El cabaret del infierno Capítulo 7 París, L’Enfer #2
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Capítulo 7 París, L’Enfer #2

—¿Qué es ese colgante? —preguntó Cesare, acariciando con los dedos la extraña miniatura picuda que colgaba del cuello de Marguerite.

—No lo sé. Cécile no ha querido decírmelo. Yo… no sé lo que es…

—¿Has vuelto a ver a Lamartine?

—Sí.

Cesare apretó el pomo de marfil de su bastón, con un gesto áspero.

—No seas desconfiado, chérie —susurró ella. Sonrió y le besó en el cuello.

Cuando aquella mujer sonreía los ojos se le rasgaban aún más. Tenía una habilidad superior a la de cualquier otra mujer para hacer que los gestos normales resultaran sensuales y para besar de una forma húmeda y lenta que podía transportar a un hombre a cualquier paraíso.

La besó en los labios respingones y rojos que siempre dejaban ver el final de sus dientes delanteros, levísimamente separados. Su boca era como la mermelada amarga: por mucho que a veces mordiera, siempre apetecía volver a comerla.

Ambos degustaron el champán, mientras poco a poco comenzaban a llegar los selectos invitados de la noche, que se sentaban en torno a las mesas contiguas, casi siempre embozados en prendas de terciopelo.

Hoy eran tres hombres ataviados con capa negra y sombrero y dos mujeres vestidas de terciopelo azul marino, con pequeños sombreros negros que dejaban caer velos tupidos sobre sus rostros.

Cesare reconoció a uno de los caballeros y lo saludó, apretándole la mano con la señal de la Sociedad Teosófica.

—Mi pequeña occhi d’oro —dijo Cesare, saboreando cada palabra—, me gustaría que me dieras esa noticia que tenías para mí.

—La noticia es delicada, no se da así como así.

Sin dejar de mirar a Marguerite de forma seductora, Cesare dio dos golpes en el suelo con su bastón. La camarera acudió solícita.

—Un poco de caviar y crema de trufa del Piamonte —encargó Cesare.

A Marguerite le brillaron los ojos al recordar el sabor exquisito de esos manjares. Cesare bebió un trago de champán, saboreando su triunfo.

—Está bien… —concedió ella, y ocultando sus labios con la mano para que nadie los escuchara, susurró—: Lucius te la está jugando. Está tratando de usar tus investigaciones para ese proyecto en el que trabajáis, pero hace creer a los nazis que son suyas.

Cesare miró a su alrededor y bajó el tono de voz.

—Me costaría creer que ese miserable haya logrado algo por sí mismo…

—Ha tratado de sacarme información muchas veces… sobre ti… Y desde luego jamás lo ha conseguido, nunca, no le he contado nada —mintió.

—No lo dudo, chérie … —dijo Cesare, sabiendo que seguramente mentía—. ¿Se ha visto con el embajador alemán en los últimos días? Tenía entendido que estaba de vuelta en París.

Marguerite permaneció en silencio. No quería que Cesare supiera que Lucius había roto todo contacto con ella. Mientras Cesare creyera que seguía teniendo acceso a Lucius, tendría poder sobre él.

Cesare le besó la mano con una ternura delicada y elegante.

— Bella , he de decirte que tengo información sobre el tema del que hablamos, el paradero de tu padre.

Yo cultivo amistades en todas partes, incluso en Irlanda.

Te adoro, lo sabes, pero tienes que ayudarme.

Dame información sobre lo que ese perro alemán está haciendo y yo aliviaré tus dudas sobre la identidad de tu padre.

Marguerite le puso el dedo sobre los labios y bajó la cabeza. Cuando la luz de las velas se reflejaba en sus ojos felinos resultaba bella, pero cuando se enfadaba, esos iris ambarinos mostraban el fuego del infierno.

—Lucius está… él está en permanente contacto con el embajador y con otros peces gordos —aclaró Marguerite, nerviosa, utilizando la información que le había dado sobre Lucius un diplomático alemán en una noche de borrachera y pasión—. Y también… con Himmler.

Cesare apretó el mango de su bastón, sin disimular su rabia.

La camarera se acercó y les sirvió, con suma delicadeza, dos cuencos de color rojo como la alfombra; uno de ellos estaba lleno de brillante caviar y el otro contenía una finísima crema blanca. Iban acompañados por dos pequeñas bandejas de plata en las que se combinaban biscotes y brioches .

Marguerite mojó el biscote en la crema de trufa y se chupó los dedos.

—Sabía que Fleedermaus jugaba a dos bandas —indicó Cesare—.

Hess no me sacará del plano. Me necesita.

Pero ese imbécil de Himmler, con su inútil Ahnenerbe, acabará haciéndolo, si nuestro querido mafioso, sibilino, herr Lucius, influye.

Veré cómo puedo hacerme con pruebas. El advenedizo quiere llegar lo más alto posible, pero al final… serán otras fuerzas las que decidan.

—Cesare…

—Dime, amore .

—Me ha costado mucho obtener esta información. Mucho, mucho… Y decirte que Lucius te estaba investigando podría costarme la vida.

—Lo sé, chat noire . ¿No te premio lo suficiente? ¿No bebes de mis manos los mejores licores y degustas los mejores manjares?

—A veces, lo mejor no es suficiente.

—¿Qué más quieres?

La camarera les sirvió un plato con dos entremeses de carne poco hecha. Una de las láminas sangraba.

—Regalo de la casa, señores —dijo, sin levantar la vista del suelo, como era habitual, pues tenían prohibido mirar a los invitados a los ojos.

—Me gusta poco hecha, pero no sé si tanto —dijo Marguerite, arrugando la cara. Cesare le echó un vistazo a su reloj plateado.

—Creí que era más pronto, ya falta poco para que comience… Camarera, traiga el Heidsieck 1917 —añadió, mirando a Marguerite.

Marguerite, ilusionada con la idea de la degustación y con la perspectiva de pedirle a Cesare, en algún momento, suficiente dinero como para poder retirarse, dejó que él le besara el escote, mirando a los otros invitados, que los observaban disimuladamente.

—Eres tan genial, Cesare, eres tan viril —susurró Marguerite—. Mon amour , no dejes de besarme nunca, quiero sentirte, necesito sentirte…

Cesare la besó en la barbilla, en los pómulos, besó sus ojos amarillos, acarició sus muslos blancos bajo el vestido sedoso.

—Ellos no saben las cartas que guardo —murmuró Cesare mientras besaba el cuello de Marguerite.

—¿Y yo lo sabré?

—Si te portas bien, capelli rossi…

Disimuladamente, Cesare echó un vistazo a la sala.

En la mesa de al lado, uno de los invitados, envuelto en la penumbra de su mesa sin velas, en la que reposaban varios vasos de licor, acariciaba alternativamente a las dos mujeres envueltas en terciopelo azul marino que le acompañaban.

Una de ellas seguía el juego; la otra, más acostumbrada a sus movimientos, permanecía inexpresiva, recibiendo los besos como un maniquí que se dejara vestir.

Otro invitado, al fondo de la sala, devoraba la carne con los dedos, mientras observaba al trío de un modo cada vez más descarado.

Su adolescente acompañante femenina, que acababa de llegar, le acariciaba la espalda.

En la otra mesa, cerca del escenario, su compañero en la Sociedad Teosófica degustaba unas ostras.

Era uno de los empresarios más reputados de París, y sabía que siempre acompañaba el marisco con un Chateau d’Yquem 1811.

Cesare los observaba mientras saboreaba el cuello desnudo de Marguerite, notando ya los efectos de las copas de champán.

Besó sus labios impregnados del sabor del alcohol y de la carne, al tiempo que ella deslizaba su mano, pequeña y blanca, hacia su entrepierna, amparada por la capa que no se había quitado en ningún momento.

Unos tambores comenzaron a sonar al otro lado de las pesadas cortinas. Se aproximaba el momento. Todos los invitados dejaron de comer y se limitaron a beber, desplazando toda su atención hacia el escenario.

La camarera volvió a pasar entre las mesas, dejando una pequeña copa dorada en cada una de ellas.

Cesare la alzó y bebió un trago. Era sangre y esta vez no era una imitación. Tenía un sabor caliente, metálico e intenso. Después, se la ofreció a Marguerite, que bebió todo lo que quedaba en la copa, se limpió con la mano y, sin dejar de sonreír, siguió besándole.

En algunos momentos, Cesare sentía vértigo; sabía que quizás estaría escandalizando a los demás invitados, era pronto para ser tan atrevido, pero esta idea le excitaba.

Decidió quitarse la capa; estaba sudando.

Conforme se elevaba el sonido de los tambores, la excitación y la embriaguez somnolienta crecían a partes iguales.

Era una sensación agresiva y aletargante a la vez.

A medida que los tambores se hacían con la sala y vibraban bajo sus pies, Marguerite sentía, en la parte inferior de su vientre, un calor cada vez más eléctrico y apremiante.

El cuello de Cesare sabía a mostaza, por la colonia que usaba.

Odiaba ese sabor, pero había algo en ese italiano que la atraía más de lo que quería reconocer.

«Tienes que agarrarte a su dinero, no seas tonta, Marge, no seas tonta, agárrate a eso, sobrevive.

Soy esclava de estos perros… estos hijos de…

cállate vives bien cállate Marguerite cállate pórtate bien sonríe sonríe… ».

Las cortinas de terciopelo rojo oscuro se abrieron despacio.

Los tambores empezaron a ceder. Tras el telón apareció un altar de piedra.

Dos actores, hombre y mujer, interpretaban el papel de ángeles oscuros; uno de ellos era alargado y pálido, con la espalda jorobada y los brazos excesivamente largos.

La otra era pequeña, con dientes puntiagudos asomando por debajo de los labios superiores, y extrañas torsiones en los huesos.

Se disponían a escenificar un sacrificio de sangre.

Entre los dos, arrastraban un cuerpo pálido hacia el altar de piedra.

A Cesare le sorprendió la verosimilitud que, esta vez, tenía la escena.

Estaba acostumbrado a las representaciones realistas de L’Enfer, a las muestras de espiritismo, magia negra y escenas parecidas, pero esta noche había algo en el escenario que se antojaba extremadamente real, más descarnado y menos glamuroso que en otras muestras anteriores.

Alzó su copa para brindar con Marguerite mientras escuchaba a los dos seres mitad hombre, mitad gárgola, pronunciar unas palabras rituales.