Capítulo 5 Solsticio de invierno
Solsticio de invierno
El parque de Montmartre se había convertido en un barrizal, un desastre de árboles quebrados, objetos que habían volado por los aires y columpios rotos.
El acceso estaba cerrado y las calles bloqueadas.
Una vez de vuelta en casa, el estado de alarma y la obligación de reclusión ante las nuevas tormentas la habían mantenido encerrada en la buhardilla dos días enteros, con un dolor de cabeza que iba en aumento y no cedía con las aspirinas, y siempre con el revólver a mano.
Suponía que Théo tampoco habría podido llegar a la colina. O quizás había otras razones. Si Théo no era quien decía ser, si iba a traicionarla, mejor saberlo ahora. Recordó aquellos versos del poema de Poe: «Y todo lo que amé, lo amé solo».
En el bolso llevaba el sobre con la dirección del piso franco.
Esta vez había tomado una decisión: no pensaba huir.
Necesitaba rehacerse, encontrarse de nuevo y creer en sí misma, salir del pozo en que Lucius la había metido.
Quien quisiera encontrarla, la hallaría allí, en esa buhardilla, entre sus escritos y sus fotografías, lo único que le quedaba.
La casa de Eidna se encontraba en la parte baja de Anvers.
No le agradaba el recorrido, pero, a pesar de lo que le dijera Claire, necesitaba desesperadamente quitarse el dolor de cabeza, agravado por los síntomas que tenía desde lo ocurrido en Londres.
Así era como, hacía meses, había entrado en contacto con la llamada «hechicera de Anvers», buscando remedio para los dolores crónicos que la medicina no podía calmar.
Quienes los padecían sabían que uno haría cualquier cosa con tal de quitárselos.
En las fases de dolor, un día de calma era como volver a nacer.
Desde la avenida principal descendió por unas escaleras que se retorcían hasta llegar al final de una callejuela húmeda en cuyo suelo de adoquines rotos se reflejaba el color rojizo del cielo, que parecía estar lleno de electricidad.
Percibió un ligero temblor en el suelo. Era una especie de pulsión, como si la tierra estuviera latiendo de forma salvaje. Sentía algo que no podía definir con exactitud, algo parecido a dos serpientes calientes y heladas entrelazándose en torno a sus tobillos.
A medida que caminaba, entre vendedores ambulantes de comida y de alfombras persas, la calle se iba haciendo más estrecha y los ocasionales transeúntes desaparecían.
El sendero de adoquines, que descendía en curva, se hundía en una penumbra solitaria y fría.
Un gato marrón comido por la tiña maulló a su paso.
Ginebra miró hacia atrás. Ya no había nadie.
Delante, solo oscuridad y piedra. El suelo estaba mojado y lleno de grietas.
Avanzó hacia la oscuridad que ocultaba el final de la calle, hasta alcanzar, casi a tientas, la puerta de madera húmeda, cubierta por el musgo.
Agarró la aldaba y dio dos golpes fuertes.
La puerta se abrió solo unos centímetros, con un chirrido molesto.
Al otro lado, Ginebra distinguió a una joven que sostenía una vela y la miraba con desconfianza.
—¿Quién eres? —preguntó la joven, con acento del este.
—Vengo a ver a Eidna. Ella, probablemente, ya lo sabe. —La mujer de la vela dudó unos instantes, la miró de arriba abajo, y respondió:
—Sí, ya sé quién —contestó, con tono burlón y desagradable.
Cuando la puerta se abrió, Ginebra pudo ver el rostro de quien le hablaba, iluminado por la luz de la vela.
No tardó en reconocer a una de las huéspedes más antiguas de Eidna, una joven zíngara llamada Linka.
Tenía los ojos heterocromos, uno azul claro y el otro verde oscuro, y se maquillaba profusamente, como si quisiera resaltarlo, pero el rímel terminaba por hacer borrones en los bordes de sus ojos.
Su nariz aguileña, prominente, estaba excesivamente empolvada de blanco.
Caminaba con una cojera imposible de disimular.
Siempre la miraba de arriba a abajo, cuando cruzaba la puerta, mientras mordisqueaba un rábano que llevaba en la mano y olía a colonia comprada en los rastrillos del Bidonville.
Ginebra avanzó por el pasillo, encorvándose un poco, para no llamar la atención de aquella joven que la escudriñaba con un entusiasmo rabioso, como si quisiera desnudarla e insultarla al mismo tiempo.
—No tan guapa —masculló la zíngara, que aún no dominaba el idioma galo, y escupió al suelo un trozo de rábano masticado—. Un día, yo guapa. Un día, yo poderosa.
Ginebra siguió avanzando hasta el fondo del pasillo, mientras escuchaba el ruido de su respiración congestionada.
La puerta estaba abierta, así que se deslizó sigilosamente hacia la habitación de Eidna.
La anciana se hallaba de pie frente a un barreño de agua en el que se movían unas turmalinas y unas velas, y parecía estar hablando sola.
Movía los labios en susurros, en un idioma incomprensible.
Era una mujer larguirucha, con melena grisácea, sucia y despeinada, la nariz prominente, los ojos anaranjados, siempre entrecerrados y arrugas profundas en el rostro; la torpeza en sus movimientos y el temblor en la voz delataban una avanzada edad, pero nunca le había revelado a nadie cuántos años tenía, de manera que las huéspedes a las que alojaba en su casa se divertían haciendo apuestas.
—Eidna, por favor, necesito tu ayuda, esta vez el dolor es más fuerte —rogó Ginebra, impaciente.
Eidna la observó con detenimiento; se acercó a ella apoyándose en su bastón, al tiempo que se cerraba el chal de lana con la otra mano. Los destellos de las velas cubrían la habitación de luces y sombras y conferían a las paredes desconchadas un aspecto aún más lúgubre.
Ginebra se quitó el abrigo y lo abrazó contra su pecho.
—Deja de esconder tu luz —dijo Eidna—. No te escondas. Vayas donde vayas querrán hacerte daño. No puedes evitarlo.
—¿Quiénes quieren hacerme daño? —preguntó Ginebra, irritada por el tono ambiguo que siempre empleaba Eidna al hablar.
—Te sientes sola… siempre te has sentido sola…
Ginebra evitó mostrar el dolor que aquellas palabras le producían.
—Eidna, si he venido después de tanto tiempo es por…
—Y lo estás —interrumpió Eidna, sin dejar de mirarla a los ojos—. Estás sola. Porque te gustaría que te quisieran. Porque tú no deseas odio, ni rivalidad, ni dolor; tú quieres su amor, el amor de los demás.
Ginebra se sonrojó y se quedó callada. Era como si Eidna estuviera conectada con energías remotas que ella no conocía, pero sí podía intuir.
—Sí, niña, te veo, siempre te he visto. Tienes un espíritu sensible, pero debes dejar de anhelar y de compadecerte, y actuar. Y no podrás evitar que te vean. Naciste bajo el cometa, debes aceptar el signo del fuego.
—¿Qué quiere decir eso?
—Yo no puedo ayudarte. Tú no crees en mi poder.
—Yo… Ya no sé en lo que creo…
—Ese es el problema. Eres poderosa, más de lo que crees, pero no quieres verlo. Temes a los demás. Te escondes…
—Entonces… ¡ayúdame!
—No puedo, ya te lo dije.
—¡No tengo tiempo! Me buscan. ¡Te lo ruego, te lo imploro, ayúdame, por favor! Por favor…
—Quieres que te diga qué hay en esa bolsa, si debes abrirla, si tu amigo volverá con ella. Si traerá ayuda. Si es realmente tu amigo. Si te matarán por abrirla o si te matará lo que haya dentro.
Ginebra miró a la hechicera con perplejidad, con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó, mientras Eidna permaneció en silencio—. Está bien, si no vas a decirme nada, al menos quítame el dolor. Quiero que pare —pidió Ginebra, agotada y sin poder aguantar el llanto—, ¡necesito que pare!
—Para eso puedo darte algo. Pero has de saber que el dolor cederá cuando no evites lo que temes. Solo debes confiar.
—En qué, ¿en quién?
—En ti, niña. En ti.
La vieja Eidna le dio la espalda y caminó con su bastón. Se situó detrás del lago de turmalinas y apagó las velas. De pronto, le mostró un hilo de polvo que tenía en la palma de la mano. Sopló con fuerza y Ginebra comenzó a toser.
—Nada se puede explicar porque todo ya termina. La elipse se está cerrando. La puerta ha sido abierta —confirmó Eidna.
—¿La puerta? —preguntó Ginebra, sin parar de toser, mientras el polvo de color tierra se extendía por la habitación.
—Ese objeto no debió ser encontrado, y la puerta no debió ser abierta. Tú debes discernir, solo tú sabrás cuál es la verdad. Cuando el hombre de sombra se acerque, cuando el volcán estalle y el cielo se rompa igual que el suelo, lo verás. Lo sabrás.
Ginebra recordó instantáneamente las imágenes de sus sueños: «No debisteis abrir la puerta». Había oído esas palabras en alguna parte.
—¿Qué es? ¿Qué hay en esa bolsa de terciopelo? ¡No encuentro a Théo!
Ginebra, sin aire, cayó al suelo, y la lámpara de pie cayó después, el resto de las velas se apagaron y todo quedó a oscuras. En medio del sopor, vio el Pont des Arts, y la figura de Théo dibujándose entre la niebla.
—¿Estás bien, niña?
Ginebra abrió los ojos y miró desconcertada a Eidna, que estaba allí, de pie junto a ella, tan serena como si nada hubiese ocurrido. Se incorporó. La antigua lámpara estaba en su sitio, la luz de las velas volvía a iluminar la habitación, y ella se sentía aliviada, ya no le dolía la cabeza.
—¿Eidna…?, ¿qué ha pasado?
—No ha pasado nada… Tu tiempo de consulta se ha acabado.
—Yo…
—Vamos, no seas pesada —dijo limpiando la mesa con expresión de sorna—. Sal de aquí. No deberías venir por estos sitios podridos —añadió con una sonrisa torcida que dejaba ver sus encías sin dientes.
—Quizá todavía no sepa quién soy… —reconoció Ginebra, mirándola a los ojos—, pero creo que tampoco quiero ser como tú.
Ginebra salió de la habitación, y al llegar a la puerta se encontró de frente con Linka, que le dedicaba una de sus miradas desafiantes.
En lugar de agacharse, se irguió y pasó por delante de ella sin concesiones.
Linka mordió el rábano con rabia, sonrió de forma burlona, mostrando los restos de hortaliza en los dientes, y se marchó cojeando por el pasillo.