El cabaret del infierno Capítulo 7 París, L’Enfer
20%

Capítulo 7 París, L’Enfer

París, L’Enfer

París, Montmartre

Cuando Marguerite despertó en la habitación del piso superior de Lamartine ya estaba atardeciendo.

Cécile Lamartine era una de las médiums más importantes de la ciudad, y aunque normalmente solo se codeaba con gente de mucho dinero, a ella la trataba como a una hija, en parte porque tenía amistad con su madre, en parte por compasión.

Lamartine era célebre también por suministrar el mejor opio de Francia: se lo traían sus contactos de la India.

Cuando fumaba demasiado, la dejaba descansar en ese cuarto poblado de cuadros, biseles, lámparas y cómodas pomposas, donde siempre tenía la sensación de que el colchón y los almohadones la engullían lentamente.

El humo hacía su efecto narcótico, se acababan los pensamientos, se acababa la angustia y dejaba de ver extrañas sombras que parecían acecharla.

Se quedaría allí si no fuera porque tenía que llegar a tiempo a su cita con Cesare en L’Enfer Cabaret.

A regañadientes, se levantó, se peinó y perfumó frente al espejo, se puso el chal dorado y el abrigo que le había regalado Cesare y tiró un beso desganado a su reflejo, que cada vez le producía más asco y pena.

Al bajar las escaleras encontró a Lamartine en el salón circular, absorta en la contemplación del cielo a través de la ventana.

—Marge, querida, te has perdido otra de esas tormentas eléctricas; nunca había visto una tan fuerte hasta ahora. Una tormenta de sangre —anunció, con un brillo extraño en sus pupilas.

Abrió el cajón de la cómoda sobre la que reposaban todo tipo de abalorios y velas de colores, bajo las extrañas lámparas modernistas de luces ambarinas, y extrajo un colgante plateado que a Marguerite le pareció muy antiguo, casi una reliquia.

Su forma, afilada y desigual, recordaba un poco a las máscaras que llevaban los médicos de la peste en el siglo XVII .

—Ponte esto —dijo Lamartine. Sus ojos, de un azul casi glauco, parecían excitados por alguna emoción indefinible, mientras le ponía el colgante alrededor del cuello—.

No te lo quites hoy, ¿de acuerdo? Te dará suerte.

¡Vamos, o llegarás tarde a L’Enfer! Tienes una cita allí, ¿verdad?

—dijo acompañándola hacia la puerta—. Todo va a ir muy bien desde ahora, Margie, tengo esa certeza.

—Oh, gracias, Cécile; eres tan sabia, me gustaría… quisiera ser como tú —aseguró Marguerite.

Lamartine le dio un beso en la frente y abrió la puerta.

—Diviértete —le dijo, mirándola a los ojos.

Marguerite, tratando en vano de descifrar lo que percibía en la mirada y en la sonrisa de la médium, asintió, insegura, besó el colgante y salió de la casa.

Caminó por la Rue de la Bruyère hacia la parada del tranvía, sintiendo un nudo en el estómago.

La noche anterior no había pegado ojo, y no por las tormentas, sino por la discusión con Lucius.

Ese asqueroso nazi solo había estado con ella para sacarle información sobre Cesare.

Su convalecencia en un hospital de Londres era una completa mentira, lo sabía porque Cesare había estado con él en Berlín.

Lucius ya no se había molestado en disimular, ni en poner excusas amables.

«Marguerite, tienes un problema y deberías tratarte», le había dicho.

«Yo jamás te prometí nada, me debes confundir con uno de tus chulos».

Recordó el aliento desagradable de Lucius —como si siempre acabara de vomitar—, las mentiras, los insultos, y sintió una punzada de llanto en el pecho y en los ojos. Había quemado los billetes de barco. Las cenizas estarían ahora en alguna cloaca de París, como sus últimos sueños.

Ahora sería Cesare el que recibiera información sobre Lucius, y no al revés, aunque sabía que ese italiano también la estaba utilizando.

Cesare, Lucius… Nunca sería, para ninguno de los dos, más que una puta.

«Nadie te quiere, estúpida, ¿cómo iban a quererte a ti?

Traidores, cerdos odiosos el dinero es importante por qué todos me odian traidores, es importante mantén la boca cerrada llegué a quererle cerdo asqueroso… ».

Corrió a coger el tranvía, tratando de librarse de todas aquellas palabras que, como puñaladas cortas y rápidas, le atravesaban el alma.

Al subir al vehículo, inusitadamente vacío, casi sin aliento, le pareció que alguien la estaba observando.

Sintió un escalofrío. Se dio la vuelta, cerrándose el abrigo.

Allí no había nadie. No había nada. Se preguntó si, definitivamente, se habría vuelto loca, como decía Lucius.

Agarró el colgante y lo apretó contra su pecho, esperando algún tipo de sosiego; sin embargo, el nudo en el estómago se hizo más intenso.

* * *

París, camino a Montmartre

Desde su coche, ataviado con su capa negra y su chistera, Cesare admiró las calles de la capital francesa, a la luz de un crepúsculo extraño que no tenía el color habitual.

La Torre Eiffel se alzaba hacia el cielo rojizo como una portentosa cúspide supranatural.

París era un vórtice, y su poder se desvelaba solo a los auténticos iniciados, los instruidos en Trimegisto, Paracelso o Guenon, los verdaderos seguidores de Isis.

Solo un iniciado con la formación y experiencia que él tenía, sabría manejar esa energía que no era visible, la vibración subterránea en las líneas geodésicas, la sangre telúrica que corría por las arterias de París.

Sonrió, exultante y orgulloso de sí mismo.

Se sentía diferente y privilegiado, muy por encima de esos pobres franceses, inmersos en sus rutinas cotidianas, ajenos a lo que sucedía cada día en sótanos secretos, en lujosas salas de reuniones, en locales clandestinos.

Cuando llegaron a las cercanías del bulevar de Clichy, el chófer detuvo el coche y Cesare, apoyando la mano en su bastón con pomo de marfil, bajó del coche, despertando algunas miradas de los transeúntes. Orgulloso, consultó su reloj de cuerda plateado y caminó hacia su cita en L’Enfer.

Le gustaba estar de vuelta en la Ciudad de la Luz.

Aunque las veladas en el cabaret ya comenzaban a aburrirle, resultaban obligatorias para que la alta sociedad francesa comprobase que seguía en el cogollo de las sociedades secretas y de las celebraciones más ocultas y exclusivas; en resumen, que formaba parte de la élite.

De ese modo, reforzaba su poder y se aseguraba contactos que podían ayudarle en su ascenso.

Cuando llegó a L’Enfer Cabaret, observó la fachada del edificio una vez más.

Una enorme boca abierta hacía las veces de puerta, y la mezcla de demonios y gárgolas esculpidos en las paredes de aquella especie de castillo arabesco, con sinuosidad barroca, contrastaban con el contiguo Cabaret Le Ciel, cuya plácida fachada mostraba apenas unos ángeles que coronaban la puerta.

L’Enfer Cabaret albergaba dos mundos: el piso de abajo estaba dedicado a amantes de lo excéntrico y seguidores de la Blavatsky que quisieran presumir de su visita intrascendente a ese curioso lugar de Montmartre.

Las esculturas de «condenados» en el techo prácticamente invadían las mesas.

Se podían tomar todo tipo de bebidas exóticas y se celebraban burdas funciones: los «parlamentos infernales» de un actor disfrazado de Mephisto que «asustaba» a los clientes en el espectáculo nocturno.

Todo ello era solo una farsa, una atracción para turistas.

Lo que alimentaba la leyenda era la existencia de un piso de arriba mucho más sórdido, al que solo accedían iniciados y gentes poderosas, y en el que, además de bebidas exóticas, se servían otro tipo de consumiciones que no eran precisamente inocuas.

Cesare sonrió pensando en ello, pues los que así lo narraban no sabían que la verdad siempre supera a la ficción.

Atravesó el piso de abajo, rápidamente, mostrando su desprecio hacia lo que le parecía un teatrillo de varietés.

Al piso de arriba solo se podía acceder, previa contraseña, por la escalera de caracol que se hallaba en un rincón del local.

Una vez arriba, golpeó la puerta con la aldaba tres veces.

Una voz masculina le preguntó la contraseña.

—Tulku —recitó en voz baja.

La puerta de madera antigua se abrió. Cesare entró en la salita de piedra que estaba tal como la recordaba: apenas cinco pequeñas mesas octogonales, sillones de terciopelo rojo oscuro y unas enormes cortinas de la misma tela, que cobijaban el escenario.

En las paredes, telas milenarias representaban antiguos aquelarres, y las figuras de diablos personificaban diferentes nombres de la oscuridad, como Pazuzu, Baphomet o Samael.

Una descomunal alfombra de color rojo sangre cubría el suelo.

La sala casi siempre estaba en silencio, en contraste con las risas y el ruido vulgar del piso de abajo.

Y lo que sucedía en el escenario, a partir de las doce de la noche, iba más allá de cualquier farsa trovadoresca.

Percibió un aroma húmedo, diferente al habitual.

Marguerite le esperaba en el sofá de terciopelo que solían elegir, con el vestido y chal dorados que le había regalado, a juego con sus ojos felinos.

— Ma bellisima occhi d’oro —exclamó Cesare, inclinándose para besarle la mano. Los ojos amarillos de Marguerite brillaron en la penumbra levemente anaranjada de la sala.

— Bonsoir, monsieur Cesare, ¡qué apuesto y elegante estás hoy!

Cesare sonrió, tomó asiento junto a Marguerite y llamó a la camarera, una jovencísima rumana, vestida con terciopelo oscuro, extremadamente delgada, que, al ver a Cesare, se acercó hasta la mesa con una botella de champán Moët & Chandon.

—Disfrútalo, bella ninfa del Hades —le dijo Cesare a Marguerite, con un desdén casi imperceptible, mientras la joven servía en las copas el líquido espumoso.

Marguerite se acarició los rizos pelirrojos colocándolos de forma coqueta sobre las orejas, sin dejar de mirar a Evola.