El cabaret del infierno Capítulo 1 La misión #4
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Capítulo 1 La misión #4

Vincent se detuvo a la salida de la pensión donde se había recluido los últimos dos días, tras descubrir que habían colocado micrófonos en su casa.

Observó la calle, para asegurarse de que no había vigilancia, mientras se rascaba la cicatriz que tenía bajo la barbilla.

El silencio era absoluto. Dos viejas farolas trémulas iluminaban un pedazo de acera sucia.

Ya eran más de las tres, pero confiaba en que Théo estuviera esperándolo en el Atlantis.

Debía confirmar que el territorio estaba despejado antes de salir.

Si todo iba bien, a las cinco de la madrugada cogería un tren que lo sacaría de París.

Su trabajo como agente secreto para el servicio de inteligencia era una condenada trampa.

Si lo hubiera sabido antes, tal vez habría elegido quedarse en esa cárcel en la que se iba a pudrir después de la guerra, cuando lo apresaron los alemanes.

Un tipo de la inteligencia militar francesa, que había estallo con él en el Ejército, le ofreció sacarle de allí y traerlo a Francia en tiempo récord, a cambio de dedicarse a misiones un tanto peligrosas y, por supuesto, secretas, y él aceptó.

A partir de entonces, su vida consistió en moverse siempre en las sombras, cambiando de identidad, jugándose el cuello por asuntos que no le importaban y cumpliendo con servicios cada vez más complicados.

Sin embargo, este último se llevaba la palma; todavía recordaba a Derek Koch, más blanco que un papel de fumar, confiándole ese maldito objeto.

Fuera lo que fuera esa cosa, traía de cabeza al ministerio y a los nazis.

Y había algo más, algo de lo que Koch no le había hablado y que guardaba relación con los extraños rituales que estaban teniendo lugar en París y en el sur de Francia, desde hacía meses.

Al parecer, había gente muy importante metida en eso, y era imposible acceder a la información.

Cuando le tocaba «limpiar la sangre» podía presenciar los escenarios posteriores a esas celebraciones macabras, y lo que hacían allí iba más allá de cualquier mierda satánica que hubiera visto antes; eso no eran sectas al uso ni un grupo de chalados sacrificando gatos.

La consigna era firme y clara: «Silencio absoluto»; prohibido preguntar, prohibido investigar.

Probablemente, lo que sucedió en aquel barco tenía que ver con todo eso; algún día se lo contaría a Théo.

Pero no estaba seguro y no podía seguir investigando ahora.

En cuanto saliera de París, pensaba desaparecer y dedicarse al boxeo, que era lo que siempre le había gustado.

Entonces llegaría el momento de hablar y, quizá, de escribir sus memorias.

Y el mundo se quedaría perplejo al saber lo que sucedía todos los días, de forma cotidiana, pero en la oscuridad, con el sigilo más impune. Ni se lo imaginaban.

Extrajo un cigarro de la cajetilla arrugada en su bolsillo y lo encendió, mientras observaba cuidadosamente ambas aceras desiertas. Una mujer menuda y joven se acercaba a paso rápido. Vincent se metió la mano en el bolsillo y agarró la pistola con fuerza.

—¡Hombre, Vincent Siena! De todos los posibles horrores de la noche, este era el más difícil de prever —exclamó la mujer sonriendo.

Vincent hizo una mueca y soltó la pistola.

Era Claire Gilbert, esa rubia pajiza con el pelo a lo garçon que se creía muy lista y hablaba como si fuera un hombre.

Salía tarde del ministerio porque era una especie de adicta al trabajo y, a veces, se tomaba una copa por aquellos alrededores, sin compañía ninguna.

—Nena, no deberías andar sola a estas horas.

—Me llamo Claire, no nena, ni muñeca, ni gatita… —dijo, reanudando el paso rápido, sin mirar atrás—. ¡Buenas noches! —exclamó, sin volverse.

La vio alejarse resueltamente hacia el metro con una mezcla de estupor, rabia y muy a su pesar, admiración.

Claire le había estado investigando, igual que él a ella, y ambos lo sabían.

La alerta era máxima en el ministerio, desde las desapariciones de Koch, Faure y Lambert, y ella formaba parte del departamento de investigación.

Había trabajado en servicios de inteligencia en Marsella y en Londres, antes de su traslado a París; estaba limpia y no parecía tener nada que ver con el caso.

Cuando estuvo seguro de que todo estaba despejado, caminó deprisa hacia la callejuela en la que había aparcado su coche prestado, subiéndose las solapas del abrigo y dando largas caladas nerviosas.

El humo se le congeló en la garganta, cuando, al doblar la esquina del callejón, un coche le cerró el paso.

Se giró, con la pistola en la mano, y un destello súbito le cegó durante unos instantes; parpadeó, y entonces vio a dos tipos más que salían de un coche, apuntándole con sendas armas. «¡Mierda!».

Mientras escuchaba los gritos en alemán y uno de ellos le esposaba, pensó en Théo, con su expresión de niño abandonado, esperándole en el Atlantis. Ojalá lograra salir con vida de todo aquello.