El cabaret del infierno Capítulo 5 Solsticio de invierno #3
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Capítulo 5 Solsticio de invierno #3

—Vaya bombón —proclamó Antonin Artaud, mirándola de pies a cabeza—. ¿Está usted mentalmente enferma? Yo sí, y el resto de la sociedad también, ¿sabe? Pero nunca lo confesarán.

Michel Leiris agarró a Artaud del brazo y lo alejó de ellos.

—Perdonadle, está muy borracho.

—Un día, a la hora del ángelus, habrá que taparse los ojos y pintar una botella; si sale verde, será absenta, y si no, la Purísima Concepción —dijo una voz que Ginebra reconoció al instante.

Era Salvador Dalí, ese pintor cuyos cuadros parecían abrir, con una perfección casi irreal, accesos a otras dimensiones.

Durante un rato charlaron sobre su teoría de la paranoia crítica.

Aquella noche bebieron absenta, hicieron un cadáver exquisito al que denominaron Le solstice , encendieron velas para escribir relatos inspirados por el color del cielo y hablaron de la proximidad de la guerra.

En un momento dado, cuando la madrugada dio paso a un alba de ceniza y oro, Ginebra creyó ver, en uno de los muros de la casa, una sombra trémula que, a la luz de las pocas velas que quedaban encendidas, se alargaba hacia el techo.

«Es una sombra, solo eso», se dijo. Sin embargo, de algún modo «sabía» que no lo era.

Su corazón comenzó a latir rápidamente y un aire frío como el hielo le encogió el pecho.

No pudo evitar recordar las palabras de Eidna respecto al «hombre de sombra».

Miró de nuevo aquel pedazo de pared entre ventanas; allí no había absolutamente nada.

Al salir, Breton ayudó a Ginebra a bajar las escaleras y caminó junto a ella en silencio, como si tuviera que ordenar sus pensamientos, en dirección al Sena. Estaba agotado, pero la ilusión no había dejado de brillar en sus ojos.

—Algún día ha de contarme algo más sobre usted y sobre su escritura —le pidió, ya en las cercanías del Quai de Conti—.

Sepa que quiero preguntarle por todos sus versos…

Con su poesía, la noche se enciende en toda clase de fuegos; sin usted solo nos queda un día de pan y comercios, un cuentacuentos medio.

Ginebra sonrió tímidamente. Nadie le había preguntado por su poesía, por sus versos. Se sentía inflamada de una alegría que debía contener.

André la miró a los ojos, se acercó a ella y la besó en los labios. Fue un beso breve pero infinito. Ella se retiró.

—André, yo… —dijo Ginebra, con forzada frialdad, mientras empujaba la emoción y las lágrimas hasta la boca del estómago—. Verá, ha sido una noche maravillosa, le admiro mucho y me encantaría… estar más tiempo con usted, pero…

—No pierde nada si se queda ahora.

Ginebra se mordió los labios, apesadumbrada.

—Está usted cansado, André. Y también está casado.

André Breton se sonrojó, contrariado.

—Ambas cosas tienen solución.

Ginebra sonrió, con tristeza. Una parte de ella quería creerlo, y quería olvidar su propia situación.

—Romperemos esa farsa del tiempo, ¿verdad? —preguntó André. Y por primera vez vio tristeza en su mirada, y también a un hombre que realmente quería conocerla y creer en sus sueños, a pesar de lo que ocurría a su alrededor. A pesar de todo.

Ginebra asintió, le sostuvo la mirada unos segundos y después comenzó a andar con las manos en los bolsillos, el corazón latiendo con fuerza en el pecho.

André la observó mientras se alejaba, se puso su viejo sombrero, se ajustó la bufanda y caminó despacio en dirección contraria.

Ginebra no pudo contener las lágrimas que comenzaban a derramarse, llenas de dulzura y dolor.

Se limpió con un pañuelo, mientras caminaba sin destino, perdida en sus pensamientos, observando el rosado Sena bajo el Pont Neuf, a la luz del cielo del alba, que cobraba ya el tono rojizo de los últimos días.

En la lejanía nebulosa de las visiones, un círculo se completaba, algo estaba llegando al límite.

Pero… ¿el límite de qué? ¿Por qué sentía que estaba atravesando una frontera?

De pronto, un ruido atronador partió en dos la realidad, seguido de un sonido parecido al de una potente descarga eléctrica.

El suelo tembló. Permaneció en shock unos instantes, sin poder reaccionar.

La gente, en la calle, señalaba al cielo.

Ginebra alzó la vista para contemplar, con los ojos muy abiertos, la enorme brecha sanguínea que se dibujaba más allá de las nubes.

Justo debajo, el Pont des Arts la observaba desde su majestuoso sigilo, sobre la masa oscura del Sena.

El Pont des Arts…, ¿cómo había terminado precisamente allí?

— Mon Dieu! ¡Parece una herida! —exclamó un estudiante.

Un pequeño corro de gente se había arremolinado en torno a una parte de la calzada y miraban al suelo.

Ginebra avanzó y se abrió paso entre el gentío para descubrir una enorme grieta negra que llegaba hasta el río y que aún humeaba.

El olor a alquitrán quemado y los murmullos de la gente le confirmaron que un rayo bestial había dividido el asfalto en dos.

Volvió a alzar la vista al cielo dividido.

«Cuando se rompan el cielo y el suelo…», murmuró Ginebra.