Capítulo 3 El proyecto Tür #3
Théo se dio la vuelta, sobresaltado. Urik Shevchenko le miraba desde el umbral de la puerta del salón.
Sus ojos grandes y oscuros seguían teniendo ese brillo desafiante que recordaba bien.
El abundante pelo blanco alborotado y la portentosa barba castaña le conferían un carácter más imponente aún.
Tenía las manos sucias de trabajar fuera, y llevaba unas chanclas viejas.
Urik siempre lo miraba a uno como si lo estuviera diseccionando.
—Esa chica a la que has visto es mi sobrina, Tracey. Deberías acordarte, desmemoriado. La viste hace años, cuando viniste a que te ayudara con esa horrible herida en la rodilla —recordó Urik, limpiándose las manos con un trapo—. Será mejor que seas breve. No suelo recibir a nadie.
—Si te reconciliaras con el mundo no tendrías que esconderte aquí —dijo Théo.
—¡El mundo es el que se tiene que reconciliar conmigo!
—exclamó Urik—. Olvidas que me persiguieron por haber querido ir por mi cuenta y no formar parte de ningún sucio grupo, ni vivir como querían que viviera.
El sistema es una mafia, y cada vez lo será más.
Y yo estoy fuera del sistema. ¡No necesito que nadie me rescate!
Théo recordó las historias que Urik le había contado acerca de una especie de gran grupo político del que una vez había formado parte, cuando era un científico importante en Europa del este, de las trampas que le habían tendido y de la persecución que había sufrido durante años, por no querer mantenerse callado, acatando determinadas órdenes, y de cómo todo aquello había acabado devorándole.
Aquí estoy muy a gusto —reconoció Urik—. Es el último lugar en el que me buscarían, y me permite ayudar a la gente.
—¿Sigues con eso?
—Claro que sí, y gracias a mí hay personas que han encontrado oportunidades y una salida, después de pasar por injusticias y aguantar en las cloacas de las instituciones.
Sin ir más lejos, al novio de Tracey lo acusaron falsamente de extorsión para echarlo de un partido, porque estaba a punto de decir la verdad sobre un asunto peligroso.
Después de eso se convirtió en un apestado, ¿te parece normal que este mundo funcione así?
Nadie habla de estas cosas, pero suceden cada día, ¿sabes?
—Lo sé… Y precisamente lo que quería pedirte tiene algo que ver con eso…
—Si es una ayuda económica, ni te esfuerces, vivo de lo que gané cuando era un maldito vendido, esclavo del trabajo, y de lo poco que me dan los productos del huerto —aseguró, dejando el pañuelo manchado de barro sobre la mesa.
No, verás: la ayuda que quería pedirte tiene que ver con que… Bueno, con…
Vamos, habla o moriré antes de que termines, y no podré ayudarte —interrumpió Urik, impaciente—. Tengo una edad.
Théo miró la bolsa y después a Urik. Debía ser rápido y directo, o le echaría de una patada en el culo.
—Urik, en esta bolsa hay un Código Cinco. Están persiguiendo a Vincent, ha desaparecido, y puede que me persigan a mí también. ¿Recuerdas lo que te conté sobre San Víctor? Sea lo que sea esto, creo que está relacionado. Y, por cierto… voy a abrirlo.
* * *
París, Montmartre
Cuando Ginebra llegó al rectángulo colorista de la Place du Tertre, lleno de pintores, bohemios y turistas, la llovizna se estaba convirtiendo en tormenta y el viento cada vez era más fuerte.
Debía llegar al parque lo antes posible y tomar posición en la colina.
En el bolso llevaba su Derringer, por si las cosas se torcían.
—El mundo se deshace —murmuró, sin saber por qué.
Reparó en que la gente estaba mirando hacia arriba, asombrada.
Al alzar la mirada, no pudo evitar que se le abriera la boca.
Las nubes, tan extrañas en su forma como enormes y oscuras, estaban sembradas de ramificaciones rojizas, palpitando como si estuvieran llenas de electricidad.
El cielo parecía estar sangrando. Las tiendas de cuadros de Toulouse Lautrec estaban saturadas de turistas que se refugiaban de la lluvia y miraban hacia arriba entre el miedo y la emoción; los pintores de la place du Tertre recogían sus cuadros, maldiciendo.
Un par de rayos iluminaron el cielo, provocando exclamaciones.
La lluvia era cada vez más implacable y gélida.
Ginebra, a toda prisa, corrió hacia Saint-Éleuthére para acceder al parque en el que habían quedado, mientras los truenos retumbaban en todo París.
A punto de bajar las escaleras de tierra, escuchó un crujido, seguido de unos gritos.
Un árbol fulminado por un rayo cayó a unos metros de ella.
La gente salía del parque despavorida, mientras unos oficiales, a golpe de silbato, desalojaban el área.
El viento soplaba tan fuerte que era imposible avanzar y la lluvia le cegaba los ojos.
Una parte de ella, instintivamente, quería salvarse, pero la otra se sentía aliviada en el caos, necesitaba que todo estallara en pedazos, que terminara el sufrimiento.
Un policía la obligó a alejarse del parque.
Estaban atendiendo a las primeras personas heridas.
Luchando contra el viento, corrió, sin saber por qué, hacía una de las callejuelas que descendían en curva desde de la parte de atrás del Sacré Coeur, la Rue du L’Abreuvoir; llegó a mu casita pintada de rosa y blanco, con macetas en las ventanas, y llamó a la puerta varias veces.
La pequeña puerta de madera se abrió y al otro lado apareció una mujer con una bata de satén, el pelo a lo garçon , algo revuelto, y las mejillas sonrosadas. Sus ojos azules se abrieron de asombro.
—¡Ginnie!
* * *
París, Neuilly
Urik permaneció unos segundos observando a Théo. Se acercó a él y le miró a los ojos.
—¿Cómo dices que era eso que te dieron en el barco?
No lo recuerdo, ya te lo he explicado. Oye, no estoy loco, no son alucinaciones, todo lo que te he contado es cierto; vamos a abrir ese paquete ahora, ¡tengo que salir corriendo!
—Tal vez pueda ayudarte a recordar. Y a saber qué es lo que te une a esa dama que quizá tu mente alterada haya inventado.
—¡No me he inventado nada, pesado!
—Hoy el cielo se ha puesto rojo como la sangre. ¿No lo has visto? Quizá sea el momento.
—¿El momento de qué?
—¡De todo!
—¡Déjame en paz! ¡No tengo tiempo para tus enigmas ahora! —exclamó Théo sin disimular su rabia—. Mira, ahora ya sabes la historia. Si no puedes acompañarme, me largo de aquí.
—Siempre supe que Vincent acabaría en apuros —confesó Urik, que había entrado en el bucle de su pensamiento interno—.
Lo conocí cuando acababa de llegar a París; yo todavía estaba dentro de la rueda social y colaboraba con investigaciones científicas que hacían en el ministerio.
La misma corrupción que en Ucrania, solo que con más medios.
No puedes tener un trabajo en el que constantemente tienes que bajar a las cloacas del Estado, y creer que vas a salir indemne.
—Urik, tengo que irme ya. ¿Vas a venir conmigo? Tú eres científico, tú podrás averiguar qué es lo que hay ahí y puedes avisar a gente para que nos proteja.
—No sé dónde te ha metido Vincent exactamente, pero lo que estás haciendo es peligroso, puedo percibirlo.
No sé si sabes lo que está ocurriendo. Han tenido lugar episodios muy extraños en ciertos lugares de Francia y de Europa, que tienen que ver con centros geodésicos.
Probablemente haya gente de las altas esferas involucrada, ellos siempre saben más que nosotros.
Tiene que ver con este movimiento que sacude la tierra desde las entrañas…
Hace tiempo que puedo notarlo, es una corriente telúrica, es…
—¡Urik, por favor!
—No es que no quiera acompañarte, Théo, es que no vamos a poder llegar.
—¿Cómo?
En ese mismo instante, la ventana del salón se rompió y el viento furioso hizo volar papeles, libros y objetos por todo el salón.
—¡Por esto! —profirió Urik, recogiendo las cosas.
Mientras Tracey ayudaba a su tío, Théo corrió por el pasillo hacia la puerta, la abrió y lo que vio fuera le dejó estupefacto.
El viento estaba arrancando los arbustos del jardín, volaban carteles, plantas, matrículas de coches y todo tipo de objetos.
El ruido del viento era ensordecedor. Bajó las escaleras, sujetando la bolsa con una mano y tapándose la cara con la otra.
—¡Entra en casa, merluzo! —le gritó Urik desde el porche—. La policía ha cerrado los accesos al metro y las carreteras, ¡lo acaban de decir por la radio! ¡El mundo se está removiendo! —gritó, y a Théo le dio la impresión de que había un destello de alegría en sus palabras.
* * *
París, Montmartre
Dios mío, Ginnie, ¡entra!, ¡estás empapada! Ahí fuera parece que hay un huracán. ¡Menos mal que has venido! ¡No creí que te acordases de esta casa!
—Yo… no pensaba venir aquí, sé que es peligroso… —dijo Ginebra. Entró, temblando de frío, en casa de Claire y sintió un agradable abrazo de calor—. Yo tampoco sé muy bien cómo me he acordado.
—A veces se me olvida que tienes un don, Ginnie.
¡Estás temblando! Quítate ahora mismo esa ropa mojada.
¿Sabes?, estuve tratando de localizarte, de que nos viéramos en un lugar seguro, pero no había manera.
Últimamente he estado ocupadísima con temas del ministerio, es cierto, pero yo me mudé aquí para estar cerca de ti. Y tú me lo pones muy difícil.
—Lo siento, Claire. No tenía fuerzas…
Claire la cogió del brazo, la acompañó al pequeño salón de su casita de madera y piedra, presidido por una gran chimenea, y la ayudó a quitarse el abrigo. La lluvia furiosa golpeaba los cristales y los truenos parecían hacer temblar las estructuras.
—¿Sigues sintiendo dolor? —le preguntó Claire.
—Sí, no siempre, pero… ya sabes lo que dijeron los médicos.
—¿Es en el mismo sitio?
—Siempre es en el estómago o en el costado, pero creo que también hace que los dolores de cabeza sean más fuertes.
—Ese hijo de puta de Lucius…
—Déjalo, no hablemos de eso.
—Gin, quiero que sepas que cuentas conmigo para lo que necesites: medicamentos, dinero…, no te encierres en ti misma siempre haces eso y…