El cabaret del infierno Capítulo 2 En la oscuridad #2
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Capítulo 2 En la oscuridad #2

«No solo tuve que matar. Me mataron. En esa guerra lo perdí todo», pensó Théo, mientras caminaba por el bulevar, cargando con la bolsa.

Se había alistado en el Ejército para huir de la pobreza en su casa, de la muerte de su madre, la única persona que realmente le había querido y comprendido, y, sobre todo, de los gritos de su padre, que le recordaba constantemente que sería un fracasado igual que él.

Se fue porque pensó que en cualquier lugar estaría mejor que en ese suburbio sin esperanza.

Pero no previo lo que la guerra podía hacer, lo que les hacía a las personas.

En esas trincheras se disolvía todo átomo de ilusión y fe en el sentido de la vida.

Llevaba años sintiéndose fuera de todo, como si ya no sirviera para nada, agradecido y asqueado al mismo tiempo.

Y, de pronto, aparecía Ginebra y quería volver a vivir…

«Te vas a llevar un buen golpe, Théo», se decía.

Vincent siempre le decía que era un ingenuo y que tenía la cabeza llena de pájaros.

Él no tenía esos problemas porque veía a las mujeres como objetos.

Varias veces habían discutido por esa cuestión.

«Vincent, ¿dónde estás?», pensó. En lo más hondo de él, sabía que lo habían cogido.

Y, si lo habían cogido, el siguiente sería él.

La rodilla volvía a molestarle, la humedad de la llovizna insidiosa calaba hasta los huesos. Los parisinos caminaban a paso rápido, entre la neblina, sin disimular su apatía.

Al llegar a las cercanías del Café de Flore se quedó observando unas hojas que bailaban en el viento helado y no pudo evitar que se le escapara una sonrisa al pensar en Ginebra.

Ignoraba por qué esa mujer le había calado tan hondo, por qué tenía la sensación de que la conocía desde siempre.

Quizá se estuviera jugando la vida, pero no pensaba esconderse.

No podía hacer nada por Vincent, no pudo ayudar a su madre cuando murió de pulmonía en esa casa llena de grietas, pero Ginebra era una especie de último reducto, un regalo de la belleza que aún quedaba en este asqueroso mundo, y a ella sí podía ayudarla.

Estaba dispuesto a contarle todo, todo lo que recordaba, todo lo que había sucedido.

Incluso le hablaría de San Víctor… Fuera cual fuera su reacción.

Le sudaban las manos y el corazón se le salía del pecho. Apretó la bolsa contra su cuerpo y avanzó rápidamente hacia el De Flore.

* * *

París, Café de Flore

Ginebra tomó asiento junto a la ventana, pidió un café y miró a su alrededor para asegurarse de que no había ningún elemento sospechoso.

La cafetería francesa más popular entre los estudiantes tenía hoy un cariz prácticamente fantasmagórico.

Los camareros parecían somnolientos, parapetados tras el mostrador.

Daba la sensación de que nadie quería aceptar, esta vez, el inicio del invierno.

«Algo se acerca», recordó. Y parecía que ese fatídico vaticinio pesaba, de forma inconsciente, sobre toda la humanidad.

Ginebra cogió con ambas manos su taza de café, agarrándose a la seguridad ilusoria de ese calor, a la extraña tranquilidad que, en medio del caos, le ofrecía esa cafetería que, en algún tiempo feliz y fugaz, había sido el refugio favorito de mis padres.

Ambos venidos a menos, víctimas de historias desgraciadas, habían logrado crear un fugaz núcleo de felicidad durante los años en que estuvieron casados.

Cuando, en la guerra, su padre recibió aquella bala que acabaría con su vida años después, esa luz se apagó definitivamente.

Los recordaba junto a la ventana del De Flore, cerca de donde ella estaba sentada ahora.

Su padre le hablaba de historia y de arquitectura, y su madre dibujaba en las servilletas.

Hubiera podido ser pintora. «Dios mío, cómo os echo de menos y qué pocas veces os dije que os quería», pensó.

Ahogó su soledad metiéndose en un trabajo de agente que no era el suyo, y en la vida de Lucius Ferdinand Fleedermaus.

«Deberían llamarte Lucifer», le dijo, una noche, tras una acalorada discusión.

La respuesta fue una tortura psicológica basada en el silencio.

Una más. Eran mucho peores que las bofetadas ocasionales.

Cuando se enamoró de él, mató las imágenes, mató su voz, se entregó a la mordedura del vampiro, anestesiada por su propia necesidad de creer. ¿Cómo pudo ser tan estúpida?

«Estás enferma, Ginebra, no lo olvides, y parece que eso está afectándote a la cabeza también.

Si te vas, ¿quién va a cuidarte?, ¿alguno de esos amigos tuyos?

Eso es lo que quieres, ¿verdad? Irte con ellos.

¿Te crees muy importante?». Recordó la huida, a escondidas, entre la niebla, con el pasaporte falso que le había conseguido John Waxley.

Ahora, ese impostor que interpretó de forma brillante el papel de hombre perfecto estaría lamiendo traseros en el Partido Nazi. Le daba tanto asco pensarlo que sentía ganas de vomitar.

Un pinchazo de dolor la hizo contraerse. Tomó aire, tocándose el abdomen. Los médicos le habían dicho que llegaría a estar bien del todo, pero, a veces, ese camino le parecía interminable.

La puerta se abrió con una ráfaga de aire gélido. Théo entró en el local. Era más alto y robusto de lo que le había parecido en su primer encuentro. Tomó asiento frente a ella, con la bolsa al hombro, y la miró sin ocultar su ilusión.

Ella encendió un cigarro con boquilla, le temblaba levemente la mano. La luz glauca atravesaba el cristal y pintaba figuras arbóreas sobre la mesa de madera del café y sobre su traje color esmeralda. No quería que él notara que estaba nerviosa.

—Vayamos al grano —propuso ella.

Théo tomo aire.

—Mi amigo no regresó al club —dijo—. Me gustaría poder tener alguna noticia, pero no la tengo. He traído la bolsa, está más segura conmigo.

Théo miró a su alrededor, alzó la bolsa y la puso sobre la mesa.

Abrió, cuidadosamente, las dos correas de cierre.

Muy despacio, extrajo el paquete de terciopelo.

Lo puso sobre la mesa, inclinándose hacia delante para ocultarlo con su propio cuerpo, y lo empujó hacia ella.

Tuvo la sensación de que acababa de manipular algo tan valioso y delicado como un jarrón de porcelana a punto de romperse.

Seguramente le perseguían. Seguramente estaba siendo un insensato, pero quizás hacer algo insensato fuera la única manera de no volverse loco.

Ginebra observó el envoltorio de terciopelo negro, atado con un cordel y sellado con doble lacre color sangre, como si fuera una pantera dormida.

Acercó sus manos, muy despacio, y lo tocó.

La embargó un calor extraño, seguido de vibraciones que parecían pequeñas descargas eléctricas.

En su mente vio imágenes borrosas, inconexas, que no comprendía.

Algo la llamaba a cerrar los ojos y dejarse llevar por ese fluido inquietante y eléctrico que conectaba, de alguna forma incomprensible, con una parte muy profunda de sí misma, incluso con aquellas cosas que no quería recordar y los senderos ocultos del subconsciente.

—¿Por qué no lo abre? Ahora, aquí mismo —propuso Ginebra, retirando las manos, sin dejar de observar el artefacto.

—No puedo hacer eso… Ya no me importa jugarme la vida, pero el problema es que se jugaría también la suya, Ginebra, y eso no voy a tolerarlo. Tiene que ser en un lugar secreto, uno como esos de las películas de detectives.

Ginebra dio una calada lenta a su cigarro, comenzó a toser y decidió aplastarlo en el cenicero. Se dio cuenta de que esta vez no podía huir, tenía que llegar al fondo de todo aquello.

—Yo… llevo muchos años evitando problemas, Ginebra.

Pero, encontrarla a usted me ha dado la fuerza para…

Disculpe, soy torpe con las palabras… Ya le dije que es como si la conociera.

Y quiero entender qué diablos está pasando.

Podría tirar esto al río y olvidarlo todo, pero el vínculo que hay entre usted y yo…

¿usted no quiere saber qué está ocurriendo y por qué nos hemos visto en sueños?

—Théo —dijo Ginebra, expulsando el humo, sin poder ocultar los nervios ni la preocupación—. ¿Recuerda San Víctor? ¿Recuerda lo que pasó allí?

Théo abrió los ojos como si acabaran de clavarle un puñal. San Víctor… ¿Cómo lo sabía ella? Durante años había intentado enterrar aquel nombre en la niebla más densa del olvido, como tantas otras cosas, y justo en el momento en que decidía rescatarlo esa mujer leía sus pensamientos.

—¿Cómo…? ¿Cómo sabe usted que estuve allí? —dijo él, con una mezcla de sorpresa y miedo.

—Forma parte de lo que vi la noche del Atlantis.

—¿Lo que vio?, ¿como lo que yo veo en mis pesadillas?

—Es parecido a los sueños, pero no tengo que estar dormida —explicó Ginebra—. Es una historia muy larga, el caso es que esas imágenes parecen tener relación con esto —dijo señalando el objeto envuelto—. ¿Qué pasó en San Víctor?

El rostro de Théo cobró un aire de gravedad que asustó a Ginebra. Recordó lo que había visto, y lamentó estar allí con aquel hombre, pero aún más no poder marcharse.

Muy despacio, con las manos temblorosas, Théo extrajo de su bolsa una libreta descolorida, cuyos bordes gastados amarilleaban, y se la entregó a Ginebra.

—Por favor, léala —dijo, mirándola fijamente a los ojos—. La he rescatado de una caja polvorienta, y la he traído para que sepa que todo lo que le cuento es verdad. Y para que sepa… que no soy un asesino.