El cabaret del infierno Capítulo 3 El proyecto Tür #5
14%

Capítulo 3 El proyecto Tür #5

No, me refería más bien a algo que pudiera ser… eléctrico. Algo a base de ondas.

Vaya, pues que yo sepa, no existe ningún arma secreta así… Aunque, si se trata de un proyecto muy confidencial, yo tampoco tendría ni idea, ¿sabes? ¿Por qué?

Digamos que… forma parte de ese sueño del que te hablaba. Eso es todo. En fin, me da pena irme, se está tan bien aquí. Hace calor… Necesitaba que hiciera calor.

—¿No quieres quedarte un rato más? No has probado la quiche… Podría hacer chocolate caliente, hablaríamos de nuestras cosas…

—No puedo, y además no es seguro. Un día estaremos aquí las dos tomando chocolate y hablando de sueños y de belleza. Te lo prometo —aseguró Ginebra mirando a Claire a los ojos, y, a pesar de todo, quiso creerse cada palabra.

—Puedes apostar por ello —dijo Claire sonriendo, conteniendo la preocupación y las dudas.

Abrió la puerta y miró instintivamente a su alrededor.

Después, miró hacia arriba y extrajo uno de los paraguas que tenía dentro de un bote de latón, junto a la puerta, y se lo tendió a Ginebra—.

No te lo dejes olvidado en ningún sitio, que te conozco.

Ginebra sonrió y abrazó a su amiga, conteniendo las lágrimas. Cogió el paraguas y salió a la pequeña calle en curva, en la que las paredes de piedra estaban cubiertas de abetos. Olía a tierra mojada, ya no diluviaba, solo caía una llovizna irregular y el viento era mucho más leve.

—¡Ginebra, ten cuidado! —gritó Claire desde la puerta—. Y, pase lo que pase, no vayas a ver a Eidna.

Ginebra se volvió, sorprendida. Asintió. Saludó a Claire con la mano, trató de sonreír. Se volvió y siguió su camino.

Claire cerró la puerta y apoyó la cabeza sobre ella unos segundos.

Recogió el plato con la quiche intacta y se lo llevó a la cocina.

La imagen de su amiga caminando con el paraguas y la mano en el bolsillo, vencida, bajo la lluvia, se le clavaba en el corazón.

Años atrás, Ginebra había sido, para muchos, la imagen de una diva, una femme fatale , y eso la convirtió en objeto de deseo para tipos como Lucius.

Pero Ginebra no era ese tipo de mujer; nunca se había centrado en labores de espionaje, sino de investigación, y por poco tiempo.

Su verdadera fortaleza iba por otro lado, ella lo sabía; la había visto superar los golpes más duros y seguir adelante.

De niña, su amor por la vida y su capacidad de crear y de soñar la hacían magnética.

Era tímida pero muy valiente, estaba convencida de que todo era posible y su energía parecía inagotable.

Pero todo tenía un límite. Lo ocurrido en Londres la había destrozado.

Y esta vez quizá no consiguiera levantarse.

Recordaba los años en que su padre, Edgar Wilde, les contaba cuentos.

Edgar era un hombre guapo y elegante, un gentleman inglés.

Tenía esa forma de ser de los padres de las películas, comprensivos y sensibles.

Era arquitecto, pero también sabía mucho de filosofía e historia, y siempre estaba dispuesto a dedicarle tiempo a su hija.

Y Hélène, la madre de Ginebra, era una parisina inteligente y culta, de una gran sensibilidad, de quien siempre sospechó que tenía el mismo «don» que su luja, aunque no hablara de ello.

Hélène nunca le hubiera permitido a su marido un grito o una bofetada.

No era como su madre, sometida a un ignorante que jamás la respetó.

Los años en que los Wilde residieron en Marsella fueron los más felices de su vida.

Le encantaba pensar que esos padres eran los suyos.

Pero los Wilde volvieron a París y ella tuvo que quedarse con la realidad de su propia familia.

Huir, todos los veranos, a la casa de Ginebra en la capital, fue su consuelo, hasta que Edgar enfermó y Hélène no pudo superar la tristeza de quedarse sola.

Entonces, los acontecimientos se precipitaron.

En Londres, Ginebra y ella trabajaron para John Waxley, quien las trató como si fueran de su familia, por cariño a Edgar Wilde.

Lucius Fleedermaus los engañó a todos, se pegó a Ginebra como una maldita lapa, y no vieron lo peligroso que llegaría a ser.

Siempre le había dado la impresión de que Ginebra era una de esas criaturas que no debían estar encerradas en el zoo del mundo.

Una calandria que se había criado entre aves libres.

Y ella, que estaba acostumbrada a las jaulas desde pequeña, que se encargaba de ponerle los pies en la tierra a su amiga cuando soñaba demasiado, había estado tan obsesionada con el éxito en su profesión que no había podido ayudarla a tiempo.

Sin embargo, ahora estaba dispuesta a enmendarlo; Ginebra era una hermana para ella, se lo debía. Y también a Edgar y a Hélène.

Se frotó el cabello corto pensando en cómo podría adelantarse a los pasos de Lucius.

En ese momento, el cielo crujió. Se asomó a la ventana y vio que las nubes volvían a arremolinarse. El cielo, de nuevo, estaba rojo. Tragó saliva.

—Que me aspen si esto no parece el fin del mundo —susurró.