El cabaret del infierno Capítulo 3 El proyecto Tür
9%

Capítulo 3 El proyecto Tür

El proyecto Tür

Berlín, Mitte

Al llegar a Voss Strasse, Lucius contempló con orgullo la entrada gigantesca de la nueva Cancillería del Reich, casi terminada.

Si todo salía bien con Rolf, pronto tendría su puesto de honor allí.

Al mismo tiempo, estaba tanteando a Himmler, que parecía necesitar acólitos: Hess, Himmler…

Ambas vías se le abrían jugosas, como las mujeres a las que seducía.

Era esencial jugar en los dos bandos. Accedió por la puerta principal a los impresionantes salones, y descendió por las escaleras grises hacia el área secreta que solo los miembros más selectos del partido podían alcanzar, una sala anexa al compartimento del Führerbunker .

Allí se reunían cuando era necesario hablar de cosas realmente serias, con la única compañía de una mesa de billar y unos sillones.

Era el corazón del partido y su antro favorito.

En la mesa de billar Rudolf Hess acababa de rematar una carambola.

—¡ Heil Hitler! —exclamó Lucius, cuadrándose.

—¡ Heil Hitler! —respondió Hess—. Bienvenido a Berlín, Lucius. Supongo que estarás deseoso de saber por qué te hemos hecho venir desde Londres con tanta urgencia.

—Siempre es un placer servir al Keich, amigo Rolf. El éxito de la Kristallnacht ha sido formidable.

Rudolf le dedicó una mirada cómplice bajo sus espesas cejas color ceniza sin evitar sonrojarse levemente.

—En efecto, son buenos tiempos para el nuevo orden ario en Alemania —explicó Hess—, pero hemos de ser cuidadosos: el bolchevismo judío es una amenaza en Francia, gracias a las decisiones absurdas del sucio Blum.

Y por eso te pedí que vinieras, para que te encargues de la Operación Netz en París.

Queremos que apliques tu habilidad para las relaciones públicas al proyecto del Reich; ya sabes, expandir y desarrollar nuestras redes, controlar cualquier movimiento, gestionar la vigilancia, interceptar el espionaje…

—explicó Hess, al tiempo que golpeaba la bola blanca.

—Conozco bien los resortes de las redes, amigo Rolf. Todo estará bajo control. Y por cierto… —comentó Lucius. Extrajo de su bolsa un sobre cerrado y lo dejó caer sobre una de las sillas—, échale un vistazo a eso.

Rudolf dejó el palo de billar sobre la mesa, abrió el sobre y observó las fotografías ampliadas durante unos segundos.

—Conseguimos localizarla —reveló Lucius—, es la agente inglesa de la que te hablé.

Se ha trasladado a París y ha entrado en contacto con sus homólogos franceses —mintió.

Rudolf le miró unos segundos, en silencio, calibrando la situación, y Lucius sostuvo su mirada—.

Tengo razones para pensar que el tipo que la acompaña también es un espía —añadió con firmeza.

—Sabes que confío en tu palabra, Lucius —aseguró Hess, devolviéndole el sobre—. Haz lo que consideres oportuno.

Dos aldabonazos sonaron en la puerta. Un soldado les avisaba de la llegada de un nuevo invitado.

—Hazle pasar, y haz que nos traigan algo de comer… —exigió Hess.

El soldado se retiró con un saludo militar.

Un hombre alto, con capa negra, monóculo y gesto adusto entró en la sala. Su cabello negro peinado hacia atrás brillaba bajo las luces fluorescentes de la sala. En la mano portaba un bastón con empuñadura de marfil y sonreía. Lucius torció el gesto.

—Creo que se conocen, caballeros —dijo Rudolf, ufano—. Lucius Ferdinand Fleedermaus, saluda a nuestro amigo italiano, Cesare Evola.

¡ Heil Hitler! —saludó Fleedermaus, clavando sus pupilas en las de Cesare.

¡ Heil Hitler! —respondió Cesare, sin entusiasmo y con mi deje cínico.

Lucius percibió rápidamente el aire de superioridad en su mirada.

Solo había coincidido con Cesare en un par de ocasiones, pero habían sido suficientes para saber que aquel monóculo no era más que una manera de presumir de su origen aristócrata.

El extravagante Cesare Evola se estaba ganando la confianza de Rolf con su fama de experto ocultista y su palabrería seductora, siempre rodeado de las mujeres más hermosas… Sin duda tenía que terminar con él.

Fingiendo la más amplia de sus sonrisas, le dio la mano a Evola e, inmediatamente, guardó distancia.

Ese aristócrata impertinente le sacaba una cabeza, a pesar de las taloneras que incorporaba a sus botas desde hacía años.

Evola pensaba que era mejor que los demás, estaba seguro de que lo pensaba.

Sin embargo, le faltaba la astucia que él sí tenía, y gracias a la cual había logrado sembrar ciertas dudas sobre las intenciones del italiano para con los nazis.

El propio Himmler le había pedido que lo vigilara y extrajera información.

No había sido difícil tropezar, una noche, con una de las amantes del italiano, Marguerite Lacroze, a la salida del Moulin Rouge, para entablar el primer contacto.

Un par de citas románticas al calor de los salones más lujosos de París, algunas promesas falsas —incluso la de un viaje en barco— regadas con vino caro y la información jugosa de Cesare ya era suya.

Todas las mujeres eran presas fáciles cuando se disponía de dinero.

«Gracias, Marguerite, eres una monada», pensó.

—Por favor, siéntense —solicitó Rudolf, trasladando el cenicero a una mesa baja, rodeada por dos sillones.

Tomaron asiento, mientras un ayudante traía, en una mesa con ruedas, unas cervezas, un plato con un buen surtido de salchichas, ensalada de patata y una pequeña bandeja con verduras y agua para Rudolf Hess.

—Nuestro amigo Lucius siempre va por delante, mi querido Cesare —indicó Rolf con una sonrisa tímida—. Aún no está en París y ya ha interceptado a una espía.

—Es mitad inglesa, mitad francesa —informó Lucius, arrugando los labios—. De una de esas familias nobles venidas a menos, esas que solo conservan su educación. Como si eso les sirviera de algo —añadió, mirando de soslayo a Cesare.

—En ocasiones, la educación, amigo Fleedermaus, es lo único que importa —señaló Cesare.

—Quizá sea en ocasiones inventadas por los novelistas, ¿no cree, herr Evola?

—Le ruego que no me llame herr . Como sabe, soy celosamente italiano.

—Y con numerosos títulos nobiliarios, si no me equivoco.

—Veo que está bien informado.

—Siempre —repuso Lucius, y sonrió, desafiante. Ambos bebieron un trago, sin dejar de mirarse a los ojos.

—No hay nada que Lucius no pueda averiguar o conseguir —dijo Rudolf sonriendo, sin poder ocultar un leve rubor en las mejillas—.

Sin embargo, Lucius, nuestro amigo Cesare no se queda atrás —prosiguió—: Lucius es un erudito, matemático y literato, autor de estudios reveladores sobre hermetismo e idealismo mágico, y conferenciante de la Sociedad Germano-Italiana.

Ha realizado interesantes avances con la Ahnenerbe, y por eso va a colaborar con el proyecto Tür.

—Lo celebro, caro Cesare —aplaudió Lucius, impostando el acento italiano.

—En italiano decimos signore . Y a veces incluso sir , como en Inglaterra.

Lucius soltó una carcajada nerviosa sin dejar de mirar a los ojos a Cesare.

—¿Has visto, amigo Rolf? Estos aristócratas siempre corrigiendo a los demás.

Gracias, Cesare, es usted muy culto, sin duda.

Incluso para ser… italiano —dijo Lucius, y bebió un trago de cerveza, taladrando con sus pupilas a Cesare, que, a su vez, lo observó con desprecio y rabia.

Después, aparentando despreocupación, comenzó a devorar una salchicha.

—Y, dígame, ¿de dónde proviene el apellido Fleedermaus? —preguntó Evola, mientras sostenía su cerveza con desdén, manteniendo el meñique levemente erguido—. Si no me equivoco, significa…

—Sé lo que significa —interrumpió Lucius, y le dedicó al italiano una mirada agresiva, casi rabiosa—. Pero no olvide, Evola, que hay una segunda «e» que, quienes sabemos pronunciar en alemán, no obviamos, y que cambia el significado.

Oh, no debe juzgarme mal, Lucius. Me parece un apellido encantadoramente… gótico —opinó Cesare, sonriendo.

— Herr Lucius, por favor. Yo sí soy alemán, y estoy orgulloso de ello —afirmó Lucius, buscando la complicidad en el gesto de Rudolf Hess—.

¿Le está gustando esta ciudad privilegiada, Evola?

Tengo entendido que no ha salido mucho de su…

región italiana. Y que, cuando lo hizo, fue de una forma no muy agradable…

—No sé quién ha podido decir tal falsedad —respondió Cesare, evidentemente incómodo.

—Oh, no haga caso, seguramente son chismes que circulan por los mentideros de élite europeos —dijo Lucius sonriendo, y masticó un bocado de salchicha sin dejar de mirar a Cesare, a quien se la había arrugado la sonrisa.

—Centrémonos en el caso, por favor, compañeros —reconvino Hess—.

Nos hallamos ante un asunto importante, se trata de llevar a cabo el proyecto Tür —aclaró—.

Para ello, es necesario localizar la última pieza clave, la que facilitará el rito de acceso.

Están investigando sobre ello y hay pistas que llevan a Francia.

Se dieron algunos sucesos en el ministerio de París…

Cesare asintió. No conocía a Derek Koch, pero sabía que había estado tratando de pactar con agentes de la Ahnenerbe, y, aunque la transacción no había salido bien, Rudolf, a toda costa, quería evitar que Himmler y su Ahnenerbe se hicieran con la pieza antes que ellos.