Capítulo 7 París, L’Enfer #3
Comenzó a sonar un antiguo cántico que Cesare relacionó con música de Europa del este, del siglo XVII . Los «vampiros» danzaban.
Definitivamente, no era como las otras veces.
Hasta el cuerpo que yacía sobre la piedra parecía asombrosamente real; incluso se escuchaba un gemido lejano que salía de esos labios amoratados y finos.
Uno de los seres detuvo la danza y miró, durante un instante, a los espectadores; el insospechado brillo de miedo en sus pupilas duró solo unos segundos, pero era un miedo real, y también lo eran las deformidades de su cuerpo pequeño y retorcido.
A Cesare le pareció divertido el hecho de que estuvieran mejorando los espectáculos.
A veces, la ficción necesitaba pequeños sacrificios reales.
El hombre alargado y pálido no mostraba miedo, pero sí estupefacción; parecía estar bajo los efectos de algún narcótico, recitaba las palabras con sumo cuidado, las repetía mecánicamente, mientras le entregaba una daga a la mujer deforme.
Cesare creyó ver una especie de aura negra que se erigía tras ellos.
¿Sería efecto del alcohol o quizás habrían echado algo raro en la copa de sangre?
Cuando la mujer alzó la daga sobre el cuerpo que yacía en el altar y la bajó de una forma agresiva, casi brutal, Cesare no pudo mirar.
Por primera vez, cerró los ojos con una mueca de desagrado, de la que se avergonzó inmediatamente.
No le estremecía la escena en sí, sino la sensación, cada vez más acuciante, de que realmente estaban matando a alguien delante de él.
Se escuchó un último quejido. Cuando Cesare volvió a mirar, la sangre fresca del cadáver ya se había derramado sobre la piedra y los seres deformes la estaban bebiendo.
Ambos sudaban, ambos tenían miedo, pero bebían la sangre de una forma casi compulsiva.
Los demás asistentes permanecían perplejos, igual que él.
Sin embargo, Marguerite contemplaba la escena con suma atención, casi embriagada, mientras acariciaba su afilado colgante de forma libidinosa.
Sus ojos parecían aún más rasgados, más gatunos, cuando sentía placer.
Cesare se preguntó qué clase de locos pensamientos acariciarían esa cabecita que ofrecía todo lo que una mujer normal no tenía: una puerta que se abría hacia ensenadas más oscuras y frondosas, una deliciosa promesa de aventura agridulce plagada de estrellas y estallidos atroces.
Siempre exploraba el bosque hasta el final, aunque cayera muerto, pero ¿dónde estaba el final de Marguerite?
¿Quién era realmente aquella pelirroja de ojos amarillos y labios descarados que iba y venía de un lugar a otro del tiempo?
Los seres vampíricos, con la boca ensangrentada, pronunciaban palabras rituales, cada vez más alto, cada vez con mayor violencia en la voz, pero solo en la voz, no en el rostro o en las manos.
Eran autómatas en medio de la niebla. «¿Niebla?
», pensó Cesare. Era la primera vez que utilizaban ese efecto visual en L’Enfer.
Pudo distinguir cómo los demás invitados se besaban y tocaban, ya sin pudor, mientras la niebla blanquecina inundaba la sala.
Marguerite sentía que el corsé de su vestido le oprimía los pulmones.
Cada vez notaba más calor. Jamás le había gustado la sangre, le daba asco, pero esta vez había apurado la copa.
Le parecía que tenía un sabor sorprendentemente atractivo, casi necesario.
El colgante había comenzado a emanar un perfume extraño que no le gustaba, pero sentía la necesidad de acariciarlo, incluso de lamerlo.
Entre sus piernas notaba una presión agradable e insoportable a un tiempo.
Algo debía de ocurrirle a Cesare: no disfrutaba del número como otras veces.
Ella, sin embargo, comenzaba a sentir una especie de envidia, tenía ganas de probar las entrañas del cadáver que yacía sobre la piedra mientras aún estaba caliente.
Se relamió y sus mejillas enrojecieron. Con su chal se limpió las gotas de sudor del cuello y de la frente, besó a Cesare, le mordió el cuello con tal fuerza que él se apartó.
Siguió besándole, en la boca, en el cuello, en el pecho.
Se desabrochó por completo el corpiño y dejó que Cesare la acariciara.
Sentía la necesidad de gritar de dolor y de reír al mismo tiempo.
Todo era tan nítido y caótico como la niebla que los rodeaba.
Cesare besó los senos blancos y grandes de Marguerite, los muslos, el vientre, las ingles…
hasta que notó que perdía la conciencia.
De pronto, solo veía niebla. Los demás invitados se enredaban, se acariciaban y besaban unos a otros, en el suelo y sobre los sofás.
Una sombra se hizo sobre él. Marguerite desapareció bajo la niebla.
Se le encogió el estómago y la excitación que sentía aumentó hasta el punto de convertirse en verdadera presión, pero la somnolencia también aumentaba, le rompía las sienes, le desgarraba el cráneo.
Se levantó y trató de abrirse camino entre la nebulosa.
En medio del halo blanco divisó un rostro oscuro y alargado que parecía cambiar de forma.
Por unos instantes creyó verse a sí mismo.
Aterrado, se tocó la cara en un intento de confirmar que su rostro seguía donde estaba.
La sombra se inclinó sobre el altar de piedra, situado en el escenario, que ahora se hacía visible entre la niebla.
Sobre él yacía Marguerite. La larga melena pelirroja se derramaba sobre la piedra, la cabeza le colgaba sobre el altar, tenía los ojos muy abiertos, más amarillos y brillantes que nunca, sus labios tenían un rojo fuera de lo común, y sus mejillas encendidas contrastaban con la palidez de su cuello.
Desde su posición invertida le miraba fijamente, de forma obscena, deseándole, llamándole.
La sombra alargada, semejante a un hombre encapuchado, junto a ella, mostraba varios rostros que se sucedían.
Marguerite reía sin control. Lo último que vio fue una imagen superpuesta de la siniestra figura tomando a Marguerite, apoderándose de ella.
Inmediatamente, otro plano —este el más aterrador, el más infernal— mostraba una oscuridad insondable, una latitud que ningún ser humano o bestia había conocido jamás: el núcleo del abismo, sin tiempo ni espacio, en el que no paraba de descender a una velocidad que no sabía explicar, deprisa y despacio a la vez, como si se hubiera caído dentro de sí mismo y no pudiera manejar sus músculos ni controlar sus pensamientos.
Su mente no le respondía, no podía hablar, no podía moverse.
Tenía la certeza, la rotunda y desoladora certeza de que no habría final, no habría paz, no conseguiría recuperar su voluntad jamás…
La imagen del verdadero horror, demoledora y violenta como una garra de hielo, le atravesó el corazón.
Profirió un grito tan desgarrador que dejó de ver y de oír.
Gritó, con la garganta rota de horror y de pánico.
La estructura del tiempo se deshizo, le pareció que pasaban años, segundos, meses.
Al fin, un halo de niebla penetró la oscuridad y comenzó a disolverla, sumergiéndole en un alivio tan hondo y amable que dio gracias a un Dios en el que no creía, implorando, en lo más hondo de su alma, su existencia.
¿Había salido? ¿Había podido salir? Estaba tumbado boca abajo en el suelo.
Dando bandazos desesperados, arrastrándose por la alfombra, se abrió camino entre lo que parecían sillas y mesas.
No miró hacia atrás, buscó la puerta. Sabía que la puerta de madera que daba a las escaleras tenía que estar ahí.
Alcanzó el picaporte, se levantó y abrió.
Antes de salir, una parte de él lo obligó a girarse, a pesar del terror que sentía.
La sala estaba perfectamente ambientada, como al principio de la noche. No había niebla. Los invitados y los seres del escenario, todos de pie, le miraban con seriedad indiferente. En el escenario, el altar y la sangre habían desaparecido. Ni rastro de Marguerite ni de la figura encapuchada.
Salió de la sala y bajó las escaleras de caracol, temblando.
No podía dominar sus rodillas ni sus manos y no contaba con su bastón para sostenerse.
¿Quién iba a decirlo? Ese bastón que solo usaba a modo de atrezo decadente ahora le hacía falta de verdad…
Pero ni siquiera un condenado loco volvería a por él.
¿Y Marguerite? ¡Al diablo! Solo quería salir de allí, respirar el aire del exterior.
Sentía ganas de vomitar. Era como si sus entrañas estuvieran al revés, como si no caminara con la cabeza hacia arriba.
Llegó al piso de abajo, en el que solo percibió ruidos y frases huecas de un penoso actor disfrazado de diablo, y salió por una puerta de atrás, que le pareció torcida.
Apoyándose en la pared del callejón, se dejó caer al suelo y tomó aire.
Las dimensiones de la realidad eran distintas: la esquina tenía una forma triangular que no encajaba con la calzada ni con el asfalto, la acera trazaba un ángulo imposible, los marcos de las puertas estaban torcidos.
Cerró los ojos. El vértigo lo consumió hasta hacerle gritar implorando paz.
Cuando los abrió, todo había vuelto a su posición normal: los edificios, las aceras, el cielo sembrado de estrellas, volvían a ser como él los recordaba.