Capítulo 1 La misión #3
—No, hace semanas que no lo veo.
—¿Estás seguro?
—Claro. No se va de aquí sin tomarse sus cervezas, ya lo sabes.
—Vale, no te preocupes, supongo que no tardará —respondió Théo.
—¿Qué te pongo?
Théo iba a pedir un coñac, como de costumbre, pero un destello rojizo le llamó la atención desde el anaquel de las bebidas. Era un vino inglés al que solía invitarle Vincent.
—Ponme un vino de esos de Esverne, o como se diga —dijo. El camarero se llevó la mano a la oreja para mostrar que no le había entendido—. ¡Estver! —gritó Théo, por encima de la música.
Ginebra salió repentinamente de su trance y miró, estupefacta, al hombre que acababa de pronunciar, alto y claro, aquella palabra que ella había escuchado en sueños.
Llevaba un gabán azul, un poco descuidado, un sombrero del mismo color y una gran bolsa marrón de piel, colgada al hombro.
Por lo demás, nada llamaba la atención en él, solo que le resultaba extrañamente familiar.
El hombre parecía haber percibido su presencia: dos grandes ojos grises, levemente caídos hacia los bordes, a ambos lados de una nariz prominente y algo torcida, la observaron extrañados.
Ginebra apuró su bourbon rápidamente, dejó unos francos sobre la barra y se cerró la gabardina dispuesta a irse. Estaba claro que se estaba volviendo loca.
—Perdone, ¿la conozco?
Cuando se dio la vuelta, aquel hombre estaba justo a su lado, mirándola con fascinación.
Se había quitado el sombrero, dejando ver un cabello castaño abundante, algo alborotado, y lo sostenía entre las manos, con evidente embarazo.
Se acercó un poco a ella. Ginebra percibió un aroma de colonia masculina y un lejano olor a lluvia o, quizá, a la humedad de una casa antigua…
Se fijó en su gabán mojado, en la bolsa que llevaba al hombro.
De pronto, se dio cuenta de que era igual que la bolsa marrón de piel con la que había soñado.
Retrocedió. Podría ser un ingeniero o un abogado, pero también un espía de Lucius. Debía ser cuidadosa.
—Siento haberla asustado… Veo que los dos hemos caminado bajo la lluvia —observó él, señalando su gabardina—. Por poco nos pilla el diluvio.
—No estaría mal que algún diluvio se cargara este mundo podrido —opinó ella.
Théo sonrió. Normalmente los hombres evitaban a las mujeres que hablaban así, pero, curiosamente, él parecía admirado. ¿Por qué le resultaba tan extrañamente familiar?
—Me llamo Théodore Bernard —explicó, tendiéndole su mano con timidez—. Llámeme Théo, por favor. ¿Y usted es?
—¿Podría preguntarle qué es lo que le ha traído a este lugar? —desvió Ginebra—. Va muy cargado como para estar disfrutando del concierto.
Al mirar de nuevo la bolsa, Ginebra percibió una vibración en las sienes, algo que solía ocurrirle cuando estaba a punto de «ver» algo.
—La verdad es que yo… vine buscando a un amigo, y no lo encuentro —explicó Théo, sin disimular su preocupación—.
Pero la he encontrado a usted —añadió con una sonrisa grande, como la de un niño ilusionado—.
Hace bien en no fiarse de los desconocidos.
Además, está todo patas arriba, últimamente.
El mundo se ha vuelto loco, fíjese en ese tipo alemán del bigote ridículo, con eso del Tercer Reich.
Supongo que habrá habido un primero y un segundo, muy chungos, pero este va a ser el peor de todos, aunque no sé lo que significa Reich, ni por qué me meto en estos problemas intentando hablar de lo que no sé…
—dijo, frotándose el cogote, nervioso—. La cuestión es que parece que los judíos están asustados.
¿Es usted judía? Oh, disculpe la pregunta, no conozco a muchos judíos, no sé si usted lo es o no, o si está asustada porque cree que soy nazi.
Yo no soy nazi, antes muerto. En fin, no sé por qué hablo tanto.
Es que me pongo nervioso, porque… me parece la mujer más hermosa que he conocido —confesó, sonrojándose.
A Ginebra le pareció distinguir, en los ojos tristes de Théo, una luz sincera que se imponía, de forma inusitada, al deseo de gustar, y, en sus movimientos torpes, una inocencia simpática, muy lejana a la actitud impostada de Lucius.
Podría estar engañándola, pero no parecía un buen seductor.
Sin embargo, no podía confiarse—. Perdón, soy idiota, la estoy abrumando.
¡Eh, Théo! —gritó el camarero—. ¡Tu vino! Y a ver si te acuerdas bien del nombre la próxima vez —añadió sonriendo—. Se llama Severn.
Théo cogió el vaso de vino, bebió demasiado rápido y se atragantó.
—Le extrañará —dijo Ginebra—, pero… por un momento, creí que usted había dicho «Estver».
—Eso fue lo que dije —afirmó Théo, asintiendo, mientras tosía—. Dije «Estver» no sé por qué, no suelo equivocarme hasta ese punto con los nombres.
—Y… esa palabra, ¿significa algo para usted? —dijo Ginebra, mirándole a los ojos.
—No —respondió Théo—. Aunque, si le digo la verdad, me resulta familiar.
Es como si lo hubiera oído alguna vez…, y creo que por eso me ha venido a la cabeza el nombre de ese vino.
Será una tontería, me están pasando cosas un poco raras en estos días, y, en fin, no quiero aburrirla, yo… ¿Me permite invitarla a una copa?
—Tengo la sensación de que lo conozco de algo, Théo…
—Me ocurre exactamente lo mismo con usted. ¿No es actriz? Bueno, le habrán dicho eso muchas veces, claro… Disculpe, me he desviado del tema, ya se me ha olvidado de qué estábamos hablando, si le digo la verdad.
Mientras Depestre Salnave interpretaba uno de los últimos éxitos de Charlie Barnet sobre el escenario, Ginebra observó los ojos grandes de Théo, que se derramaban afablemente hacia los bordes del rostro.
Podía ser una trampa, podía ser un sicario de Lucius, y, sin embargo, sentía ganas de sonreír, por primera vez en mucho tiempo.
—Me llamo Ginebra, Ginebra Wilde —desveló, tendiéndole la mano.
Théo alzó las cejas y sonrió, cambiándose la cinta de la bolsa al otro hombro. Al mirar la bolsa, Ginebra percibió una vibración y una especie de sensación de vértigo, una levísima descarga eléctrica que recorría los nervios de todo su cuerpo.
—Ginebra Wilde, ¡qué nombre tan bonito! Incluso va con la música que está sonando. Deje que la invite a…
—Esa bolsa… —interrumpió ella, turbada—. ¿En qué trabaja usted?
—Oh, no, lo que hay aquí dentro no es material de trabajo… Claro, es normal que esté usted extrañada, pero lo que llevo aquí pertenece a un amigo y… Es una cuestión comprometida. Si le digo la verdad, yo soy el primero que no entiende nada de esto.
Ginebra comenzó a notar un sonido agudo en los oídos.
No sabía qué le estaba ocurriendo, pero las imágenes volvían a sucederse.
Se alejó de la bolsa y de Théo, y miró a su alrededor.
Junto al escenario, más allá de la pista donde la gente bailaba con especial desesperación, un tipo la observaba.
Pero ¿podía estar segura? Recorrió con la mirada el local.
En la zona de las mesas, un hombre que llevaba una camisa remangada la miraba fijamente.
—Debo irme, Théo. Lo siento.
—¿Se encuentra bien?
—Solo estoy… agotada. Espero que encuentre a su amigo.
—¿Es por las pesadillas?
—¿Cómo? —dijo ella sorprendida.
—Los dos hemos percibido algo… ¿No es así? —dijo Théo. Ginebra tuvo la sensación de que la veía, veía lo que había dentro de ella—. Usted necesita entender qué es eso que percibe… y por qué le parece que me conoce. Y yo también. ¡Tal vez sea el destino!
—O el azar.
Ginebra, desde que mi amigo me dio esta bolsa, he estado teniendo pesadillas y sensaciones muy extrañas. Creo que a usted también le está ocurriendo algo…
—¿Qué contiene esa bolsa, Théo?
—No lo sé. Si lo supiera, se lo diría…
—¿Tampoco sabe de dónde salió?, ¿a quién pertenecía?
—Solo la estoy custodiando —confirmó Théo—. Y, créame, preferiría no hacerlo; debía un favor importante y… Usted también lo ha sentido, ¿verdad? ¿Ha sentido algo extraño?
Ginebra asintió. Notó un pinchazo en las sienes; le dolía la cabeza como nunca en su vida. Miró a su alrededor. En el área de las mesas, el hombre que la observaba se había puesto de pie, y le pareció que, de un momento a otro, iba a empezar a caminar hacia ella.
—Théo, no sé quién es usted o quién le envía, pero debo irme.
Se alejó, abriéndose paso entre la gente. Le ardía la frente, las imágenes se sucedían a tal velocidad que no podía pensar. ¿Qué diablos habría en esa bolsa?
—¡Espere! —dijo Théo, siguiendo a Ginebra hasta la puerta del Atlantis—. ¿Ha visto la hélice sin fin? ¿Como si fuera una espiral infinita que sube hacia el cielo?, ¿y formas que no podía describir?, ¿y sombras? ¿Ha visto las muertes?
Al escuchar aquellas palabras Ginebra se dio la vuelta, y sus ojos brillaron, perplejos, bajo el ala del sombrero.
—Ginebra: antes, cuando le pregunté si la conocía…
, no era una forma de ligar. Yo… la vi en mis sueños, ahora estoy seguro de que la vi —proclamó él—.
Creo que esto que hay en la bolsa tiene alguna relación con lo que hemos visto.
Si mi amigo no viene hoy… estoy dispuesto a abrirlo.
Usted necesita saber qué está pasando, pero yo también. ¡Algo se acerca!
Acabo de recordar que dije eso al despertarme, esta mañana —terminó él, y la miró a los ojos, esperanzado.
«¿Cómo podía saber esas cosas?», pensó Ginebra.
En ese instante, algo la atravesó con la fuerza de un rayo, las imágenes volvieron a sucederse y al fin lo supo: el hombre con el que había soñado, el que permanecía de espaldas en una especie de cripta, ¡era Théo!
Ahora podía «ver» lo que estaba haciendo…
Sintió un escalofrío más intenso que una puñalada.
—Tengo que salir de aquí ahora —dijo ella, tratando de ahogar el dolor en la cabeza y en los oídos—. Nos veremos dentro de unas horas, a las once en el Café de Flore. Si todo esto es una trampa, lo sabré y jamás volverá a verme.
Théo asintió.
—Allí estaré.
* * *
París, Gare du Nord