El cabaret del infierno Capítulo 4 La Hermandad AvGull
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Capítulo 4 La Hermandad AvGull

La Hermandad AvGull

Berlín, Mitte

Cesare caminó bajo la llovizna por la Vos Strasse hacia su última cita con Rudolf Hess, antes de retornar a París.

No le agradaba Alemania, pero aquella breve estancia en Berlín le había dado la oportunidad de visitar a algunas viejas conocidas.

En la Ciudad de la Luz le esperaban otras, entre ellas Marguerite, esa pelirroja morbosa de ojos dorados, que tenía un cuerpo obscenamente voluptuoso y un matiz de desequilibrio que le atraía especialmente.

Si no fuera porque temía crearle una idea equivocada de sus intenciones que, por supuesto, no eran serias, la llevaría al sur de Italia para poder disfrutar de sus carnales dádivas en un ambiente más cálido.

Se embozó en la capa, el aire era gélido y el cielo estaba totalmente cubierto de nubes rojizas. Le habían llegado noticias de una tormenta legendaria en París. Lo consideraba un vaticinio de futuros éxitos. Los elementos tenían su propia alquimia y el mensaje de transformación era evidente.

— Aus bal —saludó, al cruzarse con Marcus, otro miembro de la Hermandad AvGull que, a menudo, se reunía con Rudolf Hess.

— Bal auset —respondió Marcus, con su rictus serio y lánguido.

Al saludarse, siempre empleaban el lenguaje secreto de la Hermandad, una mezcla de noruego, antiguos dialectos del alemán y códigos inventados por el propio Hess.

Marcus era uno de los abogados más prestigiosos de la élite de París; era un buen vasallo, un buen coleccionista de monedas, pero no comprendía las energías ni los símbolos.

Compensaba esta debilidad formando parte de toda sociedad, club o partido que le diera opciones de poder y contactos.

Por ello, al igual que él, estaba también en la Teosófica, donde se movía información privilegiada del ministerio, el Gobierno y otras entidades.

Marcus le debía algún que otro favor y las filtraciones no se habían hecho esperar.

Gracias a esos datos, estaba seguro de que la pieza con la que Derek Koch había intentado comerciar era exactamente la que buscaban, y muy pronto sabría con exactitud el origen de la reliquia.

Cuando llegó a la sala en la que mantenían las reuniones clandestinas, en la nueva cancillería de la NSDAP, encontró a Lucius despidiéndose de Hess, al fondo de la sala, junto a la puerta trasera. Estaban muy cerca el uno del otro y Lucius no disimulaba su leve amaneramiento.

Cesare miró fijamente a Hess a través de su monóculo. Observó sus ojos brillantes, el rictus de su boca al despedirse de Lucius, y cómo, rápidamente, se apresuraba a adoptar una pose adusta, imponente, para recibirle.

—¡ Heil Hitler! —exclamó Rudolf, clavando el talón de la bota en el suelo, mientras Lucius salía por la otra puerta.

— ¡Heil! Hitler —repitió Cesare, fingiendo convicción.

—Lástima, Lucius acaba de irse.

—Lo sé, he apreciado tu… devoción por nuestro colega Fleedermaus —indicó Cesare, observando cómo Rudolf se sonrojaba levemente—. Y, sin embargo, no le has contado nada sobre la Hermandad AvGull…

—Lucius no está familiarizado con el tema esotérico. No es por ninguna otra razón…

—¿No lo es?

¿Intuyo un deje de desconfianza en tu voz, Cesare?

—«Yo sé que, después de mi partida, se introducirán entre vosotros lobos crueles que no perdonarán al rebaño…» —citó Cesare, consciente del efecto que su voz grave y sonora provocaba en los demás, mientras limpiaba su monóculo con un elegante pañuelo.

—Pablo de Tarso…

—¡Bravo! —celebró Cesare.

—Sabes que admiro tu vasta cultura, Cesare —reconoció Hess, mirándole entre la fascinación y el fastidio—. ¿Todo está controlado en la Hermandad AvGull? Es la nueva Sociedad Thule y, esta vez, seremos cautos. No habrá otra disolución.

—«Quieren devorar a los otros y temen ser devorados a su vez; por esto se estudian recíprocamente con miradas cargadas de sospechas». ¿No decía eso Lu Xun?

—Y decía bien —afirmó Rudolf Hess. Cogió una de las copas de vino dispuestas en la mesa junto a los sofás y se la ofreció a Cesare—.

Pruébalo. Ya sabes que no bebo alcohol, pero este Riesling es extraordinario —con las manos a la espalda se dirigió hacia la mesa de billar y observó la última jugada—.

Necesitamos que la Hermandad esté unida mientras avanzamos con Tür.

Cuento contigo para seguir obteniendo información de la Ahnenerbe.

Hay grandes planes, ya sabes que Lucius estará al mando de la operación Netz en París.

Si todo va bien, se extenderá a toda Francia.

Cesare bebió un trago de Riesling, aguantando el asco. Lucius estaba ascendiendo y llegaría lejos, como todas las cucarachas medradoras. Tenía que ganar puntos con Hess y, a la vez, cubrirse.

—Rudolf, en lo concerniente al proyecto Tür, aunque me gusta llamarlo Minotauro —comenzó Cesare—, debo decirte que, de momento, no se sabe nada de Koch, ni de la pieza; solo que debe tratarse de algo realmente fuera de lo normal, por la forma en que Himmler trataba de conseguirla a toda costa.

Parece que Koch obtuvo la reliquia en unas excavaciones, aunque el área es desconocida —mintió.

A diferencia de Himmler y de Hess, él tenía pistas cada vez más claras—.

Himmler está bastante perdido en cuanto al tema, no creo que debamos temer su ventaja.

Además, está entretenido con ciertas manifestaciones telúricas en la zona del Ness…

—Lo sé, y una vez más, nos hemos adelantado a la Ahnenerbe —afirmó, orgullosamente, Hess—.

Tenemos agentes en Inverness y no abandonamos Smola, Hedeby y Baden-Württemberg.

La búsqueda de reliquias resulta esencial para probar el origen ario y rastrear la verdadera Thule, el núcleo de Hiperbórea, el origen auténtico de los arios.

Pero debemos estar seguros de que esa pieza con la que se hizo Koch, quién sabe cómo diablos, es la que buscamos. Por eso hay que conseguirla.

Cesare asintió con desgana. Le parecía que muchas de las teorías de Rudolf eran erróneas, pero no quería desvelar todas sus cartas, ni a él ni a los «hermanos».

La Hermandad AvGull había nacido a partir de una escisión de la primigenia Sociedad Thule, auspiciada por Hess y Haushofer.

Los miembros eran, en su mayoría, iniciados de otras sociedades secretas o de los movimientos Völkisch.

Todos ellos trataban de ser discretos y de escalar puestos, como Hess, pero pocos tenían verdaderos conocimientos de esoterismo y creían, como él, en el poder de esta última reliquia, la que les ayudaría a cerrar el círculo y abrir el portal entre dimensiones, el acceso a Thule o, como él prefería llamarlo, Atlantis.

Él era el único que conocía las consignas de Ur y había realizado los entrenamientos necesarios para alcanzar un estado de poder sobrenatural que permitiera moldear la realidad.

Al mismo tiempo, seguía investigando sobre el posible origen de la pieza de Koch. Tarde o temprano confirmaría sus hipótesis.

Adolf Hitler nos dará todos los recursos necesarios, y, poco a poco, Haushofer y yo iremos accediendo al control de los hilos más importantes —confesó Hess—. Todo a su tiempo…

Brindo por ello —respondió Cesare, impostando un timo de voz solemne. Y, levantando su copa, añadió—: por el Keich de los mil años.

Y por la Hermandad Dorada, la Hermandad AvGull.

Ambos recitaron el código de la Hermandad: « Auset esger oscuir », y acercaron, sin llegar a juntar del todo, sus copas.

Antes de salir de la Cancillería y preparar su viaje a París, Lucius le echó un último vistazo al patio de honor, frente a la entrada de la Wilhelmstrasse, que ya estaba prácticamente terminado.

Era un espacio gigantesco, cuyo portal de entrada, tras las imponentes columnas, estaba coronado por un águila de bronce.

Las puertas, de varios metros de altura, estaban flanqueadas por las dos estatuas de colosos creadas por Arno, El partido y La Wehrmacht , que miraban enfurecidos a quien tuviera la osadía de observarlos; uno portaba una antorcha y el otro una espada.

Estaban lejos de la belleza de las estatuas griegas, pues sus rasgos no eran perfectos; esas caras ampulosas, rígidas, casi groseras, estaban más cerca de la suya que de esas estúpidas estatuas mediterráneas, inútilmente idealistas, tan arrogantes, tan elevadas.

Se mordió con fuerza el labio inferior pensando en Ginebra, en cómo la belleza de esa asquerosa judía había estado a punto de nublarle la razón.

Por fortuna, había sabido imponerse. Miró los ojos furiosos de la estatua que portaba la espada, anhelando el triunfo de aquellas caras gigantescas, zafias y ampulosas, casi como si se comprometiera con ellas a ganar la batalla común.

De forma paulatina, su mirada descendió por el cuerpo de la escultura, sus brazos musculosos, el torso hierático, imponente, las caderas rectas, la fortaleza de los muslos, las ingles, el bulto esculpido bajo las arrugas de la breve túnica, y sintió el calor en sus mejillas.

— ¡Heil Hitler!

Lucius se dio la vuelta, sobresaltado, y vio al joven militar que trabajaba en la gerencia del local.

— ¡Heil Hitler! ¿Qué diablos hace aquí? —interrogó, con evidente indignación y el rostro enrojecido—. ¡Debería estar en su puesto de trabajo!

—Señor, voy ahora allí, señor. Me enviaron a recoger unos documentos…

—No le he autorizado a que responda —escupió Lucius, desafiante—. Vuelva de inmediato a su puesto de trabajo o informaré a sus superiores y abriré un expediente, ¿me ha entendido?

El joven asintió, bajó la cabeza y salió corriendo.

Lucius tomó aire. Su rostro fue perdiendo el calor y el color rojizo.

Recordó las palabras de su padre: «Ataca antes de que te ataquen.

Nadie se reirá de ti si sabes adelantarte a ellos.

Solo tienes que llegar más lejos, más rápido.

Acostúmbrate a eso hasta que te salga sin pensar», le decía siempre.

Y cuando no lo lograba, el castigo de su padre era duro, pero solo así se aprendía, solo a través de esos golpes que aún le dolían había logrado ser absolutamente infalible y prever los ataques, incluso antes de que lo fueran.

Y, sin embargo, había algo de lo que no había sabido defenderse en su infancia.

Pero los que habían perpetrado aquello, impunemente, cuando era un niño, con el beneplácito de su propio padre, también le habían dejado una valiosa enseñanza: «Lo que no puede matarte, te hará más fuerte», ¿no era así la frase?

«Tú también te llevarás tu merecido, padre», pensó, esbozando una sonrisa retorcida.