Capítulo 3 El proyecto Tür #4
—Claire, te lo agradezco. Yo… lo siento, no puedo quedarme mucho tiempo.
—De acuerdo —concedió fastidiada—, pero siéntate hasta que la tormenta pase, por favor, Gin, no puedes salir ahora mismo, es peligroso, están a punto de declarar un estado de alarma. Pondré a secar tu abrigo. Toma, ponte esto —dijo, tendiéndole una bata de lana y una manta.
Mientras Claire extendía su abrigo sobre una silla y la colocaba cerca de la chimenea, Ginebra recordó instantáneamente la forma rápida de moverse de su amiga, su risa sonora, sus imitaciones de los actores de cine mudo de Hollywood, cuando no era más que una niña menuda con trenzas.
Aquí, junto a la chimenea, no tardarás en calentarte. Es una leña de primera. ¿Te apetece un vino caliente o un coñac? Tengo una quiche recién hecha. Estás muy delgada, te vendrá bien comer un poco.
No, gracias, Claire —rechazó Ginebra, sentándose en el mullido y cálido sofá marrón y cerrándose la bata blanca de lana.
Claire se acercó al mueble que estaba junto a la chimenea, destapó el jarro de cuello largo y cristal labrado y se sirvió una copa de brillante coñac. Observó unos instantes a su amiga, preocupada, y se sentó junto a ella.
—Ginebra, hace tiempo que no te veía a así. ¿Por qué no me cuentas lo que está pasando? ¿No habrás vuelto a trabajar en servicios secretos…?
—Por Dios, ya sabes que eso murió en Londres. Y tuvo una vida muy corta.
Claire la miró a los ojos.
¿Ha vuelto a pasar? —le preguntó, cogiéndole la mano—. ¿Has vuelto a ver… cosas?
Ginebra asintió, bajando la cabeza.
¿Quieres hablar de ello?
En otro momento, quizá. ¿Sabes qué?, preferiría tomarme una taza de café caliente.
Bien, por algo se empieza, a ver si consigo darte de comer, al final.
Claire se levantó, con la rapidez acostumbrada, y se dirigió resueltamente a la cocina, mientras hablaba, sin parar, de cosas referentes a la tormenta y a la decoración de la casa.
Ginebra observó aquel salón de madera que brillaba al calor de la chimenea de alabastro, adornado con cuadros, lámparas modernistas y algunos dibujos bohemios de París. Se preguntó si podría contarle a su amiga, al menos, parte de la historia… Imaginó las posibles reacciones.
Claire irrumpió en el salón y dejó sobre la mesa una bandeja con una taza humeante de café y un trozo de quiche de espinacas y queso.
La luz de un rayo, seguida del estallido de un trueno, hizo temblar la mesa y abrió las ventanas de par en par.
—¡Madre mía! ¿Habías visto alguna vez una tormenta como esta? —preguntó Claire, asomándose a la ventana—. ¡Por el amor de Dios!, ¿has visto el color del cielo? —exclamó asustada—. ¿Cómo puede ser?
Ginebra, ensimismada, bebió un sorbo de café, mientras Claire cerraba las ventanas y contraventanas con fuerza.
—Claire, ¿sabes si en el ministerio han estado investigando algo recientemente? ¿Algo como unas desapariciones?
Claire se detuvo en el acto y miró a Ginebra, desconcertada.
—¿Cómo sabes eso?
—Solo vi… algo, en sueños. Nada que tenga sentido. ¿Sabes quiénes eran esos hombres?
Claire avanzó despacio hacia ella, con una expresión de gravedad en su rostro.
—Es un caso muy delicado. Y todo es información clasificada —anunció, sentándose junto a Ginebra—.
No conozco a ninguno de esos tipos, ya sabes que no hace mucho que estoy en el ministerio.
Eran científicos del departamento de Inteligencia: Lambert y Faure.
Al parecer, trabajaban para un tal Koch, un pez gordo arribista.
De él solo sé lo que me han contado; por lo visto estaba enemistado con altos cargos del Ministerio de Defensa, y llevaba tiempo metido en intrigas.
—¿Sabes si murieron y por qué?
—No es un caso normal: no sabemos por qué desaparecieron, ni si alguien los mató, ¡nos dan la información a cuentagotas! Nos dedicamos a investigar a posibles sospechosos. Órdenes que llegan desde arriba, sin más. Silencio absoluto en torno al tema, así que…
—Claire… ¿te dice algo la palabra «estver»?
—¿Cómo?
Nada, olvídalo. No tiene sentido, no creo que tenga nada que ver con esos tipos.
Claire se mordió el labio, sin dejar de mirar a Ginebra, estupefacta. Un gran mechón de su flequillo rubio cayó sobre sus grandes ojos azules.
—Gin… ayer estuve intentando que un compañero que se codea con los jefes me diera algo más de información.
Tuve que sonsacarle mucho, pero logré que me dijera que, en la sala del laboratorio, habían encontrado, además de un caos extraordinario, un mensaje garabateado en la pizarra en la que trabajaban.
Al parecer, uno de los científicos escribió, antes de morir, una palabra concreta.
Claire cogió un bolígrafo y escribió unas letras en una servilleta. Se la mostró a Ginebra: «Stver».
Ambas permanecieron en silencio unos instantes.
—«Stver», eso es… ¡eso fue lo que escuché! O lo que vi…
¿No saben qué significa?
—Ya te lo he dicho, no nos dan información, me costó muchísimo enterarme de esto, ¡como para saber qué significa! Desde luego, no es un idioma que yo conozca: ni inglés, ni francés, ni español ni alemán. Y tú conoces casi los mismos idiomas que yo…
—De acuerdo, creo que… he de irme. He de irme. Tengo que hacer algo ahora —decidió Ginebra, como si hubiera entrado en trance de repente.
—¡Gin, espera! —vociferó Claire, cogiéndola del brazo—. Espera, no creo que vayas a descubrir nada que no hayan podido averiguar los servicios de seguridad del ministerio.
—No es eso, tengo que encargarme de algo…
—Escucha, antes de que te vayas tengo que decirte algo importante. Gin, es peligroso que te quedes en esa casa. He hablado con John Waxley, ya sabes que sigo colaborando con ellos. De algún modo, Lucius ha averiguado que estás en París, seguramente su gente ya estará…
—¿Observando? ¿Siguiéndome? ¿Crees que alguna vez ha dejado de hacerlo?
—Pero ahora es peor, el Partido Nazi está escalando puestos y Lucius tendrá más poder.
Sabes que lo mejor es no permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.
De momento, no tienes por qué dejar París, solo moverte, irte de esa buhardilla.
Te hemos conseguido un piso franco a las afueras. Puedes ir allí hoy mismo.
Ginebra asintió despacio, tratando de asumir la idea de que tendría que mudarse una vez más, mientras Claire se levantaba y buscaba algo en un cajón.
—Para que no nos maten otros, nos matamos nosotros, lentamente —explicó Ginebra, perdida en sus pensamientos—.
¿Recuerdas cuando nos conocimos en Marsella, Claire?
Nos encantaba Agatha Christie y queríamos ser personajes de El misterioso caso de Styles .
Olía a lavanda, en aquellos días, y a sueños posibles. Tantos sueños…
—¡Claro que lo recuerdo! —exclamó Claire, extrayendo un sobre del cajón de la cómoda.
—Y, después, todo fue como un naufragio progresivo, una inmersión en un personaje desdibujado que no era yo —murmuró Ginebra—. La realidad ha sido un poco más prosaica de lo que esperábamos, ¿verdad, Claire?
Claire la observó unos instantes, entre la ternura y la preocupación.
—Gin, somos lo único que tenemos, debemos cuidarnos la una a la otra. Ahora sí puedes buscar tu camino. Y lo lograrás. ¡Ahora puedes ser tú! —insistió y se mordió los labios, como si una parte de ella no pudiera creerlo del todo.
Se sentó junto a Ginebra y le mostró el sobre.
Son las llaves del piso franco y la dirección cifrada. Iba a enviarlos, a través de un ayudante, a tu buhardilla. Seguramente, a mí también me estarán siguiendo. ¿Recuerdas la clave de aviso, por si necesitas ayuda?
—La recuerdo.
Claire se bebió de un trago el coñac que quedaba.
Ginebra percibió el nerviosismo y la preocupación de su amiga.
—Claire, tengo que irme. Cuando llegue el momento, yo… Te juro que te contaré todo. Gracias por todo. Tu chimenea es infalible… Me he secado enseguida.
Ginebra se puso el abrigo beis, húmedo, envejecido y demasiado pesado, mirando hacia el fuego de la chimenea, perdida en sus pensamientos. Claire la observó mordiéndose los labios, con impotencia.
Antes de salir, Ginebra se detuvo y miró a su amiga.
—Oye, Claire, querría hacerte una última pregunta.
—Dime.
—Si en el Gobierno estuvieran trabajando con… nuevos astenias de defensa, ¿tú lo sabrías?
—¿Te refieres a algo parecido a los nuevos radares?