Capítulo 3 El proyecto Tür #2
—La cuestión es que toda la información respecto a este caso está clasificada, la reliquia está en paradero desconocido y las autoridades francesas han construido un muro invisible en torno al hallazgo, de modo que no sabemos de qué pieza se trata exactamente, pero podría ser la reliquia que buscamos, la que cerrará el círculo y abrirá el acceso definitivo del nuevo imperio a una verdadera Thule renacida, a nuestra Hiperbórea.
Nuestros expertos están investigando para dar con ella, y es nuestro deber facilitar la tarea.
Por esta razón, es preciso definir las funciones de cada uno.
Lucius protegerá el terreno en Francia, para que no haya interferencias en el proyecto, y hará las gestiones necesarias para reforzar al Reich en territorio galo.
Herr Evola, por su parte, como especialista en mitología y esoterismo, nos va a asesorar para que el proyecto Tür avance de forma rápida y efectiva.
Hablaremos de ello en la próxima reunión, Cesare.
—Operación Minotauro…, interesante denominación —opinó Cesare—. Cierto, caballeros, me propongo lanzarme a una travesía mítica, hermética, en esta curiosa apoteosis cíclica que comparto con ustedes —añadió, alzando su vaso de cerveza.
Que, traducido al lenguaje que nosotros los plebeyos hablamos, quiere decir que va a ayudarnos —agregó Lucius con sorna, haciendo chocar su vaso con el de Hess y provocándole una carcajada nerviosa.
Juraría que normalmente suelo hablar para todo el mundo… —ironizó Cesare, mirando a Lucius por encima de su monóculo.
—Oh, no pretendía ofenderle. Los alemanes no nos ofendemos tan rápido y por eso solemos tener fama de personas un tanto frías; al menos, imagino que, en su país de vino y mujeres, nos verán así.
—Hay muchas cosas en mi país, además de buen vino y bellas mujeres, herr Fleedermaus.
—Desde luego, hacen un tiramisú excelente —afirmó Lucius, provocando otra carcajada de Rudolf.
Lucius pinchó con el tenedor el último trozo de su Bratwurst , se lo metió en la boca despacio y lo masticó, sin dejar de mirar, desafiante, a Cesare.
—Por supuesto, herr Lucius —dijo Cesare sosteniéndole la mirada—, y ustedes los aldeanos de las yermas tierras del Ruhr los añoran, ¿no es así? Allí no abundan los manjares dela gran repostería. Aunque no hay duda de que, a usted, las… suculentas salchichas son lo que más le agrada.
Lucius congeló la sonrisa unos segundos, tragó el pedazo de salchicha, consciente del embarazo que las palabras de Cesare habían causado también en Rudolf, y se limpió la barbilla.
—No, signore Cesare, en el Ruhr solo abundan los trabajadores germanos que labran su porvenir. Como lo hicieron los padres de muchos de los hombres del Reich.
—Así es, Lucius. Y es uno de nuestros mayores orgullos… Junto con el de las mujeres arias —se apresuró a añadir Rudolf, nervioso e impostando una voz marcadamente masculina—. Tenemos los mejores ejemplares.
Cesare bebió un trago de cerveza con una mueca de desagrado y apartó la salchicha que estaba intacta en su plato.
Lucius sonrió. Nadie, nunca, podía quedar por encima de él.
Ningún extranjero iba a arrebatarle su posición y su futuro en el partido, después de los años que le había costado ganarse la confianza de Hess, y menos un personaje como Evola, al que, a buen seguro, el propio Rolf odiaba.
Tenía a su favor esos aires de superioridad tan irritantes de la nobleza.
Era fácil utilizar esa baza para descalificar a alguien.
Lo importante era que nadie tuviera acceso a su pasado.
Había conseguido borrar del mapa todo rastro de su relación con Ginebra que pudiera perjudicarle. Solo quedaba borrarla a ella.
—Supongo que ha apreciado la capacidad de actuación de nuestro amigo Fleedermaus, Evola.
Por algo Lucius es uno de nuestros mejores hombres —dijo Rudolf, dedicándole una tímida mirada de admiración a Lucius que él correspondió con una sonrisa—.
Y además es buen amigo de sus amigos —reiteró, y, bajo las cejas pobladas, sus ojos mostraron un brillo de fervor.
Los amigos siempre primero —dijo Lucius sonriendo, con la mirada fija en Cesare—. Una ronda para todos de mi parte, Franz —pidió Lucius al camarero, que entraba en ese momento a recoger.
Brindaron, y Lucius masticó, esta vez con una moderación autoimpuesta, su cuarta salchicha, mientras Hess partía en trozos muy pequeños sus verduras, de una forma casi obsesiva.
Cesare miró, alternativamente, a uno y a otro, y bebió un trago de aquella cerveza que le parecía un absoluto despropósito.
Al lado de un buen vino piamontés de Borgogno no tenía nada que hacer, pero les encantaba a aquellos alemanes sin capacidad de distinguir.
Intuía algo que vinculaba a Rudolf Hess y a Fleedermaus, más allá del rango o la fidelidad al partido.
Era solo una intuición, pero sus sospechas precoces e insólitas le habían sacado de apuros en otras ocasiones.
Tendría que ser paciente. Y observar. Era necesario lograr que confiaran en él y, a la vez, no debía parecer demasiado inteligente.
Sabía que Rudolf era fácil de convencer; sin embargo, aquel otro tipo…
emanaba la misma energía que había percibido en los altos cargos más corruptos y sádicos, la de tipejos envidiosos que esperaban cualquier momento para escupir un veneno engendrado durante años.
Los ojos de ese Lucius, pequeños, rasgados, y del color del lodo, eran como dos agujeros taladrados en su cara, opacos y turbios.
Sus labios, extremadamente finos, en contraste con la amplia mandíbula, un poco pegados a su nariz levemente ganchuda, se fruncían, a veces, en una mueca, como si todo el tiempo estuviera oliendo algo desagradable.
Podría llegar a ser convincente y atractivo para mucha gente, buen negociante de favores, elocuente y astuto, pero a él no le engañaba.
Conocía bien a los hombres ladinos que sonreían con la boca mientras amenazaban con los ojos.
Él no servía a nadie, solo trabajaba con Hess, en beneficio propio.
Sin embargo, algo le decía que Fleedermaus era siervo de ambiciones más viscerales, y, como solía ocurrir, se había ganado a todo el mundo a su alrededor.
Debía ser prudente en su trato con él, y preservar la alianza con el poderoso Hess y su unión dentro de la Hermandad AvGull, de la que ambos formaban parte.
Para Hess, místico de pacotilla, solo era un trámite político en la carrera de poder con Hitler.
Por el contrario, para él significaba algo más que eso: acceder a la sabiduría hermética primigenia, a través de las consignas del viejo Grupo Ur, completar el círculo, hallar el acceso oculto a la verdadera Thule, aunque él prefería pensar en una posible Atlántida.
Ese sería el camino al verdadero poder absoluto.
Y, para ello, se guardaría algunas cartas en el bolsillo.
* * *
París, Neuilly
Théo caminó, a paso rápido, hacia el lugar cercano al río, perdido entre los arbustos, en el que recordaba haber visitado a Urik la última vez.
Tenía el tiempo justo para convencer a «ese ucraniano chalado», como alguna vez le había llamado Vincent, de que le ayudara, y salir corriendo hacia el parque de Montmartre, donde había quedado con Ginebra. Le diría a Urik que era urgente.
Urik Shevchenko. Jamás pensó que volvería a recurrir a él.
Vincent decía que era científico, filósofo, alquimista y arqueólogo, incluso se rumoreaba que también era brujo o adivino, pero a él le resultaba difícil creer que alguien pudiera ser todo eso a la vez.
De lo que sí estaba seguro era de que, si alguien sabía de percepción de energías y de objetos raros, era Urik.
Comenzaba a llover. Era una lluvia afilada y gélida, pero no había nieve. El cielo tenía un extraño color entre el gris y el rojizo.
—El mundo se deshace… —se oyó decir, como si estuviera recitando un mantra.
Pisó el suelo con precaución, como si algo fuera a derrumbarse a su paso.
Al llegar a la antigua casa de Urik, la encontró convertida en una sede de ocio para jubilados, así lo ponía en el cartel polvoriento, oculto por la maleza del jardín descuidado, junio al que se distinguía un pequeño huerto.
Una chica joven se asomó por una ventana, y le observó unos instantes.
—¡Eh! —gritó de pronto—, ¿quiere usted algo?
—Disculpe… —dijo Théo—. Buscaba a un amigo…
—Entonces se ha equivocado, ¿no ve el cartel? Esto es para jubilados.
—Lo siento, yo… ¿No sabrá, por casualidad, dónde puedo encontrar a Urik Shevchenko?
La muchacha le miraba ahora con más atención.
—¿Es usted poli o qué?
—Me llamo Théo. Théo Bernard. Si él está ahí, puede decírselo. Por favor, yo le agradecería mucho que…
La chica se retiró de la ventana y cerró de golpe.
Théo se frotó la frente con las manos y negó con la cabeza.
Estaba a punto de marcharse cuando, de pronto, la puerta de la casa se abrió.
Théo se acercó despacio y subió las escaleras del porche.
No parecía haber nadie detrás. Empujó despacio la puerta, que chirrió lentamente, y entró en la casa.
El suelo de madera crujía bajo sus pies.
El pasillo alargado estaba lleno de estanterías plagadas de libros que se amontonaban también a ambos lados del corredor.
Llegó hasta el salón, un pequeño habitáculo con un antiguo sofá junto a un tocadiscos, y una mesa alargada de madera sobre la que se acumulaban torres de libros y papeles.
La casa estaba como él la recordaba, con las paredes tapizadas de ese papel de hojas verdes y los muebles pasados de moda, solo que más vieja y polvorienta.
Vincent le había llevado allí cuando la herida de guerra se le infectó tras una negligencia en el hospital.
La intervención de Urik le había salvado la vida.
—¡Serás merluzo! La próxima vez que quieras visitarme avisa primero.