Capítulo 7 París, L’Enfer #4
Se levantó despacio, conteniendo las arcadas.
Sintió que su cuerpo volvía a estar «al derecho».
Dos golfillos de la calle le observaban y cuchicheaban.
Se sintió avergonzado. Sintió vergüenza de haber tenido miedo, de sentirlo todavía, porque aún estaba horrorizado, no podía negarlo, y sin embargo, de repente, todo era escandalosamente normal: la misma noche de tantos sábados, el mismo pasaje solitario y neblinoso.
Ningún peligro podía dañarle. Pero sus piernas temblaban y sus manos también.
¿Era ese abismo lo que había tras la puerta que pretendían abrir cuando encontraran la última pieza?
¿Era eso lo que sucedería al cerrar el círculo?
Lo que había experimentado iba más allá de cualquier juego, invocación o coqueteo con otras dimensiones que hubiera hecho nunca en su vida.
Avanzó por la calle, controlando el temblor de sus piernas, hasta doblar la esquina y perder de vista el Cabaret del Infierno.
No podía decirse nada a sí mismo sobre lo que acababa de ocurrir, no tenía ninguna explicación coherente, ningún relato para lo que había sucedido.
Lo encontraría, tenía que encontrarlo, tenía que hacerlo.
A lo lejos, creyó escuchar el aullido de un lobo.
Una sombra se movía sigilosa por los tejados, provocando leves crujidos.
Por primera vez, él, Cesare Andreas Alessandro, de la Casa Evola, amante de la noche y sus subterfugios, adorador de saturno, deseó, en el más recóndito corazón de su alma, que se hiciera de día.
* * *
París, Neuilly
Sentado en la vieja butaca de su salón, cuyas paredes y ventanas estaban remendadas con tablones, tras los daños de la tormenta, Urik escuchaba Tristesse , de Chopin, en el antiguo gramófono, al calor de una ruinosa estufa.
Intentaba encontrar alguna conexión entre los hechos de los días anteriores: los fenómenos naturales, el avance de los nazis, la aparición de Théo con el extraño objeto y el maletín de Vincent…
O se había vuelto completamente loco o existía alguna relación entre los acontecimientos.
Una figura se componía en alguna parte; era necesario unir los fragmentos para descifrar el mensaje, pero todavía no era capaz de verlo.
Sus amigos de Alemania le decían, en sus cartas, que los nazis se estaban moviendo con sigilo y que ya contaban con apoyos de grandes financieros y personalidades: Chanel, Prouvost, Renault, Henriot, Darnand, La Rochelle…
La lista de aliados crecía, ya fuera por temor al avance del comunismo, por razones económicas o por antisemitismo.
Esos malditos nazis representaban todo lo que él odiaba más: los conglomerados, las telarañas, las mafias legalizadas, las plagas de langostas. Funcionaban como una especie de colmena, solo que la abeja reina nunca era una sola persona, por mucho que hubiera una cabeza visible llamada Führer .
¿Podía hacer algo? ¿Debería hacer algo? No le gustaba la idea de tener que tomar partido por una sociedad que destrozaba a sus individuos… Y, por otro lado, ¿qué podía hacer él?
El maletín de Théo, al parecer lleno de papeles comprometidos, todavía seguía allí, pegado a la pared de su salón, aguardando una decisión por su parte.
En la emisora clandestina que solía sintonizar, ya no ponían villancicos, sino noticias de las catástrofes naturales.
Afirmaban que la última tormenta eléctrica, bestial como nunca en la historia, había provocado más muertos de los que se habían dicho.
¿Podría ser Théo uno de ellos? Percibía en él algo que no había visto prácticamente en ningún hombre que conociera: una autenticidad, una disposición a la pureza que no era fácil de encontrar.
¿Qué habría ocurrido en esa extraña abadía de San Víctor?
Había oído hablar de los rituales y las prácticas de viajes astrales que se habían hecho allí.
Se lo había contado su amigo abad. Algunos chiflados acudían a la abadía marsellesa pensando que se trataba de un lugar mágico.
Pero últimamente parecía que no eran solo chiflados.
Estaban ocurriendo cosas que iban más allá de eso, y en diferentes lugares de Francia, quizá de Europa. Llegaba la hora de investigar.
Unos golpes fuertes en la puerta de atrás le despertaron del sopor.
¿Quién diablos podría ser? La puerta de atrás estaba camuflada tras unas tablas de madera y solo sabían de su existencia Tracey y él.
Cogió una barra de hierro que siempre tenía a mano, recorrió el pasillo, bajó las escaleras y abrió la puerta de golpe.
—Pero ¿qué… —balbuceó, perplejo.
Al otro lado de la puerta, Théo, totalmente empapado, le miraba asustado, tomando aire, con los ojos enrojecidos. A su lado, una mujer morena, terriblemente pálida, empapada, temblaba de frío, tosía y miraba al suelo.
—Pero… ¿de dónde salís?, ¿del maldito tifón de Filipinas?
—Algo así, Urik —dijo Théo—. Algo así…
* * *
París, La Muette
Cesare Evola se encogió sobre el colchón de su cama y se retiró de la frente sudorosa los mechones canosos que habían aparecido recientemente en su cabellera. Llevaba días sufriendo pesadillas y alucinaciones desde lo ocurrido en L’Enfer Cabaret.
Él, que tanto había jugado con las fuerzas de lo desconocido hasta el extremo más inconsciente de la ambición, que había creído dominar los secretos de las energías más oscuras, se rendía a la certeza de que no era más que un pobre hombre asustado.
¿Realmente había conseguido salir de aquella caída interminable al vacío o era una ilusión?
Los ojos adormecidos de las criaturas deformes aún brillaban en la oscuridad de su noche atormentada, el cabello rojizo de Marguerite derramándose sobre el altar de piedra, sus ojos amarillos mirándole desde su posición invertida… Y aquella figura. Aquella horrible sombra de rostro cambiante.
Tras la noche de L’Enfer se había encerrado en su cuarto a rezar.
Sí, a rezar —él, que abominaba de cualquier creencia— rogándole a ese Dios del que tantas veces había renegado que salvara su alma.
Varios días después los muebles aún crujían, las ventanas se abrían con golpes de viento inexistente y las sombras se movían entre los árboles y se adherían a las corrientes heladas del invierno.
Le había pedido a su fiel mayordomo, Oswood, que subiera a su alcoba para observar los fenómenos. Pero nada había ocurrido. Solo él veía las sombras, solo él escuchaba los aullidos, a lo lejos.
—Señor, no hay lobos en esta zona —le había dicho Oswood.
Había anulado todas sus reuniones sobre el proyecto Tür, los estudios sobre la reliquia, los tratos con la Hermandad AvGull y la Sociedad Teosófica, y se había aislado de las celebraciones navideñas haciendo acopio de una provisión de alcohol suficiente para matar a un burro.
Nada le proporcionaba alivio, y a ello se sumaba la desaparición de Marguerite.
¿Le estaban castigando los dioses por su falta de empatía con aquella mujer?
La percepción del horror, ese horror sin fondo, ese vacío negro como el juicio de la nada, en el que la esperanza se ahogaba en una noche interminable, volvía cada noche y le impelía a ser consciente de su propia debilidad y de su soberbia.
Recordaba esos relatos de gentes que vendían el alma al diablo, y que siempre había juzgado entretenimientos del pueblo llano o de la burguesía aburrida.
Revivía constantemente la angustia, el olor nauseabundo, la sensación de estar hundiéndose en la tierra. Al levantarse, furioso, derribó la mesita china de nácar y algunos libros cayeron al suelo.
— Merda, merda, merda! —gritó. Pateó la cama, desgarró las almohadas de plumas y arrancó las cortinas. Si le hubiera visto cualquiera de sus conocidos no habría podido identificar a aquel ser enfurecido que gritaba, maldecía y blasfemaba.
«¡Quiero salir! ¡Quiero despertar!», se dijo. Salió al amplio balcón y contempló los jardines de Ranelagh. La noche era tan sigilosa que dolía. Mirando al cielo, levantó un puño desafiante y gritó:
—¡No me condenes al abismo! ¡Te lo imploro!
La inmensa bóveda oscura de la noche le observó desde su desgarradora indiferencia.
Entró en la habitación dispuesto a beber hasta caer inconsciente. Una sombra se deslizó, despacio, por las paredes y se detuvo en el centro de la habitación. Cesare, temblando, dio un paso atrás y se dejó caer sobre sus rodillas.
—Dime, hombre o criatura —exhortó con voz trémula, los ojos brillantes y húmedos, intentando hallar el rostro de aquella sombra—, ¡dime quién eres! —gritó aterrado. La sombra no se movió—. ¡Dime tu nombre! —repitió, desesperado.
En ese instante, un estruendo dividió el mundo en dos mitades.
Durante unos segundos no supo si estaba vivo o muerto.
Con los ojos cerrados vio un bucle deslumbrante de palabras, hechos y formas, y vio su habitación girar.
Vio una puerta y lo que había tras ella, y entonces empezó a reír enloquecido.
Abrió los ojos. La sombra había desaparecido.
Tenía la ropa empapada en sudor y la boca seca como una lija. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero al fin comenzaba a amanecer. Trató de articular las palabras:
—Ya comprendo —musitó—. Algo se está fraguando, algo terrible… El vacío… El vacío… no quiero volver allí —susurró, ovillado en el suelo del cuarto, en posición fetal, meciéndose sobre sí mismo—. Perdóname, Marguerite…
Repitiendo ese nombre se quedó dormido sobre la alfombra persa, bajo la luz nívea del amanecer.