Capítulo 5 Solsticio de invierno #2
Ya en la calle, Ginebra respiró hondo y se alejó con las manos en los bolsillos, bajo el cielo inflamado. Eidna, desde la puerta de su casa, apoyada en su bastón de madera, la observó alejarse por la callejuela.
—Ten cuidado, niña —murmuró—. Nadie puede ayudarte, allá donde vas…
* * *
París, Barrio Latino
Ginebra terminó su sopa de cebolla con queso y se cerró el abrigo.
Hacía un frío hiriente, como correspondía a un 21 de diciembre en París, y la buhardilla no estaba muy bien aislada.
El dolor de cabeza no había vuelto a molestarla después de la visita a Eidna, pero toda la noche húmeda y melancólica de París se le había metido en el pecho y la hacía recordar, la hacía llorar.
No pudo evitar pensar en Théo. ¿Dónde estaría ahora?
Recordó las palabras de la hechicera y la visión de Théo en el Pont des Arts.
Medio París estaba cortado, y quizás ese puente también. ¿Merecería la pena ir allí?
Por más que trataba de unir las piezas seguía sin saber qué significaba «Stver», y por qué Théo y ella tenían los mismos sueños, qué había ocurrido en San Víctor, qué era ese condenado objeto y por qué los había unido. Eran demasiadas preguntas sin respuesta y se estaba volviendo loca.
Decidió que tenía que salir. Estaría más caliente andando a paso rápido por la calle que en esa buhardilla. Si Lucius la encontraba sería en acción.
Se puso otra chaqueta debajo del abrigo, una bufanda gorda, y salió a la calle.
Descendió por la Rue de la Montagne-Sainte-Geneviève, hacia el Sena, buscando algún restaurante donde estar caliente un rato.
No resultaba normal —nunca resultaba normal— que una mujer fuera sola a un restaurante o a un bar.
Se preguntó si algún día podría dejar de eludir miradas acusadoras y de inventar que tenía un marido.
—Si yo fuera usted vendría conmigo —dijo un hombre ataviado con un abrigo modelo antiguo que Ginebra no tardó en reconocer.
—¡André Breton!, no pensaba verle por aquí…
—Yo tampoco pensaba verme por aquí, bella Godelieve. Estaba en Le Dôme, pero se ha convertido en un tugurio. Y me aburre la Closerie des Lilas.
—Yo pensé que seguía usted en México —dijo Ginebra, divertida.
—Hay un tiempo para todo. En el año 38 se impone morir en París. Además, uno tiene esperanza en que las cosas puedan cambiar y sea posible… encontrarla a usted, antes de alimentar con nuestra sangre a los peces de la memoria, en la inmensa noche del sol.
Ginebra sonrió. Hacía tiempo que le gustaba la poesía de aquel escritor de los célebres manifiestos surrealistas. Habían coincidido un par de veces en lugares del Barrio Latino y Montmartre, y André había leído sus poemas bajo el seudónimo «Godelieve».
—¿Y no ha ido usted al Cabaret del Infierno o al del Cielo? —le preguntó—. Están muy de moda.
André Breton hizo una mueca entre la incomodidad y una cierta inquietud, postró su rodilla en el suelo, se inclinó y le besó la mano con elegante delicadeza.
—Quizá no haya oído lo que se dice que sucede allí…
Esos sitios no la merecen a usted. ¿Puedo llevarla a un lugar en el que los rituales del solsticio le regalarán a su mirada sublime algo diferente?
Es usted demasiado bella y convulsiva para perder la línea curva y quedarse con la parálisis del tiempo —opinó André, mirándola a los ojos con una sinceridad de niño que contrastaba con la complejidad de su lenguaje—.
¡Venga conmigo! ¡Sea mi Nadja, solo por esta noche!
Yo le enseñaré el otro lado de París. Hoy el cielo nos regala, otra vez, su inesperado vino de poesía. Será una auténtica quite .
Ginebra titubeó unos instantes, pero, finalmente, cuando él le ofreció su brazo, ella aceptó.
—Las quite me apasionan. Me encanta convertir los elementos en poesía.
—Empiece usted —pidió Breton, mientras caminaban en dirección hacia l’Île Saint-Louis—. Transforme el puente de Tournelle en una sinfonía, y los edificios en turrón español.
De esta manera, comenzaron el juego surrealista de la quite , transfigurando elementos reales en imaginarios, en virtud de las semejanzas que la intuición encontraba interesantes.
Intercalaron un par de paradas rápidas para degustar vino y entrar en calor, chocaron con calles cortadas, siguieron a desconocidos, imaginaron tramas…
El caos creativo los llevó a la Rue de la Huchette, como si una llama los hubiera impulsado.
—Godelieve, me gustaría saber a quién ama desesperadamente o a quién odia hasta desearle la muerte. ¿Es usted desmesurada?
Ginebra guardó silencio y sonrió.
—Las mujeres molestamos cuando lo somos.
—¿Lo ve? Alguien la reprime. O algo… No me dirá si está usted casada, ¿verdad?
Oh, perdone, estoy sin civilizar, me vanaglorio de ello, pero no pretendo ofenderla, al contrario; es subversivo ser un caballero romántico y soñador, hoy en día, mientras la putrefacción avanza y llega el Apocalipsis.
Si se atreve, me acompañará a un sitio que queda cerca de aquí y donde verá a más surrealistas juntos que en toda su vida.
—¿Han hecho ustedes otra Exposición Universal?
—No —reconoció André, riendo—, se trata de la celebración del solsticio. Vamos, Godelieve, en el fondo está deseando saber de qué le hablo —dijo, y volvió a sonreír.
No lo hacía de un modo pícaro, en sus palabras había inocencia, una inocencia plena de una emoción que la conmovía.
Caminaron hasta llegar a un portal que se hallaba junto a un tugurio cercano a la Rue de la Huchette. Breton dijo la contraseña: Pataphysique , y la puerta se abrió.
—Nos la inspiró Alfred Jarry —le confesó a Ginebra, sonriendo.
Subieron las viejas escaleras de madera hasta llegar a una pequeña habitación donde se concentraban, apretadas, unas treinta personas, fumando y bebiendo, mientras contemplaban los ejercicios de escritura automática o, como decían ellos, «automatismo psíquico», que realizaban algunos de los artistas.
—Como verá, Godelieve, no le presento a nadie porque nunca sé a quién acabaré expulsando —bromeó Breton, en voz baja.
Saludaron a Crevel, Eluard, Desnos y a Alice Rahon. No le pasó desapercibido el hecho de que Breton ya no hablaba con Dalí ni con Éluard.