Capítulo 6 Cuando se rompan el cielo y el suelo
Cuando se rompan el cielo y el suelo
París, Pont des Arts
Desde el puente, entre la neblina rosada, Théo observó los lados de ambas riberas del río.
Estaban especialmente vacíos, las tormentas eléctricas estaban asustando a la gente.
Los metros seguían cerrados y estaba agotado de andar por todo París.
Le dolía enormemente la rodilla. Hacía ya casi tres días de su cita en el parque.
Había logrado llegar allí jadeando y sudando, a pesar de las advertencias de Urik, pero el acceso estaba cerrado y Ginebra no estaba.
Burlando el encierro por el estado de alarma acudió al Café de Flore, su única referencia, y les dio un sobre cerrado a los camareros, con un mensaje, por si ella acudía.
No creía que hubiera respuesta jamás. Al menos, Urik había accedido a custodiar el maletín con los papeles, mientras él iba en busca de Ginebra. Una búsqueda imposible.
En la bolsa marrón llevaba, únicamente, el paquete de terciopelo.
Se había propuesto arrojarlo al Sena, pero una especie de fidelidad a Ginebra le impedía hacerlo.
«Qué diablos, no volveré a verla nunca».
Se descolgó la bolsa y la sostuvo por la correa, balanceándola por encima de la barandilla del puente, unos instantes. Solo tenía que soltar…
—¡Théo!
Al reconocer la voz se giró estupefacto. Una silueta femenina se dibujaba en la niebla rosácea. No, no podía ser. El corazón le dio un vuelco cuando la mujer se acercó y pudo verle el rostro.
—¡Ginebra! —exclamó.
Se miraron durante unos instantes. El coral del cielo confería al abrigo y a la piel de Ginebra un tono grave. En su expresión había una sorprendente serenidad.
Eran las dos únicas personas que había en el puente en aquel momento, quizás en toda la zona… A lo lejos, algunos transeúntes corrían hacia el metro a resguardarse de la lluvia que comenzaba a caer, y de los truenos que hacían presagiar una nueva tormenta.
—¡Ginebra! —gritó Théo con los ojos llenos de lágrimas—.
¡Ginebra, lo siento! —le dijo, con un hilo de voz, mientras el viento comenzaba a soplar cada vez más fuerte—.
¡No he huido, fue la tormenta! ¡Aun así, logré llegar al parque, pero ya no estabas!
, ¡te busqué por todos los medios posibles, no tenía ninguna dirección tuya!
Dios mío, no sé ni por dónde empezar, fui a buscar ayuda, ¿sabes? Urik me dijo que…
—No hace falta que termines —convino ella, poniéndole el dedo índice sobre los labios, suavemente.
—No te miento, Ginebra.
—Sé que no me mientes. No he dormido en toda la noche, estuve en una especie de travesía surrealista…
y, cuando vi esa enorme grieta en el cielo…
y en el suelo, supe que tenía que venir aquí, que lo que había dicho Eidna era cierto.
Y al mirarte a los ojos he visto… y he creído.
Quizá me equivoque, pero sé que debemos abrir eso, sea lo que sea. Y sé que tenemos que hacerlo juntos.
Théo asintió, algo desconcertado, pero sin dejar de mirarla a los ojos con un fiero entusiasmo.
—¡Vamos allá! —gritó, por encima del ruido del viento que soplaba cada vez más fuerte. Abrió la bolsa marrón, extrajo el paquete envuelto en terciopelo y sacó de uno de sus bolsillos un mechero de gasolina.
—¿Preparada? —preguntó Théo, con el cabello revuelto por el viento.
—Preparada —respondió Ginebra, apartándose el pelo alborotado de la cara.
Théo protegió el sello burdeos del viento y de la llovizna, mientras acercaba la llama del mechero.
Ginebra lo rodeó con sus manos para resguardarlo.
Poco a poco la cera se fue derritiendo y el cordel rojo cayó al suelo, pero debajo había un sistema metálico, una especie de grapa enorme, que Théo nunca había visto en ningún tipo de cierre.
—Un momento —dijo Ginebra—. Déjalo en el suelo y apártate.
Extrajo del bolsillo de su abrigo su pequeña pistola, apuntó y disparó justo en el cuello de la envoltura de terciopelo.
—¡Vaya, eso es puntería! —exclamó Théo, asombrado—. ¡No sabía que tenías una Derringer!
—Puedo hacer blanco cuando no estoy lejos. ¡Abrámoslo! —gritó Ginebra, alzando la voz por encima del viento.
Théo retiró el precinto metálico hecho pedazos y ambos abrieron la bolsa de terciopelo que tenía los extremos quemados por el balazo.
Debajo había más capas. Ginebra notaba el dolor de cabeza y el vértigo, pero decidió que aguantaría lo que fuera por llegar al final de este asunto.
Théo extrajo de la bolsa unos guantes y le dio un par a Ginebra.
Con ellos puestos, desenvolvieron todo el terciopelo hasta que apareció una gasa fina parecida a la seda.
—Sí que se han esforzado —dijo Théo.
Théo y Ginebra apartaron la gasa y, con manos temblorosas, sujetaron la pieza circular que apareció debajo.
Al fin lo tenían ante ellos. Ambos observaron desconcertados aquel disco de barro cocido que no era mucho más grande que un plato de café, pero sí muy pesado.
Tenía los bordes irregulares y una espiral grabada, dividida en pequeños trozos, cual si fueran casillas, y en cada una de ellas había un símbolo distinto.
—Dios mío… ¡He visto eso antes! —exclamó Ginebra, recordando los símbolos que aparecían en su sueño.
En la parte central, en el vórtice de la espiral, había una flor. Le dio la vuelta al disco y vio que, en la otra cara, en la parte central análoga, había algo que se asemejaba a un saco junto a unas herramientas.
—¿Cuántos años puede tener esta cosa? —preguntó Théo, alzando la voz por encima del viento.
—No tengo ni idea —dijo Ginebra, anonadada, observando las dos caras del objeto—. ¿Te has fijado? No son iguales. Los signos varían.
—Y no pueden ser más raros —observó Théo—. Bueno, ¿y esto es todo? ¿Por un maldito posavasos de barro más pesado que un peñasco nos estamos jugando la vida? ¿De dónde salían las vibraciones? Porque yo no veo nada especial en esta cosa… ¿Estás bien, Ginebra?
—No —dijo ella.
Théo la sujetó. Ginebra creyó que caería al suelo, pero, en lugar de eso, comenzó a experimentar una repentina calma.
—Un momento —susurró Ginebra. De pronto se había dado cuenta de que el viento había desaparecido—. ¿Oyes los truenos? No hay truenos… Y ya no llueve.
Miraron a ambos lados del puente. Los pocos coches que circulaban estaban parados. No había nadie, solo algún transeúnte, a lo lejos, detenido, como si su imagen se hubiera congelado. La realidad parecía haber quedado suspendida en el tiempo.
—Dios mío… —murmuró Ginebra, conmocionada.
Théo miró a su alrededor y palideció: no soplaba ni una brizna de viento, no se escuchaba ningún ruido.
—¿Qué está pasando? ¿Qué diablos está pasando aquí? —dijo Théo—. ¿Es otro de tus truquitos? —le dijo al disco de barro.
Ginebra, en silencio, se quitó los guantes, puso sus dos manos blancas, delgadas y temblorosas, a ambos lados del disco, las movió lentamente alrededor de la circunferencia, y le pareció percibir algo.
—¡Cuidado, Ginebra!
—No pasa nada. Pon las tuyas también, Théo…
—¿Por qué?
—Porque lo he «visto» —dijo ella—. No sé por qué, solo sé que tenemos que hacerlo.
Théo se quitó los guantes, puso una de sus manos en el lado superior del disco y la otra en el inferior.
—¿Notas algo?
—No, de momento —repuso ella—. El dolor de cabeza se ha suavizado, y el vértigo también.
Aguardaron en silencio unos instantes.
—En fin, me parece que no funciona… —manifestó Théo.
—¡Espera! ¡No quites las manos!
Ginebra sintió en sus brazos una vibración que subía hasta la cabeza y hormigueaba en su garganta.
—Mantén los ojos cerrados, Théo. Sigue tocándolo.
—Yo también noto algo, ahora… —dijo él.
Permanecieron unos segundos con los ojos cerrados, en silencio absoluto.
De pronto, el suelo comenzó a temblar. Un trueno fragmentado, más fuerte que ninguno de los estallidos que hubieran escuchado jamás, sacudió los cimientos del mundo. Ginebra pensó que la trompeta del Apocalipsis tenía que sonar así.
—¡Dios santo! —gritó Théo.
Una corriente de viento salvaje sacudió los árboles. El cielo había tornado del color rojizo al escarlata intenso. Volvían los relámpagos y los rayos.
—¡No lo sueltes, Théo! ¡No sueltes! —gritó ella, con firme determinación.
El Sena se agitaba, rompiendo su perfecto espejo escarlata, el agua trazaba una espiral cada vez más grande que se abría ante ellos como una especie de laberinto hacia un abismo insondable.
Aterrada y mareada por el vértigo, Ginebra cerró los ojos lo más fuerte que pudo.
Théo estaba gritando algo, pero el ruido del viento era ensordecedor.
Cuando abrió los ojos la espiral había desaparecido; sin embargo, el río se movía de forma salvaje.
El viento volvió a azotar el puente y comenzó a llover como si el cielo entero se derramase sobre la tierra.
La tempestad se desató, agitando árboles y edificios.
Los pocos coches que circulaban habían vuelto a moverse: una histeria de cláxones descontrolados, frenazos y colisiones se escuchaba, amortiguada por el ruido del viento.
A lo lejos, algunos peatones corrían despavoridos.
Hojas, trozos de cartón y pedazos de bolsas volaban en el aire, junto con el polvo que se había levantado.
Ginebra sentía el disco arder en sus manos.
Al otro lado del puente, por encima del hombro de Théo, distinguió la figura de un hombre que se acercaba, entre la niebla, luchando contra el viento.
Conocía a aquel hombre. Sintió un escalofrío de terror.
En décimas de segundo calculó el tiempo que le llevaría sacar la Derringer… No, sabía que no podía soltar el disco.
—¡Es Lucius! —gritó Ginebra, por encima del ruido del viento.
—¿Cómo? —gritó Théo.
Théo se giró, y miró a Ginebra.
—¡Vienen a por nosotros!
En ese momento Ginebra recordó las palabras de Eidna y decidió confiar en su propia intuición. Miró a Théo a los ojos.
—¡No lo sueltes, Théo! —gritó, por encima del viento.
—¡No voy a soltarlo, Gin! —exclamó él, y su mirada cobró una seguridad inusitada.
—¡Hasta el final!
—¡Hasta el final!
Lo último que Ginebra pudo ver fue a Lucius apuntándoles con una pistola. De pronto, una luz brillante como un cometa la cegó, seguida por una explosión. Sintió un halo de electricidad que la rodeaba y a la vez se integraba en ella. Todo había desaparecido.
Cuando Lucius abrió los ojos, percibió un olor a madera quemada. Un policía se acercaba corriendo a él.
—¿Está usted bien? ¡Ha sido un rayo! Creo que ha sido un rayo…
—¿Qué está diciendo?
Lucius recordó haber visto una especie de explosión. Miró a su alrededor. En el lugar donde había estado Ginebra solo quedaba una grieta que atravesaba parte del puente. Olía a humo.
—La mujer que estaba en el puente, ¿dónde está? —preguntó impaciente.
El policía se encogió de hombros, desorientado.
—¡Apártese! —gritó, corriendo hacia la barandilla. Se asomó: el Sena fluía tranquilo. Ya no llovía. Corrió hacia el otro lado del puente. Ni rastro de Ginebra ni de aquel tipo. Lucius golpeó la barandilla del puente, maldijo y escupió sobre el Sena.