Capítulo 2 En la oscuridad
En la oscuridad
Londres, junto al Támesis
La bruma de Londres podía ser tan densa y pesada como una madeja de espino en una noche de perros como aquella. Los recuerdos indeseables se agarraban al pecho, igual que el asma.
Lucius abrió la carpeta verde fango y extrajo, una vez más, las fotografías que su ayudante le había conseguido y que, tras casi un año de búsqueda, le desvelaban el paradero de Ginebra.
En la primera foto, ella se encontraba de espaldas, con gabardina y sombrero, en uno de esos antros de París.
Al tipo del gabán y la bolsa, que se acercaba a ella en exceso, le brillaban los ojos: un vergonzoso signo de debilidad.
Acarició con el dedo la silueta de aquel hombre, como quien dibuja el rostro de un asesino y, rápidamente, guardó las fotografías.
Caminó, con las manos a la espalda y la carpeta bajo el brazo, siguiendo el Támesis.
Quería matar a ese miserable con sus propias manos.
Y después la mataría a ella, la mataría mientras besaba esos labios que recordaba dulces y cálidos.
Le temblaron las comisuras de la boca. «Creo que nunca te han querido de verdad», le había dicho Ginebra, hacía años.
Si tuviera que darle su alma al diablo por recuperarla, lo haría, y, sin embargo, deseaba, con la misma intensidad, verla muerta, apagada, hundida en las sombras.
«Lucius, qué guapa es esa chica que te acompaña», le dijo Herman Foster, ese aristócrata engreído, único testigo de una relación que no llegó a dos años, cuyas pruebas se esforzó en horrar cuando ella escapó.
Ella. Siempre ella en las frecuencias más geniales y en las más inhóspitas.
Y él queriendo alcanzarla, queriendo entender…
, reducido a mero observador de la maravilla.
Le hubiera gustado hablar como ella, besar como ella…
Se preguntaba qué sentirían los hombres, qué sentiría alguien como Rolf si…
Instantáneamente recordó aquella noche con Rolf en el Nachtlokal de Berlín.
Un brillo verdoso en el agua le hizo avergonzarse profundamente de sus pensamientos.
Sacudió la cabeza, le dio una patada a una piedra y siguió caminando; el cuello rígido, la boca contraída, las mejillas rojas, mientras el Támesis le vigilaba, oscuro y áspero como una lija.
Esa judía francesa había estado a punto de volverle débil. Por eso no podía seguir viviendo. Por eso, tenía que pagar. Ahora sabía que estaba en París: el gorrión había vuelto al nido.
Apretó el paso, conteniendo la rabia, y se limpió el sudor.
Él siempre había reducido el dolor a algo que se podía desconectar apretando la tecla adecuada.
Lo lograría también ahora. Las palabras de Rolf acudieron rápidas, como un estilete oportuno que eliminaba el área dañada: «Algún día te conocerán como el hombre de acero, serás el número uno».
Sintió un orgullo inflamado y un leve cosquilleo en la parte inferior del vientre, que inmediatamente se reprochó.
Estiró el cuello, lo hizo crujir a un lado y al otro, y caminó hacia su casa.
Cuando entró en su despacho, el teléfono candelabro, instalado en la mesa del fondo, estaba sonando.
«Coge siempre el teléfono, porque puede ser un cliente».
Eso decía su padre, de quien había aprendido todo sobre los negocios y el arte de las relaciones sociales.
Dejó la carpeta sobre la mesa y cogió el auricular.
—Al habla Fleedermaus… ¡ Heil Hitler! Mi querido Rudolf Hess, ¿cómo estás?… Por supuesto que estoy preparado, Rolf, ya me conoces —apuntó, dejando escapar una risita seductora—. Estaré en Berlín a tiempo para la reunión. Allí nos vemos…
Colgó, se pasó una mano por el pelo rubio blanquecino, rapado casi al cero, y se calzó la gorra perfectamente planchada por su ama de llaves, con los bordes cuadrados.
La certeza de que estaba comenzando a escalar puestos en el Partido Nazi, más rápido de lo que imaginaba, le hizo olvidar todo posible desasosiego.
Reducido, ya, todo sentimiento a mecánica neutralidad, marcó unos números en la base del teléfono.
—¿Marguerite? Buenas noches, querida… Lo siento, mi amor —dijo con voz impostada—, no voy a poder ir a París a verte…
Sí, estoy en el hospital, todavía convaleciente…
Te juro que estoy deseando poder abrazarte y besarte…
Claro, recuerdo los pasajes, yo te los regalé y nos iremos juntos.
Cuenta con ello… Preciosa, tengo que colgar. Millones de besos.
Cuando colgó, no pudo evitar sonreír. Qué fácil era.
Cogió las maletas, se calzó los guantes grises a juego con el abrigo, estirando minuciosamente los pliegues que hacían entre los dedos, salió de la casa en busca de un taxi y sus ojos, siempre acechantes, se confundieron con la oscuridad de la noche.
* * *
París, Trocadero
La copa de vino se estrelló contra el suelo, haciéndose añicos. El líquido rojo y denso devoró, poco a poco, las arterias de la pequeña alfombra blanca.
Marguerite contempló, durante unos instantes, los cristales lotos, iluminados por la luz anaranjada de la lámpara de noche.
Sus ojos amarillos no parpadeaban. De pronto, se tapó los oídos y gritó hasta que sus mejillas cobraron un tono escarlata; a manotazos furiosos, tiró al suelo los frascos de perfume, las polveras, los pintalabios, los velos exóticos, las revistas y medias usadas que había sobre la cama, y la ropa interior de encaje.
Todas las piezas de su disfraz cotidiano yacían ahora sobre la alfombra herida de vino y cristales.
Se sentó en la cama y observó la ventana que se abría frente a ella.
Las cortinas se ondulaban mecidas por el viento de la noche.
Al fondo, el inaccesible lujo monumental de Trocadero la observaba con insultante indiferencia.
Imaginó cómo sería caer desde esa ventana y golpear el suelo con todos los huesos, morir allí, en los templos que los ricos construían para los ricos, en el paraíso que jamás sería suyo.
Se levantó y recogió del suelo un sobre del que sacó unos pasajes de barco, los acarició y los besó.
Se imaginó vestida de novia, en un lugar lejano en el que nadie la conocería, en donde sería solamente la esposa de Lucius Fleedermaus y prepararía tartas de fresa los domingos.
Iban a coger un barco hacia América, como Lucius se lo había prometido.
—Lucius, no me falles —rogó—. Controlaré mi genio. Perdona… Perdóname, nos iremos juntos. Cuando te cures, nos iremos.
Volvió a meter los pasajes en el sobre y lo acarició, con ansiedad.
Una vez, intentó escapar del burdel de su madre con un austriaco que le había prometido una vida mejor.
Se quedó esperándole en la estación y, poco después, supo que estaba casado.
«Se ríen, todos se ríen de ti, Lucius también lo hará; miente, es un sinvergüenza más, eso es, no hay excusas no mereces no vales nada sí me quería te odia se reirán se reirán de ti… ».
—¡Basta! —gritó. Cerró los ojos y se tapó los oídos.
«Tienes la marca del diablo, igual que tu padre, ¡ese pelo rojo tiene el veneno de Satanás!
», le escupía su madre, la célebre madame Hildie, dueña de Le Palace, el burdel de lujo más frecuentado por la alta sociedad de París.
«Si quieres tener éxito en la vida, controla tu genio, el genio asusta a los hombres.
Y el éxito se alcanza a través de ellos», le recordaba, una y otra vez.
Nunca tuvo éxito como bailarina y cantante.
Se conformó con prestar sus servicios a quien pagara por ellos, a veces, incluso como espía.
Eso le daba el dinero suficiente como para no regresar al burdel donde su madre vendía la virginidad de jovencitas.
«París se mueve por contactos. Haz buenas relaciones, utiliza tu cuerpo», le decía mamá Hildie.
«Sobrevive, no puedes permitirte otra cosa».
Marguerite se limpió las lágrimas. Todo se había reducido a eso, durante tantos años…
Sobrevivir. Estudiar cada movimiento, bailar como ellos querían, excitarles como querían, hacer lo que deseaban, guardar los secretos y utilizarlos —su único poder sobre ellos—, aplicar el protocolo para cada hombre y para cada rango.
Y el mecanismo estaba tan bien engrasado que nadie veía lo que había debajo.
Pero debajo estaba Margie, la pequeña Margie, que creía que era libre porque no estaba en el burdel, pero hacía el mismo trabajo que… «¡Basta, Marge!», se dijo.
Mañana terminaría los servicios de los últimos días y volvería a su piso de la Rue Mazarine, el pequeño nido de amorque le había regalado Cesare para sacarla de los suburbios, solo que no era de amor, sino de sexo.
Dejó escapar una risa irónica y triste. Preparó la pipa y aspiró el opio con intensidad, sus ojos entonces empezaron a ponerse acuosos y su corazón comenzó a latir más despacio.
Se miró al espejo y trató de impostar una amplia sonrisa, mientras se limpiaba una lágrima.
El reflejo le devolvió también una sombra: al fondo de la habitación, cerca de la ventana, una silueta oscura y alargada se dibujó sobre las paredes de moqueta.
Marguerite giró la cabeza rápidamente. Allí no había nada.
Se arregló el cabello rojizo mientras se mordía la uña del pulgar.
En el techo, una grieta avanzaba, poco a poco.
* * *
París, bulevar Saint-Germain