos.

—Un momento, Urik, vamos a ver. Entonces, ¿tenemos delante un segundo disco de Festos o es el mismo? ¿De qué va todo esto?, ¿qué es esa pieza?

—Théo, si tuviera las respuestas ya te las habría dado. Puede que estemos ante algo enorme o solo ante un curioso bucle de casualidades —dijo, y volvió a envolver el disco en el pañuelo blanco.

—No creo que sean solo casualidades, Urik —alegó Théo.

Ginebra miró a Théo, que parecía desilusionado. Sus ojos, su expresión, esa aparente falta de estrategia hasta un extremo casi desmedido, resultaban atractivos y originales. O aquel hombre vivía desnudo o era un actor excepcional. «Vendrá la decepción», se decía.

—Tendremos que hacer un viaje, amigos míos —propuso Urik de pronto.

—¿A dónde?

—A San Víctor.

Théo soltó una carcajada nerviosa.

—No estoy bromeando, Théo —aseguró Urik.

—¿A San Víctor? ¿Por qué diablos iba a volver allí?

—Porque es la única forma de comprender por qué ambos visteis una cripta que no conocéis.

Y de recordar. Sea lo que sea lo que ocurre con este disco, parece tener una conexión con ese lugar, donde, por cierto, se habla de rituales y extrañas energías.

Allí encontraremos la respuesta. Y conozco a alguien que puede ayudarnos.

Théo hizo una mueca.

—No perdemos nada, Théo —dijo Ginebra—. Ya no.

Urik se levantó, bebió un trago de vodka, puso una silla en el centro de la sala y se sentó frente a ambos.

—Debéis prepararos. Es mejor que nos vayamos cuanto antes.

En un par de días, a lo sumo. Desde San Víctor haremos lo posible para llegar al laboratorio de alguien que conozco, sin levantar sospechas.

Yo intentaré, al mismo tiempo, investigar sobre la forma en que la pieza llegó hasta ese tal Koch.

Y, sobre todo, voy a ponerme en contacto con un colega científico que vive en Creta.

—Yo podría pedirle ayuda a una amiga que trabaja en el ministerio.

—¡Ni en broma! Nada de contactos en el ministerio, y menos después de lo sucedido con esos científicos. Debemos ir por otro camino. Yo no creo en colectivos mecánicos: creo en las personas, y conozco a algunas de confianza.

—Urik y sus cosas —dijo Théo, haciendo un gesto de hartura—. Vale, ¿y cómo demonios quieres que vayamos a San Víctor cuando esos cerdos nazis nos están pisando los talones?

—Théo, no seas pesado, confía en mí. Si te dijera de cuántas cosas y de quiénes he conseguido escapar en los últimos años, no lo creerías. Ya te lo dije, hay que conocer a individuos especiales, en sitios clave. Pero tú te empeñas en encerrarte en esa buhardilla y ser esclavo del sistema.

—No te enrolles, Urik.

—¡Déjame hablar! Solo podré acompañaros en esta parte; el resto del camino… me temo que vais a tener que hacerlo solos.

—¿El resto del camino?

—Ojalá pudiera acompañaros todo el tiempo, sería ingenuo pensar que será así.

Intentaré protegeros. Solo sé que tenemos que darnos prisa —añadió, y miró a Ginebra con sus penetrantes ojos oscuros, como si hubiera reconocido algo en ella—.

Ginebra, por favor, cuéntame todo lo que sepas.

Quiero decir… Cuéntame todo lo que hayas «visto».

* * *

París, embajada de Alemania

En su pequeño despacho de la embajada, que compartía con una secretaria, Lucius ordenaba cuidadosamente los documentos de la Operación Netz.

Debía asegurar el desembarco de los nazis en Francia, con el apoyo de políticos, empresarios y financieros favorables al Reich, mientras fingía que ayudaba a Hess en su absurdo proyecto Tür, mantenía a raya a Cesare y vigilaba a los pocos contactos que Ginebra tenía en París.

No sabía cómo habría logrado aquel truquito del rayo en el puente, pero eso no le serviría de nada. Waxley ya no podía protegerla y él lo tenía todo a su favor. Iba a encontrar a esa judía y a hacerla sufrir en sus manos como un gorrión ahogándose lentamente.

Observó los montones de documentos y cartas escrupulosamente ordenados por fechas.

Eliminó una mancha mínima, con la uña. En París, solo los altos cargos simpatizantes con el nazismo, a quienes iba destinada la correspondencia, sabrían que era Lucius Fleedermaus; para todos los demás, sería Rüdiger Hansen, un simple becario de secretaría que iba a hacer prácticas en la Embajada de Alemania en París.

Todo estaba listo para ejecutar el plan cuanto antes.

Si algo había aprendido a lo largo de su infancia era que percibir los movimientos del tablero y reaccionar más rápido que los contrincantes era la clave.

Una cuestión de agilidad y astucia, ni siquiera requería inteligencia o reflexión.

Dentro del partido, la lucha por el poder enfrentaba al bando de Himmler con el de Hess, y él jugaba en ambas canchas y recababa información clandestina de cada uno de los jugadores.

En este momento, Himmler empezaba a estar mejor posicionado que Hess.

Llegaría el momento de cambiar de aliados, pero aún era pronto para eso.

Debía ser prudente. Ganase quien ganase, él ganaría.

Si era hábil con Heydrich y Himmler y mantenía la protección de Hess, se haría con el poder de la Gestapo en Francia.

Tal vez no pudiera ser el jefe en Alemania, pero iba a serlo en París.

Al ensayar lo que le diría al embajador, su voz le pareció demasiado aguda.

Se mordió la uña del pulgar. Corrigió el tono varias veces hasta que cobró seguridad.

No podía permitir ni una fisura en su imagen, incluso cuando iba de incógnito.

Debía estar despierto, siempre alerta, siempre controlando el juego.

Discretamente, extrajo de su bolsillo el fino papel con el polvo blanco que absorbió rápidamente por la fosa nasal, y se dispuso a reunirse con el nuevo embajador, un repelente noble que, tras la muerte del afeminado Vom Rath, necesitaba aparentar un absoluto control de la situación.

La tensión se percibía en su ceño fruncido, en el asqueroso sudor de sus manos y el vaho de sus anteojos.

Por eso los primeros encuentros le habían dado ventaja.

No sería difícil manipularlo en favor de los planes de Hess.

«Mi querido Von Dirksen, allá voy de nuevo».