El cabaret del infierno Capítulo 2 En la oscuridad #3
8%

Capítulo 2 En la oscuridad #3

Ginebra se fijó en las gotas de sudor que perlaban la frente de Théo y en las gotas de lluvia que se deslizaban sobre el cristal del De Flore como patéticas figuritas sin nombre.

Hasta el cielo parecía tener un tono grave hoy, como si estuviera a punto de estallar.

Tomó la libreta y la abrió despacio. Comenzó a pasar las páginas amarillentas: fragmentos de frases mezcladas con palabras sueltas, y con otros caracteres incomprensibles, dibujos pesadillescos, espirales y formas como las que ella misma había visto.

Se repetía varias veces la palabra «barco».

Ginebra miró a Théo, desconcertada.

Fue poco después de la guerra —explicó Théo—. ¿Ha oído hablar de esos barcos que se apartan del territorio legal y se quedan en una frontera que no es tierra de nadie?

Normalmente es para hacer actividades ilegales, ¿no es así?

Sí. En ocasiones, a los militares los envían en misiones especiales a interceptar esos barcos y detener a la tripulación —Théo se detuvo unos segundos—. Yo era muy joven entonces y era militar. Y nadie nos dijo que allí estaban haciendo experimentos.

—¿Qué tipo de experimentos?

Pruebas con medicamentos, con sustancias… qué sé yo… Se suponía que estábamos en una misión especial, pero nos llevaron allí como carnaza. Nos llevaron para experimentar con nosotros.

—¿Cómo?

—Así es, nuestros superiores nos vendieron, nos retiraron la protección.

Muchos de mis compañeros murieron, o no volvieron a ser los mismos después de aquello.

No recuerdan nada. En el barco, al inspeccionar un camarote donde había una especie de laboratorio, alguien me puso un pañuelo con formol en la boca y perdí la conciencia…

Desde ahí, todo empieza a estar borroso y deslavazado.

Solo sé que aparecí en San Víctor, en una cripta, y que…

alguien estaba haciendo algo así como un ritual, había un altar de piedra, cantaban… o eso creo.

—¿Quiénes?

—No lo sé. Recuerdo todo eso como en una maraña de colores raros. Y recuerdo… la oscuridad.

—¿La oscuridad?

—No puedo explicarlo, no era solo la oscuridad exterior, sino algo dentro de mí, algo que me vaciaba por dentro y me producía ira… Y más fuerza de lo normal. Yo no soy así, creo que fue lo que me dieron en el barco, lo que hicieron conmigo…

—¿Por eso mató a ese abad?

En ese instante, el rostro de Théo adoptó un tono lívido, las sombras en su mirada se disiparon y sus ojos se humedecieron; su gesto viró hacia una tristeza repentina, tierna como la de un niño, llena de impotencia y de rabia al mismo tiempo.

Por un instante le pareció que se iba a desplomar sobre la mesa del De Flore.

—No era un abad. No sé quién era, pero no eran religiosos. Maté a ese hombre en defensa propia, él iba a matarme a mí.

—¿Qué ocurrió después? —le preguntó Ginebra.

—Después de eso, recuerdo que corrí, como nunca en mi vida, atravesando un bosque, en mitad de la noche, caí y me golpeé la cabeza.

Desperté en un hospital. Me pidieron que hablara, que contara lo sucedido.

Yo no recordaba nada en ese momento, solo pude garabatear sinsentidos en esa libreta.

Volví a casa. Durante mucho tiempo pensé que había sido una alucinación.

Seguí un tratamiento con calmantes y me olvidé de todo.

Poco después, la rodilla me dejó fuera de juego para cualquier labor militar.

Y qué quiere que le diga, lo agradecí. Todavía hoy tengo espacios en blanco en la memoria.

—¿No tiene idea de quiénes podían ser esos… esos que no eran abades?

—No lo sé, y Vincent tampoco pudo averiguarlo.

Llevaban unas capuchas… o túnicas, capas, yo qué sé…

Ojalá no estuviera todo tan oscuro y borroso.

Cuando salí del hospital no quise pensar en San Víctor.

Supuse que los mismos que me metieron en el barco me habían llevado allí —dijo Théo, y se limpió una lágrima, como lo haría un niño que no deseaba que le vieran llorar—.

Yo no estoy loco, Ginebra, y no soy un asesino.

Ginebra contuvo las lágrimas, se retiró el pelo de la frente y por un instante, puso su mano, tímidamente, sobre la de Théo.

No creo que usted sea un asesino, Théo. Creo que ha sufrido mucho —expuso con dulzura y un sincero sentimiento de tristeza.

—Cuando esa bolsa llegó hasta mí, todo eso que había querido olvidar volvió, aunque solo hasta cierto punto… Y soñé con esos hombres del laboratorio. No sé si serán esos a los que se refería Vincent, esos que desaparecieron.

—¿Desaparecieron? ¿Quiénes eran?

Sí —dijo Théo bajando aún más la voz—, uno de ellos le entregó la bolsa a Vincent; eran científicos del ministerio, creo. Usted también ha soñado con ellos, ¿verdad?

Ginebra asintió. «El ministerio», pensó. «¿Podría Claire saber algo de todo esto?». Le dolía demasiado la cabeza como para pensar con claridad.

Quizá… Quizá los dos estamos locos… —dijo ella.

Se tapó la cara con las manos. Se sentía como si le estuvieran agujereando la cabeza con un punzón.

Le temblaba todo el cuerpo—. Por favor, ¿puede guardar esa…

cosa, otra vez? —pidió señalando el paquete de terciopelo—.

No sé qué me ocurre cuando lo tengo cerca.

Théo guardó el objeto en la bolsa y rápidamente cerró las hebillas.

—¿Se encuentra bien, Ginebra?

—Yo… debería irme —concluyó Ginebra frotándose las sienes—. Doy clases particulares en media hora.

—¿Es profesora?

—No exactamente.

—Ginebra, vayamos a algún lugar seguro y abramos la bolsa. Los dos necesitamos saber si hay alguna relación entre lo que nos ocurre y ese condenado objeto —dijo Théo.

—Creo que la hay… tengo esa certeza —susurró Ginebra, mirando la bolsa mientras un dolor agudo y eléctrico le agujereaba la cabeza.

—Entonces hagámoslo, abramos esto. Pero, no quiero que usted corra ningún peligro. Hay alguien que podría protegernos, si ocurriera algo… y ayudarnos a descifrar todo esto. Le encontraré y luego iré a donde usted quiera. Dígame un lugar y una hora.

—Théo, ¿realmente puedo confiar en usted?

—Ginebra, no puedo explicarle por qué, pero en este momento sé que daría mi vida si la suya corriese peligro.

Ginebra sintió, por una parte, que saltaba al vacío, por otra, que había encontrado el camino a casa. Fuera como fuese, no pensaba retroceder. La suerte estaba echada.

—Está bien —dijo frotándose la frente—. Yo… daré mis clases e iré al parque de Montmartre, en Saint-Éleuthère, cerca de la Place du Tertre. Allí, en la parte de atrás hay un llano en la colina, bajo los árboles, que siempre está vacío. Y la carretera no queda lejos, por si es preciso escapar.

Théo sonrió aliviado.

—Allí estaré —confirmó—. No tardaré más de dos horas.

Ginebra se levantó, se puso el abrigo y se alejó hacia la puerta del De Flore. El dolor y el vértigo comenzaban a ceder a medida que se alejaba de la bolsa marrón.

—Espere, si ocurriera algo… ¿cómo podré localizarla? —preguntó Théo.

Ginebra se volvió y le miró a los ojos.

—Creo que nos volveremos a ver —dijo—, aunque no queramos.